¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Recojo el cuerpo de la pequeña Mena y lo llevo hasta la fosa que he cavado junto al sauce. Un sonido familiar llama mi atención al colocarlo dentro. Miro a la copa del árbol, busco inquieto por las ramas, confirmo lo que suponía: Son los primeros zorzales. Esta vez el otoño sí llega puntual. Empiezo a echar paladas de tierra con ánimo recobrado. También se oyen petirrojos y currucas. Y bisbitas.
Al acabar, esparzo hojas secas sobre el suelo removido y me quedo fuera un rato más, inspirando con energía el aire frío de la tarde. Entro en la cabaña frotándome las manos y echo un tronco a la hoguera. Ugba y Kuro gimotean todavía recostados sobre el jergón. Pronto se sentirán mejor. Agradezco el calor del fuego, el resguardo de las paredes.
Me quedo asomado al ventanuco hasta que oscurece, mirando los animales que salen a esas horas. Pienso en la mies arruinada por las plagas. Y lloro por la niña. Rezo para que nuestra ofrenda halague al dios de la cosecha. No hay lugar para el pesar. En el sacrificio expía también la culpa por haberlo realizado. Ugba estuvo de acuerdo con mi decisión casi hasta el final.
Cuando el hombre despertó el dinosaurio seguía allí. Ambos se miraron con extrañeza; el hombre porque creía haber arrasado con todo el día en que apretó aquel botón letal, el dinosaurio porque no reconocía a esa especie rara, diminuta y tan frágil para enfrentarse al mundo salvaje y hostil que él habitaba.
El hombre pensó que algo había salido mal, sus cálculos le habían parecido minuciosos y exactos, no se explicaba cómo el mundo seguía existiendo y además con vida (incluyendo la suya).
Caminó unos pasos, luego otros, y otros más, hasta que anduvo un buen trecho llegando a un promontorio desde el que pudo divisar el horizonte. Vio ponerse el sol por el oeste, como siempre, y vio aves posarse tranquilas en unos humedales que hacía siglos que habían desaparecido con el calor extremo. Llegó hasta el mar y vio delfines, corales… comprobó que el agua era cristalina y no encontró rastro alguno de plástico.
Cayó la noche y, en un cielo limpio y despejado, reconoció a la Osa Mayor. Se remojó en la lluvia de Perseidas.
Amaneció un nuevo día, soleado y con olor a hierba fresca; y decidió que, ése, sería el último para él.
Cualquiera podría pensar que la creación le costó mucho trabajo, y es verdad, pero nadie imagina cuánto más esfuerzo le requiere destruirla, y eso que le bastaría con chasquear los dedos así, con un mínimo gesto, como cuando nos dio la luz, el viento y las semillas. Por eso anda últimamente algo ensimismado, que ya ni se nos aparece en las ceremonias por muchas ofrendas que le hagamos, o tal vez sea por eso mismo por lo que no responde a nuestras rogativas para que nos serene esta pertinaz sequía y nos traiga el agua, los brotes y las cosechas, como siempre hizo cuando le pedíamos que vertiera unas gotas divinas sobre nuestros campos. Quién sabe si está pensando verter todo ese lagrimón sobre sus insaciables criaturas.
Les presto la bici de mi madre y nunca me preguntan si quiero ir con ellos. Les dejo mi balón para jugar al fútbol y me ponen de público. Y cuando se aburren, se ríen de mí.
Es verdad que no entiendo cómo cabe tanta gente dentro de una tele ni que al hacer el pino no me caiga hacia el cielo… Pero por mucho que me llamen el tonto del pueblo, soy el único que sabe dónde está el niño que todos buscan día y noche.
Hubiera querido contaros que no tuve miedo, que avancé en solitario por el bosque umbrío y me adentré sin temor en la maleza. Pero no sería cierto. Desde la edad más tierna se nos había inculcado la prudencia. A través de cuentos y leyendas nos enseñaron las reglas básicas: no hablar con extraños, no alejarse nunca del camino, buscar la compañía de otros para atravesar el bosque y no fiarse nunca, nunca, de las amables indicaciones de desconocidos. Pudiera parecer un poco exagerado, pero se habían dado casos de criaturas que aparecían en las lindes del sendero con la carne desgarrada por enormes dientes.
Así que, cuando decidí ir a casa de la abuelita, lo hice cagado de miedo, temeroso de ser asaltado por uno de aquellos fornidos cazadores o, peor aún, por la temible Caperucita.
Cuando llego al edificio mis vecinos ya están en casa, pero si nos cruzásemos en el portal no me saludarían. Nada saben de mi vida ni les importa, salvo que vivo solo. Me llaman el Músico. Poco antes de que encienda la luz de mi salita, ellos habrán entornado los postigos y oscurecido sus ventanas. En el patio enmudecen las cacerolas y callan los televisores. Alguna fugaz brasa de cigarro, una tos nerviosa, los delata. La sesión infantil es una concesión breve y necesaria, apenas Los pajaritos. Enseguida, sin darles respiro, los traslado en un vuelo sin despegue hasta un café de Montmartre, araño sus entrañas con melancólicas cadencias cubanas y arrebato voluntades en una feroz danza polonesa, que acertadamente amalgamo con percusión del desierto africano. En ese punto puedo oler, por el sudor de sus cuerpos, que se han aflojado las ropas y contorsionan brazos y caderas. En mi mano quedan secuestrados sus pudores y máscaras. Es el clímax del poder. Entonces, en la pausa infinitesimal de un acorde, interrumpo el concierto a sabiendas de su anhelo y desesperación. Con la certeza de que al día siguiente, muy a su pesar, volverán a esperar inermes mi regreso.
Al poco del naufragio, Robinson Crusoe construyó con los restos del barco y materiales de la isla un cobijo espacioso y cómodo. Tampoco tardó demasiado en descubrir los mejores lugares para la pesca, la caza o la recolección de frutos y vegetales silvestres. Así logró comer todos los días a la carta, pues no faltaban en su dieta pescados, crustáceos, pechugas de ave, lomos de roedor, piñas, cocos y guisantes. Tan organizado tenía el aprovisionamiento que podía permitirse todos los días un baño relajante en aguas impolutas o tomar el sol en una hamaca bajo las palmeras. Sintiéndose el amo del mundo, tomó la decisión de que si apareciera un navío a rescatarle se ocultaría para no ser visto.
Pero todo empezó a torcerse cuando llegó un malhadado Viernes, aunque era martes, a compartir su paraíso. Se trataba de un morenito con apariencia de cantante de boleros pero que no tenía más ritmo que el pumba pumba que extraía dando golpes, siempre en horas inoportunas, a un tronco hueco. Pronto empezaron las desavenencias, que si «tú racista mucho», que si «solomillo mucho hecho», que si «roncas noche toda»…
Tiempo después, por respeto, los viernes no utilizaba sus restos como carnada.
La carrera había sido desaforada. Años de trabajo tenaz, reuniones con gente odiosa. Implacable estudio de la competencia, maldades, zancadillas.
No pudo despedir a mamá. A papá, lo destruyó. Sacrificios, renuncias…
La boda de los hermanos no era sitio para él. Ya habría tiempo de compensar. Sobrinos idiotas, amigos extenuados.
Más dinero de lo que podría gastar en cien vidas.
Sobornos, pactos.
Cinco matrimonios. Cinco hijos que no conocía. Alguno más por ahí.
Alcohol, drogas y muy poco rock and roll. Las bellas artes, una mercancía más.
Y al final, la soledad en la cumbre.
En su jaula de oro el anciano observa el juguete y reflexiona en silencio. Un lacayo limpia su aura mientras recita mantras. Le desafío en silencio. Una lágrima gruesa desborda el ojo cansado.
La última certeza irrumpe demoledora. El precio ya ha sido pagado.
“Un ciudadano ejemplar”, rotulan en su epitafio.
La mujer sabe que acaba de romper una regla de esas de piedra y cincel. Los dos últimos nombres que ha registrado no existían y, al menos hasta ahora, cada anotación significaba acabar con una vida. Lee varias veces esos dos nombres seguidos de su edad: Julieta Capuleto, 13, y Romeo Montesco, 16. Tan jóvenes. Ella casi siempre despide viejos, no sabe bien por qué; quizá porque sus nombres son más densos y se abren paso con facilidad a través de la tinta. Afuera la noche abandona el bosque cuando se levanta y se dirige al baño caminando entre paredes repletas de libros. Se lava la cara, las axilas y desprecinta otro día. De vuelta al salón, observa cómo la luz sesgada del amanecer devora centímetro a centímetro el libro abierto sobre el escritorio. Bosteza, languidece a pesar de ser inmortal.
Sale al jardín para despejarse. El nombre que lleva semanas rondándola —William Shakespeare, 33—, aún tardará en pasar por su pluma. Habrá otros que ocupen su lugar.
Cuando intenta sonreír, los pájaros huyen.
«El éxito fue entrando poco a poco en mi interior y se expandió hinchando mi ego. Cuando comencé a despegar, todo el mundo se centró en mi ascenso. Conseguí deslumbrar y pensé que podía brillar con luz propia sin darme cuenta que existía un sol inmenso por encima de mí. Sorteé innumerables intentos de hacerme caer y me cubrí con una pátina de falsa invulnerabilidad. Me mantuve en la estratosfera hasta que empezó a faltarme el oxígeno y me atacó el frío extremo de la soledad. Entonces, me desinflé y fui descendiendo rápidamente y sin remisión.»
Nada más terminar de escribir el borrador del prólogo, algunas lágrimas caen sobre papel. La idea es contar su experiencia para ayudar a otros a no cometer sus mismos errores. Recoge sus cosas, apaga la luz, cierra la puerta del cuartucho en el que vive y se marcha al parque a intentar vender globos para poder subsistir. Cuando consigue que alguien le compre uno, al entregarlo, siempre le aconseja que lo sujete bien fuerte para evitar que se pierda.
¿Quién fue? Una Bestia depredadora que rapiñó todo lo que alcanzaba a su alrededor. Hasta casi devorar su propia alma, cerebro y corazón. Carcomidos por fabulosos viajes lisérgicos, ensueños llenos de luz y color, que se volvían sombras cuando todo terminaba. Subido en ese vaivén, su existencia dio tantos tumbos que perdió el norte. Y todos los puntos de equilibrio, cayendo en el rincón más oscuro.
Sabe que ha de descubrir quién es ahora.
Pero lleva tanto tiempo siguiendo su propia sombra, caminando a su lado, hablando con ella, que casi ha olvidado su propio nombre.
Es un caminante solitario. A quien acompañan un vacío gris y ecos de llantos y súplicas de cuerpos adolescentes, de los que no recuerda apenas nada. Solo retazos con olor a sangre, gritos, dolor y muerte. Y una sensación de repulsa hacía sí mismo que lo ahoga en las tinieblas de su propia maldad. Que le recuerdan por qué camina solo.
Con ese recuerdo transita cada día persiguiendo el rumbo acertado. Esperando que este sea el último viaje. Buscando un perdón que está aún lejos. Tanto como las estrellas que palpitan en su eterna noche.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









