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Necesitaba con desesperación sentirse humana y purgar su adicción a redes y pantallas. Probó el yoga, la meditación, correr maratones, pero nada parecía funcionar; buscaba un reto mayor. Por eso aceptó la propuesta de su guía espiritual: sobrevivir treinta días en la Amazonia con lo puesto y en soledad. Era, y por mucho, lo más extremo a lo que se había sometido, pero estaba segura de que eso respondía a lo que le pedían su cuerpo y su espíritu.
Cuenta el chamán que la vastedad de la selva la conmovió, que la soledad del entorno le sobrecogió, que saberse la única persona en cientos de kilómetros a la redonda le hizo sentir insignificante y poderosa a la vez. Estaba lista para vivir: tras el rito de despedida todos sus sentidos se aguzaron, podría enfrentar lo que viniera.
Semanas más tarde encontraron sus restos mutilados por lo que parecía una lucha encarnizada con un jaguar. La historia se hizo viral y el gurú, por fin, logró jubilarse.
La niña le arranca la cabeza a su compañera de pupitre, pero luego no consigue encajarla de nuevo. No lo entiende, ella siempre puede hacerlo cuando las otras niñas despiezan su Barbie. Extrañada y envuelta en sangre lleva la cabeza a la profesora. Algunos niños chillan, otros caen desmayados y la mayoría huyen despavoridos. Al verlo, siente un extraño placer; ahora son ellos los que lloran, en especial Menganito, el novio de la niña decapitada, el que siempre la golpea en el recreo. Entonces despierta agitada y la madre la reconforta: “No te preocupes, hija. Ya pasó. Solo fue un sueño”.
La muchacha vive un sueño cuando años más tarde, hastiada de tanto martirio, le patea los cojones a Menganito hasta hacerlos desaparecer. Tiene suerte. En el hospital volverán a ubicarlos en su lugar. Ella regresa a casa temblorosa y la madre la sosiega: “Vive tranquila, amor mío. Mañana acabas el colegio. Nunca más lo verás”.
La joven quiere morir cuando Menganito y su manada la acorralan en los baños del instituto y juegan a ser papás. Si pudiera saldría volando.
Esa misma noche verá cumplido su sueño y durante quince pisos vivirá todas las vidas que siempre soñó.
Imagina una bola fantástica de cristal. Y dentro una cabaña, con un ser huraño, de sonrisa cínica, explotando lenta, mecánicamente, las burbujas de un plástico de embalar. Plop, plop, cada bolita estalla entre sus dedos, y resuena en tu cerebro, provocándote una migraña, y también una mezcla de miedo y repulsión hacia ese ser solitario que representa todo lo que odias. Plop, plop. Porque sabes (igual que yo sé) que él, en su fuero interno, siente que cada burbuja de plástico es una persona. Tal vez yo. Quizá tú. Por eso sonríe así. Es más, ahora mismo observas como ese placer, ese poder, le está haciendo flotar.
Aunque luego cae. Cae hacia arriba, hacia los lados, hacia abajo. Y es sepultado bajo un tremendo alud. Se asfixia; siente dolor, pavor. Pero, en segundos, logra emerger entre la nieve. Sale. Respira. Grita. Heroico, regresa a su cabaña, y a su tarea: plop, plop. Cree que la tormenta ha cesado.
Y puede que sí. O puede que no.
Porque… sé sincero: cuando yo me marche, y esa mágica esfera de cristal, esa magnífica bola de nieve, quede sólo entre tus manos… ¿volverás a agitarla?
Acodada a la ventana, la mujer entretenía sus horas contemplando a los gorriones. Saltaban por los tejados, cogían briznas con el pico, aleteaban en los cristales… Sus trinos parecían risas, la despertaban al amanecer y acompañaban su rutina. Envidiaba su libertad y ¡cuánto los echaba de menos los días de lluvia! Eran su único vínculo con el mundo y, a veces, imaginaba cómo sería regresar a esa vida de la que hacía tanto había abdicado. Pero al fantasear el más leve contacto humano, su corazón se desbocaba al instante y el pánico paralizaba su cuerpo. Regresaba entonces a la calidez de sus libros, al refugio interior que le habían construido, a su espacio de silencio y soledad.
«¡Qué sobrevalorada está la compañía!», musitaba luego, tristeza aplacada y ánimo sereno.
Las noches las dedicaba al trabajo. Se sentaba frente al ordenador, encendía el reproductor de música y un amago de sonrisa curvaba sus labios de inmediato. Ante la pantalla, se metamorfoseaba con rapidez en quien no era y, ajena a la inmensa contradicción que dominaba su vida, lanzaba a las redes su influjo. Una legión de seguidores aguardaba su mensaje con paciencia y con fervor.
Con la estilográfica que había robado a un cliente intentó redactar una nota para sus padres, pero lo pensó mejor y desistió. Nunca se le había dado bien dar explicaciones y mucho menos por escrito. Además, tampoco le iban a entender en esta ocasión. Después, con pausado esmero, se dispuso a abrillantar los faros que le guiarían hasta la obligada oscuridad. Y aunque odiaba mostrarse vulnerable, por una vez, no le importó lucir su cabeza desnuda. Y se acercó al club. En la misma puerta, mientras se despedía de sus chicas, un dolor de sobra conocido le retorció las entrañas y, al doblarse, surgieron de su camisa entreabierta una inquietante medalla de oro maciza y una calavera tatuada cuyo aliento apestaba a medicinas.
No estaba acostumbrado a perder una pelea, sin embargo, tenía sus principios y aceptaba aquella debilidad galopante como un castigo por sus vilezas y, sin mirar atrás, se enderezó como pudo, apretó la mandíbula y arrancó. Luego, condujo sosegado por el asfalto caliente hasta llegar a la costa.
El verano vibraba en el espejo retrovisor y el Sol era una bola de fuego sobre el mar cuando aceleró la Chopper y se lanzó por el acantilado.
El hombre solitario es un Dios, al que las bestias acechan por su infinito poder para sobrevivir sin ellas.
Tantas guardias en el hospital van modelando a cincel mi personalidad, haciéndola cada vez más inhumana.
Ahora soy una loba solitaria que deambula por la noche vigilando sus presas, premiando o castigando.
Al capullo machista del Box siete le he puesto una sonda uretral para bajarle los humos.
Siento mi poder de decidir sobre la vida y la muerte y depende del día que tenga, actúo de una forma o de otra.
En mi turno hay varios lobos con los que copulo cuando tengo ganas y me da igual el cómo, el dónde y el cuándo.
La otra noche, antes de llegar al orgasmo, la del box tres empezó a lamentarse por dolor. Me levanté iracunda, dejé a mi lobo aullando de frustración y fui a dónde estaba ella y ordené rejón de castigo, doble ración de nolotil intramuscular.
No tengo ni odio, ni lástima, ni escrúpulos con los pacientes que tengo asignados en mi territorio, estoy muy por encima de ellos.
Cuando por la mañana me dirijo a mi casa, voy satisfecha de mi labor realizada y más contenta me pongo, cuando soy recibida con los ladridos alegres de mis cinco perros.
Por cierto, mi nombre es Diana.
Se sentía superior al debatir con otros e intentaba imponer sus análisis como una bestia sacrifica a su víctima.
Se mostraba orgulloso al ir en contra del pensamiento único por considerarse superior a esa masa gris a la que despreciaba profundamente.
Esa sociedad a la que achacaba su soledad, sus dificultades para encajar en un trabajo y hallar su lugar en el mundo.
Argumentaba que tenía una gran vida interior y no necesitaba a nadie para sobrevivir, pero utilizaba a otros para solventar su vida diaria poniendo excusas para no perder su precioso tiempo en vanalidades.
Siempre agresivo, sus padres, hermanos y amigos caían en sus redes e intentaban que no le faltara nada para tenerlo contento.
Pero todo le parecía poco. Quienes le oían creían en sus alegatos: «la sociedad me impone barreras, es injusta y no me permite desarrollar mi potencial».
De poco servía el consejo de que debía adaptarse al mundo porque el universo no lo haría por él.
A sus 32 años, cuando desaparecería su sostén, se sentía perdido y paralizado.
Y en vez de buscar trabajo, de construirse una vida, continuaba anclado en la adolescencia mientras sus padres sufrían por que no le veían futuro.
Sola, como diosa todopoderosa y temida, acostumbré a pasear nómada a altas horas de la madrugada cuando el sueño nocturno era algo inalcanzable. Busqué compañía para no verme como un ser fantasmal y acabé con amantes placenteros (o no) por un rato. Me descubrí habituada a aceptar dinero y sexo unidos y encadenados, una combinación muy primitiva. Yo sabía, y me repetía que era un error; aún así, me sorprendía a mi misma haciéndolo y jurándome, cada noche, que no volvería a ocurrir, que había sido la última.
—Me tomaré un trago antes de irme a casa —sugerí al camarero.
—Y por favor, os ruego que no me juzguéis —imploré a todos desde la puerta del motel.
Cuando Marcia contempla las imágenes de montañas cubiertas de nieve o de bosques verdes, dorados y granates o del fondo del mar, siente nostalgia por lo desconocido. Sentada en una butaca de la sala de proyecciones disfruta de esos paisajes desaparecidos a pesar de esa sensación agridulce que la acompañará durante horas. La misma que le producían los cuentos que leía con su abuelo a la hora de dormir. Eran historias de esa tierra lejana que unos cuantos colonos abandonaron para comenzar una nueva vida en este planeta. Su planeta.
Antes de comenzar la película se emite un documental -para que las nuevas generaciones no lo olviden- sobre el Gran Hombre, el Visionario que miraba las estrellas. En él se muestra el proyecto al que dedicó todos sus recursos: la habitabilidad de un mundo donde pudiera sobrevivir la especie humana. Los elegidos para acompañarle fueron los miembros jóvenes de las familias más poderosas, las mismas que durante siglos habían dilapidado los recursos naturales de la tierra. El Gran Hombre cuenta ahora en la pantalla como hizo realidad su sueño. Un sueño sobre millones de pesadillas.
Farid era un hombre solitario. No le interesaba relacionarse con nadie, ni siquiera con sus vecinos. Su única compañía eran los libros, la música y el cielo. Un día quiso construir un muro a su alrededor para aislarse aún más del mundo. Se puso manos a la obra y durante semanas trabajó sin descanso, levantando ladrillo tras ladrillo. Cuando acabó el muro, se sintió satisfecho y orgulloso. Pensó que así estaría más tranquilo y feliz… Pronto se dio cuenta de que se había equivocado: El muro no protegía su soledad, sino que la agravaba. Así Farid empezó a sentirse triste y vacío. Había perdido toda conexión con el mundo exterior y consigo mismo. Se arrepintió de haberse aislado, pero ya era demasiado tarde. O no.
Entonces decidió cambiarlo todo. Con la única fuerza de su voluntad, empezó a derribar el muro en el que se había encerrado. Era un golpe de martillo cada grito de liberación. Cuando el muro cayó, Farid lo cogió y, como si de un calcetín se tratara, le dio la vuelta y lo volvió a levantar quedándose fuera, dejándolo todo dentro. Usó el muro para encerrar aquel mundo hostil y liberarse a sí mismo.
Juntos elegimos este destino, buscamos esta vida; pero tras el paso de las primeras tormentas ella no volvió a ser la misma y acabó arrojándose del faro cayendo donde rompen las olas. Desde entonces estoy solo. No mentiré diciendo que ha sido fácil, incluso a día de hoy he de admitir que hay noches en que no lo es; pero, en general, esta vida me gusta y lo que más, esas noches de tormenta en que la luz de la linterna se extiende sobre las frenéticas olas y la tormenta ruge alrededor. En esos momentos soy el dueño del mundo, soy dios y, aunque sé que es peligroso, no puedo evitar salir del refugio, gritar a las nubes, dejar que la lluvia me empape y el viento me zarandee mientras bailo rodeado de electricidad, ciego de poder y alegría; actitud que ella nunca comprendió y que quiso impedirme poniendo en riesgo su vida.
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