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Soy tu conciencia, comenzaba la carta. Estaba en mi buzón y parecía mi letra, pese a que no recordaba haberla escrito ni metido dentro. Estas cosas pasan, continuaba la misiva, como al hilo de mi pensamiento, los universos paralelos se cruzan a veces, es más común de lo que piensas. Llegando a este punto, contemplé la idea de pedir cita con el loquero, pero ya se sabe que la curiosidad mata al gato y, como buena felina, seguí leyendo:
El motivo de esta carta es avisarte que el mundo onírico ha tomado buena cuenta de tu apatía al recibir multitud de quejas: un sin fin de folios en blanco te acusan de no dar tinta al agua. Por todo ello, las criaturas anónimas que guardas en tu cabeza seguirán causándote migrañas e insomnios hasta que asumas que solo el acto de la escritura puede darte el descanso que necesitas. No digas que no te lo hemos prescrito.
Firmado:
Tu conciencia y demás demonios internos.
Como comprenderéis, no podía guardar la carta (más bien advertencia) sin darle una intención creadora. En eso estaba cuando me desperté y, antes de olvidarme de todo, me puse a escribir esta historia.
Tras muchos años de armoniosa convivencia, nada debería perturbar el manso bienestar de mi relación sentimental. Pero la maliciosa e insistente aparición de misteriosos anónimos, no dejaba de abultar la culpa de este cauto silencio. El primero apareció a finales del pasado año. Justo durante la celebración de la boda de unos amigos. Lo hallé en el bolsillo de mi chaqueta. Estaba firmado por un tal Julio. Sorprende que, ni mi chica ni yo, tenemos amistades con ese nombre. Sin embargo, por la información que maneja, ha de ser alguien muy cercano a nuestras vidas. Su último anónimo fue el detonante de todos mis temores. Ya no le basta con citar lugares y recuerdos tan personales; ahora solicita respuestas que no tengo: «Tengo visto un sitio precioso. ¿Te decides? ¿Julio?»
Llegué a la azotea siguiendo su rastro. Encontré al joven muy alterado. Al verme, amenazó con lanzarse al vacío. No dejaba de llorar. Intenté tranquilizarlo, pero de nada sirvieron mis estrategias para que depusiera su actitud y regresase al interior de la terraza. No debía correr riesgos ni acercarme a él, por si saltaba. Fueron momentos muy angustiosos. La tensión era extrema. Luego, poco a poco, se fue calmando, me escuchó y logré ganarme su confianza. Entre lágrimas, me hizo partícipe de su historia. Una infancia dolorosa en un hogar desestructurado. Una adolescencia desordenada, sin presente ni futuro, hasta que la conoció a ella. Aquel amor dio sentido a sus días e iluminó sus noches. Por eso le dolió tanto su rechazo.
Le ofrecí mi mano, en un último intento de convencerlo de que todo sería mucho más fácil si colaboraba. Por fin accedió a confesarme su terrible crimen. Pero la situación dio un vuelco cuando rompió su silencio y acabó en el asfalto. Era imperdonable lo que le había hecho a mi hija.
Planté las margaritas en una zona abandonada del jardín de aquel traidor. A escondidas, en Berlín todo funcionaba así.
Lo hice con sumo cuidado, alineadas en surcos que formaban dos triángulos precisos. Mi madre me había enseñado a dibujar la figura cuando era niño. Lo hice por ella. Él la había denunciado por despecho y sin dar la cara. No tuvo la oportunidad de huir.
La espera fue larga, pero las cuidé y al final llegó el momento. Las SS lo detuvieron después de inspeccionar el jardín. Era fácil darse cuenta, aquellas flores blancas estaban dispuestas dibujando la estrella de David. Mi llamada había sido anónima, estábamos en Berlín.
Ya apenas habla. Pasa las mañanas hundido en una silla de ruedas, delante de un aparato muy ruidoso, y las noches en su cama de la residencia, donde alguna vez le viene el recuerdo de aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, aunque no está seguro de lo del pelotón de fusilamiento; o recuerda que un verano estuvo en un lugar de La Mancha, de cuyo nombre quiere desesperadamente acordarse, pero no se acuerda; o le parece que en una ocasión le dijo a su jefe, el director del banco, que preferiría no hacerlo, pero no sabe si al final lo hizo, lo hicieron; y hoy, que hay dulces y guirnaldas y les han puesto un gorrito porque es Nochebuena, tiene una vaga memoria del espíritu de las navidades pasadas: un ser vestido de blanco que repitió varias veces un apellido alemán que ha olvidado del todo. Y por fortuna, también ha olvidado cómo desde entonces las semanas se encadenaron a las confusiones, los meses a la desorientación, los años al pantano donde realidad y ficción se revuelcan juntas en un mismo fango de desmemoria y silencio, el horror, el horror.
Sin mediar palabra le obligamos a salir de la garita, que ya nunca abandonaba desde que le nombraron capataz, y fuimos a sentarnos en el cuarto de los obreros. A él le señalamos una silla que estaba arrimada a la pared, para que no tuviera escapatoria. La estufa de butano apenas aliviaba la humedad, pero aportaba una luz rojiza que nos iluminaba los rostros. El Extremeño estaba nervioso; no paraba de manosear lo que llevaba en el bolsillo. Tomás fue el encargado de abordar el asunto. Su tartamudez no sería un obstáculo, ya que habíamos acordado limitarnos a los ojos y los gestos. Nos conocíamos todos desde la mili y empezamos juntos a trabajar en la fábrica. Luego nos había distanciado el ascenso de Julián, pero nos enteramos de que le andaba hundiendo los hombros un atolladero de timbas y apuestas. No lo mencionamos porque no queríamos hacer leña del árbol caído. A mi señal, el Extremeño le entregó un sobre con el dinero que habíamos reunido entre todos. Lo recibió con manos temblorosas y a los cuatro se nos llenaron los ojos de lágrimas, pero digo yo que sería por el humo de los pitillos que estábamos fumando.
Trabajaba en el control de acceso al Consistorio Municipal. Al comprobar el DNI, por alguna extraña fantasía, deducía cual era la fecha de su deceso. Aquella anécdota se convirtió en rumor. Ahora, en caracola, rodean el edificio. Esos desconocidos ya no van al Ayuntamiento a cumplir con su burocracia, solo quieren poner en orden su vida.
Me despidieron por aliviar las miserias ajenas.
Ahora, cumplo condena por algunos suicidios imprudentes que no supieron gestionar su ego entre unos barrotes de carne y hueso.
Pero, dime, ¿tú, cuándo naciste?
El síndrome de rubéola congénita lo hacía esclavo de su silencio. Apareció un día pidiendo «Pan», pidiendo «Té», las únicas palabras que podía pronunciar… Por su documento, que mostró a mamá, supimos su nombre y edad, y más adelante, al verlo limpio y afeitado, intuimos que dormía en un albergue.
Con él aprendimos a dar, a darnos… Cada vez que tocaba el timbre, alguno de nosotros recibía la taza, hervía el agua, cortaba el pan, y formaba parte de ese rito del té que nutría el alma sin dejar de quitar el hambre.
Hace poco, visitando a mamá, lo crucé en la puerta de calle. «El mudo» está flaco y canoso, ya no le quedan dientes… Le llamó la atención que me fuera, y mamá le explicó que «soy grande», que ya me iba a mi casa… «¡Ah…!», exclamó formando un techito con las manos, y en esa interjección cupieron todas las palabras y el cariño del mundo.
Maruja siempre tuvo un don para la pintura. En sus continuos vaivenes por la geografía española lo demostraba con creces, aunque no se le valoraba debidamente.
La sociedad le negaba lo que era evidente.
Y no solo a ella. Otras mujeres a las que conoció vivían la misma situación, por la que se camuflaba su talento en una capa invisible de anonimato.
Un día decidió pasear con sus amigos Margarita, Federico y Salvador por el centro de la capital. Y lo hicieron sin sombrero, en un gesto simbólico y transgresor que intentaba captar la atención de una sociedad aletargada.
La respuesta obtenida fueron insultos y pedradas, pero aunque no lo supieran ese día se inició un movimiento imparable.
Casi un siglo de reivindicación imperceptible y ahogada por el silencio, indiferencia, exilio y represión, que noventa años después se deshace de la mordaza convirtiéndose en sonoro grito.
La gota de aceite del arte siempre flota sobre el agua estancada del convencionalismo. Y las pinceladas y letras de Maruja, Margarita, María, Ernestina, Rosa y Concha, entre otras, ya no pueden quedar en el anonimato.
Hoy las disfrutamos con nombre, apellidos y la cabeza bien descubierta.
“Sufría el silencio su muda condición, cuando la oscuridad, sabia consejera que habita las almohadas, le propuso quedar al final del día y ayudar al sueño en su ingente labor reparadora, propiciando que ésta alcanzara al mayor número posible de criaturas.
Juntos tomaron calles y plazas; se colaron en los patios, en las casas. Ella iba atenuando luces; él, acallando ruidos y voces.
A pesar de que a la oscuridad se le olvidó apagar la luna, el sueño logró cerrar infinidad de párpados esa noche. El silencio, viendo la importancia de su cometido, no cabía en sí de gozo y envolvió a la oscuridad con un elocuente abrazo”.
Gorka leía este texto anónimo en el reverso de una hojita de calendario en casa de su abuela Maritxu, mientras ahogaba su emoción mordiéndose los labios. No es que aquellas palabras le conmovieran, le parecían cursis, pero hablaban del silencio, tema obligado en la redacción que debía entregar en clase de lengua al día siguiente.
Una vez leídos los escritos, el diligente don Mariano no tardó en llamar a Gorka. Devolviéndole el trabajo, le dijo: “Toma, se te ha olvidado poner el nombre. ¿O prefieres que siga siendo anónimo?”.
En cuanto me dieron el alta, comencé con mis visitas diarias al parque. Lo otro vino después de nuestro divorcio. Imposible resistirme a coleccionar algo tan hermoso y colmado de ruido. De vida. Por eso me he provisto de una red de tul como la de los entomólogos. Y en el bolso guardo tarros pequeños de cristal. Siempre al acecho, escuchando. Después de las capturas, pongo etiquetas adhesivas y los coloco en los estantes del que seguirá siendo su cuarto, aunque Javier se empeñara en transformarlo en un despacho. Mis preferidos son los que acompañan a las rabietas, agudos como el violín que busca protagonismo en una partitura. Los provocados por caídas de toboganes o peleas suelen tener menor intensidad. Aunque sus ecos titilan en mis oídos una vez extinguidos. A veces me siento satisfecha de mi amplio muestrario. Otras caigo en el abismo de la nada; la peor de todas las caídas porque no tiene fondo. Porque me falta la pieza más valiosa de mi colección. Porque no oír el llanto de un hijo en el paritorio es, sin duda, el silencio más atroz.
Recordó esa nota justo antes de que todo comenzase.
“La ausencia de sonidos puede volverte loco ya que, el silencio total no existe. El oído, nervioso, tratará de buscar lo que sea y trasteará dentro de tu cuerpo para hallar esa fuente. Y la encontrará en los ecos lejanos del corazón, en el latido de la sangre e incluso en las contracciones del intestino. Una cámara anecoica podría ser un arma de tortura, una forma de enloquecer a la gente. Pero yo creo que, en esa supuesta ausencia total de sonido, si acaso hubiesen logrado aislar todo el exterior, una vez que tu oído hubiera iniciado esa búsqueda suicida y tras comprobar la bulliciosa locura de tu interior, el cerebro encontraría reposo en aquellas melodías soñadas, esas que te acompañaron y que se metieron tan dentro de ti, que en ese supuesto secuestro despertarían y saldrían a la luz brindándote la ayuda necesaria para calmar al oído explorador y superar el tormento. Pareidolias acústicas o algo similar.”
Anónimo.
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