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Cuando mi hermano Manuel se empeñaba en algo, siempre producía un gran alboroto. A los siete meses de gestación, decidió nacer y los alaridos de mamá se escucharon antes de tiempo en todo el vecindario. Con solo tres años era él quien nos leía cuentos a los mayores cada noche. Aprendió a ir en bici o a comer sopa sin usar las manos, lo que solía generar una enorme ovación. Incluso le “consiguió” a mamá aquel collar que siempre se quedaba mirando en el escaparate, lo que provocó que ella le diera un sonoro beso en la mejilla.
Pero un día se empeñó en que quería volar.
Nos reímos a carcajadas de él hasta que vimos que hablaba en serio. Cuando se subió al tejado no supimos si rezar o llorar. Algunos hicimos ambas cosas. Entonces gritó: “allá voy” y se lanzó al vacío.
No cayó en picado ni se estampó contra el suelo ni se mató. Simplemente desapareció entre las nubes y nunca más volvimos a saber de él. Hay quien dice que algunas noches lo ha visto junto a su ventana. Acurrucado y desnudo. Siempre con una sonrisa y un dedo en la boca, pidiendo silencio.
Miguelito, se quedaba con la boca abierta y sin pestañear escuchando a la seño, cuando el viernes les leía un precioso poema, uno de esos de amor.
La tarde del sábado, Miguelito escribió: “ María, tu risa es el más dulce sonido para mis oídos” y sonrió.
Al rato, pensando en Lucía y cambiando el color de su bolígrafo, continuó: “Tu piel huele a algodón”.
Con la mente agotada por buscar palabras y sonidos que construyeran una inolvidable frase romántica, un poema de amor, hubo de descansar y merendar un buen vaso de leche con cacao para reactivarse.
Más tarde prosiguió: “Susana, tu pelo plateado ilumina el día gris” y se complació. A última hora de la tarde quiso dedicar unas palabras a su madre: ”Tus caricias suavizan mi vida”, confesó sin miedo.
Orgulloso, pasó a limpio sus versos en un precioso papel dorado, el color del amor verdadero, y con una letra bien trabajada, le pareció haberse convertido en un joven poeta muy prometedor; también pensó que a estas alturas, ya no quería firmar como “Miguelito” y siendo como era la hora de cenar, decidió que de momento, le parecía muy interesante suscribir su poemario con un “Anónimo”.
Interrumpen el sueño de Clara dos gorriones que trinan alborotados en el alféizar de la ventana. «Algo va mal», murmura, amodorrada. Sin fuerzas para despegar los párpados, y aunque quisiera no oír nada, le deslumbra a través de la persiana la claridad del día y le llegan las bocinas de los coches, un frenazo en el asfalto, el bullicio del tráfico ahí abajo.
Contra su voluntad, cuenta las ocho campanadas del reloj de la iglesia. Lentamente, va percibiendo también los sonidos de alrededor: el goteo de un grifo mal cerrado, el despertador del vecino, una pinza que cae al patio. Y, de pronto, las voces. Al principio son un murmullo lejano, pero van acercándose a ella hasta susurrarle al oído, recriminándola, «qué haces sobre tu vómito, qué asco das, eres una desgraciada».
Se sienta en la cama y hunde la cara en la almohada, «no puedo más, no quiero oíros, marchaos», pero las voces no callan. Como se hace tarde, se recompone como puede y se seca las lágrimas para no alarmar a Laura al despertarla, y mientras le prepara el Cola-Cao y un bollo para el recreo calcula mentalmente que con dos blísteres, la próxima vez, no podrán despertarla.
La información dispersa en una lista interminable de cifras es procesada y compilada por un programa informático. Se producen resultados que son escrupulosamente analizados con absoluta frialdad para elaborar sesudas estadísticas con desembocadura en importantes decisiones: poca circulación para mejorar esa curva; densidad de población demasiado baja para mantener un centro de salud; porcentual interés en aumentar el gasto en determinado servicio en detrimento de tal otro… Y así, simples datos sin alma, provocan y provocarán incontables puntos de giro en historias anónimas a las que solo podrán poner nombre y apellidos sus respectivos protagonistas.
Eres un feto. Procedes de una estirpe inteligente, amante del silencio. Sientes terremotos, te asustas. Abres las puertas con tus manitas, echas un vistazo. Fuera hay bombas, montañas de basura, delirios, gritos… Es suficiente, decides retroceder. Cierras las puertas, empequeñeces. Retrocedes más. Te comunicas con tus padres, tatarabuelos. Ellos hacen lo mismo.
Ahora eres un neandertal. Avanzas. Eres adulto, inteligente. Acabas de sobrevivir a una devastadora glaciación que no será registrada en los libros. Crees estar solo, sobre la inmensidad helada, mas a lo lejos ves a otra superviviente, tal vez la única. Es hermosa, y lleva una antorcha. Ambos cerráis los ojos, sentís una vibración interior, un mensaje. Se acerca, os saludáis con la mano, pero no os detenéis. Ella prosigue su camino en solitario, y tú el tuyo. Alrededor reina un glorioso silencio.
Encontró un anónimo que habían deslizado por debajo de la puerta. Era un sobre sin remitente ni destinatario, que solo contenía un folio en blanco. No pudo volver a hablar, los piquetes informativos del diccionario, hartos de menosprecio, eran muy violentos.
Yo estaba con papá cuando llegó el primer anónimo. Lo sacó del buzón, lo leyó, y a la papelera. Con mi hermana descubrió el segundo. La nota, escrita en mayúsculas, acabó en la basura. Cinco misivas más tarde, mi hermano mayor cambió de sistema, yo recortaría letras en los folletos publicitarios, él buscaría modelos de cartas de extorsión, y Elsa pegaría todo. Papá empezó a guardar aquellas misivas, si iba a la policía, le harían falta pruebas. Esa noche suspendimos la misión. Para conseguir aquella videoconsola nueva, iba a ser necesario pillar a mamá con el señor con el que había empezado a quedar en una cafetería del barrio. Seguro que a ella la idea de comprar las fotos comprometedoras que los extorsionadores dicen poseer-y de papá y sus dos amigas tenemos, alucinante las cosas que hacen los mayores- por solo 863,25 euros, le parece mejor que al incrédulo de papi. Lo malo va a ser hacer esas fotos, él no sube a casa ni cuando papá viaja. Jorge está convencido de que siguiéndoles, ya les ha visto intercambiando papeles y apretones de manos, si no podemos comprarla antes de las vacaciones de Navidad lo lograremos antes de las de verano.
Diario La Vanguardia. 2 de diciembre.
HALLADO dinero en Paseo Gracia. Retorno quien sepa cuantía, tipo billetes, fecha pérdida y continente. Dejar mensaje esta sección próximos días. Refª Íntegro.
Diario El Periódico de Cataluña. 2 de diciembre.
EXTRAVIADOS 10.000 EUROS, billetes 100, ayer, en Paseo Gracia. En bolsa Corte Inglés. Agradeceré devolución. Refª Trapalatrop.
Diario La Vanguardia. 3 de diciembre.
ÍNTEGRO, perdí dinero pasado día 1. 10.000 euros billetes cien. En bolsa Corte Inglés. Gratificaré mil euros. Refª Genaro.
ÍNTEGRO, jueves, día 1, extravié dinero (10.000 euros billetes 100). En bolsa Corte Inglés. Premiaré gesto con 800 euros. Refª Abundio.
ÍNTEGRO: gracias. Mis 10.000 euros, billetes de 100, en bolsa Corte Inglés. Puedes quedarte mitad. Refª Braulio.
Diario La Vanguardia. 4 de diciembre.
ÍNTEGRO. Ayer error. Omití un cero. Recompensa de 8.000. Espero contacto. Refª Abundio.
Diario La Vanguardia. 5 de diciembre.
ÍNTEGRO. Solo me interesa bolsa Corte Inglés. Lo que me quieras dar está bien. Refª Genaro.
Diario La Vanguardia. 6 de diciembre.
GENARO, ABUNDIO, BRAULIO. Adoro gente que lee varios diarios día. Estar informados os puede hacer ricos. Gracias desinteresada colaboración mi estudio sobre picaresca española actual. Refª Íntegro y Trapalatrop.
Llega sin sobre y sin estampillas, como si no proviniera de un lugar sino de un tiempo.
Viene sin firma, pero con su letra. Es su letra, ya sin las curvas y voluptuosidades de la adolescencia, o el pulso nervioso de la temprana juventud. Es su letra que, erosionada por las aguas y los vientos de la vida, se ha transformado en esa monótona planicie que abraza un horizonte impreciso. Es su letra que se ha desnudado de todas las metáforas. Es su letra, ya sin nombre, que atraviesa el silencio como lanza y viene a cumplir las promesas de ayer.
Miré al cielo y te volví a dar las gracias por permitirme sentir los latidos de tu corazón, La cremallera cicatrizada en mi pecho representaba el inesperado vínculo entre nuestros cuerpos.
No te conozco, aunque seas mi vida.
EL SABLE
Este fin de semana he cerrado la casa del pueblo de mi padre en Extremadura.
Murió hace 51 años.
He encendido la chimenea de la cocina con piñas y papel de periódico.
Todo el día llenando cajas.
Solo me quedaba el armario del despacho y al abrirlo, entre su ropa de militar, he encontrado una manta de las de Béjar, marrón con una franja blanca y flecos en los bordes.
Envolvía algo alargado. Al desenrollarla me he encontrado con un sable y un sobre cerrado.
Lo he desenvainado. Más de la mitad de la hoja estaba manchada de sangre coagulada y ya con un tono amarillento.
El silencio se extendió por la habitación y el frío me caló los huesos.
Nunca me contó nada de su paso por la guerra civil, pero este sable parecía que se me había clavado en el corazón.
Cogí la carta. Estaba escrita con letras que casi no se podían leer “para …”.
Después de dos horas, helado de frío y con mi corazón sangrando, cogí la carta, la eché a la chimenea y me quedé observando como el papel crepitaba y desprendía chispitas hacia el tiro.
Papá, ¿por qué no me lo contaste?
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