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Me atrevo a poner en conocimiento de Vuestra Majestad que los calores en la recién anexionada Nueva Canabria, están causando más bajas que la propia liberación del yugo que sometía a sus habitantes antes de nuestra llegada. O se han perdido las cosechas o los frutos maduran sin ser recolectados. Las gentes se encierran en sus casas para huir de la canícula. Los ríos, otrora frescos, cristalinos, arrastran cadáveres de animales y en la zona Este se ha desatado la peste verde. Tamaño es el bochorno que asola estas tierras que apenas llegan mercancías, estando las que arriban deterioradas o menguadas en su uso. Las embarazas paren a deshora, los relojes se descompasan y las campanas de las iglesias han enmudecido. En las mazmorras del Castillo Central penaba un visionario vecino del lugar, acusado de conjurar con un maleficio todos estos calores para que Vuestra Alteza, reniegue de estas tierras, abandonándolas por tórridas y yermas. El acusado lo negaba, gritando desesperado que Nueva Canabria es el futuro de Vuestro Reino. Ayer fue ajusticiado al alba. El verdugo nos ha transcrito su último deseo. Quizás, en Su magna sabiduría, Vuestra Majestad comprenda su significado. Reza así: «¡Regulen los termostatos!».
Yo tenía siete años cuando vi a mi padre salir de casa con una gran maleta. Mi madre lloraba, quedó sumida en una gran tristeza, era consciente de esa relación pero no esperaba que mi padre le pidiera el divorcio para casarse con una chica 10 años más joven que ella y universitaria.
Casi al año y medio de su ida, mi padre regresaba, llevaba su gran maleta y una caja en la que decía llevar los papeles importantes de la empresa.
La relación entre mis padres lejos de mejorar fue empeorando, mi madre depresiva y ausente, mi padre obsesionado con el dinero, solo vivía para ganar más y más hasta el mortal ataque cardíaco.
Mirando los papeles que guardaba en esa caja que trajo en su vuelva, vi una carta de despedida de su joven novia. Le decía que no estaba preparada para llevar una casa y hacerse cargo de los hijos de otra aunque solo fuera cada quince días. Había terminado su carrera y quería ejercerla, lo dejaba. Después de leer esa carta entendí el regreso de mi padre y la tristeza de mí madre.
Aquel año, el estío irrumpió de forma abrupta. La esplendorosa pujanza de la primavera se vio sorprendida por sucesivas acometidas de viento tórrido. Solamente en las profundidades de la caverna donde se cobijaba Augenblau, quedaron enclaustradas burbujas de frío residual. Abandonada de niña, había logrado adaptarse a las severas condiciones de la naturaleza salvaje, en perfecta sincronía con los latidos del bosque. Pero los mastines del Señor de Morgenstein rastreaban, con el resuello al límite, cualquier atisbo de frescor y encontraron, una mañana, el refugio umbrío de Augenblau. A la zaga de los canes llegó su amo que, chasqueando el látigo, les obligó a envainar sus colmillos. Enrabietados, soltaron la presa, dejándola a su merced. Augenblau suplicó con el terror instalado en su mirada azul, pero fue todo en vano. Su desgarrador grito arrancó lascas del alma pétrea de la gruta. Tiempo después, Morgenstein regresaba, extraviado y herido tras una infausta escaramuza, y pasó nuevamente por aquellos parajes, ahora gélidos. El trauma de la derrota y una fuerte ventisca le impidieron percatarse de la afilada daga, que emergía desde la espesura nívea. Ya “in artículo mortis”, recordó con un evanescente ápice de conciencia aquellos ojos azules.
Su equipaje lo llevaba en una maleta llena de ilusiones y proyectos varios. A la espera de compartir el viaje de su vida con él, olvidó que las huellas del camino van desapareciendo con el viento que las desvanece, el agua que las arrastra y el sol que las quema.
Descubrió unos rayos de sol ocultos en un cielo herido descargando tormentas de emociones en un horizonte agrietado.
Sus sentimientos, los del otro viajero sin destino cierto, agazapados, estallaron con la serenidad de un apacible día de verano y la suave brisa del periodo estival convirtió lo vivido en un espejismo.
Ahora, sin contar los días, pero haciendo que cada uno de estos cuente, prepara una nueva aventura con un ligero equipaje y regresa a una realidad diferente que le abrirá una ventana por la que cada mañana entrará el calor y el aroma de una anticipada primavera.
Había tomado. maquinalmente el camino a casa, pero al llegar y ver a Juan en el jardín, solo, inmóvil, sentado de espaldas a la entrada, me detuve y quedé esperando a que se levantara, me viera y fuese él quien se acercase a mí. Pero no se movió. Me aproximé silenciosamente y me senté detrás de él en un escalón cercano. Como era de esperar, él no me oyó. Mientras aguardaba, tuve deseos de llamarle, pero no me atreví a hacerlo por estar sucia, maloliente, con el pelo revuelto y embarazada.
Cuando finalmente se levantó para entrar a la casa, Juan casi se topa conmigo. Se detuvo, nos miramos y pude observar en su rostro el desfile de emociones que siguieron a la sorpresa inicial: alegría por el reencuentro, preocupación al notar mi aspecto lamentable, y luego, sus facciones se volvieron a iluminar mostrando que estaba feliz de tenerme de nuevo en casa; me tomó en sus brazos mientras repetía cariñosamente mi nombre. Entonces, como por encanto, olvidé mi larga escapada, la suciedad, la preñez y el hecho de que estaba muerta de hambre, y fui invadida por un gozo intenso que encendió el motor de mi más sonoro ronroneo.
Cerró la puerta con suavidad. Desesperado, juró que jamás volvería a pisar aquel lugar. Lo juró por Dios y por sus hijos. En otro tiempo también lo habría jurado por su mujer, pero ella hacía mucho que ya no le daba crédito.
Desde el mostrador de recepción y con gesto escéptico, le dijeron adiós. No vio la burla, sus ojos querían mirar hacia adelante. En la calle se sintió perdido y llamó para implorar ayuda. Ensimismado, oyó sin escuchar los consejos y se comprometió a no mentir más. Intentaría abandonarse en manos del sosiego, iniciar un tiempo de paz. Pero llevaba años luchando contra aquel impulso irrefrenable y siempre había fracasado. Luego, caminó despacio, enredado en su realidad tortuosa, tratando de arreglar el desaliño. Y mientras soslayaba el desprecio en las miradas de la gente, se le revolvió el estómago. Había bebido.
En el bolsillo le abrasaban los restos de la indemnización por despido. Era un pertinaz escozor. Y renunciar a aquella gratificación irracional que le provocaba retar al azar, se le antojó imposible. Tenía un presentimiento; tenía la fórmula; él controlaba… Y, empujado por tan ofuscada pasión, dio marcha atrás y abrió la puerta del Casino con suavidad.
Mi hermano se presentó en casa. De repente. Mamá, como cada día, estaba entretenida en el salón hojeando los álbumes de recortes de prensa. Los últimos vestigios de su fama fugaz. Nadie había vuelto a entrevistarla desde la desaparición. Ni a ella ni a papá. Y el desinterés los envolvió en una niebla amarga.
Habían pasado quince años. Samuel tenía cinco cuando lo abdujeron. Yo nací un año después. Así que no lo conocía. A Harry —nuestro viejo gato— no le hizo ilusión volver a verlo. Solo le bufó.
Mis padres recobraron la alegría en cuanto les reclamaron los medios. Ayer viajaron a la capital, de gira por las televisiones. Mi hermano no quiso acompañarlos. Se ha negado a hacer cualquier declaración. Antes de irse, llenaron el frigorífico de comida y nos dejaron solos. El gato, esquivo, también prefirió esconderse.
Anoche me despertó un maullido agudo e infernal. Después, el silencio. Oscuro y viscoso como mi miedo. Esta mañana, mientras desayunaba en la cocina, sentí el aliento de Samuel detrás de la nuca. Me giré y le vi convulsionar. Tenía nauseas. Vomitó una bola de pelo que cayó junto a mis pies. Era atigrada. Como la piel de Harry.
Tienen que marcharse ya si no quieren pillar atasco. Yo soy la encargada de dar un último vistazo en las habitaciones, por si se han dejado algo.
—¡Ey, Nic!, se te olvidaban estos calcetines, y tú, Hugo, el cepillo de dientes… ¿Hugo?… ¿dónde estás?, ¿qué haces?
—Estoy aquí, haciendo la cama, mi madre me dijo que la hiciera.
Me echo a reír.
—¡Nooo, hombre, no…! No te dijo que la hicieras, sino que quitases las sábanas y las metieras en la lavadora.
—¿Por?…, no están sucias y volvemos en Navidades, ¿o no?
—Sí, claro que sí.
Lo observo mientras termina de hacer la cama; le cuesta, aún no domina la técnica.
—Sí, tal vez tienes razón, solo fueron cinco días, y no serán más de tres en Navidades; pero cuando os vais tengo que hacer cosas para distraerme. La casa se queda muy silenciosa, triste, diría yo. Así que lavo sábanas, plancho…
Ahora es él quien me observa, sorprendido y mohíno.
—Vaya…
Pero de repente se le ilumina la cara.
—¡Espera! Déjame tu móvil un segundo y te pongo algo que mola.
Y mientras regresan a sus vidas, yo me tumbo en la cama mal hecha y abro TikTok.
Lo comprendo todo. Que pienses que este no es un buen momento. Que consideres que ya ha pasado demasiado tiempo, que no somos los mismos, que cada uno tiene su propia vida, que segundas partes nunca fueron buenas o que creas que corremos el riesgo de desbancar un mito, borrando de un plumazo ese halo de fascinación que envuelve nuestra existencia. Lo entiendo. Perfectamente.
Pero ten en cuenta, amor mío, que el destino, como todo lo humano y lo divino, no es casual y se materializa inevitable en los hechos que nos están misteriosamente reservados. Después de todos estos años y de tanta guerra inútil, no tengo dudas de que el mío, me conduce directamente a ti.
Es hora de darle un vuelco a nuestra historia. No puedo continuar aquí, como un desterrado. No.
Vivir juntos, claro que es posible. Y si, como dices, los tiempos han cambiado y ya no sueles sentarte frente al mar, entonces que sea en la estación. Me verás llegar. Me acercaré a ti y en ese instante sabrás que soy yo ese a quien esperas.
Y es que la decisión ya está tomada mi amantísima Penélope. Regreso.
Volvió, y comprobó que la puerta era la misma pero no la cerradura. “Joder ¿Qué ha hecho mi Fernanda?” pensó extrañado. Picó con insistencia al timbre y tardó en abrir un instante que le pareció media vida. Aparecieron, por delante de su mujer y un señor entrado en años, dos jóvenes fuertotes que le resultaron familiares y que nada más verle cerraron de un portazo. Raudo, fue a la comisaría a denunciar la ocupación de su casa “¡Con la Fernanda dentro!” se repetía una y otra vez angustiado.
Cuando la policía se acercó a comprobar el asunto, al portal salieron el ocupa de más edad junto a su mujer, y algo diría a los agentes al oído para que éstos se girasen con mirada incrédula. En ese momento, Fernanda le preguntó:
– ¿Y el tabaco, Manuel, lo compraste?
– Si, claro… – balbuceó el denunciante-. Pero ya he dejado de fumar.
Lo de la ballena mirándole con curiosidad no se lo contaría al conserje de su empresa cuando al regresar le preguntase, como de pasada y sin interés, mientras estudiaba en un catálogo las ofertas del supermercado de la esquina, que qué tal las vacaciones. Cortaría el relato del avistamiento de cetáceos un poco antes, en lo del salto que dio en el aire y el coletazo que pegó, calando enteros a todos los de la embarcación. No, quizá eso era enrollarse demasiado; mejor le diría que apenas vio el lomo de unos calderones, y de lejos, que lo mismo podrían haber sido bolsas de plástico flotando en el océano.
Para antes de enredarse en detalles y caer en alguna contradicción, ya se habría abierto la puerta del ascensor y él, resoplando y aflojándose la corbata, se apresuraría a atrincherarse en su tugurio de seis metros cuadrados con ventanuco a un patio interior, encendería el ordenador y se pondría, con regocijo, a abrir y contestar correos, devolver llamadas perdidas, rellenar pólizas, esa rutina tan relajante, dejando atrás treinta y un días metido en su apartamento, sobreviviendo gracias al aire acondicionado y los folletos de excursiones en las Islas Canarias.
Allí estaba ella, plantada en medio de la calle y llamándome a voz en grito :
-«¡ Niña!»
Yo iba en el coche, de vuelta de vacaciones y ese modo arrabalero…, yo no soy clasista pero…estábamos a distinto nivel al menos intelectual o eso creía ….
Días antes nos habíamos cruzado en la playa y aunque sólo nos conocíamos de vista, parece que a todos nos alegra ver una cara conocida cuando estamos fuera de nuestro entorno habitual y entablamos una pequeña conversación…siempre con distancia, porque yo no soy clasista pero….
Me paré y bajé la ventanilla al tiempo que tomaba conciencia del calor que emanaba del asfalto.
-¿Ahora llegas? Yo llegué ayer, ¡qué noche!, vengo del médico.
-¿Y eso?
-Le he dicho a la doctora que me recete otros quince días en la playa.
No podía parar de reírme. Cincuenta grados, noches tropicales y buen humor para sobrellevar esa situación. La vida acababa de darme otra lección, intelectualmente me había superado de largo, no se me habría ocurrido semejante salida, pero es que humanamente también me puso el listón alto y sobre todo, me río mucho con sus comentarios, plantadas ambas en cualquier esquina.
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