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No estaba en la Iglesia. Jugaba con él, un ratón manejando al gran gato. Se equivocó cantando el salmo, estaba irritable, fulminó a un monaguillo con la mirada. Después de misa dobló cuidadosamente la casulla y se levantó la camisa. El cilicio había dejado una fea marca en la cintura. El mordisco del alambre en la carne le daba un aspecto torvo que, junto a la ceja izquierda levantada, intimidaba a los fieles. Rezó ante una imagen de San Agustín y se sintió reconfortado, limpio. En una de sus aldeas le dieron viandas de la matanza, pero hoy ayunaría. Sudó hielo esperando la hora, fumando un Ducados tras otro hasta que los santos se difuminaron en una niebla de ansiedad. Por fin escuchó el bullicio de la chiquillería y vio las rodillas rojas de mercromina, los tirabuzones de querubín, un diablo que olía a Nenuco. Se obligó a pensar en sangre, pus, mocos, miasmas que ocultaba su apariencia angelical. Se sintió fuerte, rebosante de fe y con vocación renovada . Después de la catequesis le despidió con frialdad, esta vez no caería en la tentación. Como le pasó con su hermano mayor.
Fue en marzo. Lo recuerdo porque era el mes de nuestro aniversario. Fue a las doce. Lo sé porque se escuchaba el ángelus en el campanario de la iglesia y las agujas de su reloj marcaban con esa desmedida puntualidad tu ausencia. Fue el portazo que diste al marchar el que me despertó de una realidad que no quería ver entre las saetas de nuestro tiempo.
Ahora miro al cielo, que es mi refugio. Me escondo entre cartones y me asomo al escaparate de la bollería con el antojo de tu vuelta.
Espero escondido para verte caminar hacía la escuela y en tiempo de recreo observo, sin rencor, como hablas con el profesor de inglés. No importa, ya nada importa.
En una esquina devoro un cruasán con ansia mientras las campanadas ensordecen tu abandono y el reloj marca la hora en punto de mi deshora.
El chaparrón cayó súbito, violento. Para resguardarme, entré en el primer comercio abierto, una tienda de antigüedades que recorrí sin mucho interés hasta descubrir un reloj de pie tan bello que quedé embobado contemplándolo.
—¿Te gusta? —preguntó una joven voz de vendedora.
—Me encanta
—Soy Francesca —se presentó la atractiva pelirroja—, amo este reloj y aunque lo tengo en exhibición, no sé si podré separarme de él.
Buena comerciante, pensé.
—Te interesa? —preguntó.
—No estaba en mis planes…
Pero ella descubrió en mis ojos que yo lo deseaba intensamente.
—-Quieres dejarme tus señas por si me decido a venderlo?
Unas semanas más tarde llamaron a mi puerta. Era la anticuaria. ¡Quería ver si mi casa era apropiada para alojar al reloj! La casona la deslumbró y preguntó si, de vendérmelo, podría venir alguna vez a verlo.
Acepté. Y Francesca volvió varias veces.
Ayer llegó toda sexy con una botella de vino. Sentados muy juntos en el sofá, bebimos y charlamos largamente. Me propuso varios cambios en la decoración, lo que encendió mis alarmas y cuando, más tarde, aseguró que sentía la necesidad de ver el reloj cada día, temblé. Hoy se lo mandé, no sin pena, envuelto para regalo.
Vidas alejadas. Diferentes personalidades. El día y la noche. Nada que ver el uno con el otro. Son dos personas viviendo en diferentes ciudades, con círculos de amistades antagónicas y gustos opuestos. Aficiones que no coinciden. Seres humanos de diferentes planetas. Quizá son de especies diferentes. Pese a todo lo anterior, son hermanos. Aunque pase el tiempo entre ellos, aunque haya distancia, saben que siempre se tendrán. Alegría al verse. Risas satisfechas cuando se escuchan. Orgullo sobre todas las cosas que consigue el otro. Deseos de triunfo mutuo. Esperanzas en sus respectivos proyectos de vida. Y sobre todo respeto.
Lo dicho, hermanos.
Tras los años felices vividos con Jezabel en la cofradía de Jesús del Amor y la Entrega, ella le confesó su infidelidad en medio de la procesión de Jesús de las Tres Caídas y Nuestra Señora de los Misterios Dolorosos. Él entonces se trasladó a la Fervorosa de Jesús de la Paciencia y María Santísima de las Penas e intentó también unirse a la de la Venerable e Ilustre de Jesús del Perdón.
Todo en vano, deambuló entonces por la de Jesús de la Amargura y María Santísima de las Lágrimas. Ya de noche oscura, desfiló esperanzado con el Jesús del Rescate y con la Sacramental de Nuestra Señora de la Consolación. De inmediato pusieron estos sobre aviso a los del Gran Poder y Nuestra Señora de la Esperanza Coronada, que lo consolaron con siete palabras y se lo llevaron a la Hermandad de Nuestro Señor de la Meditación y María Santísima de los Remedios.
Esta Remedios era ebúrnea y morena, cofrade de la Venerable del Santísimo Cristo de los Favores, miembra entusiasta de la carrera oficial, y con ella vivió al amanecer el mágico momento de la levantá.
Pero sepan ustedes que nunca olvidó a Jezabel. Eran como hermanos.
Me enteré de la muerte de mi hermano por una carta de mi tío Jaime, mellizo de mi madre. Ellos solían comentar en las reuniones familiares , como los niños de un mismo parto, a veces, podían sentir, el uno del otro, la alegría o la tristeza . Mi madre en ocasiones entraba en un denso silencio, y lo rompía diciéndonos que a Jaime le ocurría algo, o que Jaime nos vendría a visitar esa tarde. Por eso, cuando Jaime murió, mi madre no solo lo supo anticipadamente, sino que durante mucho tiempo , paseó su llanto por la casa, en soledad. La misma soledad que yo siempre sufrí desde niño y a la que pude dar explicación, al recoger la casa de mi tío y encontrar la carta fechada veinte años antes y en la que Jaime intentaba calmar el dolor de mi madre por haber perdido a uno de los niños.
Juan le prometió que la llamaría al día siguiente a las seis en punto.
A esa hora, ella estaba sentada junto al teléfono, aunque no descolgaría el auricular enseguida, no quería mostrar impaciencia. Él esperaba, mirando fijamente, a que su reloj de muñeca marcara la hora exacta pero decidió dejar pasar un par de minutos más; quería hacerse el interesante.
Isabel fijaba su mirada en aquel teléfono mudo, pensando que hubiera sido mejor no hacerse ilusiones con esa clase de hombres. Juan no dejaba de marcar, una y otra vez, ese número al que nadie respondía.
Sus golpes ya no le hacían daño, ni sus amenazas podían intimidarla. Tampoco los insultos y los gritos con los que a veces él la envolvía la amedrentaban ya. En esos momentos respiraba hondo y cerraba los ojos. Justo entonces, inmovilizaba las manecillas de su reloj y el tiempo quedaba detenido mientras ella abandonaba la escena en busca de un tiempo y un lugar más felices.
No siempre había sido así. De niña corría a esconderse debajo de la cama hasta que la tormenta provocada por papá amainaba. Cuando, por su décimo cumpleaños, le regalaron un reloj, descubrió que podía manejar el tiempo a su antojo para escapar.
El día en que desapareció, su marido quedó desolado. Tanto, que ni siquiera se sorprendió de que en el calendario de la cocina fuera abril de 1985. Justo antes de que sus vidas se cruzaran por primera vez.
Julio vino a casa y desplegó sobre la mesa del comedor aquella manta de terciopelo negro con la solemnidad de un oficiante. En sus entrañas dormían agazapados los relojes, que comenzaron con sus tictacs vivaces en cuanto se vieron sorprendidos. Mis padres me instaban a elegir y yo tardaba en decidirme. Al final me convencieron para quedarme con uno dorado de pulsera extensible, con números que refulgían en la oscuridad. Los primeros días sentía en la muñeca un peso extraño. Pero lo malo fue cuando mi hermano, siempre tan caprichoso, empezó a obsesionarse. Al principio era su mirada muda a todas horas. Luego su acoso y, por fin, el robo del objeto de deseo. Tuve que decir a mis padres que lo había perdido, porque ellos no soportan que les hable de la existencia de Narciso. Volví a depender de la hora de los viandantes y de las campanadas de la torre. A veces me despierto en plena noche y veo el verde resplandor de la esfera flotar en el espacio. Es mi hermano que celebra su triunfo. Confío en que se canse y lleguemos a un pacto. En el fondo somos buenos amigos.
A Nicolás se le paró su Casio digital, regalo de comunión, al pronunciar por primera vez bien la erre: «La una, según mi reloj …», dijo orgulloso. Faustina rompió aguas y se quedó abobada mirando el parón de agujas a las cinco y diez, como si llegara tarde a los toros. Juana y Juantxo, practicaban posturas en la hora aburrida de la siesta, cuando la casa quedaba en silencio y ser primos no era grave. Una vez paran así los relojes, quedan muertos en hora fija, aunque luego anden. A mí me robaron el mío, herencia de mi padre, en plena calle, a punta de navaja. En la denuncia, señalé sin dificultad el momento exacto del atraco. Desde entonces huyo de las siete y veinte como de la peste. Las cinco y diez serán para Faustina la verdadera edad de su hija. Nicolás permanecerá fiel a su marca de reloj y Juantxo dejará de agarrarse esas melopeas de confesionario, a eso de las tres de la mañana, cuando todo le importa un pepino, salvo los recuerdos varados, como el sol en los muslos resplandecientes de Juana, brillando como una estrella muerta en casa de sus tíos.
Desde el primer momento sentí que algo nos unía a pesar de tener tan poco en común. Sin otro afán que el de no precipitarme, me tomaba el tiempo con sosiego, consumiendo sin apremio cada hora y añorando impenitente tu regreso. Tú en cambio, víctima de la impaciencia e incapaz de detenerte por un sentido del deber que te impedía el reposo, me hiciste asumir que no podría seguirte, que tu vocación por la prisa era incompatible con la calma a la que yo me aferraba. Con total resignación, nos conformamos con los dulces instantes compartidos antes de tener que separarnos de nuevo. Alegre y triste el reencuentro con sabor a despedida, vivimos el sinvivir de los amantes fugaces con apoyo en la certeza de volver siempre al abrazo. Y ahora, roto el corazón de nuestro común latido, somos las dos manecillas que tanto se echan de menos paradas en las nueve y cuarto de la esfera del reloj.
Aquella tarde de verano se mostraba dispuesta a aceptar todas las correrías de los chiquillos del barrio.
Con José Manuel, como líder nato, y sus amigos Manolín, Luís y Nacho compartíamos juegos las cuatro hermanas del capitán: Carmen, Montse, Pilar y María, acompañadas de nuestras amigas Chus, Chichi y Luisa.
Hoy, tocaba hacer una cabaña donde jugar y guarecernos de la lluvia en el próximo otoño.
Tomó las riendas el capitán, que empezó a repartir las tareas: «Chicos, vosotros que sois más fuertes id a por cajas a las tiendas, sobre todo si son de madera, y a por largueros de madera en las obras del barrio. Vosotras, chicas, recoger por estas huertas hierbas y paja para ponerle al techo».
Dicho y hecho, como lagartijas hacendosas y hormiguitas obreras buscamos afanosamente las materias primas para nuestra obra, mientras José Manuel sentaba las bases de la chabola improvisada.
La tarde se nos fue haciendo corta mientras observábamos con asombro como tomaba forma.
Cuando las madres empezaban a gritar nuestros nombres para que regresáramos a cenar, el refugio estaba en pie, anhelante de que lo habitáramos chiquillos alegres y felices, mientras nosotras abrazábamos a nuestro hermano, orgullosas.
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