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Estaba en la entrada de la casa en un alargado armario de cristal. Se veía su bonita esfera pintada con motivos florales y unas grandes agujas doradas. En la parte inferior del cristal, veíamos dos grandes pesas doradas que mi padre diariamente colocaba arriba para su buen funcionamiento.
Crecimos con su tic-tac, y no le prestábamos la más mínima atención, hasta que empezamos a salir como niñas adolescentes, entonces nuestra visión cambió y empezamos a verlo como nuestro enemigo, el que nos delataba si llegamos más tarde de lo permitido. Mi padre serio, señalaba los minutos que llegábamos tarde, que a veces eran demasiados y motivo de castigo. Así empezó nuestro odio a ese bonito reloj de pared.
No recuerdo quién fue, solo recuerdo que faltaba una pesa y hubo castigo para todas durante el verano. Aún hoy no la hemos encontrado, pero desde entonces llegamos siempre pronto. Él se paró a las 10 horas.
Crecí en una familia en la que, cada vez que nacía un niño, mi padre nos regalaba un reloj que se guardaba en un cajón hasta que tuviéramos edad de llevarlo. Ya éramos siete, cuando el mayor comenzó a usarlo y nos contó que todos eran iguales y llevaban grabado en su parte posterior un número por orden de nacimiento.
Poco tiempo después, unos golpes secos me despertaron de la siesta y vi a mi madre en el patio machacando con un martillo un montón de relojes; no supe cuántos pues aún no sabía contar. Asustado fui corriendo a nuestro cajón y me alivió comprobar que los nuestros seguían en su sitio.
No sé si será necesario aclarar que ya no hubo más hermanos.
Palmira, su pequeña hija, siempre está pendiente del reloj que cuelga de la garita, en la que su padre pasa las horas muertas, para ver pasar los trenes. Surgen desde el norte, aparecen por el sur, unos repletos de mercancías, otros con siluetas de vaho pegadas al cristal de sus ventanas. Trenes que recorren la comarca cargados de fantasmas cada día, cada mes, todos los años.
La casa del guardagujas descansa en un valle entre montañas tan empinadas que muy pocos arbustos consiguen remontar a duras penas.
Cuando el guardagujas escucha el crujir de los raíles, arrastra los pies, soportando el peso del dolor y de los años hasta el cambio. Le sigue su mujer, también mayor, y entre ambos enhebran de memoria la dirección de cada tren mientras escuchan el lamento tenaz de su silbato.
Después, al regresar, vuelven a sentirla, el gélido remolino con el que se manifiesta en cada habitación y la ven, otra vez cruzar aquellas vías a destiempo detrás de un pájaro, un conejo, una pelota, no recuerdan muy bien después de tanto tiempo. Y desde entonces siguen esperando al tren que la lleve a su destino y puedan, por fin ellos, abandonar aquel exilio.
No podía imaginar, cuando se casó, que su matrimonio fracasaría debido a la pasión desmedida de su marido por los relojes. Además de poseer una magnífica colección de las mejores marcas, tenía una obsesión enfermiza por la puntualidad. Para organizar la vida en común, lo primero que hizo fue fijar los horarios, si no se cumplían, se enfadaba, no daba ni un minuto de cortesía. A ella, acostumbrada como estaba a comer cuando tenía hambre y a dormir cuando tenía sueño, tanta disciplina la desquiciaba. Por las noches, se le repetía siempre la misma pesadilla: Un ejército de manecillas de idéntico tamaño y color corría enfurecido tras ella mientras entonaba, al son de música militar, un tic-tac atronador. Despertaba con un sobresalto justo en el momento en el que su cabeza estallaba.
Temiendo caer en la locura, un día, reunió a todos los relojes de casa y, sin mediar palabra, los destrozó, los dejó convertidos en un montón de chatarra. Después, en un plis plas, como por arte de magia, desapareció.
Un año después, los dos han conseguido rehacer nuevamente sus vidas gracias al tiempo… que todo lo cura.
Doce campanadas, mórbido tintineo desde la plaza.
Ante la hambruna del pueblo, dos cabezas soberanas sobre bandeja de plata.
Los conocimientos que el hermano Andrew atesoraba sobre los usos medicinales de las plantas eran una bendición del Señor para aliviar las dolencias de toda la congregación, por eso, el Abad le liberaba frecuentemente de sus obligaciones para que pudiese ir en busca de sus hierbas.
En una de sus salidas, Andrew se afanaba por encontrar una rara clase de cardo, muy efectivo en el tratamiento de problemas hepáticos, cuando observó un intenso reflejo. Al acercarse al lugar del que provenía, descubrió un extraño brazalete que llevaba adosado un complejísimo mecanismo. Consciente de lo extraordinario del hallazgo, el religioso se persignó pensando que aquello podía ser una prueba irrefutable de la existencia de Dios.
Escondido tras unos matorrales, el Capitán Paley maldecía su suerte por no haber tenido tiempo de encontrar el reloj que acaba de perder, tras una aparatosa caída, antes que aquel puñetero monje.
Meses más tarde, Paley no podía dar crédito a que aquel objeto se encontrase catalogado como misterioso oopart de dudosa procedencia y se mostrase expuesto sin mayores repercusiones en un museo de poca monta. ¿Cómo podía haber quedado anulada una prueba tan comprometedora sin necesidad de volver a viajar en el tiempo para recuperarla?
Cada jueves por la tarde durante la toma de nuestro café, la tertulia del día no podía faltar. Hablábamos de desde literatura hasta los sucesos más truculentos acaecidos como el crimen que sucedió en la calle Fuencarral. Era una época en la que los personajes más variopintos acudían a las tertulias en el café. Era acogedor y la comodidad de sus mesas de mármol nos permitían en ocasiones escribir nuestro propio argumento sobre las tertulias.
Madame Pimentón, también fue motivo de burlas y corrillos por gente de la farándula por su asiduidad a los cafés de la periferia de la época. Incluso hubo quien la advirtió, pero no daba importancia a las habladurías. Cómo pasa el tiempo, el reloj no cesa en su avance, cruel e implacable. Recuerdo que Andrés, mi hermano se llegó a enamorar de la Madame y tuvo algún que otro altercado.
¡Qué tiempos! Cuando eramos niños pasábamos las tardes de invierno jugando con papá al juego del pañuelo, (remienda, remienda, que tiene esta prenda) mamá se partía de risa y Andrés se enfadaba si no lograba adivinarlo. Ahora, daría lo que fuera por parar el maldito reloj; con 92 años, la soledad es abrumadora.
La niña pone la manita sobre la abultada tripa de su madre y pregunta si falta mucho. La madre le sonríe y contesta que no, que en muy pocos días podrán abrazarse y darse muchos besos y que muy pronto compartirán toda la ropa y los juguetes. La niña ladea su cabeza, lanza un beso a su madre y regresa entre saltitos a su cuarto. Cierra la puerta con sumo cuidado, esconde su camiseta de princesas tras el cajón del armario y, canturreando, empieza a afilar todos sus juguetes.
Pedro murió el viernes al amanecer. Lo encontraron en un banco del parque de la Magdalena. Se quedó dormido– le dijeron–. Una ola de frio polar, inesperadamente, había invadido la templada ciudad.
A Martín, castellano de Tierra de Campos, Santander le tan resultaba lejana, como su hermano. Lo llevaron al pueblo a enterrar. Martín pensó que, aunque probablemente Pedro no hubiera estado de acuerdo, era lo más sencillo.
Después, tan inesperadamente como el frio polar que se llevó a Pedro, apareció un abogado para detallarle la extraordinaria herencia que le dejaba su hermano.
La luz de la bahía atravesaba espesa el gran ventanal ovalado del ático. Martín permanecía sentado en el lujoso dormitorio de Pedro, absorto en la contemplación de las motas de polvo en suspensión y el exótico contenido del vestidor.
El abogado le explicó que la fortuna no procedía de su sueldo de catedrático, sino de su “otra carrera”. Pedro resultó ser “Bianca Délano”, la escandalosa “Queen” que revolucionaba las tertulias televisivas más tórridas.
Su adorado hermano: ingenioso, cariñoso y bromista. No el desconocido pedante estirado que raramente lo visitaba siempre con prisas. Por fin lo recuperaba, aunque demasiado tarde. Sonrió y una lágrima recorrió su mejilla.
Mi reloj marca las once y cuarto. El tuyo las once y diecisiete. Miro los dos relojes juntos en mi muñeca. Tu reloj ha empezado a atrasarse a pesar de que lo llevo constantemente puesto; hasta para dormir. Supongo que también nota tu ausencia. El retraso es ya de dos minutos: quince segundos por cada día que nos faltas, a mí y al reloj. Calculo que dentro de tres semanas el retraso será de más de cinco minutos y tu reloj seguirá alejándose del mío. Recuerdo el día en que me lo regalaste. Nos recuerdo; tan distintos los dos, tan sincronizados… Aún no soy capaz de entender que hace ocho días te apagaste del todo, sin hacer ruido, sin más. Y me cuesta aceptar que nuestros relojes seguirán separándose a razón de quince segundos diarios. El día que tu reloj se pare definitivamente mi corazón volverá a romperse: sin remedio ya, claro. No sé si entonces podré soportar seguir llevando tu reloj junto al mío, en mi brazo, durante todos los segundos de cada hora. Sabiendo que tu mecanismo, sin embargo, no tiene arreglo; con la certeza de que ya no me vas a volver nunca.
Cada vez hay menos personas de mi edad. Es algo que viene ocurriendo desde que nací, aunque no haya caído hasta ahora en la cuenta. Los que quedamos vivos andamos desperdigados por el mundo, con poco más en común, seguramente, que el haber visto la primera luz el mismo día. Avanzamos en la posición que el reloj nos otorgó, como caballos de un tiovivo, ajenos a las bajas causadas a uno y otro lado por los rigores de la existencia. Llegará un momento en que sólo quede uno y quizá no sea más consciente de su singularidad que aquel inocente que se fue primero. Vivirá como cualquier otro el resto de su tiempo, pensando tal vez en si cumplirá un año más, si merecerá la pena hacerlo, o acaso sin poder articular ya pensamiento alguno. Y después se irá también. Antes de callar para siempre, haya o no alguien a su lado, puede que ría dichoso, que entone un canto melancólico, o incluso que grite de rabia. Sea como sea, el ruido de su sola garganta nunca podrá igualar al que hicimos con nuestro llanto los cientos de miles de nacidos aquel domingo de junio.
Aunque se sabe mucho de Chronos, dios del tiempo, poco se conoce de su hermana Ananké, la deidad de la inevitabilidad. Al primero se le atribuye la creación del devenir inexorable de momentos y sucesos. Cierto que con la loable intención de poner algo de orden en el caos existente en el universo, vale, pero por su atolondramiento aún estamos sufriendo sus perversos efectos colaterales. Conceptos como envejecer, inventos como el despertador o ideas como las listas médicas de espera no existirían sin ese fatídico contador perpetuo. Nuestra vida sería bien distinta. Pero no dejemos de lado a la hermanita. Por la gracia de Ananké, por ejemplo, no hay Navidades sin Pretty Woman ni fabada sin flatulencias, el pobre Santiago Nasar no tuvo escapatoria a su muerte anunciada y las tostadas, como nos hizo ver Murphy, siempre caen por el lado de la mantequilla. El único alivio que podemos reconocer a la pareja de hermanos, es que, sin duda, sirvieron de inspiración al dibujante Escobar para crear sus personajes de Zipi y Zape.
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