¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Sin dejar de mirarlo, vi que me observaba al otro lado de la acera ¡Acércate! Grité. Intercambiaremos los cromos que llevamos en los bolsillos. Volví a pedírselo, con optimismo, hasta que mi eco lo apagó el ruido del tráfico. Asaetado por sus ojos gimoteantes, crucé los escalones de la avenida que nos separaba, y corrí a su encuentro. Quise buscar las palabras adecuadas y abrazarlo. Debemos dejar atrás el dolor de la separación. Murmuré. Aprovechó un golpe de viento, a favor, y con pasos largos entró en mi portal como si no hubiera otra puerta abierta en la tierra.
Mañana vuelvo a tu casa, exclamó, aunque sea vestido de payaso para que no me reconozcan.
Recordamos nuestra infancia feliz hasta el momento en que quedamos sin alma, y se nos clavó el desencanto en la mirada por las absurdas razones de los adultos. Poco, a poco, aprendimos a llorar a escondidas, dejar de buscarnos al escondite, y cerrar las páginas de las canicas, los cochecitos y los lapiceros viejos.
Hermano, murmuró bonachón, de repente nos hemos encontrado. Por fin me reposa el corazón. Y nuevamente chocamos persiguiendo un balón en el patio, aunque hace tiempo que dejamos de ser niños.
Vive anclado en una infancia que no se corresponde con su verdadera edad y, por ello, desea imitar a su hermano pequeño siempre que puede. Meses atrás, al ver que le regalaban un reloj, él también quiso uno aunque es incapaz de comprender el giro de las manecillas o de leer los dígitos. Lo lleva puesto a todas partes. Los vecinos del pueblo le preguntamos la hora cuando nos lo encontramos. Sabemos que le gusta, y esperamos su respuesta con interés. Entonces, satisfecho, mira el reloj y, según nos ve a nosotros más o menos cansados, enojados o tristes, nos dice que es la hora de los abrazos, la de las sonrisas o la de cantar una canción alegre. No entiende de números, pero cada vez que contesta, nos sorprende con una hora preciosa.
Me despierto en mitad de la noche. Alcanzo el reloj que reposa sobre la mesita de mimbre. Las tres y media de la madrugada. No se oyen voces, ni ruidos. Todo es silencio. Veintidós minutos después, aún no he conseguido dormirme. Decido ir a la cocina a por un vaso de agua.
El cuartito donde duermo es estrecho, apenas metro y medio de ancho y como única decoración, un calendario del restaurante chino de la esquina, el ¨Xiao¨. Abro la puerta despacio y sigilosamente. Ando descalza para no hacer crujir las viejas maderas del suelo y no despertar a nadie.
El televisor sigue encendido, aunque fuera de emisión, con su pantalla gris de hormiguitas negras. Alguien ha enmudecido el volumen. Veo a Lin echada en el sofá, dormida, y me pregunto si su esposo ya habrá llegado. En la cocina, lleno un vaso con agua del grifo y la bebo de un tirón.
De puntitas regreso a mi habitación minúscula. Un portazo, un ruido y una discusión. Temo que la puertecilla del cuartito donde duermo, se abra de un momento a otro. Pero no, de nuevo el silencio…Por suerte vuelvo a dormirme.
Un compañero del colegio me ha dicho que en África muere un niño por minuto. Al llegar a casa le he preguntado a papá cuánto era un minuto y me ha explicado que hay que contar hasta sesenta. Me he tapado la boca al llegar a ese número. No podía creer lo rápido que lo he hecho. Si son relojes los que acaban con ellos, voy a empezar a destruirlos.
Han pasado los años y ella sigue hilvanando relatos de países remotos que no aparecen en los mapas. Nos habla de lugares atemporales donde los relojes marcan un tiempo infinito; de héroes, villanos, magos y princesas que no envejecen nunca. Sin poder evitarlo, se nos escapa de reojo la pena. Nosotras hace años perdimos el interés por las ilusiones vacías. Ahora caminamos deprisa, con la mirada puesta en construir un futuro.
Hoy la hemos visto hacer las maletas. Nos confiesa que se va con Alicia, a ese lugar al que nosotras jamás volveremos.
Cuando el niño aprendió a leer las horas, su padre le regaló un antiguo reloj de pulsera, de aquellos con manecillas.
Al hijo le extrañó que le comprara un reloj viejo, aunque estuviera bien conservado.
– Era de mi hermano – dijo el padre.
– No sabía que tuvieras un hermano – balbuceó sorprendido el niño.
– Él se paró a tu edad, pero el tiempo no se detiene.
El célebre actor de películas de acción, Wallace Moore, siempre utiliza para las escenas más arriesgadas a su hermano gemelo, Clarence. Ésta noche, se ha asegurado de vaciar el líquido de frenos del coche con el que su hermano realizará una arriesgadísima pirueta por la mañana.
Parece que Wallace no termina de superar que el pequeño Clarence haya sido siempre el preferido de mamá.
En contra de todo lo que se pueda suponer, el hombre de hojalata no le está muy agradecido al mago de Oz, que digamos. Eso de ponerle un reloj de cuerda como corazón será muy romántico pero no es sano, y con lo olvidadizo que es, ya lleva vaya usted a saber cuántos infartos. Que se cansa mucho y sufre por todo, dice, cosa que antes no sucedía, así que ha decidido quitárselo del pecho y usarlo como simple reloj de bolsillo, y el corazón para quien lo quiera, que al final no es más que una fuente de pesadumbres y disgustos, dice. Y tiene razón, a santo de qué esos engranajes retumbándole por dentro, esos sobresaltos de amor y esas arritmias si no es más que una lata donde cualquier sardina o galleta se alojaría de lo más feliz. En cualquier caso, siempre le queda la posibilidad de volvérselo a poner, es lo que tiene haber ido a ver al mago; qué más quisiéramos los demás hacer lo mismo y sacarnos el corazón cuando nos duele.
La displicente perplejidad de mi madre no ayudó. Se empeñaba en compararnos cuando éramos todo lo diferentes que pueden ser dos hermanos. Él acertaba casi siempre y yo erraba con facilidad.
—Cuando naciste, no rompías a llorar y casi me da un infarto —dijo un día mi madre—. Luego, me provocaste jaqueca con tanto lloriqueo.
Yo sentía hacia Jack un odio triste y culpable y añoraba una vida más fácil, en la que tuviéramos algún parecido. Mientras él estudiaba o trabajaba, yo vagueaba o trapicheaba. Mientras él cultivaba amistades y formaba una familia, yo me rodeaba de degenerados y mujeres sórdidas.
Una mañana de resaca, me despertó una llamada. Era mi madre.
—Tu hermano está malo —me dijo.
—¿Malo de qué? —pregunté. Y se echó a llorar.
Las crisis nerviosas de mi madre se agravaron y me vi obligado a pasar más tiempo en casa. Acompañaba a Jack a pruebas y revisiones. Comenzó a hacer tonterías porque el tumor afectaba al comportamiento y debía vigilarle. Durante un tiempo pareció un auténtico gilipollas y luego se deprimió. Me recordaba un poco a mí, con ese toque de lúgubre montaña rusa. Con esa forma tan nuestra de sentirnos muertos por dentro.
Acariciaba su reloj de bolsillo, Antonio recordaba lo que su padre le contaba cientos de veces durante su vida.
«El día que naciste» le decía, «dejé a tu lado, sobre la cuna, este reloj tal y como hizo mi abuelo con mi padre y este conmigo» y siempre acababa con esta coletilla «Recuerda siempre hijo mío, que el tiempo nunca se detiene».
Frente a su cuerpo sin vida, aún joven, pensaba en el nexo de unión tan especial entre ambos, él era su héroe, un sabio, todo lo que decía tenía sentido, hasta ese momento. Cuan equivocado estaba, el tiempo se había detenido para siempre.
Sacó el reloj de su bolsillo y lo guardo en el cajón de su mesilla, por primera vez en su vida.
Un año después a Antonio la vida le hizo su mejor regalo, su primer hijo. Cuando lo tuvo en su regazo entendió el mensaje de su padre que trascendía por generaciones.
Salió corriendo del hospital materno, volvió jadeante poco después, sacó el reloj de bolsillo, le dio cuerda y lo deposito sobre la cuna, junto a su hijo mientras decía » recuerda hijo mío que el tiempo nunca se detiene»
En el cajón de mi mesita encontré los relojes abandonados y que han sido sustituidos por otro moderno al que ya no hay que dar cuerda. Al verlos amontonados sin vida eché de menos el movimiento de sus manecillas en sus giros acompasados y la cadencia, a la par, de aquel ligero sonido, de aquel suave tic tac que en el silencio se escuchaba. Me entró nostalgia por los recuerdos que en su tiempo marcaron. Tiempo caduco, tiempo de juventud, de idilios, de felicidad y de vida plena.
Ahora llevo un reloj que me han regalado, cuadrado de pantalla negra, que al apretar un botón salen unos números luminosos que marcan la hora. Como diría Jarabe de Palo: “Tiempo es una palabra, que se enciende y que se apaga…”.
Dicen que es “inteligente”.
Será porque comprende mi vida actual: una estancia en un cuadrilátero donde al amanecer despierto con una ráfaga de luz que asoma por la persiana, que se desvanece al instante mostrando de nuevo mi realidad en negro.
Has de saber que tienes potestad para disparar tus saetas y clavar tus agujas. Ellos se empeñan tiernamente en llamarlas manecillas y ya no es necesario que los sorprendas a destiempo. Mira, hace algunas décadas aún esperaban que sus criaturas hicieran la Primera Comunión para permitir el abrazo de tu pecho metálico contra su piel y solo les era permitido pintarrajearse una esfera y una correa con bolígrafo o decir entre risas: «son las carne y hueso». El apocalipsis digital tampoco les ha librado de tu fría vigilancia de monóculo, de las riendas que les frenan el pulso. Siempre te están perdonando la descortesía cuando atrasas y la impertinencia cuando te adelantas. Y así te has ido convirtiendo en un dios a imagen y semejanza de aquel a quien creías estar sirviendo. En el emperador del tiempo. Un ídolo al que los humanos dotan de un corazón de rubí y ofrendan su vida medida por fracciones. Podrás exigirles todos los instantes que se te antojen y ello no debe apesadumbrarte, porque ellos prefieren el engaño a la hora de postrarse ante pies ajenos y saben a ciencia cierta que no estás hecho más que de ruedecillas y engranajes.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









