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El ardor de la sangre, vuestra pasión por la piel ajena, es nuestro pasaporte para viajar, para reproducirnos. Pero nuestra sola presencia crea conflictos, resquebraja sentimientos, agrieta corazones o, tal vez, simplemente abrimos los ojos entumecidos por promesas de amor eterno. Juro que no es nuestro propósito, no tenemos culpa de ser el brazo ejecutor de la verdad. No es nuestra intención. A fin de cuentas no hemos pedido nacer «Pthirus pubis», comúnmente conocidas como ladillas.
Los gemidos de placer me despiertan, el follaje púbico se entrelaza: es el momento.
El sol comienza a descender peinando los montes del horizonte, es el momento de regar las plantas que adornan mi balcón. En la lejanía veo una gran nube negra moviéndose a gran velocidad. Oigo un zumbido proveniente de la mancha que oscurece el cielo. No distingo qué clase de bichos son, pero el ruido cada vez me asusta más y decido entrar en casa. Las tinieblas tiñen las vidrieras. Me encierro en el baño que no tiene ventana. Escucho el sonido de cristales rotos y el zumbido ensordecedor aproximarse. Veo cómo intentan pasar por debajo de la puerta donde coloco una toalla. Comienzan a verse unas alas por las rendijas del conducto de ventilación. El pánico me paraliza hasta que todo se convierte en noche.
A pocos kilómetros, bajo tierra, unos científicos se pelean contra un batallón de insectos rabiosos dispuestos a escapar del laboratorio.
Desde nuestros balcones desayunamos juntos cada mañana, todos parecemos interesantes con la suficiente lejanía. Vigilamos la hora y nos asomamos hasta coincidir. Demasiado apartados como para hablar, gesticulamos frases sencillas: ¿qué tal?, hoy hace más calor, sin el café no soy persona, estas magdalenas son buenas, estás muy guapa, ¡hasta mañana!
Hoy ha querido quedar en una cafetería para encontrarnos por primera vez, pero voy a desayunar en la cocina, por el patio interior también se puede ver gente.
Te veo pasar cuando sacas a tu precioso pastor alemán a pasear por el parque, por la mañana temprano, a mediodía y al atardecer.
Te veo pasar de regreso de la escuela , cuando vuelves a casa con los dos peques cogidos de tu mano, y te veo pasar a media mañana, cuando sales muy arreglada y con prisa a desayunar con… bueno, tú ya sabes, y entras en el bar del Kiko, esperando te atienda el amable camarero gaditano.
Te veo pasar cada vez que bajas a la calle a tirar la basura al contenedor gris de la esquina, y cuando vienes cargadísima del supermercado, al igual que al salir a correr por la avenida cada anochecer.
Te veo pasar al salir de tu coche aparcado en la plaza habitual, y cuando entras en la oscura portería del número 29.
Sí, desde este balcón minúsculo, te veo pasar. Siempre y a todas horas, en diferentes tonos y percepciones.
A ti, de graciosos andares, mirada traviesa y desafiante a la vez.
Desde mi balcón del silencio, siempre te observo viéndote pasar tal y como eres… la vida misma.
Qué fea estás, repetía él mientras hacía de las suyas y soltaba una mujer para tomar otra. Aunque roja de vergüenza, aguantaba su secreto a voces. Su gente lo notaba. Llegaron a decirle: “Pareces una figura de cera”.
A veces salían al parque, y los niños se alejaban dejándolos solos. Entonces giraba en torno a ella y le confesaba que ya no era valiente, solo un payaso al que pegar como a un burro.
No lo quería oír y se acercaba a ellos. En otras ocasiones regaba una y otra vez los rosales y los granados, o temblando salía a la puerta. Si los niños estaban cerca, y la miraban, jugaba con ellos, y les cantaba canciones y nanas. Qué poco equivocadas la observaban mirándola con ojos brillantes, o encaramándose en sus caderas. La provocaban con bromas y unían sus manos, muy fuerte, a las de ella, prolongando risas más allá de las paredes del patio. Gracias a su amor testarudo por ellos, podía acariciarlos aparentemente feliz.
Sufriendo y pensando despertó. La última noche que vino a dormir, no la encontró. Había echado a caminar. Caminó y caminó, con el pelo recién lavado, hasta que descubrió con asombro su silueta.
“Tan dentro de mí, conservo el calor, que me hace sentir…”. Era verano y nuestros balcones se miraban con la expresión de asombro de quien se encuentra a la novia de la infancia en una conferencia sobre el clima en Tombuctú.
“Como buscan las olas la orilla del mar…”. Así esperaba yo la hora de la siesta para cantarte bajito la canción, escondido tras la persiana.
“A pesar de estar lejos, tan lejos de mí…”. Tan cerca y… tan lejos, tus cabellos como hilos de oro, a pocos metros, en la calle estrecha.
“Y al murmullo del viento le he oído decir…”. Te asomabas y tratabas de ubicar el origen de la melodía sin conseguirlo.
“Aún recuerdo aquel amor. Y ahora te alejas de mí”. Fue solo un verano. Nunca supe tu nombre. En otoño te fuiste como las golondrinas.
Hoy has pasado por esta ventanilla sin sol a pedir una licencia para algo. Tenías mechas azules y en tu carné decía que te llamas Ramona.
Vino al mercado a buscar trabajo y ahí se quedó, frente a la marisquería, semidesnudo y con el cuerpo lleno de moscas.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere con ese aspecto? Me va a espantar a los clientes —preguntó el empleado del puesto.
—Todos me llaman Fly, era mi mote en el colegio. Tengo una foto antigua rodeado por una nube negra, la uso para mi perfil en facebook y será el logotipo de la empresa que quiero fundar: El Rey de las Moscas. Vengo a ofrecerme para ayudarle, al igual que socorrí a algunas pescaderías y les quité esas moscas que dan aspecto de abandono y suciedad, como le pasa en su negocio.
—¡Déjese de monsergas! ¿de qué quiere trabajar con esa pinta?
—Está claro, de matamoscas.
—¿De matamoscas? Si cientos de ellas revolotean alrededor suya, parece que lo quieren.
—Pues por eso, me acerco a donde molestan, se me pegan —es mi don—, y solo tengo que matarlas o soltarlas en la competencia ¿Qué me dice?
—Qué se vaya y me deje.
Y se fue otro puesto, que hoy reluce sin insectos, mientras la marisquería se hunde y el dueño discute con un desconocido rodeado de cucarachas.
Que mi madre y tía Carmela se odiaban desde hacía años era algo por todos sabido. Pero, a pesar de su antinatural aversión de hermanas, consintieron en vivir juntas desde que papá falleció, como si la rabia de la mutua compañía alejara a una de los pensamientos grises de la soledad, y a la otra del soberano aburrimiento de la vejez.
Nunca supimos del origen de su inquina hasta que una tarde de primavera, tras una larga siesta en el jardín, descubrimos un extraño zumbido proveniente del impertérrito moño de la tía, donde un enjambre de abejas había decidido montar su panal, atraído por el agua con azúcar de su arcaico fijador. Los golpes en su cabeza solo contribuyeron a soliviantar a los insectos, de modo que únicamente el rápido movimiento de tijeras de mamá consiguió decapitar el peligro de raíz.
Del canoso ovillo de pelo escaparon un puñado de bichos, el camafeo perdido con la foto de mi padre, y un secreto a voces que cobró fuerza en la lengua viperina de una viuda despechada.
―¡Lo sabía, maldita perra!
Me he enamorado de la nueva vecina. No tengo claro cómo ocurrió, pero sí cuándo: el día que coincidimos las dos en el ascensor. Quizás fue por el delicado olor de la hierbaluisa que llevaba prendida en su pelo. Tal vez por el profundo verde selva de sus ojos velados. O por esa sonrisa tan natural. No lo sé, pero deseé quedarnos allí encerradas.
Desde entonces, paso las tardes asomada al balcón, justo sobre su terraza, y la contemplo. Veo cómo se mueve entre jardineras y macetas, siempre guiándose con sus manos, sin equivocar ni un solo paso. En ocasiones se detiene, ladea su cabeza hacia mi balcón y sonríe. Luego susurra a las caléndulas y a los geranios, besa los pensamientos y acaricia las orquídeas del rincón. Poco a poco el aire se convierte en fragancia. Cierro los ojos equilibrando nuestros sentidos e imagino que, perfumadas de frescura, tropezamos a solas en el ascensor.
Cada día, a la hora de la siesta, salía al balcón para admirar aquellas magníficas vistas, aquellos paisajes inalcanzables, siempre diferentes. No había tarde, daba igual que lloviera o hiciera un deslumbrante sol, sintiera frio o calor, que no se asomara a aquella atalaya que tan libre le hacía. Al cabo de unos minutos, volvía a su lúgubre habitáculo, con su apestosa letrina, con la odiosa reja en la ventana que oprimía aquel trozo de cielo, y se acostaba en el camastro para seguir dormido.
Acaricio su cabecita con los filamentos de mis tentáculos, juego con su cabello rizado, que cuelga como una cascada de caballitos de mar. Le coloco una corona de perlas, el contraste perfecto para su piel, casi tan negra como la tinta del calamar. Le quito los harapos y le pongo un vestido de algas bordado con escamas de colores. Sustituyo sus ojos vacíos por dos estrellas de mar. Observo feliz a mi nueva muñeca, y, desde lo más profundo de mi corazón branquial, deseo que esta vez no se me estropee tan pronto como la anterior.
Lamentó darse cuenta, más desconcertado de lo que quisiera reconocer, de que el amor no era suficiente para sentirse entretenido, aunque después de comprobarlo con sus propios ojos dejó de tener dudas. Era monótono, soporífero, desesperante y empalagoso, sobre todo muy empalagoso. Se le hacía inconcebible asumir su error, pero aún más insoportable se le hacía pensar que la vida iba a seguir siempre así, sin ningún aliciente ni esa pizca de tensión narrativa que ahora consideraba imprescindible. Y a pesar de que alguien acabase por echarle en cara su culpa y su escasa paciencia, pues al fin y al cabo era el único responsable de lo que sucedería, sin poder aguantar más tanta bondad y tanto aburrimiento, el décimo día creó la serpiente.
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