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Yo soy un hombre con los pies en el suelo. Cuando los veía por televisión, de madrugada, siempre pensaba que eran unos sacacuartos. Pero aquel tipo era diferente, la gente llamaba porque no fallaba una: adivinó que me arruinaría, después el divorcio y el despido. Decía verlo todo en su baraja de naipes.
Antes de poner en marcha otro negocio y rehacer mi vida, fui al plató donde grababa. Hice lo correcto, un cenizo así en la sociedad era un peligro.
Me fascinó su particular modo de vestir , su corte de pelo, un aire parisino que fue el primer contacto con lo extranjero de una niña pequeña de un pueblo “muy pueblo”. Cuando nuestras familias se hicieron inseparables, descubrí embelesada que escuchaba canciones francesas y ópera, que entre sus parientes había pintores y músicos, que al cumplir los dieciocho se fue a París a trabajar en la clínica de un dentista, que también cosió botones en una empresa suiza, en un viaje por Europa que duró poco más de un año.
En la pared un retrato suyo en Montmartre y una foto infantil vestida de fallera. El primero trasminaba estilo, vida y libertad, el segundo era la viva imagen de una familia católica tradicional; en esa dualidad se debatió siempre. Cuando me hice adulta no entendí muchas veces que aquella persona que había idealizado de niña fuera la misma que en su madurez acabó abrazando un ideario bastante retrógrado y tuvimos múltiples ocasiones de confrontar nuestras diferencias.
Aquel día no supo argumentar en una de nuestras muchas conversaciones y sospeché…luego vino el diagnóstico.
Hace muy poco se fue una muy buena persona que ya sólo sonreía cuando oía música francesa…..
Me asomo a los almuerzos pausados de los fantasmas y envidio su bienestar. Al principio, iluso de mí, me gastaba alguna moneda en esos preciosos cafés tratando de emularles. Un día tuve la suerte de recalar en una mesa recién abandonada. Tal vez demasiado apresuradamente. Pero no recabé en el hecho de que su salida acelerada fuera provocada precisamente por mí. ¡Cómo podía imaginarme yo que mi sola presencia iba a espantar a alguien! No lo vi venir. Y cuando los camareros empezaron a alentarme a que me marchase, yo al principio no comprendía.
Delante de mí veo a un gendarme que se acerca pausado y no deja de mirarme. A mi vez le miro a los ojos. Un brillo de desafío recorre la calle. Parece que todo se detenga. Incluso la gente parece apostar en ese duelo imposible. Casi puedo oírlos jalear, y yo, trémulo y sudoroso, ya no puedo defraudarles.
Tengo miedo al dolor. Y tengo mucho miedo a la cárcel. No soy bien recibido allí. Y no quiero más albergues ni expulsiones, ni multas, ni desprecios. Cuando hui de mi país me engañaron los oropeles. Nunca imaginé que hubiese algo peor que el hambre.
—«Las siete y media es un juego vil, y un juego que no hay que jugarlo a ciegas, pues juegas cien veces, mil, y de las mil ves, febril, que o te pasas o no llegas» —se burlaba siempre que ganaba doña Elvira, recitando las estrofas de don Mendo.
Mientras llegaban la parentela y vecindario, doña Elvira y su hija, con velos negros y rosarios enroscados en las manos, esperaban en el velatorio improvisado en el salón jugando a las cartas. Ni el réquiem que se repetía en el disco rayado, ni el tufo a incienso, bálsamos y cirios, les distraían. Fueron los gritos de Laurita lo que les hizo dar un respingo.
―Qué inoportuna la puñetera cría ―gruñó la abuela mientras se giraban hacia el ataúd.
Vieron entonces a la niña, que se había encaramado al féretro del abuelo y se entretenía arrancándole uno a uno los pelos de la nariz.
—¡Ha resucitado, mirad, está llorando!
Una lágrima involuntaria, eso era todo. Un acto reflejo causado por la depilación, le explicaron ambas, enviándola a la cocina. Antes de sellarle con cera derretida los labios, le taponaron con dos bolas de algodón la nariz y después regresaron a su partida.
Nunca había vuelto a saber nada de los amigos que hice en aquel campamento de verano en Irlanda.
Hace mucho tiempo, pero recuerdo perfectamente esa tarde de lluvia. Erika propuso el juego y todos coincidieron en que la maestra de ceremonias debía ser yo. Mi alocada forma de ser y mi clásica baraja española, tan peculiar para ellos, me hacían la candidata perfecta.
El conejillo de indias fue Susan. Le hice dividir el mazo en dos montones y poner las últimas cartas boca arriba, salieron dos sotas: una de bastos y otra de oros. Me inventé que se enamoraría de un hombre que la haría sufrir, pero luego cambiaría para hacerla feliz. Cuando le tocó a Patrick, le propuse extraer tres cartas al azar, sacó un tres de bastos, un rey de copas y un as de oros y con ellas hice su predicción. No resultó difícil inventar un ritual y una historia distinta para cada uno.
Hoy, leyendo una revista, he podido reconocer la odisea de un rico empresario extranjero que, tras arruinarse tres veces y hacerse adicto al alcohol, ha podido rehacer su vida ayudado por su exmujer. No podía creerlo, el artículo hablaba de Patrick y Susan.
Todavía la casa estaba a oscuras, me levanté y fui a las habitaciones de mis hijos.
Sabía dónde estaban, a tientas cogí las cartillas.
En el bar de enfrente del Banco, me tomé tres cazallas a la espera de que abrieran.
Ya en la plaza de Colón, entré en el Casino.
Me gusta el Black Jack y la crupier me saludó como tantos días.
Hoy va a ser diferente, voy a jugar con cabeza, las deudas que tengo son acuciantes.
Estamos los dos solos, me pido una Ginebra preparada y empiezo pidiendo carta, 21, pide ella y pierde, recojo la ganancia.
En la siguiente me salen dos figuras, me abro y duplico la apuesta, pido cartas y me salen dos 21, ella vuelve a perder y recojo las fichas.
Tengo una buena mañana y dos horas más tarde las fichas van a pagar las deudas, me levanto.
Al salir, paso por la ruleta americana cuando la bolita está dando vueltas, me paro y antes de que diga, no va más, coloco todo en el 12, mi cumpleaños.
Salgo a la calle, el 13, por la izquierda viene un autobús muy deprisa y salto a su encuentro.
Aseguraba que mataría con sus propias manos a quien osara tocarme un pelo, que siempre me protegería, aunque le costara la vida. Padre se ponía así de dramático para tranquilizarme cada noche de timba. Las primeras veces sus palabras contribuían a inquietarme aún más, pero me fui acostumbrando a su retórica fatalista y también a su estrategia de fullero. En cada mano se dejaba ganar hasta que no le quedaba nada por perder. Entonces, aparentemente desesperado, apostaba a su hija. Los billetes de los menos escrupulosos, que eran los más, se amontonaban sobre el tapete mientras que sus ojos lascivos recorrían mi cuerpo apenas adolescente. Entonces mostraba las cartas mirando al techo y aseguraba que era la Providencia, protectora de la virtud de su angelito, la que le había favorecido con esa “escalera real”. Más de una vez tuvimos que escapar corriendo.
Ahora cuando voy a verle, le encuentro en plena partida. No le hace falta marcar la baraja para ganar a sus compañeros del asilo. A veces, recordando los viejos tiempos, me guiña un ojo y dice: me juego a mi hija. Todos ríen, pero siempre hay alguno que acepta la apuesta contra todos sus Sugus.
Desde que un día de mala suerte el Rey de Bastos exiliara a la Reina de Copas, tras una mala jugada en que le hizo perder una partida de brisca, vive encerrada en un terrible castillo de naipes. La fortaleza tiene cuatro plantas, su alzado es triangular y está rodeada por un jardín de tréboles que le dan un falso aspecto amable. Pero todo es mentira, en la planta baja las picas frenan a curiosos e intrusos, y a ladrones atraídos por los diamantes del primero, en el siguiente nivel están las estancias donde se asientan los corazones indecisos, que descansan desorientados y dominados por el influjo magnético del malvado Joker, ese ser deforme de risa cínica que tanto odia a la noble baraja española y que desde el tercero, ocupado solo con una estancia, controla a sus habitantes y vigila el edificio y el verde prado que lo rodea.
Y aquí estoy yo, la valerosa Sota de Espadas, en la base de la construcción, empujando con mi tizona las frágiles paredes del edificio, para derrumbar la obra con el viento de mi ira y que los invasores bárbaros caigan bajo el peso eterno de la tradición.
Es difícil distinguir quien es la que está realmente enferma. Quizá se le olviden algunos nombres, le cueste terminar las frases y a veces crea que soy su madre, pero a su lado me siento querida y respetada. Se interesa por mí y mi familia, aunque me haga las mismas preguntas todos los días. Su sonrisa expresa agradecimiento, especialmente en las tareas más delicadas como asearla y cambiarle la muda cuando se le escapa. Sin embargo, su hija, juzga y condena con prepotencia todo lo que hago y como lo hago. Le es completamente indiferente mi vida y mis problemas y siempre recalca que no soy de este país. Lo único que tienen en común es que desgraciadamente ninguna se cura, a no ser que hayan inventado una pastilla para la soberbia, el clasismo y la xenofobia.
Con el primer paso que di en dirección a la tan familiar calle, pensé que el corazón me explotaría en el pecho. No había estado aquí desde la adolescencia; desde aquel fúnebre día que me despedí de mi madre para siempre y me escapé de una casa que, sin su protección, sería el infierno. Nunca pensé en volver, nunca quise sentir de nuevo ese miedo paralizante que había marcado mis primeros años en este mundo.
Más, los giros de la vida me trajeron de vuelta a las mismas piedras que me atraparon tantas veces al caer. Con el bolso firmemente apretado contra mi pecho y los ojos llorosos, doy los primeros pasos de regreso a la oscuridad. Mis tacones resuenan al entrar en contacto con las piedras, la multitud reunida delante de lo que antaño fue mi hogar me mira con asombro. Muchos no me reconocen, no ven en mí la niña asustada que tantas noches había acudido a sus puertas en busca de auxilio.
Para ellos soy solo una extranjera más; una de aquellas que le habían dado la espalda a su gente por una vida mejor. Una extranjera en mi propio hogar.
La partida de aquel sábado en el garito de póker acabó fatal.
Me desperté en una U.C.I., lleno de tubos y monitores, sin un solo billete en los bolsillos y con muy mal pronóstico de recuperación.
A aquel jugador de aspecto torvo, que había esquilmado a dos pardillos y los había sacado ya de la partida, solo le quedaba yo como rival. Nos había ido ganando mano tras mano toda la noche pero, incomprensiblemente, empezó a tomarse a mal que las tornas cambiaran y, cuando vio que las buenas cartas llegaban, una tras otra, a mis manos y no a las suyas, ya noté que me miraba raro.
Cuando yo había logrado que todo mi dinero, y la mayor parte del suyo, estuvieran de nuevo frente a mí en un bonito fajo, ya no lo soportó más. Sacó una pistola, me apuntó con el dedo en el gatillo, cogió todos mis billetes y, sin decir una palabra, disparó.
Lo único que declaró ante la policía fue que a él nadie le ganaba al póker y, menos, un negro. El hecho de que yo fuera tan español como él, para el tipo no contaba.
Estimado gerente
Sé que le sorprende recibir un sobre a su nombre y sin intermediarios. He trabajado en favor de sus intereses, consagrados a multiplicar beneficios a cualquier precio. Me dedico a las finanzas, pero también escribo por afición, sin ánimo de lucro, algo que a usted le cuesta entender. Reivindico el género epistolar, como esta misiva en papel, con la que pongo todas las cartas sobre la mesa.
Fui parte de su entramado para blanquear actividades ilegales, moralmente reprochables, con canales de evasión fiscal en el extranjero que le reportaban beneficios insultantes. He boicoteado ese despropósito de jugador tramposo. Si, su castillo de naipes se desmorona.
Organismos que socorren a los desfavorecidos (aunque le parezca increíble, existen) recibirán donaciones millonarias, las suyas, de forma anónima, usted no merece reconocimiento social por un altruismo al que le fuerzo. Así lavo su conciencia y la mía. No puede impedirlo. Guardo un as en la manga: esta carta, junto con cientos de evidencias, será pública si algo me sucede.
Algún día, cuando se pregunte si su vida ha merecido la pena, me lo agradecerá. Ruego que acepte mi primera novela, que adjunto y le dedico. La lectura purifica el espíritu.
Atentamente
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