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La novia le susurra al marido recién esposado que la apriete fuerte, que la quiera, que no la deje caer nunca. Mientras, su madre, entre sorbo y sorbo de un vino ácido y barato les ve danzar y repite entre dientes… sed felices, muy felices, sed felices… El padre ha vaciado de nuevo su vaso. La luna, que es testigo desde el tejado, lo mira como a un fantoche discutiendo con su negra sombra en un idioma incomprensible. El viejo escurre los restos de la botella sobre el gaznate antes de reventarla contra el suelo y convertirlo en un universo de estrellas de vidrio. El novio, enfurecido, lanza a la mujer contra un asiento y corre en su busca. Le increpa. Lo arrastra, lo zarandea y lo saca fuera de escena. Los gritos han callado la música. Vuelve el silencio de los grillos. El novio, que ya ha encontrado la calma, busca una botella nueva y un vaso limpio y se sienta, solo, a echar un trago junto al rosal de flores amarillas. Mientras, al fondo, se oye el llanto callado de una mujer. O dos.
Desde un principio, mis padres lo prefirieron a él. Mamá le daba todas las golosinas y papá permitía que rompiera mis juguetes y hasta lo llamaba “campeón”. Si el nene lloraba por algo, me zurraban. No había otro a quien culpar, si solo éramos una única familia de cuatro miembros. De mayor, tocó mantenerlo hasta que se independizó con una profesión mundana y que le dejaba mucho tiempo libre, Mientras tanto, yo trabajaba en el campo bajo el sol y la lluvia. Por eso, cuando a nuestro Señor le complació más sus tributos, a diferencia de los pobres frutos que le presenté por culpa del ganado de mi hermano que arruinó los cultivos, no pude más y de un golpe de azadón, lo maté.
Con las manos manchadas de sangre, me sentí un niño de nuevo como cuando el pequeño Abel lloriqueaba a causa de algún pellizco o travesura mía contra él y no había nadie más a quién castigar. Como en este momento: no había nadie más sobre quien recayera la ira de Dios, sino era sobre Caín, el hermano mayor.
Mi novia solía acompañarme hasta mi sitio de empleo en la mañana. Aprovechó para reclamar quienes eran las mujeres con las que andaba el día anterior. Eran una tía y su hija, mi prima hermana, pero a pesar de mi explicación, noté su incomodidad. Algunos dicen que es extremadamente celosa y mantiene vigilados a sus familiares, novios y amigas. Hasta le atribuyen el asesinato de su novio anterior, muerto tres años atrás. Por otro lado, no comparte nada, ni siquiera videojuegos y otros aparatos. Jamás conseguí que me prestara una de sus cosas. Lo de ella es solo para sí misma, mientras que lo que pertenece a los demás también es de ella.
Mi mañana fue agitada y, en la pausa de mediodía, salí apurado por unos accesorios telefónicos. Encontré a una amiga de la familia y platicamos unos minutos, es una mujer de bastante edad. Cuando regresé, vi que a través del inmenso ventanal que está fuera del establecimiento, estaba mi prometida con su mirada penetrante y los brazos cruzados. Una nota en mi escritorio me puso los nervios de punta: “No son celos ni envidia, pero verte con otra me fastidia”.
«Me gusta tu hermano». El tono fue considerado, pero en la mente de Pedro resonó con la estridencia de un portazo. Aquel verano, Elena había dispensado a ambos las mismas sonrisas y gestos de complicidad y, sin embargo, a pesar de ser como dos gotas de agua, de que se comportaban de forma tan similar que, a menudo, ni su propia familia podía distinguirlos, la balanza había favorecido al de siempre.
Desde aquel momento, una pregunta llenó los insoportables desvelos de Pedro; una duda que con el tiempo, devino en obsesión. Se entregó sin descanso a observar minuciosamente el trato de su hermano con Elena hasta que adquirió el convencimiento firme de que la elección había sido totalmente arbitraria. Entonces anunció que se iba una temporada a Francia, apuñaló a su hermano y lo suplantó, sin que Elena diera muestras de siquiera vislumbrar la mentira.
Una mañana, Pedro se encontró con los armarios vacíos y un papel con horarios de vuelos a Francia. Garabateada en el dorso, una frase lo sumió en un lúgubre desengaño, aquel que se abre camino cuando comprendemos que ciertas respuestas que perseguimos durante media vida nos eludirán para siempre: «Me gusta tu hermano».
Guardián feroz de su valiosa propiedad camina a su lado sin disfrutar de la compañía. Si sopla viento, la agarra del brazo, pega su cuerpo al de ella y la dirige a su antojo, que no la roce. Los rayos del sol y su pálida piel nunca coinciden, separados por una sombrilla blanca, ribeteada de delicado encaje, que coloca entre el astro y su amada y que ayuda, además, a esquivar las lascivas miradas de los transeúntes masculinos. Tanta abnegación la ahoga dentro de la burbuja protectora. Aislada del mundo, se marchita y acompasa los pasos con suspiros de nostalgia por la libertad robada. Él sufre con su ingratitud cuando le llama celoso enfermizo, mascando cada sílaba, torciendo el labio superior, entrecerrando el ojo. Odia ese feo gesto. No son celos, es amor. Reflejados en un escaparate mata su enojo con un húmedo beso. Una mano acaricia la espalda de su mujer, baja con intención hasta la cintura, cierra los ojos, no puede ver más. Celoso de esa mano que profana su posesión, a los postres, se la corta sobre la mesa de la cena inacabada. Jura que mandará que le corten la otra si se atreve a comportarse igual.
Observó en sus rostros la idiotez maquillada del coleccionista de libros con desdén por la lectura y un gregarismo patibulario. Llegaban en hordas torpes y vocingleras para dedicarle el sostenido insulto de su presencia. Les odiaba y al tiempo ardía presa de unos celos profundos, como las raíces del mundo, en una suerte de amor malsano que la consumía. Atormentada por la esclavitud, la condena eterna a pender de una pared en una exhibición inacabable como el tormento de Tántalo, daría lo que fuera por recorrer las galerías a voluntad, como todos ellos, engendros de carne erguida sobre dos patas. ¡Los envidiaba tanto! Envidiaba a esos estúpidos que confundían su mueca de desprecio con una sonrisa e ignorantes hasta de su nombre la llamaban Mona Lisa.
La diferencia entre ellos, era su actitud en la vida. El mayor envidioso, nunca tenía bastante y no podía entender que su hermano pequeño fuese tan feliz con lo justo.
Ambos tomaron su rumbo en la vida, pasaron años sin verse.
El menor, al enterarse de la visita, le embargo una enorme felicidad, saco parte de sus pocos ahorros para agasajar a su hermano.
Al verse se abrazaron, pasaron el día en su modesta casa.
El mayor pasó horas contándole sus éxitos, riquezas, hermosas mujeres, etc. Dándose cuenta de que solo hablaba él, pregunto a su hermano como le iba.
Éste le conto que se dedicaba a lo le gustaba, un pequeño negocio de madera y restauración, siendo feliz dando una nueva vida a cosas aparentemente inútiles.
Perplejo su hermano aseguraba que necesitaría algo más. Su hermano, cogiendo la mano de su esposa, le contestó que tenía razón, les faltaba algo, pero ya lo tenían resuelto, posando la otra mano sobre el vientre abultado de su mujer, ya venía de camino.
Se despidieron, el hermano pequeño se quedo con su gran fortuna, la felicidad, el mayor se marcho regresando a él, el mismo sentimiento de envidia de cuando eran pequeños.
Viajes increíbles, comidas en los mejores restaurantes, fiestas estupendas, risas y felicidad a raudales. ¿Quién no querría tener una vida tan envidiable como la suya? Todo el mundo hace clic en «Me gusta» menos él mismo.
Los intensos rumores de cese se hicieron realidad a eso del mediodía. Me acerqué a despedirme a su despacho. La puerta estaba entreabierta y él estaba solo, recogiendo. Antes de entrar me detuve un segundo a mirarle: no quedaba mucho rastro del hombre feliz, con éxito y seguro de sí mismo que era ayer. Toqué con los nudillos en la puerta y, al verme, su cara se iluminó por un momento. Lo siento, le dije, con una palmada en la espalda. Apenas balbuceó un “gracias” y un “no entiendo nada”. Intercambiamos cuatro palabras preñadas de lugares comunes sobre lo injusta que era la política y el poder de la prensa y me fui. Era la hora de comer. Pasé por mi despacho para acabar un par de cosas: primero, cogí los papeles del sobre marrón y los metí en la destructora de papel. Después, borré el correo que había enviado la noche anterior a mi contacto en El Faro de la Verdad. Cerré la puerta al salir; no iba a volver por la tarde porque tenía despacho con el presidente. La luz me pareció especialmente alegre a esa hora y sonreí. Su silla ya era mía.
Dice mi fiel amigo Yago que me cuide del bardo inglés que nos visita estos días, el mismo que escribió aquel dramón de los amantes desgraciados y un poco tontos de Verona. Al parecer, ha llegado a Venecia para inspirarse y ha puesto sus ojos en Desdémona. Según me cuenta Yago, anda diciendo que mi raza y mi nación me hacen indigno del amor de mi bella esposa, solo porque ella lo ha rechazado muerta de risa. Que suspire y llore sus amores todo lo que quiera, que me odie cuanto desee. Todo el mundo en Venecia me conoce: no soy celoso, y este asunto, lejos de preocuparme, me divierte. Además del amor de Desdémona tengo riquezas, y hombres leales a mi servicio ¿qué podría lograr contra mí ese poeta solitario, pobre como las ratas, si solo cuenta con su pluma?
Samuel escucha a través de la pared. Nunca había compartido piso con desconocidos. Cuenta las sacudidas del cabecero de metal contra el tabique, el galope desbocado del somier, los jadeos desacordes. Cuenta con los dedos de su mano, como contaba Machado en el café de las Salesas. Convierte cada golpe en una sílaba y compone al dictado cada uno de sus versos. Después el éxtasis y el silencio. En la habitación de al lado Rita y Alex se deshacen como esculturas de hielo en el agosto perpetuo de la juventud. En la suya, Samuel cierra el portátil y se abandona al mar sereno que es su cama, respira con torpeza; se deja seducir por un letargo traicionero. A veces sueña con Elena, con su voz de marfil, su cuerpo esquivo; con la madurez inalcanzable de su sexo, ahora tan lejano. No tarda en despertarle otro terremoto, el vaivén libidinoso que exhiben sus vecinos, los azotes que decapan la pintura convirtiéndola en polvo de luciérnaga. Construye cada estrofa al compás de los envites colindantes. Añora sus noches con Elena, pero no se arrepiente de haber provocado su abandono, de haber descubierto al otro lado del pladur el frenesí de la creación.
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