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La Envidia siempre fue un país dividido. La población enferma pertenecía a la parte Cochina, el resto, a la Sana. Según las investigaciones, el causante de la enfermedad era un extraño virus.
Aunque la convivencia nunca había sido pacífica, la gente se acostumbró a esa “normalidad” hasta que, inesperadamente, el virus mutó y la nueva variante, mucho más peligrosa, comenzó a correr como la pólvora. Los cochinos más afectados no paraban de hacer cochinadas. Las curvas indicaban que un aumento de la incidencia acarreaba un incremento exponencial de los delitos. La ciencia, en tiempo récord, desarrolló vacunas. Gracias a ellas y al buen ritmo que tuvieron los pinchazos, se consiguió la inmunidad de rebaño, pero los expertos coincidieron en que sería difícil que el virus desapareciera.
Hoy en día lo que preocupa son los efectos secundarios de las vacunas, aunque sólo se dan en contadas ocasiones, algunos son importantes, se pueden sufrir ataques de ambición, incluso, de locura. Esto explicaría los últimos acontecimientos. Un individuo, que dice llamarse Napoleón, ha dado un golpe de Estado y tiene la intención de autoproclamarse emperador. Lo peor es que asegura que será él quien escriba las próximas páginas de la historia del país.
Mi vecino imitaba todo lo que yo hacía, justificándose con mil excusas que inventaba. La más divertida fue cuando cambió su coche nuevo por uno igual al mío. Según nos explicó, se lo habían robado y la policía lo encontró totalmente calcinado.
El día en el que mi mujer les anunció que había sufrido un accidente y estaba ingresado en el hospital, con pronóstico grave, mi vecino se quedó totalmente desconcertado. Regresé a las pocas semanas, en silla de ruedas. Durante un tiempo no quise ver a nadie. Me pasaba los días sentado frente a la ventana, espiando su vida perfecta escondido tras los visillos: llevaba a sus hijos a la escuela en su flamante coche, salía a cenar con su mujer, invitaba a sus amigos a una barbacoa…
Debo reconocer que me sentí ofendido, defraudado, parecía que sus ganas por imitarme habían desaparecido y yo seguía hundido en mi pena y mi desgracia. Así que decidí hacer algo al respecto. Cogí de nuevo el coche, lo adaptamos y me manejaba con soltura con los nuevos mandos. Escogí la hora adecuada, calculé la distancia y velocidad necesarias y, tras verlo atravesar la calle para tirar la basura, aceleré.
Murmura mientras duerme. A su lado ella ha pasado la noche en vela, mirándolo inquieta, sintiendo un extraño cosquilleo en el estómago que confunde con hambre cada vez que oye ese nombre entre jadeos y suspiros. Pero «qué sabrá ella que siempre ha tenido al alcance de su mano todo lo que ha deseado» rumia desconcertada. Nunca antes había hablado durante el sueño. Cuando él se despierta ella no se atreve a preguntarle aunque lo nota raro. Ella se pasa todo el día comiendo pero no logra llenar esa sensación de vacío y solo siente la barriga llena de piedras chocando. Por primera vez él se aleja para estar solo y se siente abandonada. Disimuladamente lo espía y lo ve acariciarse el costado, justo al lado de esa cicatriz que nunca le ha querido contar cómo se hizo. No sabe en quién confiar ni a quién preguntar. Quiere averiguar qué le pasa, así que no lo duda y en cuanto se la ofrecen, Eva muerde la manzana y por fin abandona el paraíso aunque las rocas seguirán bailando en su barriga hinchada.
Cuando nació creyó escuchar en la distancia el lloro de otro niño. Los truenos acompasaban sus llantos, los rayos tejían a fuego una amistad indestructible. La tormenta de aquel verano de 1912 entrelazó sus vidas. Pero el tiempo incorporó un sentimiento más poderoso, cruel a veces, y el amor por la misma mujer los separó. Abrazó la pasión y perdió a un hermano.
La maldita guerra penetró a codazos en su universo, y los días iban cayendo como fichas de dominó hacia su destino.
Tras una batalla de sangre y barro deambula desorientado. A lo lejos, cruza la mirada con un soldado enemigo, los fusiles están desamparados de munición, pero las bayonetas claman muerte. Al aproximarse, su rostro muestra al amigo de antaño. Tras un instante de duda, arrojan las armas fundiéndose en un abrazo. Llora y da gracias al tiempo por haber aplacado su pesar, por haber adormecido su resentimiento. Pero nota el puñal en sus entrañas y siente rugir su alma.
—Puedo perdonar una guerra, pero María fue siempre mía.
Y mientras sus lágrimas se convierten en sangre y se abandona a la tierra, recuerda a su mujer y piensa que vale la pena morir por ella.
Pongo dormita sobre la alfombra frente a la chimenea. Fuera oscurece y la ventana, por la que se deslizan perezosas algunas gotas de lluvia, te devuelve el reflejo de una mujer de mirada serena. La observas detenidamente. Te gusta tu pelo completamente blanco, tu cara sin maquillar. Sonríes, pero no siempre ha sido así.
Ya de niña la felicidad tenía para ti nombre propio: era la bicicleta de Alfred la que tú querías, las notas de Annie, el novio de Maggie. Siempre codiciando los logros de los demás, hasta que perdiste el norte.
En el sanatorio descubriste que no era un abrigo de piel de dálmata lo que en realidad anhelabas, sino la vida perfecta de Roger y Anita. Te explicaron que como no podías robar su felicidad, intentaste destruirla.
Han pasado muchos años desde entonces y aquella señora De Vil es ahora solo un recuerdo. Pero esta noche, al acariciar la piel moteada de Pongo, tan suave, tu mirada se ha perdido entre sus manchas y has notado un cosquilleo extrañamente familiar en el estómago.
El primer encargo fue sustituirlo en la presentación del libro de un joven novelista. Después ocupé su lugar durante el entierro de un familiar lejano. Más tarde lo suplí asistiendo a una reunión de antiguos compañeros de colegio. Todo iba según lo estipulado hasta que un día mi cliente desapareció. Tuve que asumir todos sus asuntos.
Cuento esto porque ayer mismo, por sorpresa, me anunció su regreso. En casa se me ha ocurrido sugerir que nos marchemos a vivir a otro lugar. El niño dormía entre los brazos de su madre que me ha mirado como si de un desconocido se tratara.
No sé si llamarlo envidia prospectiva o celos sobrevenidos o simplemente falta de profesionalidad, pero he decidido romper nuestro contrato. Solo nos atañe a él y a mí, no hay testigos ni intermediarios que pudieran objetar algo. Si quiero cambiar de vida, es necesario ese sacrificio.
«Esto de estar muerto es que es para vivirlo», me dice Nicolás. No he conocido a nadie que se queje más que él. Que si los perros no dejan de ladrar a su paso. Que si está harto de tratar sólo con muertos. Que si echa de menos los placeres de la vida. Sube siempre en la parada del cementerio y se sienta a mi lado. Confiesa sentirse mejor desde que sabe que al menos yo puedo verlo. Mira ávido cuanto llevo encima mientras me habla, con excitación contenida cuando descubre algo que le gusta de un modo especial. Como mucho, dice: «Zapatillas nuevas, ¡eh!». A las chicas las observa con discreción y una mezcla de anhelo y tristeza. «No sabes lo que fastidia morirse joven», suelta de pronto. Yo me callo, pero tampoco es que sea un muchacho. O bien: «Yo era un tío elegante, ¿sabes?». Y ahí sí que le doy la razón, porque aún se le ven hechuras. Suele quedarse inmóvil cuando llega el revisor, como inseguro de su invisibilidad. Por su gesto al mirarme pagar el billete, diría que es el único momento en el que no envidia mi condición de vivo.
Al despertar vio en el suelo, a los pies de la cama, un Valentino Garavani, de tacón de aguja y refulgente cuero negro, ribeteado con minúsculos cristales diamantinos. Aunque no esperaba respuesta lo saludó con afecto y cierta extrañeza preguntándose de quién sería, lo acarició, se lo acercó a la cara y notó como las piedrecitas resplandecían pícaras. En ese momento, un suave aroma a Bvulgari le erizó la piel y sintió la cercanía de Carolina, con su mirada altiva y su contoneo insinuante. Recuperada la conciencia, recogió el zapato, lo guardó con cuidado en una bolsa de terciopelo y salió para comenzar la jornada en su pequeño negocio.
Al llevarse Carolina sus tacones, él miró la estantería vacía y se limpió una lágrima delatora. Se fijó entonces en un Saint Lauren, de brillante charol escandalosamente rojo, aguja infinita y banda tobillera punteada en blanco, que había dejado Sofía sobre el mostrador junto a sus ojos profundos y su generoso escote; le puso la horma y, tras guardarlo en una bolsa de terciopelo, le dijo con un guiño pícaro, no te enceles, esta noche vienes conmigo, y la cinta, avergonzada, tornó su color a un tímido rosa de disimulada satisfacción.
—Te lo juro, Carla, intento olvidarlo. Intento olvidar a ese hombre, la expresión profunda de sus ojos, su sonrisa perenne, su boca dispuesta para darme el primer beso, aquí mismo, degustando un café, sus abrazos que envolvían todo mi cuerpo. Intento olvidar qué sé yo más de él… Hay un montón de escenas que me persiguen día y noche: su silueta desnuda aproximándose entre las sombras del dormitorio. No se me borra la necesidad irrefrenable de recorrer su piel con mis labios o el deseo de hacer el amor en la parte trasera de un coche. Hay noches en las que me despierto empapada en sudor y lo veo alejarse sin volver la mirada. Y me asaltan las mismas preguntas. ¿Por qué me dejó? ¿Fue por cansancio, por despecho, por otra? Entonces lloro desconsolada como un bebé apartado de su madre. Me mortifica tanto la idea de que esté con otra mujer, con otras mujeres, que me da hasta vergüenza. ¿Cuántas habrá conquistado? Las envidio. Te lo juro, Carla, intento olvidarlo, pero no puedo.
—Te comprendo, Irene, de verdad. A mí me sucede lo mismo.
Samuel, incapaz de reconocerse en el espejo, se ha convertido en su propio enemigo. Por alguna razón que se le escapa, insulta a su imagen y la culpa de su soledad. Naufragó el día en el que alguien a quien no recuerda se fue con otro, sospecha que con el tipo que no deja de mirarlo desde la ventana que cuelga de la pared del salón. Puede que en un futuro llene los vacíos de su memoria, pero de momento navega por mares tan oscuros como inciertos. En contadas ocasiones la cara de su adversario le es vagamente familiar. Tal vez se trate de uno de los poetas que leía sus obras en la plaza del pueblo, piensa. Él también era poeta. Sus versos erizaban la piel a cualquiera que quisiera escucharle, sin embargo, ahora casi siempre permanece callado. A veces despierta de su ensueño al observar una fotografía de una mujer. Sonríe, pronuncia su nombre y le recita un soneto de amor que dura lo que tarda en verse en el espejo. Tuerce entonces la boca, se maldice a sí mismo, y vuelve a olvidarse.
Solo quiero que todo vuelva a ser como antes. Aunque no sé leer, saco ideas de un viejo libro que guardan mis padres en el desván. Es de un tal Leonardo y dicen que era muy listo. Para asombrarles, yo también dibujo autorretratos, diseño robots con cerillas, e incluso he montado mi primera bicicleta. Pero desde que llegó el bebé, nada mío llama su atención y son sus tonterías lo único que les interesa. Hoy me pasaré el día en mi habitación sin salir a jugar y recortaré las alas del libro. Espero que sean de mi tamaño, no me gustaría que mi hermano se llevara el mérito de volar.
Qué razón tenía Parménides.
Hace unos años, los Juegos Paralímpicos me emocionaban, admiraba a las personas que, con sus diferentes discapacidades, se sobreponían a ellas y competían a un gran nivel para conseguir una medalla.
Pero entonces yo tenía un gran peso específico, estaba en mi plenitud, trabajaba y los límites eran los que yo dibujaba.
Todo lo que hicieran, por grandioso que fuera, nunca menoscabaría mis logros, ni afectaría a mi ser.
Pero los años y los achaques, poco a poco, fueron aligerando mi fortaleza y mi admiración por los demás.
Ahora estoy postrado en una silla de ruedas que ni siquiera puedo manejar, la cabeza sostenida por un armazón, siempre mirando al frente.
La traqueotomía y el respirador me impide hablar y todas las tardes una mujer de blanco, de la que no se ni su nombre, me saca de la habitación y me planta en el salón, rodeado de otros vegetales.
Enciende la televisión y aparecen deportistas sin brazos, sin piernas, ciegos o sordociegos, todos en algún tipo de deporte.
Cierro los ojos, me corroe la envidia, les odio, quiero morir.
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