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Aquel niño, con su cuerpo que valdría como muestrario de huesos para estudiar anatomía a simple vista, miraba sin entender nada. Los nazis que hasta la tarde de ayer hundían sus botas en los cuerpos exangües de los que daban el último estertor y golpeaban a los judíos que transportaban en carretillas los cuerpos gaseados de sus compañeros para agilizar la barbarie, habían desaparecido sin dejar rastro. Solo quedaban las chimeneas que exhalaban las fumarolas de horror de los hornos crematorios, a todo trapo, desde la noche anterior en que sabían que la llegada de los soldados americanos era inminente. El niño se aproximó a una plazoleta que daba a los edificios de los oficiales cuyo paso estaba solo permitido a algunas jóvenes judías a las que, por alguna extraña razón que él no entendía, les permitían el paso.
Con ese pesado olor a ceniza de huesos quemados sobre su cabeza rapada vio aproximarse corriendo a un soldado negro que aullaba enloquecido. El espanto de lo que veía le hacía perder el juicio con los ojos fuera de las órbitas, sumido en rabia incontenible.
Entonces, viendo aquella ira ante el horror, el niño comprendió que la civilización había llegado.
Nuestro compañero de tercero de bachiller, el hiperactivo Jaime, desquiciaba al director del colegio. Este, ya mayor, de bautismo frailuno hermano Nicolás y de mote “Cartucho”, daba clases de francés, mejor sea dicho, las vigilaba. Su tensión arterial estaba descontrolada. Solía tener frecuentes manchas rojas en los ojos.
La clase consistía en repasar en voz alta un cuaderno de color fucsia de ediciones Bruño que dedicaba cada una de sus páginas a las palabras en francés y su traducción al castellano de un tema: la vendimia, la caza, la pesca etc…
Era un guirigay de voces que sacaban de quicio al vigilante, que como un poseso explotaba, se dirigía al sitio de Jaime, el más voceador de los alumnos y ciego de ira le caneaba el cogote a mano abierta y hasta le golpeaba la cabeza con la tapa del pupitre.
Esto nos ponía eléctricos a los compañeros que lejos de defenderlo, jaleábamos al fraile gritando ¡dele!, ¡dele!, ¡dele! El cura cesaba su tortura y tornaba su cara inquisitoria 225 grados como buscando otra víctima y callábamos. Terminada la ejecución reanudábamos con medida sordina a recitar: el conejo: le lapin; el álamo: le peuplier; y gritando fuerte, el cartucho: la cartouche…
Tras el “silencio, se rueda”, la cámara enfoca a la actriz principal que viste con el típico desaliño de una mujer que se siente poca cosa. La escena tiene lugar en un espacio asfixiante y sombrío y le da la réplica un actor de imagen vulgar que, con poco maquillaje, queda perfecto para el papel. De repente, ella hace un movimiento brusco, inesperado y al mismo tiempo grita: “Ya puedes decir que te duele más que a mí, ahora sí que lo puedes decir”. Visto entre bambalinas parece como si se hubiese salido del guión y nos perturba un poco. Todavía ignoramos la causa de su arrebato y nos preguntamos a qué viene esto. Pero, según iremos descubriendo a través de algunos flashbacks, el personaje se ha cansado de ocultar su mirada herida, y no ha podido contenerse.
“Ahora sí que te duele más que a mí”, repite y repite, se desgañita transfigurada. Luego, tras escucharse un portazo, hace mutis por el decorado. Y lentamente, la cámara desanda el camino por ella andado hasta enfocar al hombre que, encogido, gimotea y trata de hacerse un torniquete con un paño de cocina.
—¡Corten! —ordena el director—. Es la toma buena.
En un lugar como este los perros enseñan los dientes. Atados con cadenas, comen solo el mendrugo que el amo los echa y aun así defienden su territorio. Son tontos los perros de puro fieles. Abundan también las ratas y no hay gato que las enfrente sin salir mal parado. Hasta la luna se muestra legañosa como una puta vieja. Andrés no puede verlos, pero su cuerpo siente los baches del camino, la humedad de su orina en los pantalones y el corazón en las sienes.
Por fin el coche para y se abre el maletero. Unas manos lo sacan a empujones y es entonces cuando vislumbra la sonrisa rota del chico con el que peleó hace unos días. Su mirada vuela de él a sus dos compañeros y se detiene en el bulto reconocible que tiembla en el suelo. Una pistola surgida de algún bolsillo le mira ahora con su ojo vacío de cíclope y después apunta al cuerpo arrodillado de su compañero. Entre risas e insultos -¡A ver si ahora eres tan valiente, Maricón!- le tienden el arma y Andrés comprende que esta noche tendrá que matar o morir en un lugar como este.
No hemos terminado de cenar cuando él mira el reloj y dice que se tiene que ir, que es tarde y al día siguiente madruga. Aunque me sorprende una excusa tan simplona, no pregunto nada y lo acompaño hasta la puerta. Antes de abrir, le insisto en que se quede, le propongo flambear piña -nuestro postre favorito-. Pero no consigo convencerlo, nos despedimos sin mucha más historia y él se marcha como alma que lleva el diablo. Tanta prisa repentina me molesta y me quedo observándolo por la mirilla. Veo que, mientras espera el ascensor, hace una llamada con el móvil y sonríe. Reparo en que sonríe mucho. Demasiado. Ahora tanta risa me fastidia. Y cuanto más tarda el ascensor, más sonríe él y más me enfado yo. Entonces cierro los ojos, respiro hondo y empiezo a contar números. Uno, dos, tres,…antes del cinco abandono la técnica recomendada y me tomo una copa de ron. Luego una rodaja de piña. Y más ron y más piña, otra vez ron y otra vez piña. Sin azúcar y sin quemar. Ni siquiera escucho que está sonando mi teléfono. Está llamándome él, mi terapeuta, presiente que la terapia de exposición tampoco funciona.
El hombre cree percibir en la mirada de la doctora, sobre la mascarilla, un ceño fruncido que añade alteración a la que ya traía.
La dentista le hace algunas preguntas banales, para tranquilizarle, supone. Luego introduce un artilugio que impide que cierre la boca. Tampoco puede hablar. Ella menciona entonces el tema de la agresividad al volante.
Mientras examina las piezas, la doctora añade que días atrás fue víctima de un ser colérico, que bajó de su coche con intención de atacar, de lo que quizá se salvó por ser mujer, pero no de sus insultos de machismo rancio.
El individuo se revuelve inquieto, apenas nota el pinchazo.
La odontóloga extrae la aguja. Afirma que nunca olvida una cara.
El paciente recuerda. Ese taladro dental emite un zumbido terrorífico. Quisiera huir, pero está paralizado. Teme haber recibido una anestesia general, encontrarse a merced de alguien que sufrió su ira injustificada.
Ella percibe el desamparo del hombre. Aclara que la jeringa solo tenía agua destilada, que puede marcharse si lo desea. Casi siente compasión. El tipo sigue lívido. Abandona la clínica sin coraje para pedir disculpas. Tampoco sabe cómo explicará en casa esa mancha enorme en sus pantalones.
El niño camuflado entre rocas enfoca la mirada al detectar movimiento. El perro de tres patas abre su ojo amarillo, levanta el muñón que fue oreja. El sol abrasa la tierra yerma.
Por el camino corre a trompicones la mujer, descalza, llorosa. El hombre del chaleco negro la atrapa, la devora, se hunde en ella, la aplasta, entregado a sus embestidas, ajeno a sus gritos. Después, la silencia con una patada en la cabeza, la abandona sobre el polvo rojizo.
El niño mira, interioriza. El perro se yergue, va hacia ella, lame la sangre y aúlla. La mujer no volverá a tropezar más. El hombre ha regresado a casa.
La tarde se disfraza de noche. El niño abandona su escondite, coge un palo, una piedra. Se acerca a la mujer inmóvil, besa su frente helada. Se dirige a la barraca. Atisba por la rendija de una ventana.
La botella vacía atrapa la luz del candil creando espectros en la pared. El hombre está dormido, apoyado en la mesa. El niño entra, el hombre ronca. La piedra quiebra la base del cráneo, le enmudece. El niño sonríe, blande el palo. Mira al perro.
El perro tiembla. Huye de allí para siempre.
La novia le susurra al marido recién esposado que la apriete fuerte, que la quiera, que no la deje caer nunca. Mientras, su madre, entre sorbo y sorbo de un vino ácido y barato les ve danzar y repite entre dientes… sed felices, muy felices, sed felices… El padre ha vaciado de nuevo su vaso. La luna, que es testigo desde el tejado, lo mira como a un fantoche discutiendo con su negra sombra en un idioma incomprensible. El viejo escurre los restos de la botella sobre el gaznate antes de reventarla contra el suelo y convertirlo en un universo de estrellas de vidrio. El novio, enfurecido, lanza a la mujer contra un asiento y corre en su busca. Le increpa. Lo arrastra, lo zarandea y lo saca fuera de escena. Los gritos han callado la música. Vuelve el silencio de los grillos. El novio, que ya ha encontrado la calma, busca una botella nueva y un vaso limpio y se sienta, solo, a echar un trago junto al rosal de flores amarillas. Mientras, al fondo, se oye el llanto callado de una mujer. O dos.
Desde un principio, mis padres lo prefirieron a él. Mamá le daba todas las golosinas y papá permitía que rompiera mis juguetes y hasta lo llamaba “campeón”. Si el nene lloraba por algo, me zurraban. No había otro a quien culpar, si solo éramos una única familia de cuatro miembros. De mayor, tocó mantenerlo hasta que se independizó con una profesión mundana y que le dejaba mucho tiempo libre, Mientras tanto, yo trabajaba en el campo bajo el sol y la lluvia. Por eso, cuando a nuestro Señor le complació más sus tributos, a diferencia de los pobres frutos que le presenté por culpa del ganado de mi hermano que arruinó los cultivos, no pude más y de un golpe de azadón, lo maté.
Con las manos manchadas de sangre, me sentí un niño de nuevo como cuando el pequeño Abel lloriqueaba a causa de algún pellizco o travesura mía contra él y no había nadie más a quién castigar. Como en este momento: no había nadie más sobre quien recayera la ira de Dios, sino era sobre Caín, el hermano mayor.
Mi novia solía acompañarme hasta mi sitio de empleo en la mañana. Aprovechó para reclamar quienes eran las mujeres con las que andaba el día anterior. Eran una tía y su hija, mi prima hermana, pero a pesar de mi explicación, noté su incomodidad. Algunos dicen que es extremadamente celosa y mantiene vigilados a sus familiares, novios y amigas. Hasta le atribuyen el asesinato de su novio anterior, muerto tres años atrás. Por otro lado, no comparte nada, ni siquiera videojuegos y otros aparatos. Jamás conseguí que me prestara una de sus cosas. Lo de ella es solo para sí misma, mientras que lo que pertenece a los demás también es de ella.
Mi mañana fue agitada y, en la pausa de mediodía, salí apurado por unos accesorios telefónicos. Encontré a una amiga de la familia y platicamos unos minutos, es una mujer de bastante edad. Cuando regresé, vi que a través del inmenso ventanal que está fuera del establecimiento, estaba mi prometida con su mirada penetrante y los brazos cruzados. Una nota en mi escritorio me puso los nervios de punta: “No son celos ni envidia, pero verte con otra me fastidia”.
«Me gusta tu hermano». El tono fue considerado, pero en la mente de Pedro resonó con la estridencia de un portazo. Aquel verano, Elena había dispensado a ambos las mismas sonrisas y gestos de complicidad y, sin embargo, a pesar de ser como dos gotas de agua, de que se comportaban de forma tan similar que, a menudo, ni su propia familia podía distinguirlos, la balanza había favorecido al de siempre.
Desde aquel momento, una pregunta llenó los insoportables desvelos de Pedro; una duda que con el tiempo, devino en obsesión. Se entregó sin descanso a observar minuciosamente el trato de su hermano con Elena hasta que adquirió el convencimiento firme de que la elección había sido totalmente arbitraria. Entonces anunció que se iba una temporada a Francia, apuñaló a su hermano y lo suplantó, sin que Elena diera muestras de siquiera vislumbrar la mentira.
Una mañana, Pedro se encontró con los armarios vacíos y un papel con horarios de vuelos a Francia. Garabateada en el dorso, una frase lo sumió en un lúgubre desengaño, aquel que se abre camino cuando comprendemos que ciertas respuestas que perseguimos durante media vida nos eludirán para siempre: «Me gusta tu hermano».
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