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«Poned pasión en todo lo que hagáis», decía doña Purificación, nuestra profesora de literatura de cuarto de bachiller. La Mosca, la llamábamos. Dar con el mote apropiado había resultado fácil. Las gruesas gafas de culo de botella en su cara menuda de tez clara nos habían ahorrado muchas disquisiciones. Resultaba imposible no reírse de sus faldas largas y grises, sus mocasines de tres colores (lo más atrevido de su indumentaria) y las blusas abotonadas hasta la asfixia. Igualmente nos asombrábamos de que aquella solterona conociera la palabra pasión y se atreviera a pronunciarla. Para nosotros pasión era sinónimo de sexo y la palabra sexo era —con esa hermosa X en su segunda sílaba— tan turbadora como las costuras negras de las medias de cristal de las busconas. Así las llamaban nuestras madres.
No éramos más que una panda de pajilleros mancos y descerebrados, y nunca supimos ver volar a la Mosca. Sin embargo eso ocurría cada vez que sacaba un libro de la cartera. Acariciaba su lomo y nos pedía silencio. Luego cerraba los ojos y cogía aire antes de dejar que el libro se abriera solo, por donde quisiera él, para empezar a leer. Con los ojos cerrados. Siempre.
Nuestro amor olía a dátil, especias y simún.
Y, cada noche, un oasis de fluidos y placer nacía en nuestra cama, convirtiéndonos en dos tigres flamígeros que sólo ansiaban devorar sus propios cuerpos.
Pero el cáncer de la intransigencia siempre tuvo los colmillos afilados, y un maldito día reptó bajo la puerta y desgarró nuestras entrañas.
Y ahora somos átomos enamorados, flotando en libertad como polvo en el desierto.
Y ya no nos importa el qué dirán.
Ni haber sido lapidadas por cien bestias con turbante.
Faltan dos días para estar con él.
Es un ritual, solo los sábados después de comer.
Durante la semana el deseo va aumentando. A veces me sorprendo apretando los muslos, entonces me ayudo con la mano.
Suelo cocinar platos especiales. Algo de marisco, ostras, percebes y luego una buena carne, casi cruda, sangrante. Albariño primero y después un Ribera.
Cocino desnuda, con un delantal y de vez en cuando me pego a la encimera y me froto. Con frecuencia he tenido varios orgasmos antes de que esté presente.
Es pasión lo que siento por él, pero creo que el deseo porque me posea es mayor.
Esta noche, al acostarme he colocado una almohada entre mis piernas y me mezo al compás de la música, ardo en deseo.
En mi ensueño, rememoro cuando con mis dos manos lo llevo hacia mi boca y se derrama en mí. El Pacharán me está esperando en el salón.
Hace tiempo que los dos deseaban que llegara este momento. Anhelaban sentir el calor de los cuerpos piel contra piel, la humedad de los besos, recorrer laberintos de sensaciones en la intimidad envolvente. Culmina al fin el sinuoso sendero de roces efímeros, de miradas cruzadas, de relojes inclementes sin tiempo para el encuentro, de intenciones y de intentos. Las sábanas calientes acarician sus movimientos en la escalada hasta lo más alto y coronan la cima juntos, justo a tiempo, en el preciso momento en que se escucha el sonido de las llaves que los obliga a descender a toda prisa, casi sin aliento…
—¡Mamáá, papáá, ya estamos en casaaaaaa!
Llevaba un tiempo medio enamorándome de la hija de la dueña de la freiduría. Era una chiquilla con cara de ángel que debía de tener unos dos años menos que yo y ayudaba a despachar por las tardes. A menudo me paseaba despacio por delante del puesto y, algunos días, para disimular, entraba a comprar cien gramos de cualquier cosa.
Una tarde que ella no estaba, su madre me hizo pasar a un almacenito que olía a harina y matarratas. Era una mujer de unos cuarenta y tantos, con hechuras de actriz de Cinemascope.
Pensé que querría conocer mis intenciones pero me pidió que oliera la garrafa del adobo. Su cuerpo estaba barnizado de un sudor dulzón, perfumado.
—¿Huele bien? —me preguntó.
Yo asentí.
Vertió aceite de oliva en un plato y mojó un dedo que acercó a mi boca.
—Mira qué denso —susurró, haciendo que se lo lamiera—. Virgen extra.
—Pica un poco —dije.
Derramó el resto sobre su pecho y acercó mi cabeza. Lamí todo lo que pude, apresurado, torpe, mientras ella se encargaba de lo demás.
Y durante un tiempo, todo me olió a orégano y a pimentón. A jabón verde. A acedías y a culpa requemadas.
Recostada sobre la arena, Ariadna dormita en la orilla, arrullada por las olas. Acorralado detrás de una pared, el hombre tiembla de terror ante los bramidos furiosos del animal. Debería hacerle frente como el héroe que dice ser, pero su brazo se encoge como el de un cobarde.
Ajena a las súplicas, a los alaridos, a los golpes de mortales embestidas, Ariadna se da la vuelta hacia la escollera, donde el barco se balancea anclado. Sueña con el castigo del embaucador a manos de su monstruoso cómplice. Por esta vez, con la certeza de no haberse dejado engañar por el tipo que amó y que le había jurado que nunca la abandonaría.
«…lo importante para madame Maroszek no era que alguien escribiese su historia en un libro contable, o en los márgenes de una mala novela francesa, o en partituras invisibles, o en papeles membretados de los hoteles de una ciudad; acaso lo importante, para alguien como madame Maroszek, no era dónde escribimos nuestra historia, sino escribirla.»
Eduardo Halfon
Oh gueto mi amor
Llegó al hotel cerca de las nueve. Tenía la habitación reservada y algo de hambre. Se duchó enseguida. Tranquilizó a su mujer que pegada al teléfono esperaba su llamada.
—Ceno y me acuesto cariño, estoy agotado— mintió; como tantas otras veces.
Volvió a llamar; esta vez para decir: «me alojo en el Majéstic, en la 321, mi nombre es Baltasar». La chica llegó en media hora. Era tal como habían acordado: morena, ojos claros, uno sesenta, la tez pálida, casi transparente.
—Me llamo Irina— susurró, y llegaron a la cama todavía hecha.
Le quitó primero los zapatos, anduvo por sus muslos con los dedos hasta alcanzar la cinturilla de los pantis y bajarlos muy despacio. Descolgó el vestido de sus hombros, quedando al descubierto sus pechos sin corsé, sus bragas mínimas, sus piernas de cristal. Le pidió que se tumbara, que le ofreciera el blanco de su espalda. También desnudo se sentó sobre sus nalgas, esgrimió su arma favorita y noveló sus frustraciones sobre la piel inmaculada. La tinta de su pluma se acabó al escribir la última palabra, y dio así por satisfecho su apetito. Vestido de su nuevo personaje, abandonó aquel alojamiento clandestino para concebir el próximo capítulo.
Las mujeres somos multiorgásmicas, aseguraba la revista que le había cogido a su hija. Hay que ver qué cosas leían estas crí… ¿multiorgásmicas? Pero ella… ¿no se habría perdido algo? Consultó el asunto con su amiga Maripi, que tenía mucho mundo.
–Lo mejor es ponerse en manos de profesionales –le recomendó al darle una tarjetita que, si no fuera por el nombre: “Chicos, chicas y viceversas”, parecería la de un despacho de abogados. Prueba y verás.
Tras pensárselo dos veces, llamó para solicitar a un hombre maduro. No quería que le apeteciera menos hacerle el amor que hacerle un Cola-Cao.
El día indicado, se presentó un rubio entrecano con acento extranjero, que, como enseguida pudo comprobar, tenía un gran dominio de la lengua. Una vez colmados sus vacíos más urgentes, sintió la necesidad de charlar sin prisas –como hacía con su difunto Rafa– de las ventajas del coche eléctrico o de la última peli de Woody Allen. Los dos orgasmos no habían estado mal, pero necesitaba encontrar algo más multifuncional. Se decidió entonces a escribir a una página de contactos: “VIUDA INTERESANTE BUSCA HOMBRE FORMAL…
Amanezco desnuda, desubicada, sedienta.
Son las trece horas de un sábado con sabor a resaca, con el aroma a sexo impregnado en mi piel, con el cabello enredado en unos bucles imposibles, con los ojos hinchados en el vientre de mi memoria.
Las sábanas, arrugadas, hidratan mi cuerpo, el contorno de mi pubis, el regazo extenuado de orgasmos.
Mi boca carece de aliento y gemidos, quizá se agotaron en mis sueños o entre mis dedos.
No sé, estoy todavía en el espasmo del delirio, entre la saliva de la almohada y el perfume del pecado.
Recuerdo un Cardhu sin hielo, en copa ancha, rebosado de ansia. Recuerdo un cigarrillo apurando su toxicidad en el cenicero, la música estallando mis oídos, las cortinas corridas de deseo.
Suena un WhatsApp en el móvil, creí que lo había dejado en vibración; es mi madre, me recuerda que hoy hay comida familiar, que Ricardo vendrá.
Me aseo, me dibujo una sonrisa, me sirvo un zumo con toda su pulpa y un ibuprofeno.
Compro dos botellas de vino.
Subo las escaleras, con la autoestima negando esa propuesta clandestina concertada entre ellos, contra mi voluntad, contra el invierno de mi vida.
Amanezco hundida de lluvia.
Está rara. No había quien la sacara de casa y ahora lleva meses saliendo varias veces por semana. Por lo visto, va con las amigas, pero el atuendo y una cara de felicidad mal disimulada la delatan. Su pareja desconfía. Lo primero que hace al regresar es meterse en la ducha; seguramente para camuflar aromas, piensa él. También es sorprendente verla investigando en el ordenador durante horas después de esas misteriosas salidas, y más teniendo en cuenta que antes ni lo encendía. Cuando el marido muestra extrañeza por estos cambios conductuales, ella responde con evasivas, lo que hace agrandar las sospechas de aquel. La mujer comprende el malestar del esposo, e incluso siente remordimientos porque hace años prometió no volver a caer en la tentación. Además, teme que cualquier día le haga elegir entre el amor que se profesan o su verdadera pasión. Pero, si llega a ponerla ante semejante dilema, esta vez la decisión será tajante: por mucho que él se lo pida, por más que el hombre le recuerde su aversión y alergia hacia ellas, no dejará de ir a buscar setas. Aunque deba regalarlas antes de entrar en casa.
A Eloísa le gustaba que su madre la enseñara su joyero con tan alhajas distintas. Había una en especial que le causaba una emoción incontrolable: un collar de oro con una piedra verde en el centro que era de su abuela. Se lo ponía y lo veía brillar. ¡Le quedaba enorme!
-Cuando seas grande será para ti—. Decía siempre su mamá antes de cerrar el cofre.
Eloísa empezó a comer más de la cuenta. Comía a escondidas, se aficionó al pan, a las patatas fritas, a comer bollos a todas horas, daba igual que le gustaran o no; se hartaba de chuches al menor descuido. Comía y comía sin parar.
Dejó de jugar al baloncesto, de salir con sus amigos, de nadar en la piscina. Su cuerpo empezó a crecer, las faldas se le quedaban cortas y estallaba las costuras de blusas y jerséis. Ganó seis tallas en varios meses y con solo doce años.
Un día, cuando volvieron a abrir aquella caja de las maravillas, Eloísa cogió el collar con tanta prisa que su madre empezó a entenderlo todo. ¡Le sentaba tan bien!
Pero primero habría que visitar al endocrino.
Triste está Doña Justa. El conde de Liébana, su esposo Don Alfonso, lo sabe y como aquel califa que cubrió de almendros Medina Azahara para curar el alma de su amada norteña, mandó traer la más hermosa de las olivas de Lucena para plantarla junto al camino de pasos y rezos del templo.
El Tejo, dueño del lugar, harto de herboleras que para conjurar bienes o males le sacaban sus untos, quedó admirado cuando aquel primer mayo descubrió la belleza de su nueva vecina. Él que nunca tuvo flores la vio vestida como una novia envuelta en su mantilla de encajes de floridas rapas blanquecinas y quedó prendado. Amoroso la protegió de vientos, nieves y celliscas y lanzó sus raíces, con la parsimonia propia de su raza, hacia las de su amada. Cuántos nudos tejerían juntos bajo tierra. Y pasaron siglos de romance hasta que el tejo sucumbió en la peor tormenta del milenio. El lugar es santo y propicio para resurrecciones. Solo una rama, replantada, se recupera lentamente y la oliva, por San Miguel, continuará regando con sus aceitunas el camino y su renacido compañero mostrará sus arilos de colorines que solo los pájaros negros saben comer sin daño.
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