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Se aproxima la fecha de su aniversario. Aunque ya no puedan salir a celebrarlo, la anciana pareja se arreglará con esmero, para disfrutar de nuevo su menú ritual de platos favoritos.
Ella repetirá emocionada el relato de su primera cita a ciegas. Cómo, por supuesto, tuvo que tomar la iniciativa y se presentó en la cafetería con su vestido rojo de lunares, un libro de poemas y el sombrero de paja.
Él asentirá sonriente cada detalle de la historia, que su amada conoce casi por completo. Se morderá los labios para no revelar el detalle que le oculta hace décadas, respirando aliviado porque siga convencida de que la idea de cenar en otro sitio se le ocurriera a ella.
Como todos los años se sentirá triste y miserable unos instantes, por no confesarle que aquella noche en una mesa cercana, otro chico con camisa verde, gafas plateadas y una rosa en la mano también la esperaba.
Todavía olía a guisos de la abuela y mi cabeza, acompasando el ritmo del viejo reloj de péndulo que colgaba en la pared, se movía; mientras mi tía canturreaba coplas trajinando en las faenas de la casa.
Los años hicieron estragos. El silencio se apoderó del interior y, como una sombra oscura, ocupaba rincones de telarañas dejando huellas misteriosas de humedad en el papel victoriano de la entrada.
Yo no quería ver la decadencia. Permanecía aferrada al pasado y a los inolvidables festejos, en los que, la familia nos sentábamos a comer, bajo el parral, en una larga mesa de madera.
La abuela solía cocinar: Ensaladilla y cordero asado, amén de dulces tradicionales. Sabores que aún bailan en mi paladar.
Todos pretendíamos que aquellas jornadas resultasen inolvidables y, para ello, nos esforzábamos en ofrecer nuestros mejores humores.
Lamentablemente, la Casona se cerró. No fui capaz de volver a pasar por delante de la puerta. Daba mil rodeos para evitar la calle. Sentía demasiado dolor.
Transité, envuelta en horas de tristeza. Me parecía imposible que la venta pudiese afectarme tanto. El cordón que nos unía seguía intacto pero… Ella tenía otro dueño y yo me sentía desamparada.
Vidal nació ochomesino y en plena vendimia bajo el sol escurridizo de un atardecer de septiembre. La expulsión repentina del niño sobre un lecho improvisado de uvas negras provocó que el jugo procedente de los granos al romperse saltara por los aires, salpicando al bebé y a Rocío, su jovencísima madre. La boquita del infante se estrenó degustando unas gotas de aquel líquido violáceo a modo de inusual calostro. Rocío eligió sola el nombre; al padre de la criatura no tuvo ocasión de preguntarle, tenía otros pagos que atender.
El niño fue creciendo entre cosecha y cosecha, al compás intermitente del trabajo de una temporera. En múltiples ocasiones quiso saber de su padre. Al no hallar respuesta, una enorme tristeza enraizó en su interior, haciendo que sus ojos viajaran incansables de un vendimiador a otro en un vano intento de reconocerse en alguno de ellos.
Cuando Vidal tomó conciencia de que el silencio de su madre cimentaba el sustento de ella y el suyo propio, su tristeza derivó en amargura y, acarreando cestos rebosantes de racimos, se preguntó si su futuro no sería similar al de aquellos frutos cuyo destino inexorable acabaría pisando y exprimiendo.
Carlitos mira ensimismado el licor favorito de su padre. Con su cuerpo ovalado, rematado por una esfera cristalina, la botella reposa adormecida entre los libros polvorientos del despacho. La luz del atardecer entra por el ventanal y le araña reflejos dorados. Le recuerda el frasco de perfume de mamá que conserva, escondido en el fondo del ropero. Ése que le adormece los sentidos cuando lo acerca a su nariz y la trae de vuelta.
Se sube a la mecedora y, como un equilibrista sin público, alcanza la botella y salta a la mullida alfombra con una pirueta circense. Abraza su tesoro y sonríe.
Justo antes de que su compungida abuela lo arrastre delante de toda esa gente triste vestida de negro, Carlitos tiene tiempo de esconder la botella debajo del escritorio.
Esa noche, cuando todos duerman, volverá a por ella. Después, en su habitación, aspirará el aroma de papá y lo esconderá junto al de mamá para tenerlos siempre a su lado.
Mi abuelo, Don Enrique, como solían llamarlo en el pueblo que le vio nacer, dejó atrás Aracena, acompañado de su esposa, para abrir una librería en Madrid.
Cuentan que a mi abuela Soledad la consumía la nostalgia de su tierra, y él, no sabiendo cómo consolar su pesar, mandó trasladar una encina desde la antigua finca hasta el patio del nuevo domicilio, junto con un gorrino que comía las bellotas que de esta caían. Mas tan titánico trasplante no bastó, pues, en las tardes de lectura, ella seguía regando con lágrimas de añoranza las raíces del árbol con cuyos frutos engordaba el cerdo.
Quiso mi abuelo, cuando llegó San Martín, agasajar a los amigos con los torreznos provenientes del animal. Dicen que las intensas emociones que aderezaron este manjar, aliñado de llanto y versos, le confirieron un peculiar sabor, y que todo el que lo probaba se veía embargado por una inmensa tristeza y abandonaba emocionado la casa familiar. Desde aquel momento, ese lugar se convirtió en un templo de nostalgias y del buen yantar, y tal efecto aún perdura, a lo largo de los años, en la pluma y en el recetario de las mujeres de nuestro linaje.
Rebeca se viste cada noche con un oscurecido camisón, con el recuerdo de las sábanas suspendidas en su piel, con el aliento sonrosado y la mirada al techo de su imperfección.
Se inventa amantes, se imagina entre las aguas de sus brazos, en el límite insensato de la discreción, en la serenidad de sus enaguas y en el decoro de su vecindad.
Aurelio, cada día le envía flores, mensajes manuscritos en una tarjeta con aroma a orquídeas, con el membrete sellado en la saliva de una promesa y el deseo de ser correspondido tras su luto.
Ella cuelga en el tendedor sus heridas, la soledad, el ansia de un nuevo comienzo, la sangre de saberse fértil todavía, los recuerdos entre sus muslos, la savia de una nueva hombría.
Él le deja en su buzón sus miedos, sus intenciones, el calibre lacrado en la oferta de un nuevo comienzo.
Rebeca frunce el ceño, es alérgica a las orquídeas, a los nuevos inicios, a esa letra que le invita a volver a sentir la vida, a las cartas furtivas de su vecino.
Destiende la ropa, la clasifica según la humedad de sus recuerdos, después, pliega su silencio, vuelve a imaginar y tiembla.
Después del entierro del papá he vuelto a nuestra casa, donde ha vivido él, solo, desde que murió la mamá. En el piso destacan las baldosas de Nolla, diseñadas por el bisabuelo, que trabajaba allí. A la derecha, la que fue mi habitación durante tantos años. A la izquierda, el dormitorio de matrimonio, con su gran lámpara de techo, regalo de mi tío, dueño de una fábrica en Manises. El cuarto interior era el que ocupaba mi abuelo. De niño, me refugiaba bajo la cama, impregnada de su olor a viejo, muerto de miedo por los truenos, que me daban auténtico pavor. La televisión de la salita me recuerda la primera que compramos, el año que llegó el hombre a la Luna: mi padre y yo lo vimos en directo. La cocina, que ahora me parece pequeña, en aquellos años, con mi madre trajinando, era como una gran sala de operaciones donde pasaba la mayor parte de su tiempo. En el patio de atrás tuvimos que cortar el limonero para construir el garaje donde guardábamos el Seiscientos. En fin, recojo cuatro papeles y algunos libros y dejo la casa, lista para su venta.
La encontré mientras ordenaba una vieja estantería, entre las hojas de un libro de poesía. La fotografía, que ya amarilleaba, tenía más de treinta años y en ella estábamos los cuatro juntos una tarde de otoño. Probablemente una de las últimas veces. Sentados en un prado, Javito, mi hermano pequeño, con el mohín de disgusto típico de los Tauro, intentaba apartarme del arrullo cariñoso de mamá para ocuparlo él. Yo, genuina Piscis, le dedicaba una mirada desafiante y de fastidio. Papá la observaba con esa mezcla de fervor y melancolía propia de los Acuario. Ella, en actitud tierna, con su nueva melena que le quedaba tan bien, parecía tratar de alejar una sombra de temor. Cáncer era el de mamá.
Esposado, las macabras imágenes del vídeo humedecen los ojos de Alberto.
«Por fin este desgraciado muestra algo de arrepentimiento», se dice el padre de María.
Pero sus lágrimas... son de nostalgia. Qué dulce recuerdo.
Ya desde mi infancia tuve desengaños amorosos, quizás fuera mi físico poco agraciado o tal vez mi falta de tacto con ellas, el caso es que mi corazón aún no ha encallecido por los mil desaires. Luego, me hice militar, fui de duro por la vida y así me mostraba ante mi única novia, mi gran amor al que sigo añorando y que me abandonó por la maestra del pueblo.
Algunas noches, abatido por la nostalgia y la prolongada soledad, lloro en silencio, con vergüenza y temor de ser descubierto por mis compañeros de cuartel.
Hoy será mi última noche triste. No estoy dispuesto a perder a mi nuevo amor. Aun en la oscuridad la reconozco; agarro su mano y huimos. Su peso liviano me facilita tirar de ella. Como buen novio y buen legionario, he planificado esta fuga nocturna tratando de evitar tapias y grandes obstáculos, por lo que he dejado la verja entornada. Antes de abandonar el recinto, la abrazo y observo que en la carrera, sorteando cruces y tumbas, ha perdido algunos huesos, sin embargo su otra mano sigue aferrada a la guadaña, y bajo la negra capucha percibo su mirada profunda y su perenne sonrisa.
El guerrero huno soportaba impávido las miradas curiosas de los niños, sólo las fotos parecían incomodarle. Hacía la estatua en una calle poco concurrida cerca de la plaza del Comercio. De su robusto cuello colgaba una tablilla con una inscripción, decía que le habían maldecido a mendigar durante siglos por profanar un templo romano en Tracia. Estirándose, me dijo que permanecer inmóvil era lo más duro para un nómada. Con ojos húmedos, recordó cuando galopaba libre por la estepa, arrasando poblados y rebanando pescuezos, cosas de hunos. La maldición estaba a punto de acabar y necesitaba un caballo, porque en su tierra, un hombre nada vale sin su montura. Sólo así podría llegar a las verdes praderas del más allá, donde le esperaban sus feroces antepasados. Divertido con la imaginación de los lisboetas, dejé una moneda en su yelmo y le deseé suerte. Cuando, días después, volví a pasar por su calle, había en su lugar un Mozart de peluca empolvada ensimismado con su partitura. En una terraza del Chiado vi la noticia en el periódico. Un friki a punta de lanza había robado el mejor pura sangre de Portugal. La policía no tenía pistas.
Despierta, flotan los sentidos en el aire. Grita con todas sus fuerzas, nadie le oye, ni siquiera él se oye. Quizá sea una horrible pesadilla.
Cayó súbitamente en la inconsciencia. Una muerte clínica, el oxigeno se negó a irrigar su cerebro, mas la cuchilla de muerte, no fue del todo certera.
Despierta, oye susurros ahogados en lamentos. Mira, ve en los rostros de los seres queridos, pánico mal disimulado. Manotea, patalea, ningún musculo obedece.
Mente, vista, oído, el resto del ser, quieto, eternamente quieto.
El trigo de sus cabellos se torna gris ceniza, la silueta de su esqueleto va ganando terreno.
Su esposa, su dulce rosa, lo cuida. En casi once años, ni una sola llaga. Lo acaricia, lo besa tiernamente, él la sigue con la mirada, solo puede sentir su aroma. ¡Joder, lo que daría por sentir sus manos, aunque sea solo un minuto, poder decirle —cuanto te amo — Los pétalos de su rosa amada, también se marchita con él.
Finalmente, la guadaña lo visita. No es ella quien lo atrapa, es él quien a ella se aferra.
Por fin escapa del miedo, de la tristeza, de la melancolía.
Vuela, vuela, vuela, ya tu alma es libre, eternamente libre.
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