¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Otro día más baja por el sendero a paso lento, el pelo recogido, las manos cruzadas bajo el pecho, con su abrigo largo y las botas altas llenas de barro. Esta semana la niebla no ha dado tregua. Como siempre se para delante del buzón. Ahí se queda mirando al infinito con sus grandes y tristes ojos, recordando voces, risas, suspiros y hasta olores. Con suavidad acaricia la oxidada superficie que el tiempo ha maltratado igual que a ella. Vuelve a casa sin abrir el buzón, no sabe si podrá hacerlo, sabe que hoy hay algo. Ha visto las nítidas e inconfundibles huellas marcadas en el barro. Creía querer saber, pero ahora no está segura, al menos antes le quedaba la incertidumbre, la esperanza.
Ahora tendrá que empezar de cero, cerrar el capítulo y perdonarse como madre, por no haberlo sabido hacer mejor, pero hoy no. No tiene fuerzas, solo quiere llorar como la niebla y diluirse en ella.
Cuando escuché en alguna parte que aquel hombre había muerto de nostalgia, no fue exactamente dolor lo que sentí. Más bien fue esa tristeza exigua, casi intangible, que trae consigo el fallecimiento prematuro de alguien a quien has conocido en persona, aunque no hayas tenido mucho trato con él.
Siempre se mostró atento y respetuoso. Si me veía sentada junto a la puerta del supermercado, me saludaba con una tímida sonrisa y, al salir, me daba comida o algo de dinero. Incluso hubo un día, cuando se acercaba el invierno, en que me trajo un abrigo usado. «Ya nadie lo utiliza», me dijo. «Tú lo podrás aprovechar, te queda como un guante».
Recuerdo muy bien la última vez que lo vi porque ahora, de algún modo, creo que aquel encuentro resultó premonitorio. Caminaba con la prisa de los que huyen de algo, o de alguien, y su mirada era distinta. Sus ojos, mustios, parecían decirme adiós mientras tiraba de la mano de su hijo y la voz del pequeño se reducía a un susurro, cada vez más lejano, que dejaba entrever la palabra «mamá».
Siempre tuve mi propia idea sobre el significado de la expresión, fondo de armario. Un baúl enorme, de buena madera y herrajes metálicos. Porteado por hombres robustos y diligentes. Baúles envueltos en un mágico halo de misterio, contenedores de prendas de sedoso paño y extraordinario calzado. Anchos, profundos, infinitos.
Haciendo balance, perdida entre mis vestidos y abalorios, descubrí, atrapada detrás de una balda, una caja que no reconocí de inmediato. La miré unos segundos conteniendo el aliento, mientras trataba de recordar su procedencia.
¡Mis zapatos de color marrón con filigranas talladas, brazalete tobillero y tacones de vértigo!
Me pregunté, cómo pude olvidarlos si, cuando los vi la primera vez, llenaron mis ojos de lujuria y dotaron a mis pies de ritmo. Sabía con certeza que nunca podría lucirlos como merecían en este lugar de polvo y piedra. Tú, anticipándote a mis deseos, me los compraste sin cuestionar mi manifiesta adicción.
Esa noche los estrenamos, con tu música y mi luz.
Añoré, entonces, los fondos de baúl de mis sueños adolescentes, los vestidos sedosos y los zapatos de tacón de aguja.
Cuando abriste la puerta, tus ojos se agrandaron.
Sonreí cómplice y susurré: nunca te arrepentirás de entrar en una zapatería.
Todas las familias felices se parecen unas a otras, eso lo sé yo que apenas tengo diez años y lo saben el resto de niños que andan dando vueltas y que, también como yo, no encuentran a la suya. En el lugar donde nos encontramos las familias son menos felices de lo que debieran, bien porque sus días monótonos y sin noche que los interrumpa les hacen estar pálidos, ojerosos, cansados de estar cansados, bien porque la felicidad es un término que no se puede aplicar al estado natural que todos tenemos ahora.
Me dijeron que podía pedir un último deseo y yo, que apenas había tenido tiempo de disfrutar de los míos, que sentía cómo le palpitaba el corazón a mi madre en los dedos que me agarraban fuerte, que escuchaba un leve llanto coral parecido a nada, que adivinaba borrosas las caras del resto de mi familia, lo pedí, bien quedo, para mis adentros, egoísta.
Siempre he creído que una estación es un principio, también un final. Elegí asiento en ventanilla, me fascina ver pasar la carretera. La lluvia caía fina, gélida. En mis auriculares, Time, de Zimmer. Pegué la frente al frío y enorme cristal y entonces los vi, sentados en un banco al otro lado del patio de maniobras. La madre, cabizbaja, apretaba firmemente contra su pecho la mochila multicolor. A su lado, el niño, de no más de cinco años, sujetaba absorto un pequeño bocadillo al que no prestaba ninguna atención. Y empecé a pensar. Tal vez esperaban al padre a su vuelta del trabajo. O tal vez ese padre subió hace tiempo a un autobús, nuca más supieron de él y vuelven aquí cada tarde confiando en su regreso. O quizás…
Cuando aquel autobús arrancó levanté la cabeza y lo vi, alicaído, con la frente pegada al cristal de la ventanilla. Nos miraba, parecía triste y empecé a pensar. Tal vez marchaba a buscar trabajo fuera, o tal vez viajara para reunirse con su familia tras recibir una mala noticia. O quizás… Animé a mi niño a terminarse el bocadillo. Le encanta merendar viendo cómo llegan y cómo parten los autobuses.
Como protagonista escogí a E.T., lo imaginé convertido en un apuesto cuarentón y con alguna cana ya. Estaba cabizbajo, posiblemente su tristeza se deba a que, sabiendo el avance tecnológico, le pareciera extraño que Elliot ni siquiera hubiera solicitado su amistad, complicado el tema que elegí.
Y así, imaginando a E.T., canoso, aferrado al teléfono y con su dedo iluminado, esta vez señalando a la Tierra, me acordé de que no tiene pelo y que quien tiene canas soy yo. Comprendí entonces que no sé absolutamente nada, mejor que siga leyendo y no escribiendo.
Hoy se cumple otro aniversario y traerás flores, papá. Yo prefiero las golosinas hechas por tus manos. Cuentan que el día de mi nacimiento, adornaste la maternidad con botones de rosa ahogados en un almíbar a punto de hebra que atrapó las lágrimas de polen en el interior de las corolas. Desde niña, las celebraciones y fiestas se realizaban en tu chocolatería que, más adelante, me heredaste al graduarme como repostera. Para mi matrimonio, fabricaste una tiara compuesta por bombones envueltos en un papel satinado que, al fracturarse en mil haces de luz, transformó los chocolates a semejanza de piedras preciosas. Pero nada de eso está en tu memoria. Lo que sí recuerdas es a mamá exigiéndote joyas reales, dinero, opulencia; y cuando, incapaz de retenerla a tu lado, le rodeaste el cuello con una trenza de dedos embalsamados en harina y azúcar hasta exprimir la última gota de sus ojos vacíos. Al cometer ese crimen, me condenaste a ni siquiera tener un nombre para grabarlo, aunque fuera con tiza, en esa piedra que marca la tumba donde yacen mis recuerdos sin retoñar dentro del útero seco de mi madre muerta.
Ahora estoy sobre la duna de un desierto africano, exhausta. Nací en el instante en el que un niño soltó la mano de la mujer cuyo corazón, al encogerse, me impulsó hasta sus ojos. Me deslicé por su cara, su cuello, su pecho, su pierna, su tobillo, el asfalto, la alcantarilla, el cauce del río, el rayo de sol, el ascenso a la nube, a la ráfaga de aire. Así llegué aquí. En cualquier momento me diluiré en una partícula de polvo en suspensión de la arena, en el viento que me empujará hasta posarme cerca de un árbol amazónico. Entraré en su raíz, su tronco, sus ramas, sus hojas, la luz, el oxígeno que respirará la mujer que me creó.
Todas las noches su marido, después de cenar, se fusionaba con el sofá formando un cuerpo único que a los pocos minutos empezaba a roncar frente al televisor. Era entonces cuando ella encontraba su momento. Sacaba la libreta del cajón de los manteles y le escribía una carta a su amante imaginario, al que llamaba Luis. Le contaba cómo le había ido el día, sus pequeños conflictos domésticos, sus reflexiones y todas esas cosas que necesitaba compartir con alguien. Para terminar, firmaba con un corazón y rompía la carta en trocitos pequeños que escondía entre la basura. Quedaba para ella ese ejercicio de desahogo que tanto la ayudaba a reconstruir, en la medida de lo posible, las ruinas de mujer que llevaba dentro.
Asombrosamente, una mañana, mientras fregaba la taza del desayuno, se presentó Luis en la cocina sin previo aviso. Venía a proponerle que huyeran juntos para iniciar una nueva vida lejos del aburrimiento y la tristeza. Ella, sorprendida primero y halagada después, no tuvo más remedio que rechazarle. Tenía los garbanzos en remojo, la lavadora en marcha y una edad como para no volver a creer en promesas de felicidad.
Lolo solo había crecido durante unas semanas junto a Lalo cuando, de pronto, se quedó inmóvil y lentamente empezó a reducirse. Milímetro a milímetro se fue haciendo más pequeño y dejándole todo el hueco en la placenta a Lalo. Hasta que un día desapareció, se volvió evanescente. En la secuencia de ecografías de la semana dieciséis ya no quedaba rastro de Lolo, de modo que nadie se enteró de que había estado allí. Ni siquiera los técnicos sospecharon al ver en las de la semana veinticuatro que Lalo tenía la cabeza girada, como buscando, o caída hacia abajo y tapándose la cara con las manos, como se veía en las de la treinta y dos. Y tampoco al ver esa cara de infinita tristeza que se le quedó tras el parto.
Años viendo a los mayores del colegio organizar las fiestas y, por fin, llegaba nuestro turno. Todo en nuestras manos. Después posaremos para la orla de graduación, meteremos horas de repaso para la EBAU, llegará la universidad… pero, por unos días, seríamos héroes. Superhéroes. Ese era la temática acordada allá por el mes de septiembre y a la que fuimos sumando ideas.
El final de años compartiendo clases y vida. Mario, mi mejor amigo y yo, nos conocimos en esos patios con tres años. Y a Carlos y Miguel. También a Sofía… ¡Ay Sofía!… Olga, Alberto…
Entonces llegó la “nueva normalidad” de la mascarilla y las distancias. Las clases on line y la fiesta con disfraces, baile y pregón telemático. Cada uno con su pose, su frase y su habitación. Desde allí nos conectábamos cada noche y arreglábamos el mundo compartiendo música y sueños. Soñábamos con la universidad, con la libertad de la vida en Madrid, Salamanca… incluso Orlando. Pero, como la fiesta, nada es como nos habían contado.
Hoy he visto una imagen de Sofía en Instagram con un chico que no conozco y he recordado la foto que no nos hicimos: Superhéroes abrazando el futuro.
La primera de ellas era una vieja conocida. Llegaba de improviso, como aquella primera vez que recogió junto a su hermana una paloma con las alas rotas. Entre las dos le buscaron un refugio en el árbol, pero los ojos del felino no dormían ni su olfato tampoco. A la mañana siguiente, de la paloma solo quedaban las plumas teñidas de rojo carmesí. Con los años, esa vieja conocida fue cogiendo confianza y entrando en su casa para llevarse la voz rota de la abuela, la mirada velada del abuelo y seguir, sin piedad, como un tragadero de estrellas absorbiendo la vida, con su hermana también. Supo entonces que esa conocida, a la que el mundo llamaba tristeza, era ya todo lo que no podría compartir: la luz del sol resbalando en las montañas al atardecer, las confidencias a media noche, las risas sin causa ni por qué. Fue entonces cuando conoció a la segunda, que seguía la estela de la otra, como la esclava que recoge el vino que se vertió. La gente la llamaba nostalgia, aunque para ella era el vacío de los ojos mirando al infinito, el hueco de un cuerpo en su costado, lo que busca la mano al alargarse y no logra encontrar.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









