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Nos poníamos ropa limpia y recién planchada, cepillábamos los zapatos, tomábamos el camino de la casa de la abuela con cuidado de no separarnos mucho unos de otros y desfilábamos como patitos tras mamá pata en busca de alimento. Porque todos los hermanos sabíamos que íbamos a merendar. La abuela siempre estaba sentada en su butaca, era muy mayor cuando nosotros aún vestíamos pantalón corto, así que nunca jugaba con los nietos. Además, estaba sorda y eso dificultaba que conversara, por eso apenas recuerdo su voz que solo a veces se quejaba, muy bajito, siempre amable y cariñosa, eso sí. Mamá iba para ver a su madre, nosotros a la tía Nani, que además de hacernos un chocolate caliente insuperable, nunca olvidaba darnos alguna moneda y nos permitía repetir si había madalenas. También dejaba que nos comiéramos las fresas de sus macetones, que tanto cuidaba.
Volví a casa de mis padres. Hacía tiempo que habían fallecido y tenía una cita con un corredor para ponerla a la venta. Entré con mucho tiempo de antelación y me entretuve abriendo los armarios y los cajones sin pretender encontrar nada en especial. Recorrí mi cuarto, su habitación, el salón y por último entré en su despacho, un lugar casi prohibido para mí y mis hermanos.
Al acercarme a su mesa de trabajo noté como afloraban escenas de mi infancia, pude ver a mi padre repasando sus libros, haciendo crucigramas o escribiendo, cogí una foto en la que, con mis hijos y mi mujer, lo rodeábamos el día de Navidad; el retrato de mi madre, y muchos papeles desordenados que probablemente tuvieron la suficiente importancia para que los guardara durante años. Sentí su mirada amarga cuando encontré que notas no fueron suficientes para pasar curso o el día que le impuse mi destino en contra de su voluntad.
Me senté entonces en su butaca, cogí un papel de su escritorio, encendí un cigarro y escribí esta historia.
El chico estaba dispuesto a todo para escapar a su suerte. La implacable tradición familiar de más de doscientos años le legaba al primogénito el oficio del padre, relojero en este caso, y el que le seguía debía consagrarse a la iglesia luterana. Para su infortunio él era el segundo, así que decidió hacer todo para reformar dos siglos de abuso. Cansado de perder, escapó de casa, embarcó como polizón en el primer barco con rumbo desconocido, y dos meses más tarde atracó del otro lado del océano en un mundo con otra luz y otro color, otras voces, otra cadencia, en donde el tiempo discurría en desorden, y se sintió listo para empezar a ser feliz. Cegado por el flechazo inicial del mar Caribe, nunca imaginó cuánto llegaría a extrañar el ritmo marcial de la relojería.
Emocionada fue al supermercado y compró una tarta de tres chocolates, globos, una serpentina de colorines y un ramo de rosas de distintos colores.
Hoy, al igual que el año anterior, nadie la había llamado para su cumpleaños pero ella aún esperaba cumplir el rito que compartía hace 40 años con su mamá de celebrar con una fiesta a la hora del café. Esperó que dieran las cinco de la tarde, puso un disco de Mozart, sirvió cinco tazas de café con leche sobre la mesa y le puso velas a la tarta. Esperó hasta las seis, hasta las siete, pero de nuevamente nadie llegó, ni sonó el teléfono.
Esa noche, mientras dormía soñó que llegaba mamá y tomaban el café juntas cantando la flauta mágica a todo volumen, riendo y saltando en la cama. Al fin recibió ese saludo de cumpleaños que tanto había esperado.
Abrió los ojos, suspiró y pudo dormir en paz.
Puso la caracola en su oído y escuchó el rumor del mar. Al cerrar los ojos creyó oír gaviotas, el aire arrastrando canciones de marineros y la sirena de un barco. Notó como aumentaba el viento hasta convertirse en un aullido. Llegó el estruendo de la tempestad, el batir de las olas sobre la cubierta. Escuchó el crujido del barco, la voz ahogada de Mario, los gritos de la tripulación. Y cuando sintió la insoportable presión del silencio bajo el mar, dejó caer la caracola y una lágrima.
Ella se había acostumbrado a su pícara sonrisa. Sabía que detrás de ella se escondía un verdadero afecto. Era increíble cómo lograba olvidarse de sí misma junto a él. Era como entrar en otro mundo…
De repente levantó la vista y miró a su alrededor, la cafetería estaba llena de gente, pero ninguno de aquellos espectadores improvisados, importaban. Nadie recaía en ella y si alguien lo hacía, no era intencionadamente.
Ella se concentraba en recordar los diálogos mantenidos con su profesor, mientras daba pequeños sorbos al café humeante de su taza. Su relación había evolucionado hacia una auténtica amistad. Conversaban de literatura, teatro y música, tratando de esconder a ojos curiosos sus sentimientos. La concentración era tal, que durante un rato se olvidaba de pensar en él.
Un camarero se acercó inesperadamente a ella. Ella se sobresaltó haciéndola regresar a ese lugar de encuentro. A los pocos segundos, la melancolía le sobrevenía de nuevo. Los recuerdos de Pierre. Pero, de alguna forma inexplicable, todas aquellas sensaciones se hacían más soportables a casa segundo que pasaba. Cada vez transcurría más tiempo antes de que la tristeza se apoderara de ella. Pronto volvería a estar con él.
Román Pena Ríos es triste de nacimiento. Su madre jura que, en vez de patadas, daba suspiros; que salió con los ojitos hinchados de tanto llorar dentro del útero. Desde la época escolar, sobrelleva con resignación el mote correspondiente, resultado obvio al sumar apellido paterno más aspecto afligido. Felizmente, pronto saca rendimiento a la desgracia congénita y al apodo adquirido, transformando este en seudónimo literario: sin ilusión por jugar o divertirse, a fuerza de leer, se convierte en el escritor novel mejor valorado por los editores. Sus textos abarcan todos los géneros, desde poesía sentimental hasta tragedia, siempre con la amargura de materia prima. Pero cierta mañana marzal del 2020, sin venir a cuento, se levanta tarareando una melodía alegre. A partir de entonces, no deja de cantar y sonreír; apenas logra descansar tres o cuatro horas diarias. Como está irreconocible debido a la transfiguración sufrida, ya nadie lo moteja. Lo grave es que no consigue escribir ni una línea. Acuciado por las presiones editoriales, busca ayuda terapéutica. El psiquiatra le da esperanzas de mejoría porque observa en Román una nostalgia incipiente hacia su antigua tristeza. Para conseguir la recuperación total, deberán reforzar ese sentimiento.
Íbamos pasando el Puerto de Pajares, despacito, en el 850. Cada vez estaba más oscuro. Nevaba mucho. El motor no daba para más…
Se calla. Se la he escuchado millones de veces. Tal vez esta sea la última. Ojalá que no. Pero esta vez es diferente. El corazón me ha dado un vuelco raro.
Por fin vimos las luces. Y tu madre y yo suspiramos, aliviados.
Mamá estaba contigo, pienso acariciándole su mano. No teníais nada que temer.
Y ella te cogió en el capazo, bien abrigada con tu manta azul, aquella que le gustaba tanto. Y yo, con las manos agarrotadas de frío, me aseguré de cerrar bien el coche.
Y una puerta se abrió y…
Sus lágrimas le impiden contarme que de un bar de una gasolinera, que ya no existe, salieron muchas manos llenas de calor que nos acogieron. Y nos encontramos un hogar cálido entre tanto frío.
Antes me levantaba y me iba sin escucharles terminar nuestra historia. Cosas de adolescentes, me defendía mamá.
Ahora procuro que él me la cuente todos los días. Despacio, con pausas, trastabillándose, entre lágrimas, tembleque de manos…
Con mamá en el corazón de los dos. Siempre.
Ya tiene preparada la ropa que va a necesitar, la ha dejado doblada sobre su cama, junto a un par de libros y una linterna. Entra en el dormitorio de al lado y se coloca frente al armario. Arrastra con esfuerzo la mesilla y emprende la difícil tarea de escalar hasta la cima. El último intento por conseguirlo se saldó con un moratón y una regañina. Sube entre resoplidos hasta que abre la puerta del altillo. Tiene la maleta al alcance de la mano, la toca con la punta de los dedos y la saca poco a poco, el cuerpo completamente estirado. Esta vez casi lo consigue, pero es demasiado voluminosa y se le cae encima haciéndole trastabillar y desplomarse.
Los gritos se aproximan por el pasillo, el “ya estamos otra vez”, el “ay Dios mío” y el “qué vamos a hacer contigo” lo encuentran ovillado sobre la alfombra.
Él, abrazado a la maleta, suplica a su hija, con su voz gastada, que le deje volver a su casa, que la echa tanto de menos…
Con el confinamiento, lo de llevar pan a los patos del estanque y deshojar margaritas, «sí, no, sí, no…» se le fastidió, pero se sintió aliviado pues siempre salía que no y se quedaba muy tristón.
Una mañana vinieron unas palomas a posarse en la ventana de la mansarda donde vivía. Al principio les daba miguitas, después las sobras de la comida, hasta que la relación se fue estrechando y ya les cocinaba recetas que veía en la tele: ensaladilla rusa, lentejas estofadas… Los domingos, lechazo o merluza rellena, y de postre, flan. Confiadas, comían de su mano, por eso se animó a usarlas como mensajeras para enviar sus poemas de amor a Dorita, la portera. Pero se habían puesto tan gordas que ni una pudo desplegar las alas y volar hasta la portería.
Ahora anda tan liado haciendo canelones, purés y empanadillas que casi, casi, casi, ni piensa en ella.
Cuando nací mi llanto se convirtió en risa, y el rictus de alegría se encastró en mi rostro como tentáculos de un pulpo inmisericorde. Mis sentimientos quedaron sellados en mi interior, jamás mis facciones pudieron reflejar tristeza.
En el colegio, Matías el Oso resbaló y cayó de bruces. Mis carcajadas resonaron histriónicas ante mis sorprendidos compañeros, entonces supe que mi vida sería un calvario.
No fui al entierro de mis padres, no me atreví. Acurrucado en un rincón, con mis manos abrazando mi rostro, reí en silencio. Recuerdo cuando, en un acto de osadía, pedí una cita a Patricia, su gesto irónico, su silencio, rasgaron cuan frio escalpelo mis entrañas; me tragué mi lamento y vomité risas.
Lloro, sé que lloro, pero mis ojos son incapaces de regalarme una lágrima, el pulpo las quiere todas para sí. Vivo recluido, y en mis escapadas voy a lugares alegres donde mi expresión no sea un anacronismo escénico.
El arpón que puede extirpar sus tentáculos de mi vida siempre ha estado latente en mis pensamientos, y creo que ha llegado el momento, quiero ya descansar. Y tengo la certeza de que la miraré a los ojos y la acogeré con una sonrisa.
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