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Hasta donde se pierde la vista, todo es nuestro. Es la frase más repetida en la familia desde tiempos inmemoriales. Tiene su tono, grave con una mezcla de grandeza y responsabilidad, y su gesto, dibujando con el dedo en el aire el perfil del horizonte. Los detalles se fueron perfeccionando de generación en generación. Ya no se habla de algunas muertes poco claras, ni de la guerra, ni del abuelo.
Ha sido la abuela la que ha mantenido la familia y la tradición. Vestida de negro, nunca la conocí de otra manera, nos sigue juntando en la terraza de la casona. Su mano tiembla cada vez más al señalar el horizonte y su voz es casi imperceptible, pero todos tenemos grabado a fuego cada palabra. Hasta donde se pierde la vista, todo es nuestro.
Después, nos deja allí conversando mientras baja en solitario a la cocina. Con esfuerzo, empuja el falso fondo de la despensa. Cierra tras de sí. Se sienta en la destartalada cama y repasa con ojos llorosos las cuatro cercanas paredes y una foto en sepia en la que está con el abuelo. Muy jóvenes. Muy vivos. Hasta donde se pierde la vista, todo es solo suyo.
Este hombre que solloza lleno de amargura mirando la imagen no es otro que Archibald Fakemoon, acreditado fotógrafo encargado de componer la inmortal instantánea de la huella de la bota sobre la luna tras meses de preparación en los estudios Carlington, junto a Cabo Cañaveral. Con toda clase de técnicas paisajísticas logró reproducir lo que se pensaba que pudiera ser la superficie lunar.
El resultado es una imagen de gran belleza que el mundo entero tomó por real. Un cielo de intensísimo negro dibuja un horizonte irregular quebrado por ondulaciones y picos y un manto de arena gris poblado de cráteres, rocas y polvo hasta donde alcanza la vista. Todo presidido por el globo terráqueo, azul y luminoso que se recorta en el lado izquierdo. Y justo en el centro, la huella del zapato lunar del oficial de fontanería Leonard X., elegido al azar para tan delicada misión.
El llanto le ha sobrevenido cuando, al poder de la lupa, ha distinguido en la huella del zapato lunar restos inequívocos de myrtylla orensis, esa flor fragrante e inconfundible que solo crece en el jardín del propio Archibald al amoroso cuidado de su mujer, vieja amiga del fontanero Leonard por otra parte.
—Ahora ya solo queda hacer las maletas. —dijo Ella con gesto ilusionado abriendo la espita. Él seguía cabizbajo, acariciando la paloma muerta, tibia aún entre sus manos. —Hemos hecho un buen trabajo aquí, a pesar de todo. —quiso consolarse. Sorprendidos por sentir tan pronto la nostalgia, incluso por sentirla, no pudieron evitar asomarse al confín de la Tierra para contemplar cómo las aguas iban reconquistando sus dominios. Fluían alrededor de sus pies con la sentencia de una cuenta atrás. Cubrían mansamente ciudades, derretían la altura de los árboles como azúcar cande y pugnaban entre sí por embeber las cumbres más altas. En su avance iban dando líquida sepultura a todos los seres de la creación. La luz del ingrato planeta azuleaba en una intermitencia agónica. —Dicen que en Venus han encontrado indicios de vida… —propuso Él. —No. Es hora de que descansemos, marido; el Jardín del Edén nos espera. Vio Dios que era bueno, y juntos partieron sin mirar atrás cuando despuntó el Sol en la mañana del octavo día.
Alicia no sabía cómo había amanecido en aquel lugar. Recordaba que la noche anterior había salido a tomar algo con una amiga y que unos chicos las habían invitado a un trago. Su madre le tenía dicho que prefería darle más dinero a que aceptara nada de nadie, pero es que esas sonrisas tan perfectas no podían ocultar nada malo.
Estaba confundida, pero se encontraba divinamente, como flotando en medio de un montón de hojas otoñales. Se dejó llevar y se internó en el bosque dando saltitos. Y a cada paso olvidó un poco y un poco más y más y se perdió en la espesura hasta desaparecer.
Cuando su amiga despertó aterrorizada en la cama del hospital y preguntó a los médicos por ella, no necesitó escuchar la respuesta. Cerró los ojos y deseó que allá donde estuviese, no sintiera ese dolor ronco e indescriptible.
Mi casa es grande y tiene muchas ventanas. Antes, cuando llegábamos del cole, olía a magdalenas. Pero desde que Paulina no llega conmigo, huele a quemado.
Mi casa es blanca y en las paredes hay muchas fotografías colgadas. De cuando Paulina y yo éramos pequeñas y papá compraba churros. A mí me gusta la foto en que estamos los cuatro sentados en la cocina bebiendo chocolate.
El sitio de mi casa que más me gusta es mi cuarto. Y al que más me gustaría poder entrar es al de Paulina. Pero está cerrado con llave.
En mi casa tenemos siempre las persianas bajadas. Desde lo del accidente, a mamá le duele la cabeza. Y a mí la barriga cuando la escucho llorar. Aunque ella dice que no llora y no echa de menos a papá. Porque está donde merece estar.
Yo no le pregunto, pero sé que sí echa de menos a Paulina. Porque a veces la pillo llorando abrazada a su chaqueta. La que no llevaba cuando papá se salió de la curva. Sin embargo, nunca llora sobre el abrigo que papá sí llevaba puesto y que, colgado en el perchero de la entrada, aún huele a alcohol.
Volví esta mañana, después de tres años fuera de casa, lejos del pueblo. Estoy sentado en mi cama y no puedo dejar de mirarlo, tal y como me pasaba antes. Cuando me fui tenía dieciocho y creía que ya era mayor para tonterías, que era necesario dejar atrás esas imaginaciones mías. Pero ahora espero que aún funcione. Reconozco que me cuesta más que antes dejar la mente en blanco, me esfuerzo por no pestañear, aunque mis ojos lagrimean. Poco a poco el marco va desapareciendo, el sendero del cuadro está más cerca. Noto en mi cara la humedad del bosque desdibujado, puedo oler el romero. Veo en el fondo del lienzo la luz de su ventana y ya no estoy en mi cuarto, he saltado, corro por el camino de óleo, hacia las pinceladas rojizas y anaranjadas del atardecer, convertido en sombra que toca a su puerta.
Bajo el enorme tilo del jardín, mecida por cancioncillas infantiles y el murmullo del riachuelo, la abuela duerme sentada en la hamaca. Sobre su tripa, los brazos cruzados elevan unos inmensos pechos en los que reposan una papada colosal, la barbilla arrugada y sus antiguos sueños. De vez en cuando, tal vez avisada por algún pájaro, abre un ojo inquisidor, siempre el mismo, para comprobar que todas sus niñas están jugando, y lo vuelve a cerrar muy despacio mientras sonríe satisfecha. Sin descruzar los brazos, con dos o tres movimientos de sus carnes, acomoda de nuevo las posaderas y vuelve a estar lista para continuar su siestecilla.
La mañana era luminosa y aquel paisaje lucía a todo color. El verde claro de la pradera se oscurecía en la copa de los árboles que ascendían por las laderas hasta acariciar la azul inmensidad del cielo. Abajo, el pequeño río se deslizaba por el valle pintando reflejos solares y trayendo desde las lejanas cumbres el cristalino frescor del deshielo. La primavera llenaba de vida todo cuanto alcanzaban a ver y ellos dos, cogidos de la mano, se sintieron tan contagiados de aquella plenitud que en un gesto simultáneo intentaron fundirse en un beso. El golpe seco de las carcasas de sus gafas de realidad virtual les hizo recordar que aquel mundo fascinante dejó de existir hacía mucho tiempo. Manteniendo el deseo y la intención de unir sus labios, se despojaron mutuamente de aquellos artilugios y regresaron al gris presente. Al otro lado de la ventana, la ciudad sobrevivía a duras penas envuelta en su niebla tóxica, mientras los transeúntes caminaban hacia un futuro incierto con sus rostros ocultos tras las máscaras antigás.
El vertedero terminó por cubrir toda la ciudad con un alud de basura. A medida que la montaña de desechos los aplastaba, los vecinos tuvieron tiempo de reconocer cartas, colchones, espejos, fotos, cunas, muñecas… —¿Cómo pudimos desprendernos de todo esto? —se quejaban, antes de morir rebozados en el polvo de su nostalgia.
Había pasado un día extraordinario, diferente, en escenarios maravillosos, como no lo había sido en mucho tiempo. Estuve con un grupo de personas que nos cautivamos con una actividad que se está convirtiendo en algo más que pasar unos ratos, en parte de nuestras vidas, ocupados en una tarea con la que hacer valer igualmente el tiempo, llenándolas también de paisajes de sueños. Quizá sea un escape, un motivo de satisfacción, hasta también una razón de ser y de existir. Ahora los conozco más y me he dado cuenta de que comparto mucho con ellos, aunque no estemos presencialmente juntos; la tecnología está permitiendo que podamos seguir haciéndolo al menos de forma virtual.
Cuando nuevamente disfrute con el grupo compartiendo mis breves historias, reflexiones, hilvanando palabras después de estrujarme la cabeza con ellas, tendré nuevamente la certeza de que realmente existen y de que habrá más motivo aún para esperar a otro momento. Será probablemente en unos meses, donde llegaré con más ganas de abrazarlos y desear que nunca paremos de agradarnos y distraer nuestras vidas, para hacer del ejercicio de escribir uno todavía más intenso, vivo y solidario.
“Para el grupo de 50 Palabras, aún en la retina y el corazón”
Hacía muchas lunas que no se había movido ni un milímetro del sitio, salvo aquella vez que lo arrastró un vendaval. Esa era toda la acción que había vivido desde que regresó de su fantástica aventura. Ya no era el mismo de siempre. Cada día le costaba más mantenerse en pie con los brazos en cruz, por culpa de ese cuerpo entumecido y ajado. La última tormenta de verano casi acabó con él. La lluvia y el viento lo vapulearon tan fuerte que dejaron al descubierto algunas de sus partes íntimas. Tenía los días contados. Sabía que no soportaría muchas estaciones si debía guarecerse bajo aquellos harapos.
Por eso, cuando aquella muchacha apareció corriendo aterrorizada en medio del campo de trigo y se refugió tras él, activó de nuevo su cerebro. Le recordó a Dorothy. Buscó al resto de sus amigos, pero esta vez estaba solo. No había nadie más para defenderla y aquel lugar tampoco era Ciudad Esmeralda. Apenas disponía de tiempo para pensar. Se acercaba su perseguidor. Actuando con inteligencia, coraje y corazón, agarró con todas sus fuerzas la hoz que alguien dejó olvidada a sus pies y, en posición de ataque, esperó la llegada del malvado.
Tras varias horas de viaje, nos emocionó el momento en el que comenzamos a ver la muralla. Llegábamos a Ávila sin reserva previa. Unos años atrás, en mi niñez, nos hospedamos mis padres, mi hermana y yo en un hostal muy céntrico y lo recordaba con cierta nostalgia. Así que intenté guiar a mi marido hasta el alojamiento. “Aquí, aquí es.” le dije entusiasmada cuando lo vi frente a la Puerta del Alcázar, en la trasera de la Catedral. Tras un rato buscando aparcamiento, llegamos a la valla que rodea el inmueble. Seguía teniendo una pequeña zona verde a la entrada, aunque el bucólico recuerdo de mi infancia de un hermoso jardín florido se desvaneció, pues lo encontré algo abandonado y grisáceo. Entramos en el establecimiento y nos recibió una mujer mayor, de pelo canoso y delantal sobre el vestido, seguramente fuera la misma que años antes cuando estuve con mi familia. Nos acompañó a la habitación donde nos acomodamos. Tumbada sobre la cama observé que el mobiliario, el papel pintado de las paredes, incluso los azulejos y sanitarios del baño eran los mismos que dos décadas previas. Estaba limpio, pero parecía anclado en el tiempo.
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