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Esta mañana Lucía brilla con un fulgor que lo mantiene alerta aunque descentrado frente al espejo, cegado como si estuviera en una sala de interrogatorios. No sabe qué espera de él pero hay algo en esa mirada, un brillo que insinúa cierta gravedad, quejas inaplazables, reprimendas inminentes, y sin embargo se cree a salvo de todo reproche. Por si acaso finge esmero y sutileza, incluso le hace notar que lleva dos gotitas de Lumière intense, ese fétido perfume que anuncia su actor favorito. Bajo la lámpara del recibidor ella lo espera para, sin ocultar ese destello sibilino, desearle buen día. En el rellano y a oscuras ve la luz del interior a través de la mirilla, sabe que son sus ojos. Desciende como siempre unos peldaños a ciegas hasta que el sensor detecta su presencia, y entonces las bombillas lo iluminan. Regresa.
—Soy yo.
No hay que memorizarlo todo —piensa—, basta con saber dónde comprobarlo. Consulta en el libro de familia la fecha de la boda. La interrumpe con un beso de feliz aniversario y un diamante reservado para otra. Él apaga la luz, se marcha, y ella continúa redactando su nota de suicidio.
Mientras la luz agónica del atardecer acariciaba los diablillos de los capiteles, la voz de barítono del lector hebdomadario resonó nítidamente en la penumbra del claustro, formando un acorde perfecto con la luminosa espiritualidad del mensaje bíblico: “Et verbum caro factum est”. El profundo significado del texto se hizo carne en las papilas gustativas del hermano Junípero que, poco dado a las epifanías místicas, no pudo evitar un atisbo de placer. No era la primera vez que el humilde lego se debatía en esa ambigua frontera entre el sentir y el consentir y aún tuvo que enmascarar, entre forzados carraspeos, la rebelión de sus tripas carentes de prejuicios y poco dispuestas al ayuno. Pero el abad Lautaro, de vista precaria pero fino de oído, siempre permanecía vigilante a las debilidades de su grey. Cuando en el ritual del besamanos tuvo al hermano Junípero a su merced, escondió un pellizco en el abrazo, reconviniéndole con aquella voz tan sibilante como sibilina: “Ay fray Junípero, fray Junípero, procure ocultar sus remordimientos de conciencia”. Y le miró fijamente desde el fondo de sus ojos glaucos.
El apagón duró solo unos minutos, pero al volver la luz, Laura y Elisa ya no se hablaban.
El difunto tío Jesús, el del ariete del que he hablado alguna vez, a la sombra de tres plátanos de indias había colocado una mesa de granito. Era una vieja rueda de molino a la que adosó tres poyos curvos a modo de bancos. Fue el lugar preferido de mi padre para leer el periódico en verano, y el mío para perseguir hormigas con mis dedos de niño por las estrías de aquella piedra.
─Mira lo que dice, Jesusín, han puesto un nautófono en el faro de Cabo Mayor.
─Qué es un nautófono, pregunté.
─Pues cuando hay niebla sobre el mar el nautófono emite sonidos para que los barcos sepan que están cerca de la costa y no se estrellen contra ella, me contestó.
Y por la noche, sentados a esa muela de molino, mi padre charlaba con Cano el rentero sobre temas de la guerra. Yo escuchaba mientras veía como, a intervalos, la luz del fanal del faro de Cabo Mayor lamía la loma del prado cegando a los murciélagos.
Siempre que oigo las sirenas roncas del nautófono pienso que rompen el voto de silencio de los 11 trapenses de Cóbreces que despeñaron desde ese faro de la memoria histórica.
Al día siguiente de completar su obra –vamos a suponer que era domingo–, descansó. Ya en la jornada anterior había creado a su imagen y semejanza al hombre, después de que el viernes lo hubiera hecho con los seres que vivirían en el agua, los que correrían, brincarían y se arrastrarían por el suelo y los que se moverían por los aires. Un día antes se había ocupado de inventar las estrellas y los cuerpos celestes, y con ellos el contador de tiempo, mientras que el miércoles estuvo dedicado a agrupar mares y océanos y dar forma a continentes, penínsulas e islas, veinticuatro horas más tarde de que hubiera engendrado el cielo separándolo de la tierra. El lunes había empezado todo. Ese día acometió lo más delicado y necesario, hacer la luz y apartarla de las tinieblas para poner algo de claridad a la tarea. Por la mañana, bien temprano, ya se había despertado con una idea fija: «Esta semana la voy a liar parda».
En un instante dejó de sentirla. Todo se volvió silencio. Ni un pitido, ni un llanto, ni un movimiento. Solo miradas esquivas, toses incómodas tras las mascarillas, órdenes susurradas.
Fundido a negro. Una pérdida irreparable. Posibles errores. La Naturaleza era así a veces. Aunque todo seguiría su curso.
La inundó un amargo llanto. Miles de preguntas sin respuesta no llenaban su vacío. Quizás ella no estaba destinada a ser madre. Tal vez ellos juntos no… Tantas incertidumbres y tanto dolor la cubrieron como una pesada manta y apagaron su luz. Y, envuelta en una negra sombra, casi acabó por alejarse de aquellos que más la querían. En su etapa más oscura quiso volar con su ángel sin nombre.
Pero la Vida la amaba y la llamaba. Tal vez los ángeles la habrían acogido; y Ella velaba por todos desde arriba, saltando entre blancas nubes. Y se esforzó por volver a recuperar su luz, a reflejarse en aquellos que eran su vida. Y entonces sintió que un brillante arco iris le latía dentro.
Tras la tormenta feroz llegaba una inmensa luz; que haría que sus corazones sonrieran, llenos de esperanza, juntos, a una nueva vida.
Tras las cortinas, la luz de la habitación de la esquina del caserón deshabitado siempre estaba prendida, pero hasta aquella noche en que la vigilaba desde mi dormitorio, nunca ocurrió nada.
Con luna nueva solía quedar con Juan y María para espiar aferrados a los herrumbrosos barrotes de la verja y escudriñar a través del jardín la habitación iluminada. Éramos solo tres amigos y yo, creyéndome el audaz, intentaba reunir valor para entrar ahí y buscar pistas ciertas sobre rumores que hablaban de espíritus y degollamientos que ellos no parecían tomar tan en serio.
Aquella noche, en vela tras rechazar María mi invitación para ir al cine solos, vigilaba el caserón con los prismáticos. Unas nubes rápidas peinaban los tejados. En las calles no había un alma. De pronto, se apagó la luz de la ventana, brevemente, como el inquietante pestañeo de un cíclope mitológico; la ventisca azotó los árboles del jardín y, poco después, dos sombras deformes se movieron tras el telón de las cortinas. Tragué saliva ajustando al máximo los prismáticos y enfoqué la puerta. María abandonaba la casa de la mano de Juan con los ojos extrañamente encendidos. Esa noche dejé de creer en fantasmas.
Hay un bullicio de criados y mujeres por toda la casa. Recogen y empaquetan enseres mientras se lamentan de su destino. El viejo Mashhad, sentado en el patio, recibe los últimos rayos que se filtran entre las hojas del granado. Con los ojos cerrados, medita. Le cuesta creer que primero su ceguera y después la expulsión de su amada tierra sean castigos del Misericordioso. Si siempre pensó que pintar la belleza del mundo era una forma de honrarlo. A pesar de la prohibición, dedicó su vida a reflejar en el lienzo el poder de Su luz. Aprovechó los conocimientos de alquimia para encontrar el pigmento preciso. El mineral que fue abrasando sus ojos con cada pincelada.
Llama a un criado para que lo acompañe con un candil a la estancia donde guarda su obra. Allí le asalta el olor tan querido de los óleos. Manda marchar al joven que no entiende para qué necesita iluminar los cuadros pecaminosos, si es que Alá le habrá perdonado devolviéndole la vista.
Desde las habitaciones ven levantarse lenguas de fuego en el taller, escuchan el crepitar de las llamas, pero es demasiado tarde. Cuando el enemigo llegue, solo quedarán cenizas.
Siempre tuvo temor a la oscuridad y se escondió de las tinieblas, incluso en las primeras horas de su vida.
Quizás, por eso, su madre la llamó Luz, como la llama de una vela, como el calor que irradia una hoguera, como el faro que ilumina y guía a los marineros perdidos.
Por eso quiso ser guía, para irradiar de luz y conocimiento a los pobres turistas que buscan saber todos los secretos que encierran los paisajes, los monumentos que intentan descubrir.
Pero hace meses que la Covid-19 le impide mostrar donde se encuentran los mejores amaneceres o las más hermosas puestas de sol.
Y ahora que su vida se asemeja a la oscuridad de una cueva, oculta de los rayos del dios Sol, sigue ahí, esperanzada…
Aguarda con impaciencia a que ese monstruo, que aguarda agazapado para mostrarnos lo vulnerables que somos y que nos mantiene a todos aterrorizados, desaparezca, para volver a mostrar el poder infinito de la luz y toda la belleza que atesora.
No sé si llevábamos diez o quince días en aquel infesto agujero. El espacio era oscuro y reducido. Habíamos perdido la noción del tiempo. Al principio hacíamos rayitas en la pared, pero cuando la moral de los hombres se resquebrajó, dejamos de hacerlo. ¡Qué más daba! Jamás saldríamos de allí con vida en las condiciones en las que nos encontrábamos. Tuve que empezar a racionar la comida, pero lo peor era el agua. Si se terminaba, no sobreviviríamos. Algunos de mis hombres comenzaban a perder la paciencia, pese a que yo intentaba con todas mis fuerzas mantener la calma. Se peleaban por cualquier nimiedad. «Tenemos que conservar la moral alta», les arengaba, cuando la mía flaqueaba casi desde el principio. Era su superior y no podía permitir que lo notaran. Aquellos hombres dependían de mí.
Dormitaba sentado contra la pared cuando un diminuto haz de luz se posó sobre uno de mis ojos, su insistencia y la sensación de calor me despertaron. ¿Una señal? Debía tomar la decisión más difícil de mi vida. Si salíamos, tendríamos una oportunidad. Abrí y encabecé la marcha. Una ráfaga de aire puro fue la respuesta. Por primera vez comprendí en qué consistía ser libre.
Al principio, cuando titilaba, creímos que era una estrella, pero luego, a medida que su tenue tibieza nos inundaba, supimos que todo saldría a la luz… Las estatuas temblamos, pestañearon los ojos delineados de los dioses, y una leve sonrisa cruzó el pequeño, faraónico rostro, tocado de azul y oro… La llama de la vela que aún sostenía no se apagó:
«¿Puede ver algo?», preguntó Lord Carnarvon, ansiosamente.
«Sí – contestó Howard Carter -, cosas maravillosas.»
Parecía magia, y los expertos, atónitos, no sabían si atribuirlo a tecnologías holográficas o a un efecto óptico.
Y es que mis cuadros eran diferentes. Expuestos al sol, mis bosques y plantas crecían y florecían hasta parecer junglas y perderse más allá del marco.
Por fin había conseguido la fama, tan deseada, y pude cambiar por un amplio y luminoso estudio el oscuro desván en el que había estado a punto de ahorcarme. Cegado por el brillo del éxito, caí en la ambición.
Comencé a experimentar mi técnica secreta, con la que lograba que en mis verdes persistieran las propiedades de la clorofila, con otros colores. Trabajé en un amarillo que, utilizado en soles y lumbres, calentaba cualquier estancia. Conseguí un azul imposible que se evaporaba a la luz: de mis mares surgían nubes de convección, mis cielos se volvían grises y descargaban lluvia sobre los paisajes.
Pero con el rojo todo se complicó. Los atardeceres acababan fundiendo la imagen en negro, las fresas se pudrían, fluía la sangre dando vida a los personajes. Se escuchaban latidos de corazón.
Durante el solsticio de verano, animales y humanos escaparon de los lienzos y empezaron a crearme serios problemas con los marchantes.
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