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Leí no hace mucho un estudio de una prestigiosa universidad alemana que afirmaba que las mujeres lloran cuatro veces más que los hombres así que, a pesar de que no dejaba de llorar, dejé de tratar de consolarla y obviando sus lamentos, realicé una incisión certera en la base ocular. Extraje el globo al completo y lo dispuse en un frasquito de vidrio junto a los de las demás, etiquetando éste como “verde esmeralda”.
Limpié minuciosamente la escena, me miré al espejo, me perfumé y sonreí tratando de buscar esa mueca seductora que tanto les gusta.
Hay estudios que relacionan la psicopatía con el narcisismo. Paparruchas.
Escondido en el armario, el primer frasco que encuentra el policía está lleno de canicas. La mayoría son de esas que llamaban de trébol. No sabe que fueron las favoritas de su colección para salir a la calle a buscar con quien jugar cuando su padre llegaba borracho. Tampoco que las de vidrio blanco, las chinas, las usaba para ganarle “al miope” algún bolón con que el paliar los efectos de los castigos por suspender matemáticas, ni que las agüitas y los ojos de gato proceden de un hurto en casa de sus primos. Quizá, en la investigación abierta sobre los tres cadáveres mutilados que le ha llevado hasta allí, le habría servido conocer que las del petróleo, unas rarísimas que le trajo su madre tras salir del hospital de la capital, eran perfectas para sobornar y librarse de ser el monaguillo de Don Paco y de sus manos exploradoras. Y que de todas se aprovechaba para verles las braguitas a esas mujeres que hoy salen en todos los periódicos, entonces niñas, que comían pipas sentadas en los bancos del parque viéndole perder. En el segundo, lo que flota en el formol, le pone la piel de gallina.
Cuando la abuela cumplió ochenta años, nos confirmó lo que ya sospechábamos desde hacía meses: Estaba perdiendo la memoria. Ella, que había sido una mujer fuerte e independiente, se enfrentaba ahora a un futuro incierto. No le importaba olvidar el nombre de los muebles, pero no soportaba la idea de vagar por la nada, sin ningún recuerdo que la anclase al presente y a su familia.
Antes de apagar las velas, nos repartió unas tarjetas de cartulina, con el encargo de que anotáramos en cada una de ellas un recuerdo, desde los episodios más importantes de nuestras vidas a las anécdotas más pequeñas.
Durante años, en cada visita añadíamos una tarjeta a la caja y le leíamos también otras escritas con su letra redonda y perfecta de maestra de posguerra. Historias mil veces contadas, que le devolvían la sonrisa, aunque ella ya no se reconocía en aquella joven.
Ahora que la abuela ya no está, cada ocho de julio, nosotros seguimos añadiendo una pequeña historia a su colección de recuerdos.
Con ese material tan liviano del que están hechas las promesas sé fabricar unos sueños fascinantes, delicados y transparentes como pompas de jabón. Pueden ser grandes, pequeños, anchos, estrechos… En realidad tengo todos los que quieras coleccionar y no me importa inventarlos del tamaño exacto que tú desees. Los niños, en cuanto me descubren, no dejan de admirarme, se acercan a mí, dejándose llevar, y arrastran a sus padres de la mano con una emoción que a estos los desarma, aunque no hay más que verlos para saber que solo acompañan a sus hijos por costumbre, mientras aprenden a dar los primeros pasos. Aún así sigo disfrutando al oír los chillidos de asombro cuando después de crear una ilusión gigante se la regalo a quien todavía espera todo de mí; me alegra ver cómo crece el anhelo en su mirada y la ansiedad ante la expectativa de que pueda hacerse un poco más grande. Qué culpa tengo yo de que siempre estallen en millones de colores delante de sus ojos sin que sean capaces de retenerlas. Ellos, los niños, me siguen aplaudiendo confiados y tratan de imaginar qué voy a ofrecerles a continuación. Los adultos ya no, nunca lo hacen.
Siempre les había gustado coleccionar cosas.
Desde que eran niñas se aficionaron a atesorar cromos.
Y como no tenían dinero para completar su deseada colección, las tres hermanas juntaban sus pagas semanales, mientras el único varón recopilaba imágenes de futbolistas de los yogures.
La primera serie fue una de animales que les sirvió para aprender, sin moverse de casa, sus características y costumbres. Después vendrían las de minerales, paisajes o dibujos de la tele.
Sus padres no ponían objeción alguna, pues sabían que gracias a ellas, sus hijos habían mejorado sus notas.
Esa costumbre creció con los años. Reunieron billetes, monedas, rocas y minerales diversos, convertidos en sus mayores tesoros, que cuidaban y ordenaban con mimo.
La última por la que optaron fueron sus novios.
Les gustaban todos: aficionados al deporte, que practicaban fútbol, tenis, buceo, natación o kárate; jóvenes que hacían la mili en su ciudad, algunos no muy agraciados, pero que suplían este menoscabo con inteligencia y simpatía.
También guapos y atrevidos feriantes; fascinantes aprendices de poetas, y, por último, los que serían sus maridos, aburridos hombres convencionales, que las obligarían a finalizar este apasionante y entretenido pasatiempo, que había llenado sus vidas de conocimiento y diversión.
En las mañanas, el señor Yamistoko, dando saltitos, revisaba su colección de bonsáis. Se detenía ante Putoskito, como él llamaba cariñosamente a su bonsái promiscuo ya que cada cinco años sacaba un brote. Putoskito tenía las ramas rebeldes que se saltaban las ataduras y tomaban el rumbo que les venía en gana, parecían perseguir una línea imaginaria que se elevaba más allá de la tapia. Debido al trabajo que le daba, el señor Yamistoko estuvo tentado a llevarlo al jardín de arbustos enanos, pero le podía más lo que le había dicho la mujer que se lo regaló:
—Me dio pesar dejarlo allí, me pareció una planta prehistórica viviendo entre rocas y barrancos pelados, solo con aire y unas gotas de roció mañanero. Lo vi tan enclenque, sin afecto, sin savia suficiente para sobrevivir. Me recordó a ti.
Una tarde, el señor Yamistoko leyó en el boletín de bonsáis, que había desaparecido de la tierra la especie de Putoskito. Queriendo averiguar el motivo de la promiscuidad del suyo, se aprovisionó de una potente lupa y, sorprendido, vio como los hijos de Putoskito tenían en el envés de sus hojas una carita ceñuda, fiel copia de la suya.
Ella era felina y tenía algo de fatal. Sus uñas largas, casi afiladas, sus ojos de tigresa y esas escapadas nocturnas con andar almohadillado sobre tacones de aguja sin arrancarle al pavimento el más leve sonido de pasos, la emparentaban con todos los gatos con los que compartía su vida. Podría decirse que coleccionaba esas criaturas como coleccionaba amantes, aunque sólo a los primeros retenía junto a ella. Los hombres eran sólo de paso y aunque fueron muchos los que se dejaron seducir por su pregunta sin respuesta, ninguno, que se supiera, repitió una noche de pasión con ella, solitaria y misteriosa, de deseo feroz pero incapaz de amar. “Síndrome de Noé”, denunciaron los vecinos molestos por la cantidad de animales que acumulaba en su casa. Pertinaces, consiguieron por fin que los servicios sociales intervinieran por orden judicial. Sus gatos fueron trasladados al albergue en el que murieron al poco tiempo por inanición. Acostumbrados a la carne humana, rehusaron comer cualquier otra cosa.
Nunca escalábamos de día; fuera cual fuera el reto al que nos enfrentáramos. Desde que el mundo se había convertido en una feria global en la que había que guardar cola hasta para subir un “ochomil”, la compañía de la noche se había convertido en nuestra mejor opción. No estaba exenta de riesgos; como la falta de visibilidad, pero en contrapunto teníamos la tranquilidad que aportaba el silencio, y los nuevos amaneceres que se añadían a nuestra ya larga colección.
Mi padre acumulaba años y muchos metros cuesta arriba, pero se había empeñado en coronar la Montaña de los Espíritus, una de las pocas cimas que se nos resistía, a veces por el tenaz viento escarchado que parecía encoger el alma, otras por la falta de oxígeno, pero esta vez tiraba de mí con una fuerza y determinación que hacía tiempo no recordaba.
Alcanzamos la cima antes de un amanecer que recibimos sentados el uno junto al otro. Los primeros rayos de sol iluminaron el semblante sereno de mi padre, al que vi feliz. Después su respiración se fue relajando poco a poco, hasta que la calma llegó a su espíritu, que se hizo uno con el de la montaña.
…cuando Lucía despertó encontró una carta junto a la mesa de noche. Comenzó a leer.
Hay días que me doy asco, lo confieso, tengo una adicción. No puedo remediarlo, unos tienen el tabaco y otros tienen el alcohol; en mi caso mi droga es ir de flor en flor. Quizás es mi religón, mi disciplina; quizás tú no me entiendas, creo que ni yo me entiendo. Practico sexo por deporte y tengo ojo clínico en encontrar a mujeres desesperadas. Llámame rufián, llámame malnacido, llámame como quieras; yo traigo la medicina para las penas, ¿Qué hay de malo? Todos ganamos en este juego. Nunca engañé a nadie, más ninguna de ellas se pudo resistir. No busco amor, no busco sexo, busco el juego de tus besos cuando siento que tus labios se mueren por mis huesos.
Tu humilde servidor, el coleccionista de corazones.
Mery Weii, coleccionaba autobuses de juguete, pero no le valía cualquiera. Tenían que ser rojos y de dos pisos, como los autobuses turísticos de Londres o cualquier otra ciudad.
Se imaginaba que se montaba en ellos y bailaba entre la multitud de pasajeros que había, que la dedicaban toda su atención y no se bajaban hasta que no terminaba.
Cuanto más desgastados estaban, más la gustaban, así podía realizar más viajes bailando.
Los coleccionaba cuando me mudé de ciudad, hace ya veinte años. Ahora ocupan casi cuatro baldas de una habitación.
Pero ya no es capaz de subirse a la cabina y bailar como lo hacía antes.
Lucía coleccionaba arenas. Arenas blancas de playas lejanas, arenas negras de tierras volcánicas, arenas claras y más oscuras. Las colocaba en frascos de cristal de diferentes tamaños y colores que repartía en una estantería situada en la entrada de su casa. Algunas las había recogido ella, pero la mayoría eran regalos de sus amigos. En lo alto de la estantería estaban dispuestas unas caracolas enormes, de esas que si acercas el oído puedes oír el mar.
Los días de buen tiempo, cuando los rayos del sol calentaban un poco, salía por la mañana a la terraza de su casa con un frasco y una caracola. Tomaba asiento en su butaca y repartía la arena en una bandeja que posaba sobre sus rodillas. Entonces con una mano aguantaba la caracola cerca de su oído, con la otra removía la arena y se dejaba acariciar por el sol. A la hora de comer se acercaba su madre a recogerlo todo y Lucía la seguía con la ayuda de su bastón blanco.
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