Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

88 Volaban y volaban (María Rojas)

Cuando mi abuelo miraba el cielo veía ovnis. Le decían que era un viejo loco, que imaginaba majaderías. Él, confundido, renunciaba a la luz de sus ojos y se sentaba en un banco del parque a oír volar pajaritos.
Ahora los que ven ovnis son los resabidos pilotos del Pentágono.
El abuelo hace años que está chupando gladiolos, y no puede defenderse.

87 PROTOTIPO

La luz viaja a casi trescientos mil kilómetros por segundo, dice la voz. Mientras, me ajusto el mono y el casco. La papilla de Nacho también se estrelló a la velocidad de la luz contra mi cara esta mañana. Como sus risas al vestirle. Me pongo el cinturón de seguridad. Los inversores van sentándose mientras la voz sigue explicando las bondades del proyecto: conseguiremos llegar a Marte en poco más de cuatro minutos, a Júpiter en treinta y cinco y a Saturno en una hora y veinte. Hoy probamos con la luna: un segundo y medio de ida, un segundo y medio de vuelta… si todo va bien. Empieza la cuenta atrás. Pienso en el beso que nos hemos dado esta mañana. Diez. En las manitas regordetas de Nacho. Nueve. Todo va según lo programado. Ocho. Con suerte estoy en casa para cenar. Siete. Aunque tú estabas un poco enfadado conmigo. Seis. Dices que no entiendes por qué asumo este riesgo. Cinco. Que una ingeniera como yo podría tener un trabajo más tranquilo. Cuatro. Por los tres. Tres. Por Nacho. Dos. Hoy voy a la luna en un segundo y medio. Uno. Y, con suerte, vuelvo. Cero.

86. ENTRE TINIEBLAS (Belén Mateos)

Siempre esa manía de entrecerrar las persianas, correr las cortinas, dejar una enfermiza luz en toda la casa.

Al alba terminaba de entornar toda luminiscencia, todo silencio que agonizaba en una penumbra sin regreso al día.

A oscuras, con ese líquido aceitoso del candil, procuraba evitar las sombras reflejadas en nuestra vida, en la hiriente tersura de la tristeza.

Un blanco y negro rompía la razón, un dolor exorbitado en su mirada era pánico al brillo de la mía.

Me abandono, la abandono. Me sumerjo en la ofensa de la tiniebla, me baño en esa playa desierta que tirita en las hojas de su cuerpo, entrecierro la celosía y regreso a la noche que es mi ciclo en la voz de su capricho.

Hoy un pájaro se ha posado en el ángulo umbrío de mi balcón.

 

 

85 No es el mazo sino el fuelle

Míralo, otro que quiere ser poeta. Lo estás viendo delante del ordenador mientras piensa. Te extraña que tarde tan poco en ponerse a escribir. En unos veinte minutos ya lo tiene. Lo recita en voz alta y te tranquilizas. No solo te parece que lo ha hecho como si leyera el periódico sino que has escuchado un poema de pocas luces.

Luces, eso ha sido cosa tuya. Y te llevan a los faros de un camión. Y acabas de repente en la cabina del conductor. Lo ves feliz, es lo que quiso ser desde pequeño. Y te adentras en sus pensamientos: La carretera, una cremallera. Se va abriendo delante de mí y se cierra detrás. Pasado, viento que no te dará en la cara. Presente, ráfaga que está y desaparece. Futuro, el lápiz en mi mano. Todo es quietud en movimiento. Soy luciérnaga aunque el campo quiera ser baldío.

Baldío, eso lo ha pensado él. Y ahora tú, ante una nueva página en blanco, quieres conectar a padre y a hijo en un sublime soneto.

Llevas tres horas.

¡Vete a dormir si puedes!

84 De experimentos y conclusiones

De puntillas, estiro los brazos todo lo que puedo y saco el plato del microondas donde puse la tableta de chocolate, sin el mecanismo de rotación. Pero, con el temblor de manos y de cuerpo, doy un traspiés y estropeo el experimento con el meñique derecho. La siguiente vez que lo intento, con otra tableta, estoy tan concentrado en ese dedo que meto el pulgar izquierdo. “¡Miércoles!”, refunfuño. Así no impresionaré a Marina para que estudie conmigo.

 

Mira que me pareció fácil el ejercicio cuando lo explicó la seño. Lo tengo todo apuntado en mi libreta: “Para calcular la velocidad de la luz, hay que poner la potencia del microondas a tope veinte segundos. Después solo hay que medir la distancia entre los puntos derretidos más alejados entre sí con la regla, multiplicarla por dos y luego por la frecuencia del microondas”. 

 

Sin embargo, el aparato está demasiado alto para mí. Igual que Marina, que me saca un par de cabezas. 

 

83 REENCARNACIÓN

Cuando aquel tipo perverso y mezquino exhaló el último aliento, sus méritos lo transformaron en una vulgar e inocente polilla. De inmediato, se sintió atraída por una luz que brillaba al final del túnel. Al llegar, el intenso calor la chamuscó en un instante, con un fugaz chisporroteo. Exhaló el último aliento para renacer como una vulgar e inocente polilla, atraída, de nuevo, por aquella luz que brillaba al final del túnel.

82 ALQUIMIA

A partir del día que cumplió la edad que llaman dorada, comencé a ver el brillo que emanaba su presencia. El médico ya le había diagnosticado una rara enfermedad degenerativa que le iría causando cambios paulatinos en sus reflejos. Eso nos dijo, aunque entonces no comprendí. Desde aquel día notaba palidecer su piel, como si perdiera el color o se igualaran las luces. Después observé cómo su tez cambiaba el brillo cuando no le encontraba aquellos tonos sonrosados de antes. Al poco, se fueron tornando también los azulados en las sombras de sus ojos, el verdoso de las venas en sus manos, en su melena el bronce. Así, el roce del tiempo, mansamente, fue bruñendo su cuerpo de oro. Hasta que ayer renació en lubricán dorado para el enriquecido cielo del alquimista.

81. Destellos

El último rayo de sol se filtra por la persiana y cae sobre sus ojos cerrados. Los abre. Mientras se viste, oye la risa del pequeño. Aún le dará tiempo a preparar la cena y dar instrucciones a Cristina para que se acuesten temprano. Es muy madura para su edad.
Antes de marchar, les da un beso.

No hay luna y las farolas dibujan círculos amarillos sobre la acera, camino del edificio de oficinas dónde trabaja. Hay un fluorescente que parpadea. A ella le da igual. Vacía las papeleras.
Amanece cuando termina la jornada. Compra pan caliente para los bocadillos. El de Cristina, de queso; el del niño, de crema de cacao. No los está viendo crecer. Su hija duerme todavía con el móvil entre sus manos. A saber a qué hora se dormiría anoche.

Hoy los acompaña al colegio. La maestra quiere hablar con ella.
Después irá a limpiar casas.
Cuando vuelve a la suya, moja una madalena en el café y baja la persiana fingiendo que es de noche. Se obliga a dormir. No oye a los niños volver de la escuela. La última luz del día se cuela por la ventana y cae sobre unos párpados cansados.

80 EFECTOS DE LA FALTA DE LUZ (Rosalía Guerrero Jordán)

Nunca pensé que mudarme a esta recóndita ciudad boreal fuera a ser tan duro.

Aquí apenas tenemos luz en invierno, por eso hay tanta gente que escribe novela negra. En cuanto llega la eterna noche polar corren a esconderse a sus casas para crear historias truculentas.

Y la verdad, no me sorprende: los monstruos se alimentan de la oscuridad.

Cuando llegué, al principio del curso, era soportable, pero se acercan las Navidades y cada vez es peor. Hans dice que acostumbrarse es solo cuestión de tiempo, y que puedo escribir para alejar la oscuridad.

Yo le explico que lo mío no es juntar palabras, que soy más de observar bichejos al microscopio, y que no veo el momento de volar a casa para ver el cielo azul intenso del mediterráneo.

Y mientras estudio las bacterias que duermen bajo el permafrost, mi cabeza empieza a volverse turulata, y pienso que quizás debería vomitar estos funestos pensamientos en el papel.

Sin duda, es la falta de luz.

Menos mal que ya falta poco para Navidad. Entonces, me iré para no volver.  Con suerte, el cadáver de Hans no aparecerá hasta el verano, y para entonces ya no podrán encontrarme.

 

79 LA TIERRA

Y un día se hizo la luz, para que con el correr del tiempo poco a poco todo se quedara de nuevo a oscuras.

78 Contraluz

Siempre que vuelvo a la casa de mis padres, los soldaditos de plomo y el retrato de Audrey Hepburn hacen rebrotar las alegrías de mi juventud, pero esta vez es diferente. Me siento en el sofá y veo como los ciervos vagan por los cuadros. Mis dedos acarician los libros y se manchan de un polvo fino. Desde la ventana intuyo un aparcamiento para coches en construcción. El diseño novedoso de las farolas refleja en la pared de la sala una sombra que parecer escrutar mis movimientos.

Mientras una polilla se bate contra la lámpara del techo, bajo la persiana para ver todo mejor.

77 La luz del mar

Había crecido rodeado del olor de la lonja donde trabajaba su familia, y de las historias que escuchaba en las voces roncas de los pescadores que llegaban de faenar. Los reflejos de los rayos de sol en las escamas iluminaban el mercado de colores. Cuando aprendió a nadar, solía sumergirse sintiéndose poderoso, como si de Neptuno se tratara. Tras estar de grumete durante la adolescencia, la felicidad plena le llegó al conseguir el puesto de farero. Cada tarde, desde lo alto, se emocionaba al contemplar en el cielo el arco de color naranja durante la puesta de sol. Las noches de tormenta, bajo el sonido de los truenos, y con el agua queriendo entrar a borbotones por las ventanas, eran divertimento para él. Así estuvo, hasta que se fueron apagando sus ancianos ojos. Un día, ya sumido en la oscuridad, sintió por primera vez la soledad. Como pudo, bajó a tientas hasta la playa y se tumbó pensando en los destellos de los cientos de barcos que había guiado a puerto seguro. Enseguida, los brazos del mar le envolvieron para llevarle a la luz del horizonte, esa que tanto le había acompañado.

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