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Labios de fresa, sabor de amooor…
Como un mantra, pertinaces e inoportunos, los versos de la canción danzan en su mente.
Pulpa de la fruta de la pasiónnn…
La tomaron hace rato por sorpresa y por mucho que lo intenta no logra ahora ahuyentar el recuerdo.
Labios de fresa, sabor de amooor…
Besos de fresa, caricias de arena, ilusiones de espuma, corales y sal.
Atrapada en la memoria que a traición resucitaron los viejos acordes, la nostalgia de otra vida invade su alma. Y la desesperanza asalta su corazón.
Tras el cristal de la ventana, Paula lo observa un momento. Comienzan a llegar los primeros invitados y Miguel está radiante: atento, risueño, feliz en su papel de perfecto anfitrión.
«¡Veinte años!», le escucha decir desde lejos, «¡parece mentira!».
«¡Veinte años!», repite ella. Y tampoco alcanza a creerlo.
¿Cuándo se les quebró el futuro? ¿Qué raro conjuro maldijo su amor?
Parpadea con fuerza apartando de un plumazo la sombra del dolor.
Disfraza de rosa el violeta que al borde del pómulo golpea su rostro y ensaya una sonrisa.
Sale al jardín.
«¡Feliz aniversario, amor!», exclama jactancioso Miguel al verla. Y sonríe. Y la besa.
Labios de fresa, sabor de amooor…
– Rosa… ¿rosae? -dije no muy convencido y todos en la clase no pararon de reírse hasta que la profesora Doña Rosa, que ya empezaba a ponerse roja como un tomate de la rabia, gritó sin contemplaciones:
– A escribirlo ahora mismo cien veces en la pizarra, con la tiza rosa y sin rechistar, faltaría más.
Ahora soy yo el que me rio con mi hija cuando recuerdo esos años en la escuela. Ella todavía no se lo cree, mientras hace sus deberes colgada de Internet y mirándome de reojo tararea la música de la Pantera Rosa, sin duda para fastidiarme.
No me lo niegues, este rosa también está pidiendo un beso a gritos. No te lo niego, pero esta vez, ensaya antes, que no se note tanto que va a ser el primero. Empieza por la respiración, un beso interrumpido por una mala gestión del intercambio gaseoso no es agradable. Sigue con los labios, si están fríos, muévelos hasta hacer que entren en calor, pero no te los muerdas, que se erosionan. Si están calientes, mejor, nada que hacer. Ahora proyecta la boca ligeramente, insisto, ligeramente: un exceso puede generar en tu rostro una mueca simiesca poco atractiva, y comienza a aproximarte al objetivo. Sin miedo. Por último, toma un ligero impulso, oriéntate, y con dulzura pero con decisión, proyecta los labios, entreabiertos o cerrados, en función del tipo de beso que desees, y goza. Disfruta también imaginando la sorpresa que se va a llevar esta mujer que lleva también los labios pintados de ese rosa, el rosa que pide a gritos un beso, si decide hacer lo mismo que tu psiquiatra, y te rechaza, cuando descubra que esta vez te has traído un navaja bien afilada para agradecérselo como es debido.
Mientras lo estoy preparando, me produce una intensa sensación de placer acariciar su suave, tersa y sonrosada piel de criatura recién nacida, solamente alimentada con la leche de su madre. Sus ojos abiertos me miran asustados pidiendo una imposible clemencia.
Miro luego a través del cristal. Su piel va adquiriendo un suave tono dorado a medida que se va tostando. Imagino las mollas de sus piernitas mantecosas, crujientes por fuera y tiernas y jugosas por dentro. Se me hace la boca agua sólo de pensarlo….
Cuando saco del horno la bandeja, un delicioso aroma se expande por la cocina.
El cochinillo asado está en su punto.
Los peucos, color rosa con citas de seda, descansaban en su caja transparente. Los ojos inundados de lágrimas de la madre los contemplaban desconsolados.
En la primera ecografía parecía una niña, se equivocaron.
-¿Que le pasa a mamá?,¿no le gusta las botitas rosa? -pregunto el pequeño de tres hermanos.
-El bebé de mamá será niño… «Los peucos de los niños son azules. -Termino aclarando el mayor de once años.
De madruga les despertó un ruido, fueron a ver que ocurría. Al llegar, sobre un charco de tinta azul claro, el pequeño sostenía una brocha y los patucos impregnados de azul.
Corrió abrazándose a su madre. -Mira mamá, ahora las botitas son azules, ya se las podrás poner al bebé y no estarás triste.
Mamá se arrodilló ante él, los demás la imitaron, sin importarles ponerse perdidos de tinta, los cinco, «bueno los seis», se fundieron en un abrazo estallando en risas, la felicidad de nuevo se instaló en casa.
En el talón de un peuco y la cinta del otro, quedaron unas manchas color rosa.
Piluca Bohórquez lucía siempre como la estrella más rutilante de la prensa rosa. Acaparaba con frecuencia portadas y páginas centrales del papel cuché, ya fuera por su último amor, su nuevo corte de pelo, la adopción de una mascota o el lunar que le acababan de extirpar del cuello. Invitada imprescindible en tertulias del corazón, cócteles promocionales y saraos con pretensiones, era, con diferencia, la más buscada y querida por cazadores de autógrafos y selfis.
Un día escuchó que todos los premios Nobel gozaban de gran popularidad y pensó, sin saber que aplicaba un silogismo aristotélico –ni puñetera falta que le hacía–, que si ella ya disponía de la popularidad, por pura lógica debían concederle un Nobel. Puso a trabajar en ello y con denuedo a su representante, quien, después de descartar los de Física, Química, Economía y Medicina, por recaer a menudo en gente poco glamurosa, se quedó dudando entre exigir para Piluca el de Literatura –pronto saldría la autobiografía que le estaba escribiendo un juntaletras– o el de la Paz –¿quién podía no recordar la célebre reconciliación con su cuñada?–. O quizás los dos… Una tal Curie ya lo consiguió hace tiempo.
Como cada mañana al empezar la jornada, la directora estaba en medio de la sala abroncando a la primera persona que se había puesto a tiro. En ese momento, entró la chica nueva y fue la siguiente.
—En el aparcamiento he visto que se ha dejado las luces del coche encendidas —informó, con los ojos clavados en el suelo.
—¡Me lo hubieras podido decir antes! —gritó la directora, delante de todo el mundo.
Expertos en sus propias carnes, nadie osó realizar ninguna acción que lo pusiera en el punto de mira. Los últimos despidos habían dejado huella y ennegrecido algunos pensamientos. La búsqueda de algún talón de Aquiles estaba en marcha. Ya habían conseguido información privilegiada —un color que la directora odiaba—, pero no sabían cómo utilizarla.
Hasta que un día le diagnosticaron un cáncer de mama. Cuando se supo, empezó a recibir anónimos. Solo dos palabras en latín y un lazo. Siempre del mismo color.
Adonde me apetecía que viajáramos en las próximas vacaciones, ─ me preguntaste. Te contesté que me gustaría y mucho, viajar a tu corazón. Arrancar esas espinas que se te clavaron de niño y volar después libremente de tu mano, para empaparnos de todos los paisajes que nos hemos perdido, gozar de esas nubes que parecen bolitas de algodón y que no vimos en otros momentos. Después, descansar y hacer un picnic con el mantel rosa que tanto nos gusta y en el lugar que nos apetezca. Reponernos de esos momentos que se nos escaparon a consecuencia del dolor que te tenía paralizado. Vivir en ese camino. Volver cargados de amor renovado, ya que el conocido se ha quedado anquilosado y te ha dejado atrapado arrastrándome a mí como si hubiéramos estado unidos por goma de mascar que estira lo justo para dar un triste paso, pero que luego nos absorbe de nuevo para volver a ese caos, que nunca antes hemos sabido resolver. Me gustaría poder tener las pinzas adecuadas, para arrancarte ese daño que tienes hincado y que cada día se esconde más y te difumina, dejándote convertido en polvo de desierto…; porque ya ni brillas, ni dejas brillar.
El universo botánico me era tan ajeno como lo podía ser una base de seguimiento espacial, sabía de su existencia pero hasta ahí llegaban mis conocimientos.
De modo que cuando mi vecina me pidió el favor de cuidarle su rosal durante una mañana haciendo hincapié en “que nunca me lo habría pedido de no contar con nadie más”, acepté, visualizando algo así como los geranios de mi abuela.
Comenzó a darme instrucciones que además traía por escrito. Luego pasamos a ver su balcón y aquella única rosa.
Si hubiera entrado en la mencionada estación espacial, no me habría causado tanta impresión como aquella maraña de cables, goteos, termómetros, válvulas, parasoles, lupas, ventiladores, humificadores, deshumidificadores etc.
Su florecilla en cuestión tenía ya varios premios nacionales e internacionales y optaba al más preciado: un millón de euros, otorgado a su color. Un color rosa, para mi gusto, desvaído.
Yo debía vigilar que aquel despliegue técnico no fallara.
Al día siguiente así lo iba a hacer, cuando al contemplarla de nuevo hubiera jurado que me observaba como yo a ella, con atención, con curiosidad, mientras su brillo se acentuaba… ¿se ruborizaba?
Entonces escuché, cual dulce canto de sirena, su voz:
— ¡Por favor! ¡Libérame!
Mbura es su amigo, su hermano, el que le protege de los empujones y burlas de los demás chicos. Él le rescató de una choza incendiada y sus recuerdos vacíos. Mbura ha prometido que a su lado dejará de ser un crío y le regala cigarrillos que, aunque le hacen toser, le agravarán la voz. Hace un par de semanas que probó el alcohol, ya no lo vomita y le gusta esa sensación de euforia. Eso debe ser crecer porque ayer le entregó un kalashnikov y les acompañó de misión. Fue fácil, sólo apuntar y apretar el gatillo. No dolía nada. Después lo quemaron todo y ataron a los que aún vivían. Mbura dijo que solo le faltaba una cosa para ser un hombre de verdad. Soltaron a una niña y le arrancaron su gomesi dejándola en bragas. Rosas. Ella lloraba y los demás reían. Y entonces recuerda. Makele, su hermana, su amiga. Las bragas rosas. Makele, lágrimas. Mbura, risas. Las bragas rosas, oscuridad, las bragas rosas.
Es cierto, piensa, ya se ha hecho un hombre y sabe usar su nueva arma.
Yo no era muy guapo, ni popular, ni interesante, por eso, cuando la chica más estupenda de la clase me invitó a ir con ella y sus amigos al concierto, me quedé petrificado.
Se rieron a gusto observando la cara que se me ponía al verla aparecer, con su vestido rosa, colgada del hombro de Manu, el chico más canalla del instituto. Aquello solo había sido una treta para burlarse de mí. Me dejaron plantado como el imbécil enamoradizo e iluso que había demostrado ser. Lo superé como pude, aunque me dejó marca.
Ha pasado mucho tiempo, tenía enterrado aquel episodio en el cementerio de los recuerdos ingratos hasta que, hace unos días, me crucé con ella. No había vuelto a mirarle a la cara y pensaba seguir sin hacerlo. Fue ella quien se acercó a mí avergonzada y arrepentida. Acepté el café al que me invitó, charlamos y quedé sorprendido de su madurez. Confesó que la vida no le había ido bien en el plano sentimental. Antes de despedirnos, intercambiamos teléfonos.
Hoy, me ha llamado y me ha ofrecido quedar. Dudé antes de aceptar, no puedo quitarme de la cabeza aquella canción: “una rosa es una rosa es…”
Siempre elige ropa interior rosa y medias de cristal a juego con el sujetador. Los viernes por la tarde Sally empapa su cuerpo en Chanel y se ajusta la minifalda antes de salir de caza.
Entrará contoneándose en El Pink para no pasar desapercibida, y el camarero le servirá un Cosmopolitan al fondo de la barra. Antes del segundo sorbo alguno la invitará a otra copa, y ella la rechazará si no está lo suficientemente borracho y su dedo anular carece de alianza.
Hoy su presa apesta a alcohol, pasa de los cuarenta y es bien parecido. Enseguida se sobrepasa con ella, a lo que Sally corresponde con una sonrisa de complicidad.
Dejará que le pague la última y la invite al asiento posterior de su coche, allí permitirá que la desnude y le sobe los pechos cuanto quiera. Cuando detecte su predisposición se soltará la melena y, por sorpresa, le hundirá en la garganta el alfiler de una cuarta que anudaba su pelo, hasta notar cómo le perfora la médula.
Y es que Sally no soporta los maridos infieles, esos que engañan a sus mujeres los viernes por la tarde después de la oficina.
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