Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FOBIAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en FOBIAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán LAS FOBIAS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

38. EL AÑO NUEVO CHINO (fuera de concurso, Carmen Cano Soldevila)

Hoy celebramos la fiesta del Año Nuevo. Wen y yo asistimos con mis padres al desfile del dragón, que ondea sus escamas rojas por las calles.

Durante la cena, según hemos convenido, él contará que nos conocimos en una velada de la alta sociedad financiera. Yo soy una mujer sobrante, una perla amarillenta que avergüenza a mamá porque, a mis veintiséis años, aún no soy madre. Tengo formación universitaria, un buen empleo y mi propio apartamento. No necesito un marido. Pero ella ha puesto un anuncio con mi fotografía en el Parque del Pueblo de Shanghai. Y es que numerosos varones buscan pareja, ante la escasez de mujeres, consecuencia de la política del hijo único.

Vestida de rojo, bajo los farolillos, veo los rostros encendidos de felicidad de mi familia. Ignoran que a Wen lo contraté por Internet en una agencia de novios de alquiler.

Por la noche salimos a contemplar los fuegos artificiales. A la señal de un roce de mi mano, Wen besa furtivo mis labios pintados de carmesí, fingiendo huir de sus miradas. Y una luz roja hace saltar las alarmas en mi pecho. Quizá me esté enamorando .

37. El cuento de la princesa y el alquimista (Salvador Esteve)

Hace muchos, muchos años, nació una princesa.  Mientras su madre se desangraba de vida, la pequeña, envuelta en un manto de sangre, se aferraba a ella.  El rojo embotó sus sentidos, y su mente, en rebeldía, amputó a su vista ese espectro de color para siempre.

En sus dieciocho años jamás una sonrisa apareció en su rostro.  Su padre, convencido de que su tristeza estaba ligada a su imposibilidad para ver el encarnado tono, proclamó por todo el reino que el joven capaz de conseguir que percibiera dicho color con ella se desposaría.

Rubíes de Birmania, granates de Mozambique, bellas sedas escarlatas, príncipes y nobles mostraron sus tesoros sin éxito.

 

El joven alquimista quería emular los destellos del fuego.  Mezcló cloruro de litio y estroncio, pero necesitaba algo más.  Pinchó su dedo corazón y unas gotas de su sangre regaron de amor la pócima.

La mágica mezcla elevó la caña de bambú y una explosión de color inundó el cielo.  El semblante de la princesa se iluminó.

 

Cuenta la leyenda que la princesa mintió, pues jamás vio el color,  que en los ojos del  alquimista advirtió fuego y pasión, y desde aquel momento el rojo ya siempre abrazaría su vida.

36. SÍNDROME DE ESTOCOLMO

La alfombra es tan roja como el lazo que acabas de cortar. Todos aplauden tu discurso. «¿Y esos labios rojos?», me preguntaste ayer. «Ese color no te queda nada bien, ¿no crees? Vas llamando la atención». Tenías razón: el rojo de labios queda muy vulgar; lo mismo que el vestido que pensaba ponerme hoy. «¿Por qué no te pones este otro? Es más discreto y disimula que has engordado un poquito, ¿no te parece?»

Entramos de la mano en el cóctel de inauguración. Todos hablan contigo y yo me quedo a tu lado, sonriendo en silencio. «Mi vida, ya sabes que cuando te pones nerviosa sólo dices tonterías». Un camarero se acerca y cojo un zumo de tomate; me gusta tanto… Pero tú con delicadeza me lo quitas de la mano, lo cambias por una copa de agua y me susurras al oído: «Mejor agua; no querrás mancharte y que todos vean que eres un poco torpe, mi amor». Me aprietas la mano y mi corazón se encoge. No sé qué me pasa últimamente: siento un nudo constante en el pecho y la garganta… Al menos te tengo a mi lado: nadie me cuida mejor que tú.

35. CROMOTERAPIA Paloma Hidalgo

Escucho las maravillosas razones que te llevan a pensar que esta semana el rojo es tu color favorito, mientras nos comemos la pizza con extra de tomate que he preparado. Hacemos para el trabajo de plástica una amapola de origami, o algo parecido, con ese papel de charol colorado que, por fortuna, tenía en el cajón del escritorio. Pasamos por el kiosco a comprar una piruleta antes de ir al parque a que esta primavera caprichosa nos regale, como el último domingo, una tormenta, y te pongas el impermeable que acabo de regalarte, y convertida en Caperucita saltes en cada charco. Y luego llevarte de nuevo a casa, con tu madre, y volver a la mía, medio extinto, intentando adivinar qué color será tu preferido dentro de siete días.

34. Reto rojo carmesí

A mis cuarenta años jamás me he pintado las uñas de los pies, las de las manos alguna vez pero nunca de color rojo, le confesé a una amiga. Se escandalizó. Me dijo que todo era empezar, que me lo tomara como un reto. Qué absurdo, ¿o no? Era verano, calzaba sandalias y ropa cómoda que me permitiera dar el pecho, el pequeño aún por destetar y el mayor acostumbrándose a la pérdida del reino. Decidí observar y hacer mi propio estudio de mercado. Ya fueran rubias, morenas, pelirrojas, jóvenes, maduras… la mayoría con uñas pintadas, y el color ganador era el rojo (rojo o negro, par o impar, hagan juego señores). Empecé a ver feos mis pies. Me compré un esmalte rojo carmesí y unas nuevas sandalias, con algo de tacón (ya correría él detrás de los niños) y lucí mis pies por todo el paseo marítimo. Mi hijo mayor me preguntó que porqué hacía eso, yo le dije que porque a mamá le gustaba, le relajaba. Y porque llorar en el coche se había convertido en una peligrosa costumbre.

33. No me gusta mi pelo (Carmen Alonso)

—Madre, ¿por qué me llaman roja en la escuela?

—Porque tienes el pelo rojo, hija, ¿por qué va a ser?

Mi hermano y yo vamos a la escuela gratuita de las monjas. Mi hermano va a párvulos. Si paso el ingreso de bachiller me darán una beca y podré ir a la clase de las niñas normales. Ahora llevo delantal de rayas pero si apruebo, me comprarán el pichi gris con la blusa de puntos y el lazo, y me taparé el pelo con la boina para que no me llamen roja.

Mi padre está preso en Cuelgamuros y una vez al mes vamos en una camioneta a visitarlo. Nos abraza muchas veces y siempre me deshace la trenza para acariciar mi melena. Él también es pelirrojo como yo, pero no se le nota porque está pelado al cero.

Una señora que va también en la camioneta le pregunta a mi madre:

—¿ Por qué está preso tu marido?

Y ella contesta:

—Por ser rojo, ¿por qué va a ser?

Cuando lleguemos a casa le diré a mi madre que me quiero teñir el pelo de negro. No quiero que me sigan llamando roja y me lleven  presa.

32. Rojos

Echas de menos aquellos tiempos en que todo era más sencillo. Enfrente los soldados blancos; a tu lado, hombro con hombro, estábamos los camaradas, con hambre pero sin miedo. Pancartas, banderas y consignas que daban paso a los gritos, a la rabia, a la sangre joven derramada sobre la nieve.
Pero al final nos guiaste a la victoria sobre los blancos. Las pancartas presidieron el parlamento y las banderas ondearon en las torres de cada ciudad. Luego vinieron los desfiles, el bronce de las estatuas, la historia escrita en tomos de lomo dorado.
¿Qué pasó desde entonces? El tiempo es un traidor que huye sin dejar rastro. Un día sales al balcón del palacio y saludas a la multitud. Pero ya no aplauden ni cantan nuestros himnos de victoria. Ahora las banderas que ondean son de otro color, las consignas que gritan son insultos. Es inadmisible; no puede tolerarse esta traición. Levantas la mano y ordenas abrir fuego, y por un momento, al oír los chillidos de rabia y ver el brillo de la sangre sobre la nieve, sientes que todo vuelve a ser como antes. Como cuando eras joven.

31. DOS (Virtudes Torres)

Dos despachos.
Dos sillones.
Dos grandes.
Dos poderosos.
Dos neuronas: LOCAS.
Dos botones: ROJOS.
Más de diez mil kilómetros los separan
Los dos piensan que están jugando. Uno se burla diciendo que su botón es para pedir una coca-cola, el otro se hincha al decir que el suyo es nuclear.
Millones de personas esperan que se atrofien sus neuronas si alguna vez los intentan pulsar.

30. Crepúsculo

A sus ochenta y dos años, con gran esfuerzo, el abuelo Alejandro terminaba el que sería su último cuadro, una copia de El Estudio Rojo, de Matisse. Los juegos de luces, reflejos e incluso estados de ánimo, que este oleo inspiraban, habían sido un reto para él durante sus últimos años de trabajo de copista.

Le asqueaba la simpleza con que denominaban rojo a los que era una verdadera constelación de estímulos: Bermellón, cadmio, amor, granate, amaranto, rubí, fuerza, odio, prohibido, carmesí, escarlata, pasión o rosa. Estaba seguro que Matisse, Munch, Gaugin o Rothko, nunca hablaron de ese color, así, sin matizar, como un analfabeto que mira las letras y es incapaz de desentrañar un texto.

Jamás se desprendió del cuadro y nunca volvió a pintar, hasta un día en que cogió un tubo de blanco de titanio, y fue sobrepintando el suelo, la pared, la mesa y las sillas, el jarrón, las figuras y las flores del lienzo. Cuando tapó todo su trabajo, el mismo día en que se instaló la desmemoria, sobrepuso su nombre en blanco rutilante, que el tiempo termino de mimetizar con el fondo monocromo.

29 SAN MARTÍN, 1979

Mi aldea era una agonía lejana. Tenía casas blancas, analfabetos y una triste necesidad de tierra, lluvia y bestias. Sufríamos, además, cierto acostumbramiento a la muerte, pues solían perecer recién nacidos, parturientas, animales y cosechas.
A veces matábamos un pollo. Mi abuela lo degollaba y desangraba en un barreño mientras yo observaba sonriendo.

Cada otoño la matanza volvía todo rojo. El ritual de despiece, el desentrañamiento, el relleno de tripas… Delantales y brazos completamente ensangrentados. Pero el ambiente era festivo y los hombres bebían vino como ignorantes. Las mujeres acababan retirándose agotadas y a los machos les brotaba aquella mirada salvaje.

Un noviembre me sorprendió mi primera regla. Mi madre susurró algunos consejos. El día de San Martín yo ayudaba mientras los hombres bebían. Al llevar unos barreños al establo, un brazo abandonó la oscuridad para arrastrarme a ella. Me desgarró hasta desangrarme con su brutalidad, manchándolo todo. Sus manos me amordazaban. No podía verle pero sabía quién era. Olía a tierra rojiza y cebollas.

Desde entonces, cada año, durante la matanza, las fachadas del pueblo se tiñen de rojo y un hombre inocente muere degollado, desangrado sobre un barreño, mientras yo observo sonriendo, comiendo cebollas.

28. MARÍA (Pilar Garrido Aláez)

Aquella mañana desde la habitación de al lado, escuché como mi hermana María lloraba. No me atreví a llamar a su puerta así que estuve atenta, esperando a que saliera. Cuando por fin lo hizo, corrí detrás de ella por el pasillo, se fue directa a la cocina y al entrar, mamá, que estaba preparando tomates para hacer mermelada, la vio con los ojos muy rojos y le preguntó:

–  ¿Qué ha pasado María, qué te ocurre?

Ella, con timidez y rubor le contestó:

– Mamá, creo que estoy embarazada.

Los rayos del sol entraron en ese instante por la ventana y se reflejaron en sus cabellos mientras las dos se abrazaban. Mamá la miró con tanta ternura que ya no hicieron falta las palabras.

Yo no entendía muy bien que pasaba, pero ese día me di cuenta que ya nunca más sería la pequeña de la casa.

27. Desconsuelo (fuera de concurso)

Cuando la noche amenaza ser fría y borrosa, me basta  evocar su boca procaz. Esa lengua que acariciaba, inconsciente de su efecto, una eterna piruleta de fresa. Esos labios rojo caramelo que sonreían de puro placer y se fruncían alrededor del palito.

Cuando la madrugada  congela con su abrazo invisible de bruma el pálpito de mis entrañas, rebusco el calor de su mirada inocente en mi frágil memoria.

Cuando la luz de peligro destella en mi cabeza y descubro en mi bolsillo la caja de cerillas, tarareo nuestra canción, balanceándome, como hacía ella.

Cuando pregunto qué hora es, siempre es mediodía. Siempre hace calor. Siempre es quince de agosto. Siempre hay sangre en mi mano. Siempre hay fuego en la casa. Siempre suenan las sirenas que me anclaron a ese instante. Siempre hay una piruleta en el suelo. De fresa.

Cuando el silencio de la tarde me enfrenta al reflejo sin lágrimas de la ventana, cuando sólo veo a un monstruo desquiciado sin futuro, cuando adivino de reojo los lazos encarnados de sus trenzas deshaciéndose furtivos, cuando me quiero morir, oigo su risa.

Y entonces comprendo que ella desea que viva, cada uno de los días que me queden, recordándola.

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