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Un hombre, bajito él, se encasquetó el sombrero y se dispuso a realizar un viaje a su pueblo. En cuanto el sombrero tocó su cabeza, el encéfalo del hombre bajito se vistió de rosa y puso al hombre bajito a pensar incongruencias rosáceas.
Al final de la tarde, el hombre bajito, entrapado de incongruencias, se desencasquetó el sombrero recuperando su discreción y color.
Sin embargo, el encéfalo del hombre bajito, lo obligó a encasquetarse de nuevo el sombrero y salir a la calle, a luchar por su identidad rosácea como un man de pura ley.
Una mañana el agua del río se volvió rosa. Las orillas se llenaron de curiosos que querían ver el extraño fenómeno; peces de vivos colores nadaban indiferentes al inusitado interés. Un científico llegado de la capital dijo que la coloración rosa del agua se debía a unas bacterias desconocidas. Pronto algunos visionarios del desarrollo pensaron en explotar el hecho insólito. Se construyó un gran hotel, tiendas de recuerdos, cantinas, y se levantaron en las márgenes del río unas casitas con techo de zinc para los trabajadores. En el trajín de la prosperidad casi nadie se dio cuenta de que apenas se veían peces. Algunas mujeres valientes protestaron, pero desaparecieron misteriosamente con una breve reseña en los noticieros. El rumor de la bonanza a orillas del río rosa se extendió por todo el país y atrajo a toda clase de forasteros, buscadores de fortuna, parranderos, tullidos en busca de sanación, mercachifles; una fiebre del oro que se instalaba en barrios improvisados de los que surgían pestilentes afluentes de mierda hacia el río. El agua se volvió gris, sin rastro de vida, pero el pueblo al fin había superado su atraso de siglos y había alcanzado el progreso.
En verano las revistas suelen ir acompañadas de “souvenirs” propios de la estación; hoy he comprado una , y esta vez el complemento era un libro, una novela romántica que se deja leer fácilmente al rumor de las olas, mientras sentada en mi hamaca me mojo los pies en la orilla.
Recuerdo que hace muchos años, siendo una niña mi madre me enviaba al quiosco a intercambiar (por un módico precio) novelitas de Corin Tellado. Ella que no sabía escribir correctamente y se definía a sí misma como analfabeta porque no tuvo la oportunidad de aprender, solía leer en la cama y se bebía los títulos de esta prolífica autora de género rosa.
Con apenas cuatro años empecé a interpretar las letras y desde entonces leía todo lo que pillaba; un verano de mi pre-adolescencia , también yo devoré esas novelitas con fruición, identificándome con la mujer protagonista y anhelando a ese “atractivo pero enigmático hombre” que iba a ser el amor de mi vida.
Muchos años después, inmersa en la lectura de esta novela rosa, mi imaginación vuela en busca de ese amor que despierta mariposas en la barriga…. y está sentado en una hamaca a mi lado.
El último tsunami que asoló el pueblo dejó la plaza sembrada de caracolas, un tridente oxidado y un viejo lobo de mar con un parche en el ojo y un corazón tatuado a la altura del suyo. Pronto nos hicimos adictos a sus historias de batallas sangrientas, piratería y abordajes imposibles. Pero el viejo, que aseguraba tener cientos de amaneceres, se apagaba día a día al tiempo que sus historias trepidantes y cargadas de aventuras se iban edulcorando hasta convertirse en anodinos cuentos rosas. La última que nos contó hablaba de un amor imposible y le llenó los ojos de lágrimas, igualándolo con los demás viejos que lloran sus recuerdos. Perdió nuestro interés y desapareció. En su lugar hallamos un corazón viejo y descolorido, casi rosa.
Esta vez no fallaría. Han sido semanas repasando al detalle croquis, planos, tiempos…
Madrugo. Doy un paseo, leo la prensa, tomo un café. Hago la compra, cocino. Repaso el guión y compruebo que continúa sin llover. Bien.
Me enfundo mi mejor traje a las 19:05. A las 19:30 compro las flores y a las 19:45 llego a la calle. Son las 19:53 cuando me apoyo en el escaparate de la mercería. Todo va perfecto, al milímetro, al segundo.
Sale a las 20:04. Me ve, se hace la sorprendida al ver las flores. Sonríe. Esta vez, al menos, recuerda mi nombre. Charlamos unos minutos. 20:17, acepta mi compañía hasta su casa. Genial.
20:39, llegamos a su portal. Me invita a subir. Ahora soy yo el sorprendido, pero disimulo. Cogemos el ascensor, séptima planta. Y hasta aquí mi plan… porque ahora me mira con una lascivia que no tenía planificada. Pulsa el botón que detiene el ascensor. Se desabrocha la blusa y contemplo los bordes de su sostén de encaje. Rosa, como el color que cubre sus labios y ahora también los míos… Inolvidable.
Aunque no sabría decir si mi estrategia realmente ha funcionado, o ha sido la suya… No sabría.
Alexander Ivanov, el gran maestro de ballet, le entregó su alma a la lujuria y al alcohol hace mucho mucho tiempo. Tras perder el prestigio, la reputación y los amigos, se encerró en su casa y nada más salía para reponer la despensa de precocinados y ginebra barata. Solo le quedaba ella que, de vez en cuando, aún le deleitaba con maravillosas coreografías, como las que él mismo creaba, que le hacían recordar aquella época de gloria, mientras la contemplaba desde el raído sofá lleno de lamparones y olor a vómitos de noches pasadas. A veces se le caía alguna lágrima que se mezclaba con las babas, aquellas que se columpiaban en la comisura de los labios, tras el penúltimo trago. Pero también sentía odio por ella, no soportaba que fuese capaz de seguir bailando mientras su vida se había ido a la mierda y por eso, un día, sin miramientos, lanzó con fuerza la caja al suelo, que se partió en mil pedazos, menos aquel par de zapatillas rosas que, desafiantes, se quedaron en pie.
Todas las niñas tienen su etapa rosa, esa en la que su cartera es rosa, y las paredes de su habitación , y su bicicleta, y su ropa y, si por ellas fuera, todas las pinturas de su estuche. Luego viene la etapa negra, en que reniegan de su vida anterior para convertirse por un tiempo en seres más bien cercanos a la familia Monster. Pero tú no. Tú seguiste siendo una adolescente de cuento, con todas tus cosas en el abanico que va del rosa palo al fucsia. Así te conocí y así me enamoré, y de rosa nos casamos ambos en una ceremonia tan glamurosa que salió en la prensa… rosa. Nuestra vida no ha sido siempre de ese color de ensueño, pero nunca nos hemos rendido. No pudo con nosotros el accidente que me dejó en esta ergonómica silla rosa, ni la muerte de nuestra hija Rosa en manos de una secta, ni podrá tampoco esa caja satinada en rosa en que reposas. Mantendré ante todos mi porte nacarado, aunque sienta avanzar en mi interior esa corriente espesa de bilis negra como la pez que pugna por convertirse en geiser y emborronarlo todo.
Pasamos la vida intentando saber quiénes somos. Y aunque se diga que es en el fracaso cuando nos conocemos a nosotros mismos, yo sólo deseaba triunfar.
No creo en el destino, pero el horóscopo del día del estreno lo decía claro: “Para lograr el éxito, ponte una prenda rosa”. En el espectáculo de humor en el que iba a actuar, hacía de ciclista. Descarté enfundarme el maillot amarillo (por lo de la mala suerte ligada a este color) y como coincidía que en esa época se corría el Giro de Italia, me decanté por una maglia rosa. Hubo carcajadas durante mi interpretación. «Eres único», pensé mientras el público vitoreaba mi nombre entre aplausos y bravos. Tras finalizar la función, ya en mi camerino, contemplé por primera vez, horrorizado, la mano del ventrílocuo.
Otro escurridizo amanecer desliza su líquido sol a través de la persiana. Hace mucho que desperté, pero permanezco en la cama con los ojos cerrados. Los auriculares me susurran en bucle la misma canción. Es como un mantra que me aísla de todo, mantiene mi mente en equilibrio y ayuda a ponerme en pie.
Me impide pensar en cómo evitas mirarme a los ojos cuando rozas mis labios al llegar a casa. Prefiero recordar tu risa. Resultaba tan contagiosa cuando aún éramos cómplices… Aunque, cuando estás conmigo, no puedo dejar de temblar de ausencia dentro de tus abrazos.
El tiempo pasa, pero el dolor no cesa y late con fuerza perforándome el pecho. Una y otra vez, me envuelven esas palabras de Edith Piaf que actúan como un bálsamo:
«…Quand il me prend dans ses bras
Il me parle tout bas
Je vois la vie en rose…»
Entonces, me levanto y atravieso el espejo. Allí no me duele encontrar la habitación llena de mi rabia y vacía de su aliento. Siempre enmudecen los reproches de por qué la olvidaste en el asiento trasero del coche. Aquí, donde, en lugar de a culpa, tus besos saben a chicle de fresa.
No entiendes cómo has llegado hasta aquí, pero estás decidida.
Fuiste educada para que tu vida fuera de color de rosa, el de tus vestidos y tus lazos. El que elegiste para la tarta de boda y las paredes del dormitorio.
Hace tiempo que te encoges de dolor y maquillas tu rostro para ocultar el tono morado.
Al fin hoy has salido de compras y has regresado con un pequeño revólver en el bolso y una sonrisa nueva en tus labios magenta.
Estamos orgullosos de ti. Nosotros nos encargamos del resto, cariño.
A pesar de que en su casa solían pasar estrecheces, se sentía la niña más presumida del arrabal. Soñaba con vestidos airosos, faldas de vuelo y lazos de color rosa, siempre rosa. Le encantaba Marisol, la joven estrella capaz de llenar una pantalla de luz y de color. Cuando daban alguna de sus películas en el cine del barrio se las apañaba para colarse allí cada tarde si, como solía ocurrir, no tenía las diez pesetas que costaba la entrada. Quería ser como ella, bonita, salerosa y sobre todo, querida y admirada por la gente. Delante del espejo imitaba sus gestos y cantaba trocitos de sus canciones: “La vida es una tómbola, tom tom tómbola…”, “Ola ola ola, no vengas sola…” Mamá le reía la gracia y hasta a veces convertía en faralaes algún vestido viejo y le ayudaba a darse un toque de colorete y carmín. Rosa, siempre rosa. Sin embargo, delante de papá, dejaba de ser comprensiva y ni siquiera intervenía cuando él se quitaba el cinturón y descargaba su rabia de perdedor sobre aquel cuerpo indefenso, menudo y frágil, mientras sentenciaba que la peor deshonra para un padre es que un hijo le salga maricón.
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