Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FOBIAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en FOBIAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán LAS FOBIAS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

26. EL COLOR DE LA TRAGEDIA (A. Barceló)

En 2025 la tecnología era la llave del dominio mundial. El sistema impedía que absolutamente nadie pudiera vivir al margen. Los algoritmos eran la clave para dirigir el destino de la humanidad. Todas las almas vivientes podían ser monitorizadas y teledirigidas. Un grupo selecto y heterogéneo de magnates denominado “GUIDE” ejercía, en la sombra, un poder absoluto.

El quince de junio a las cuatro de la tarde, en las instalaciones del Centro de Supercomputación y Teledirección Global situado en un lugar secreto e indetectable del Pacífico, todos los testigos luminosos de la Terminal Cuántica Madre se iluminaron en rojo. Los especialistas encargados del funcionamiento y la integridad de la infraestructura se sintieron aterrados. El sistema de alarma se había instalado como algo anecdótico, era imposible que algo o alguien fuese capaz de sobrepasar la barrera de seguridad basada en CBTIA (cripto-biotecno-inteligencia-artificial), al menos, algo o alguien del planeta Tierra.

25. EL MARCHANTE

Nadie pinta como él las puestas de sol. Sin embargo, sus pinceladas saturadas de bermellón resultan demasiado agresivas para los burgueses biempensantes, por eso le cuesta tanto vender sus óleos. Las deudas se le amontonan cuando llega al estudio un excéntrico personaje. Tras estudiar detenidamente los cuadros le hace una oferta irrenunciable. A partir de ahora comprará toda su obra a condición de que pinte sin firmar al estilo de antiguos artistas consagrados. Además, él será su exclusivo marchante.

Con el dinero que recibe puede ascender en la escala social, ser por fin “alguien”. Sin embargo, las exigencias de su cliente le sumen en una frustración que va en aumento. Entonces comienza a pintar en secreto autorretratos en los que da rienda suelta a su particular estilo y muestran el proceso de su decadencia. Su agotamiento le provoca una enfermedad que no tiene cura.

Todos los días va a visitarle el extraño hombre que le observa sentado al lado de su cama. Al fin, en el instante que exhala su último aliento, éste aproxima su boca para inhalarlo.

En la habitación retumba una carcajada. Otra alma con que alimentar las llamas del infierno.

24. Preocupación de madre

Les obligaba a llevar una alimentación equilibrada. Para ello, era im-pres-cin-di-ble una dieta en la que se incluyera la presencia de todos los grupos, “para que no tuvieran ningún tipo de carencia”, les decía. El mayor hacía caso e incluso ya se alimentaba solo a veces; el problema se lo daba el otro, que le traía por la calle de la amargura. En el día a día conseguía que ambos comieran, aunque fuera a regañadientes, pero la dedicada madre vivía intranquila por la falta de un grupo, y se afanaba en buscar un sabor más agradable en otra especie que les pudiera aportar ese 0+, sobre todo al pequeño mal comedor.

23. AZARES

Mientras la noche se amontonaba sobre la ciudad, él se vistió. Camisa blanca, arrugada; corbata raída de seda; zapatos de ante usado. En dos patadas se encontró en la calle, a la espera de un taxi que le llevó adonde, de manera imperiosa, tenía que ir. Un matón disfrazado de portero le dejó entrar, tras saludarle con el trato que se da a los asiduos. Una mirada rápida al lugar, que le era tan familiar, le ayudó a decidir en segundos a qué mesa se dirigiría. Eligió una alargada. Destacaban allí una mujer de ojos turbios, una pareja de rateros borrachines y una anciana vivaracha. Ocupó uno de los asientos vacíos. Sacó el fajo de billetes y colocó el dinero sin titubear encima del recuadro rojo. Durante el tiempo que giraba la bolita en la ruleta se le extravió el pensamiento por los abismos de su vida, recorrió brevemente las fisuras de su existencia. Interrumpió ansioso, como si en ello le fuera el destino, la enumeración de sus fracasos. No consiguió llegar al final del recuento de sus fallas antes de que el crupier, con una voz rutinaria, sin emociones, revelara el color que vestía esa vez la suerte.

22. Amor sin desperdicio

Nos conocimos hurgando entre la basura. El color de tu pelo, rojo como un atardecer en Finisterre, resplandecía revistiendo de púrpura la cúspide del vertedero. Como carta de presentación me arrojaste un insulto y la advertencia de que aquella zona tenía dueña, pero el tetrabrik de vino tinto que te ofrecí sirvió para romper el hielo y para que me invitases a compartir los desperdicios que habías obtenido entre la inmundicia.

Se hizo de noche, nos sorprendió el frío e insinué que durmiésemos juntos en mi cajero. Nos amamos sobre el suelo encarnado de la sucursal, ocultos por un amasijo de cartones y mantas malolientes. Embriagados por el exceso de alcohol te juré amor eterno mientras asegurabas que estábamos hechos uno para el otro.

Desde esa noche todo cambió. Aseguraste que, como la gente tira de todo, todavía estábamos a tiempo de formar una familia. Por eso ahora rebuscamos con los cinco sentidos y con la esperanza puesta en que un día, desde el interior de algún contenedor, surja el llanto de nuestro bebé.

21. SINTONIZA (DOS) M. BELÉN

Se vistió con aquel vestido rojo abrigado de sombra, encogiendo sus pechos y muslos. Se desbordaba la piel ceñida a una prenda demasiado escasa como sus años. Se perfiló el borde de los labios y los rellenó de un hiriente color carmesí

Todo tenía un precio, todo era valorar lo que aquel cuerpo inmaculado ofrecía.

La puja estaba caliente, los centímetros crecían, la humedad se hacía patente, la saliva recorría la comisura de las braguetas y los suspiros humedecían la tarjeta de crédito con ese fluido precoz de quien apuesta por obtener un beneficio final.

 

Clara estaba al otro lado de la puerta, tumbada en ese eterno lecho condenada a la herida y al dolor. Sus padres aferrados a una libreta que no rendía las cuentas deseadas. Sus abuelos buscaban entre las páginas amarillas alguna solución. Su vecino, con los prismáticos en la mano izquierda, observaba el premio mientras con la otra tecleaba de manera compulsiva, dejando un depósito inicial con el que profanar la bancarrota de esa familia y llevarse el bingo, el pleno.

 

Elisa cerró los ojos, deslizó su última prenda avergonzada y miró con dureza hacia la cámara que enfocaba la única salvación para su hermana.

 

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20. LA PRINCESA ENGAÑADA (Edita)

 

Sus padres tenían la piel clara y ella, muy oscura. Cuando hizo preguntas, la convencieron con una linda historia prefabricada: la cigüeña la había dejado en su casa porque el palacio real, adonde debería llevarla, estaba al otro lado del océano y no se atrevía a volar tan lejos. Para ellos era su princesita de sangre azul y, como tal, la adoraban. Le prometieron que, cuando fuera mayor, viajarían por todo el mundo en busca del palacio.

La niña creció amada y feliz. Hasta que la pubertad manchó de rojo su inocencia, descubriendo el embuste. Nunca más la vieron sonreír.

 

19. ARREBOL

Me sonrojé la primera vez que hundiste tus deseos en mis ojos y aún hoy se encienden mis mejillas, aunque hayan perdido la lozanía de antaño… mi piel de cereza, tersa y brillante.
Con las manos entrelazadas levantamos el telón escarlata del amanecer y mientras, hablamos de todo, de lo importante y lo nimio, en un intento de arreglar el planeta.
Te has puesto tu camiseta de siempre, la rockera, la roja serigrafiada en negro, la de barón con gafas de motorista. Me río y te inclinas rozando mis labios con tu boca de grana, la que me quita la sed y me arranca la sonrisa. Una cometa bermellón de cola esperanza nos sobrevuela sin distraernos.
Siempre lo quisimos así, contemplar los atardeceres henchidos de rojo ardiente desde este balcón continental que nos asoma al Mediterráneo. El olor a sal y los versos de un bardo callejero nos emborrachan.
Eres mi príncipe, te digo, y, divertido, emulas con mi pañuelo encarnado, una capa que anudas a tu cuello, luego me calzas mis bailarinas rojas que, embadurnadas de arena, emiten destellos cristalinos.
El sol celoso y arrebolado se arroja al mar, lenta y premeditadamente, haciéndonos sentir culpables de su ocaso.

18. El robot suicida (María José Escudero)

Me llamo Rbt57 y soy un robot con un serio problema de orientación emocional. La culpa es de mi programador que pasaba por momentos muy engorrosos cuando me diseñaba y no supo modularme con eficacia. Por esta razón, padezco altibajos cada vez más frecuentes y más difíciles de superar.

A pesar de que mis circuitos se esfuerzan, no consigo adaptarme a este submundo crispado y falso. El trabajo del hogar me resulta tedioso y me siento muy frustrado, sobre todo desde que descubrí—viendo Anatomía de Grey en la televisión—que mi verdadera vocación es la cirugía.

Para apaciguar mi desazón, he probado algún ansiolítico, como hacen mis amos, pero mi sistema electromecánico no es compatible y, últimamente, mis alarmas se han disparado y todo mi cuerpo es una intermitencia roja. Como me resulta imposible espantar la tristeza enquistada en mi generador, he resuelto desobedecer la Ley Tercera de la Robótica y tomar una medida drástica: intentaré que una sobrecarga inutilice mis procesadores integrados. No obstante, dejaré un mensaje en el registro central de control porque no quiero que se acuse a nadie de mi deceso. Aunque, seguramente, responsabilizarán a la obsolescencia programada. Ya están acostumbrados.

17. EN FAMILIA (Ángel Saiz Mora)

El último novio de Laura, al término de la cena de Nochevieja, quiso conocer mis propósitos con vistas al nuevo año. Le comenté ilusionado los planes para matricularme en una escuela de circo. Después me puse la nariz de payaso que siempre llevo encima. Mi proyecto de cuñado alzó mucho las cejas. Beber el último trago de su copa de vino tinto sirvió para que meditase bien la respuesta.
—El mundo del espectáculo es propio de personas de mal vivir —dijo al fin con una mueca de prepotencia.
Enseguida notamos las pataditas de mamá por debajo de la mesa para que nadie respondiera, al tiempo que, en un intento quizá de suavizar una situación tan incómoda, ofreció al impresentable la bandeja de dulces en la que solo quedaba un mantecado. Su rostro se encendió nada más probarlo, lo que fue motivo de carcajadas unánimes. Con la voz llena de fuego no dudó en definirnos como panda de fracasados.
Mi hermana le abrió la puerta de la calle. Todos aplaudimos su marcha, no menos que al abuelo, cuando extrajo del bolsillo una botellita de salsa con una guindilla de un rojo intenso en la etiqueta.

16. Comunicación (Luisa R. Novelúa)

Había conseguido sorprenderlos. No esperaban que los Reyes Magos se acordasen también de ellos. El cruce de miradas entre ambos se dirigió a Julián, que los observaba expectante sin haber abierto aún sus regalos. Era evidente que no sabían qué decir, ni si debían decir algo.

El paquete que sostenía su madre, con el nombre de los dos escrito con su caligrafía de ocho años, guardaba un objeto mágico. Lo había escuchado un día en televisión, en uno de esos aburridos programas que veía su madre durante horas en la habitación, las mismas que pasaba su padre frente al ordenador.

Así se lo había explicado a su tía Elena, su cómplice. Ella sabía desde hacía mucho tiempo, dos o tres meses al menos, que ya no era un niño tan pequeño. Julián tenía muy claro que si había evitado guerras, su teléfono también impediría una separación.

15. MOLECULAR

En este súbito y desagradable baile, ando medio perdida y casi mareada.

¡¡Tormenta molecular!! Anunció una voz de mando en medio de la calma….Y en ese preciso instante, empecé a temblar.

Con lo tranquila que estaba yo siendo mitad oreja, mitad tronco, mitad excrecencia en formación, mitad de….. Un universo naciente de un deslumbrante color magenta, palpitante en su lentitud y, de pronto, esta estridencia, esta debacle sin sentido que tira mi sueño por la borda.

El furioso remolino me succiona sin remedio, y la luz excesiva del final diluye mi hermoso proyecto de presunto ser humano.

Hasta mi bello y ya familiar mundo en rojo se va contaminado con este rosado, desvaído y harto vulgar.

 

Pobre mamá.

 

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