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Bajo el microscopio, se salta, se lucha, se adhiere, se refleja, se colorea y se aprende……viendo bichos detectamos dimensiones. Ellos allí, nosotros aquí y otros allá.
Es casi medianoche. Olas de oscuridad van apagando las luces de la calle. Una brisa amable silencia los semáforos. Los edificios recogen sus ventanas, dejando algunas en luz, como la de la chica del segundo. Pasa horas delante de los libros, y se hace bucles rubios en el pelo al leer. A veces atiende su móvil. A veces se duerme bajo el flexo. Más arriba, en el cuarto, la mujer insomne está sentada en su lado del sofá, con los ojos humedecidos por el reflejo del televisor que sujeta su mirada, salvo cuando mira al otro lado. Al lado vacío. El hombre del sexto me saluda afablemente. A veces hablamos de las fases lunares, pero no en luna llena. Cuando la luna llena ronda las azoteas, su ventana echa las cortinas, y tras su luz rugosa se distingue una sombra agitada. Y se escucha un aullido errante.
La medianoche da una última calada. Su brisa apaga las brasas de la calle. Un sol espera detrás del horizonte. La chica del segundo sigue aprendiendo, quizás a curar la soledad. Y si cierras los ojos, se pueden escuchar los aullidos de los nuevos amantes.
Prueba con un nuevo filtro. Ajusta la saturación del color y guarda el resultado bajo el título “Img-15”. La carpeta se ha llenado de imágenes casi clónicas que no acaban de convencerle. Lo intenta de nuevo y Img-16 pasa a engrosar la lista de archivos que, al finalizar la jornada, enviará directamente a la papelera de reciclaje. Al dar las seis, antes de apagar el ordenador, contesta afirmativamente a la pregunta de si desea eliminar permanentemente los archivos seleccionados. Ni siquiera se permite la licencia de guardar una o dos de esas estampas e intentar editarlas de nuevo al día siguiente, cuando la luz del sol vuelva a parecerle más brillante que nunca y su vida más gris y solitaria.
De regreso a casa, se sienta en el sillón orejero y, mientras contempla el autorretrato del tío de su bisabuelo, abre un tubo de amarillo cadmio oscuro y lo chupa con fruición. Desde la otra pared, los malditos girasoles parecen burlarse de él.
Mi familia desciende de una casta navarra perseguida durante siglos, acusada de satanismo y brujería. Cuando mi hermana melliza y yo cumplimos los diez años, nuestra madre nos confesó que los agote poseemos un don especial que ambos estábamos a punto de descubrir.
Yo tardé en ser consciente de mi don. Sin embargo, mi hermana lo fue del suyo al soplar las velas de la tarta. En lugar de llamas amarillas sobre cada vela, bailaban dígitos numéricos cual flamencas. Y al apagarlas, las gitanas se desvanecían en el aire.
Mi hermana era, lo que la ciencia moderna llama, una niña sinestésica. Es decir, tenía una percepción cruzada de sentidos, donde el valor numérico marcaba la intensidad del color amarillo. A ojos de mi hermana, las llamas amarillas de las velas mutaban en sietes. “¡Ese don le servirá para indicar la madurez de los plátanos!» me burlaba yo. Pronto la invitaron a participar en estudios sobre la sinestesia. Tuvo suerte, siglos antes la hubieran quemado en la hoguera.
Yo descubrí mi don acercándose nuestro decimoprimer aniversario. Orinando me hallaba cuando mi hermana irrumpió en el baño y, señalando mis aguas menores, gritó «¡99!» Así descubrí mi don.
Todo comenzó en la arena de la playa, tumbada en la toalla atusaba su pelo…
—¿Cómo explicarte el placer de atusarte?
El bucle se repetía una y otra vez.
—Aunque suenen a infinitos mis besos.
Las caricias traspasaban la piel sudorosa, y los dos estallaban en risas y más risas, pues la novedad les excitaba mucho, y sin poder evitarlo volvieron a reír… y por fin conocieron el éxtasis de su amor, sí, amor, en este paisito amarillo de sol, verde y rojo pasión, y azul cielo de verano.
—Yo te entrego mi yo más yo, mi piel y mi cordura…, puesto que sus almas la habían perdido — me ha costado mucho llegar hasta aquí compañero.
Y toda una vida virgen por delante.
—Prometiéndonos aquí, este paisito amarillo de sol.
En este que es el final del día y del verano.
El verano agoniza, ebrio del ámbar de los primeros días del otoño. Brochazos secos de amarillo marchito emborronan los campos de mies. La quietud del paraje retumba en los alcorques de los árboles; un hilillo de agua indeciso se desliza silencioso por un arroyo escondido y coquetea con los guijarros. El beso vespertino de la naturaleza es dulce, sereno aunque un cielo azafranado en el ocaso amenaza con perder las formas al día siguiente. Los ciervos con sus crías se atreven a cruzar los senderos del bosque cercano en busca de alimento. Cornejas, jabalíes, tejones y ratoncillos recurren al menú diario, hierbas, alguna raíz… Solo una manada de lobos parece haber tenido suerte y en un claro, sobre un mullido de hierba seca, hacen corro. Despedazan a dentelladas los cuerpos entrelazados de los amantes. Se reparten el festín no sin trifulcas. A un lado, algunos jirones del vestido de ella, a otro, las piernas del pantalón de hombre. Los cánidos desechan con hastío los huesos y las partes duras, pero no se librarán de ingerir el plomo de dos balas.
Mi color preferido siempre fue el amarillo. Lo elegí antes que mi hermano, aunque mamá y él me acusaron de ser un copión. Estaban juntos a todas horas, intercambiaban sonrisas. A mí eso me daba igual. Se enfadaron cuando me compré una gorra amarilla. También el día en que traje a casa aquel canario. Papá me obligó a devolvérselo a Carlitos. Nadie entendió que intentara pintar las paredes del cuarto con mi color favorito. No estaban quedando bonitas, pero es que no me dejaron terminar. Me castigaron a no salir. Fue entonces cuando quise dejar claro que el amarillo era mío. Por eso empecé a dedicar largos ratos a contemplar el sol en la terraza.
Durante un tiempo, sentí a mamá más cerca que nunca, sobretodo en el hospital. Pero no llegué a saber si sonreía. Cuando me concentro, eso sí, aún puedo ver el amarillo. Sólo dentro de mi cabeza.
Te sigo por la calle y el sonido de los pasos reproducen un ritmo repetido. Sales de la tienda, con un objeto dentro de una bolsa, y te metes en el portal de tu casa , cuando ya encienden las farolas. Tras las cortinas, tu silueta escribe delante de una pantalla y esta pone un brillo lunar a tu cara; yo enciendo un cigarrillo para que veas bien -de una vez por todas- la mía.
Quizás me mandes subir, abrir la puerta en silencio, tomar la pistola de la bolsa y apuntarte a la cabeza. Después, gozoso de cumplir tu método de escritor maniático, te arrimarás a la cocina para prepararme café, y dirás que el tiempo está cambiando. Supongo que tus palabras, papá, son como estrellas milenarias cuyas luces no existen: se resumen en la punta de mi cigarrillo, un aerolito que espanta el vacío sideral de la calle. Ahora que estás muerto, en la conjunción de las farolas y las estelas de las ventanas, intuyo una verdad que ilumina a los otros en medio de un sol que deslumbra, y me siento igual que cuando entraba en la órbita de tus ficciones, como un satélite, siempre detrás de ti sin alcanzarte.
Hay pocas cosas que perduren, que no cambien.
Creo que apenas una:
El oro.
El oro es amarillo, no cambia, no envejece, perdura inalterable. Tambien tiene un gran valor y lo ha tenido siempre.
Imagino que de eso viene lo de “corazón de oro”.
Los corazones de oro al estar dentro del pecho son invisibles, por eso no podemos saber, al conocer a las personas si (con suerte) nos hemos topado con un corazón de oro.
Pero, a veces, la vida es muy agradecida y encontramos gente portadora de latidos de oro.
No importa su cara, su altura, su color; solo con el tiempo los conocemos por como han estado en los malos momentos.
El amarillo del sol y de esos corazones hacen que todo fluya.
Tu pecho tiene un brillo amarillo, yo he conseguido verlo.
Si, tu eres un corazón de oro.
Era totalmente diferente a nosotros. Su forma de pensar chocaba de manera frontal con todas nuestras tradiciones. Se empeñó en acabar con el orden establecido. Cada vez tenía más seguidores y empezaba a convertirse en un verdadero problema. Yo fui el primero en darme cuenta. Por eso le denuncié. La despiadada maquinaria se puso en marcha y fue implacable. Salí totalmente abatido del juicio en el que se le condenó a muerte. No era eso lo que yo quería.
Como denunciante, la ley me obligaba a estar frente a él durante su ejecución. Llegó el día señalado y me quedé mirándole fijamente a los ojos intentando pedirle perdón. Le inclinaron la cabeza y el hacha del verdugo seccionó, de un certero tajo, su cuello. Atónito contemplé cómo brotaba a borbotones sangre… ¡amarilla! De pronto, al verla, todo sentimiento de culpa se esfumó.
Se levantó al amanecer con una sensación larvada, apenas perceptible, pero algo más intensa que la del día anterior.
Mientras tomaba un racimo de uvas tempranas, salió a buscar las flores. Tenía que escogerlas con cuidado. Ya en su estudio, dispuso catorce de ellas en un jarrón de barro, partido en su ecuador por dos tonos distintos del mismo color ocre. Tardó bastante en conseguir un desaliño estudiado.
Debía aprovechar la jornada. El final de agosto empezaba a robar horas de luz al día.
Pintó en la soledad, poniendo, como siempre, el máximo de su destreza y empeño. Bastó un pedazo de queso para olvidar el hambre, pero no pudo ignorar el zumbido que aumentaba a un lado de su cabeza.
Trabajó sin pausa durante toda la tarde. El calor secaba los óleos en la paleta y sus modelos desfallecían como viejas bailarinas marchitas.
Los últimos rayos de sol pusieron fin a su jornada.
Mientras los pinceles iban cediendo a la trementina el color de los girasoles, desprendiéndose de la luz mediterránea hasta quedar listos para la próxima sesión de pintura, en la oreja del artista fue creciendo la sospecha de no estar con la persona adecuada.
Intentaba dormir la siesta a la sombra del árbol cuando aquella enorme manzana cayó sobre su cabeza. Isaac refunfuñó sobre su mala suerte, ese gafe reiterativo que le perseguía en su vida. Esa mañana la tostada untada con esa mantequilla salada, la que le hacía salivar, se le cayó y su delicia amarilla besó el suelo. Le apenaba desperdiciar ese manjar, así que pensó, lo que no mata engorda.
De hoy no pasa, se dijo, y se puso manos a la obra a desarrollar la idea de que si algo puede salir mal, ocurrirá. O por qué la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla. Llenó hojas de argumentos. Allí plasmó psicología pesimista y negativa del mal fario. Serían las famosas leyes de Newton.
Años más tarde un tal Murphy estudió a fondo y desarrolló las leyes sobre la gravitación universal. Él también adoraba las tostadas tan amarillas. Era un envidioso de los postulados tan divertidos de Isaac y como los suyos le parecían muy aburridos, aprovechó sus conocimientos para viajar en el tiempo e intercambiar los papeles.
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