Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FOBIAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en FOBIAS

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán LAS FOBIAS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

75. REALIDADES (Salvador Esteve)

Basta ya a los combustibles fósiles, pero también a los coches eléctricos, que abanderan el fin de la contaminación sin tener en cuenta que el proceso de fabricación de las baterías es altamente nocivo.  He construido un automóvil que funciona a cuerda, como mi antiguo Porsche de juguete.

Engranajes, muelles y resortes al servicio del desplazamiento.  Por la mañana, le doy la suficiente para ir al trabajo y volver.  Mi vida es la aventura de la rutina, pausada, segura.  El mundo es para mí una línea recta, sin zigzagueos emocionales.  Y así, a mi manera, soy feliz; no necesito más.

 

Algo sacude mi cuerpo, ¿qué está ocurriendo?, mi visión se vuelve borrosa,  mi corazón se ralentiza, mis movimientos abrazan la torpeza.  Pe…ro, ¿qué…  me…  está…  pasan…do?  ¿Qué…  es…  este…   arti…lu…gio…   que…    ten…..go…     en…      mi…     es…….pald…

74. REMINISCENCIAS (Javier Puchades)

Quiero bajarme de este carrusel. No soporto ni una vuelta más. La angustia me impide respirar. Deseo que las lágrimas dejen de empañarme los ojos durante mis infinitas noches en vela. Solo el insomnio y los recuerdos me acompañan cada amanecer. Con los primeros rayos de sol, quisiera tener el valor de poner fin a esta desazón para así, convertirme en mariposa y volar lejos de aquí. Sería la única manera de olvidar su mirada, su sonrisa, sus caricias, incluso, el aroma de su piel. Así, dejaría de escuchar ese runrún silencioso de su coche de juguete chocando contra mis pies.

73. Blanco y negro (Mar González)

Los príncipes azules ya no galopan sobre un caballo blanco ni cruzan frondosos bosques para salvar a bellas damas prisioneras en sus torres. Ahora viajan en descapotable…

No, no, no….

Queridos Reyes Magos, quiero un descapotable como el del vecino de arriba. No hace falta que sea de ese rojo chillón. Me conformo con uno más discreto, azul…

No, no, no….

Cada mañana, al salir de casa, se monta en su descapotable y le da cuerda a sus sueños.

No, no, no…

Desde que tiene uso de razón, su vida ha sido gris. No recuerda grandes dramas, pero tampoco grandes alegrías desde que aquel coche de juguete azul apareció bajo el árbol de Navidad. Fue el último…

No, no, no…

Las bases del concurso lo dicen claramente. Escribimos en blanco y negro. Pero yo, cada vez que miro ese descapotable lo veo azul. Un azul deslavado al que tú pondrías algún apellido técnico y pomposo pero, en todo caso, azul. Ni blanco ni negro, ni siquiera gris. Así que tendré que dejar mis historias para otra ocasión. Quizás el 2019 sea mi año en colores.

72. SUEÑOS

Cuando sea mayor tendré el mejor coche del mercado; me pasearé con él por la ciudad con la capota bien abierta y las chicas me mirarán deseando que las monte; los chicos me envidiarán. Eso será cuando reciba la herencia de mis ricos y viejos padres. Entretanto, seguiré jugando con un gran Scalextric, dejando a mi hermana vestir y desvestir a sus muñecas, a los amiguitos de espectadores de mis interminables carreras, mientras mis padres se divierten en los casinos y spas de montaña.

Hoy, no entendí a una de nuestras sirvientas cuando dijo que de pequeña soñaba con ser princesa.

71. 3284 (R. L. Expósito)

Era el hombre más feliz del mundo: por fin había convertido su descapotable azul en una máquina del tiempo. Para llevar a cabo el primer ensayo aparcó en la calle, apagó el motor de combustión interna y dio cuerda al mecanismo de relojería integrado en el maletero. De nuevo al volante, metió primera. Se despidió de los edificios anticuados y las aceras sucias con papeleras llenas; también del transeúnte que caminaba ensimismado en sus zapatos. Pisó a fondo el acelerador, apretó un botón rojo del salpicadero y susurró: «Contacto».
Al principio, nada. Luego la realidad avanzó tan deprisa que las formas, los colores, confluyeron en mosaicos difusos y estelas grises que pasaban a su lado como luciérnagas tristes. Notó el vértigo de un nudo electrostático en el estómago y cerró los ojos para ahuyentar las náuseas.
Cuando despertó, el contador de años había avanzado un milenio. Sin embargo la calle parecía la misma, con sus aceras y edificios tal vez más nuevos, más limpios, más perfectos. Pero se trataba de un futuro idéntico al pasado, al presente del que había partido, hasta que un viandante idealizado le dedicó una sonrisa automática, robótica, y saludó en código binario.

70. AMOR DE PADRE: AMOR SUICIDA (Petra Acero)

Estábamos el imbécil, el matemático y yo junto al despacho de don Anselmo. “Alguno acertará”, oímos protestar a papá. “¡Es demasiado peligroso!”, refunfuñó don Anselmo —notario de renombre y viejo amigo de papá—, mientras abría la puerta y nos hacía pasar. “El descapotable azul será para quien descubra al polizón”, nos anunció. Aceptamos los tres: el matemático tamborileó cada dedo con el pulgar correspondiente (echando sus cuentas), luego levantó ambos pulgares; el imbécil no dijo nada, solo tocó palmas; yo canté mi frase de la suerte: “Una, dos y tres. ¡Ganaré!”. Papá sonrió. Le gustaba jugar con nosotros.

Buscamos en cada hueco del salpicadero, en la guantera, bajo los asientos… Pero, no miramos dentro del maletero —¡sería demasiado fácil!—. Nos aburrimos. Descansamos. Hasta que, en uno de sus movimientos incontrolados, el imbécil golpeó el maletero. Sin aspavientos, silencioso, con suspensión controlada se abrió, dejando al descubierto la solución del enigma. Cada uno reaccionamos a nuestra manera: con la boca cerrada, las manos inmóviles y la mirada fija en el cadáver, el imbécil parecía un chaval normal; el matemático comenzó a correr, como pollo sin cabeza, alrededor del descapotable; yo me queje a don Anselmo: “¡Siempre gana papá!”; don Anselmo lloró.

69. BAJO LA LLUVIA (Pilar Alejos)

Eres incapaz de apreciar la belleza de la luna llena que ilumina esta noche. Desde que has perdido el control de tu descapotable azul sobre el asfalto mojado, en tu cabeza solo hay espacio para recuerdos del accidente: aquel brusco frenazo en mitad de la curva, un volantazo desesperado, el estruendo del coche al atravesar el guardarraíl y esa sensación de volar, de permanecer por un momento suspendido en el aire, antes de caer de golpe. Luego, a tu alrededor, todo es silencio. Los faros, que permanecen encendidos, rasgan la oscuridad hasta que su haz de luz se pierde en la distancia. Tu cuerpo ha salido despedido del vehículo, pero desde tu posición, atisbas un leve reflejo en su interior. Aunque no puedes pensar con claridad, intuyes que pueden ser sus ojos.

—¡Ana! —gritas aterrorizado e intentas incorporarte para socorrerla.

Entonces los reconoces. Sus uniformes y sus cascos con bandas reflectantes destellan mientras descienden por el terraplén. Suplicas que se den prisa, que ella corre peligro. Está atrapada dentro. Los sanitarios la estabilizan hasta liberarla. Después, escuchas la sirena de la ambulancia que se aleja a toda velocidad mientras que, al abrigo de una manta, esperas la llegada del forense.

68. De día y en descapotable

En la familia Darling la pátina del tiempo va decolorando los recuerdos. Atrás quedaron aquellos días de sobresalto ante las reiteradas ausencias de Wendy y sus hermanos que, engullidos por el inexorable pozo de la noche, tantas veces cruzaron esa frontera apenas perceptible entre lo onírico y lo real.

Al día le quedan pocas horas. Un llamativo descapotable azul está aparcado frente a la antigua casona. Diríase que se trata de un gran juguete de cuerda; como esos que lucen en los museos y cuya contemplación nos envuelve de una agridulce nostalgia. Un grupo de curiosos se arremolina junto al vehículo preguntándose sobre la identidad de su propietario, pero nadie ha tenido la oportunidad de verlo.

En la mansión, Wendy, tras recoger su cabello cano en un moño improvisado, abre la puerta a un hombre maduro de rostro aniñado:
—¿Qué desea?
—Volver a verte.
Tras estas palabras, un tintineo desacompasado y disonante llena la estancia.

67. Carreteras secundarias

Seguramente no te llamarás Thelma. Tampoco yo soy Louise.
Es muy posible que Jamás viajemos por Arkansas en un Ford Thunderbird, ni nos alojemos en un motel barato de Oklahoma. Probablemente no levantaremos polvo derrapando por las carreteras de Arizona perseguidas a orillas del Gran Cañón, ni tengamos el placer de ver semidesnudo a Brad Pitt con sombrero de cowboy.
Quizás no conducirás un descapotable azul, ni yo portaré una pistola para acabar con el primer tarado que trate de violarte, pero estate tranquila. Cada vez somos más Thelmas y más Louises dispuestas a ayudarnos en las calles. Sin necesidad de rodar una road movie ni tener que acabar rindiéndonos o saltar por los aires

66.Viaje al principio

Vivimos encerrados en un coche deportivo. Lo robamos en un concesionario de las afueras, una oportunidad que no podíamos menospreciar. Eva tiene buena mano para las raterías y yo me dejo llevar. Conecté la llave y sentí un ruido en la caja de cambios. Metí primera y me percaté de que ella se arrimaba con pasión juvenil. En la sexta marcha, hicimos el amor en el asiento de atrás. Encendí la luz interior: se hizo de noche. Actualicé el panel de control y cruzó un ferrocarril a vapor; al rato, pasó una columna de cruzados; poco después, desfilaba una guardia pretoriana. Encendidas las luces de cruce, la niebla brotaba de templos en ruinas y de las lenguas de las iguanas.  Al girar el volante, evitábamos charcos y peñascos, pero todo se volvió invierno, como si el eje de la Tierra se hubiese alterado. Hemos abierto el aire acondicionado y ha comenzado a diluviar. Pensamos salir del coche, pero tememos abandonarlo. Nos espanta que, apagado el motor y abiertas las puertas, se multipliquen las revoluciones. Menos mal que no se agotan las opciones: Eva ha descubierto la entrada a un vergel en el maletero e insiste en que debemos entrar.

65. PASIÓN MECÁNICA 1950

No quise que me instalasen un reloj manómetro porque entonces no podría sentarme. Así que con aire de indiferencia cromada el mecánico comprobó que mis manguitos no tenían fugas de fluido hidráulico y se limitó a dar cuerda al resorte de compresión. En la sala contigua aguardaba su turno BR-B-IE 90-60-90, mi unidad asociada. Juntos reciclábamos piezas que guardábamos en una cajita con la esperanza de fabricarnos, algún día, nuestra propia réplica.

Cuando el especialista terminó con su revisión me llamó: -Hemos actualizado y activado algunas funcionalidades de esta unidad, espero que disfruten –dijo guiñándome un sensor óptico.

Ese fue el comienzo.

Pronto se hizo patente la falta de mantenimiento en casa. Ni latas de aceite había en la alacena. Cuando llegaba del trabajo ella no estaba. A veces me parecía oírla en el piso de arriba donde vivía K-NT, un bombero del área metropolitana. Entonces escuchaba claramente chasquidos de placer y gemidos metálicos mezclados con el chirriar de muelles y el ruido que hacen los engranajes cuando saltan y caen rodando. Era evidente que a alguien le habían aumentado su capacidad amatoria en más de 700 gigaorgasmos ¡Qué barbaridad!

Nota: Hoy toca llevar el pequeño vehículo azul a reparar…

64. CARTA A PAPÁ NOEL – EPI

Cuando te pedí un coche ECO, nunca imaginé que me trajeras uno de juguete y de cuerda. La autonomía es de doscientos cincuenta metros, cuesta un montón dar vueltas a la llave, el muelle me ha saltado un ojo, sin contar los peligros de parar en las autopistas y lo interminable que se hacen los viajes, hasta los de dentro de la ciudad.
Los hay de gas natural, de gas licuado de petróleo, de bi-fuel, híbridos y eléctricos, y el señorito viene con este cochecito. No cabe ni la paellera ni la olla, bueno, ni mis cuatro hijos ni la suegra.
Te metes el vehículo por el culín y ojalá te salte el resorte por dentro.

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