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La primera vez que cruzo el charco. Estoy en la sala de embarque destino Nueva York. Frente a mí, a escasos tres metros, se sienta una mujer explosiva, de las que no pasan desapercibidas. Me obsequia una sonrisa. El vestido corto y su movimiento de piernas me desvelan su ropa interior muy sexy. Ruborizado desvío la mirada pero aquella prenda me cautiva. Ella acaba sentándose a mi lado, aún no embarcamos. En la charla dice que me encuentra interesante y atractivo. Yo atónito, no dejo de mirar su escote. Me confiesa al oído que es actriz de cine erótico. En el avión intercambia su asiento para sentarse junto a mí. Tapados bajo las mantas comienzan unas turbulencias anatómicas culminadas en el aseo en varias ocasiones. Aterrizamos a este lado del charco entre suspiros. Por delante una semana prometedora de sexo salvaje. En el control de seguridad un policía me fotografía de frente y de perfil. Varón caucásico seis pies de altura. En mi mochila han encontrado una sustancia blanca. Por primera vez me siento un hombre objeto.
Se durmió sin evitar que sus palabras nevaran sobre la última nota en blanco, que su voz escrita enmudeciera en el orfanato de una papelera. Como cada mañana, contempla con deseo reprimido la ventana de su vecino por la que su imaginación se cuela entre el vuelo de los visillos. Vestida de resignación, se dirige al trabajo mientras el verano palpita bajo su falda.
Desvelado por una nota sin escribir, sus párpados delatan otra noche en blanco. Como cada mañana, la brisa ondea el visillo de la ventana como suele hacer con la falda de su vecina; estimulante como un roce, intangible como el abrazo del aire. A duras penas consigue subirse la tirante cremallera de su pantalón mientras abre la puerta camino del metro.
Con celestina agudeza, en el abarrotado vagón que a diario los tres comparten, una solitaria mujer les observa de nuevo. Su propia experiencia le ha enseñado que un pasado en blanco puede malograr toda una vida, de modo que decide colar disimuladamente sendas notas de encuentro en sus portafolios. Cuando ambos bajan en la siguiente estación, la solitaria mujer asiente satisfecha de haber conseguido evitar, esta vez, el pesado epílogo de una historia sin comienzo.
Los que le conocían no daban crédito acostumbrados como estaban a verle siempre con el semblante serio y la mirada triste que bien pareciera salido de un funeral. Ahora se mostraba radiante luciendo una amplía sonrisa mientras contemplaba embelesado a su prometida, menuda como un gorrión, con un traje de novia blanco cual paloma, pintada como un papagayo y emitiendo graznidos en un intento por seguir el compás del Ave María que llegaba del coro. ¿Se puede ser mas feliz? se decía aquel novio amante de la ornitología.
Años cuarenta. La vida no era fácil por aquel entonces. El sustento escaseaba, las enfermedades causaban estragos y, para colmo, por pensar y sentir podían borrarte del mapa.
Un panorama fruto del odio y de los intereses de unos pocos que había inmerso al país en uno de los peores momentos de su historia. Tal vez el peor.
En la terreta pocas cosas hacían olvidar momentáneamente esta situación, y una de ellas era ver en acción cada dos semanas en un maltrecho Mestalla a los míticos Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza: la delantera eléctrica blanquinegra.
El nuevo jefe del estado aún no había tenido tiempo de arrimar el ascua a su sardina, y no existía en esa época mayor espectáculo que disfrutar del empuje che frente a los aguerridos adversarios del Athletic, sin duda los dos mejores equipos del momento. El clásico de la posguerra.
Un domingo sí y otro no, la gente marchaba ilusionada hacia el estadio, independientemente del rival. Dos horas después regresaba con desigual satisfacción, pero habiéndose evadido unos minutos de su triste realidad.
Esta analgésica ilusión, nacida en Algirós décadas antes, se ha tornado centenaria en el año de esta publicación. Y que nunca acabe.
Lady Macbeth presumía de la blancura de su corazón. Lo mantenía siempre níveo y helado: ella no había ejecutado ninguno de aquellos desmanes. Solo había deslizado inocentemente unas palabras como otras cualesquiera en el oído preciso. Solo había señalado dónde estaría el provecho que no todos sabía ver, dónde aquello que necesitaba ser cambiado si alguien se propusiera tomar de una vez las riendas de su destino. Por eso, cuando, por un estúpido accidente, su corazón sufrió una mancha, una salpicadura apenas de culpa, supo lo que debía hacerse. Le comentó a su cirujano de cabecera, como por descuido, la gloria ante la comunidad científica de semejante operación. Dejó que él mismo llegara al desafío del trasplante definitivo: un corazón de bebé latiendo en el pecho de una reina. Tan puro, tan limpio, tan incapaz del mal. Ya se ocuparía el verdugo, como si la idea hubiera nacido de su propia crueldad, de que el inadvertido donante lo entregara en condiciones.
Para qué demonios se cogerá Rafaela los domingos libres, con lo que se aburre con el novio y encima, los lunes, a enfrentarse al doble de tarea. Además el sábado anterior habían representado un belén viviente en el colegio, Andresín había ido de angelito y estaba toda la moqueta llena de guata, pelusilla y plumas. Mientras pasaba el aspirador por el cuarto del niño, vio las alas del disfraz apoyadas en la pared. «Abultan el doble que el chiquillo», pensó mientras se ajustaba inconscientemente el arnés y se abrochaba las hebillas sobre el delantal.
Entonces se elevó unos centímetros del suelo y se sintió tan a gusto, tan liviana —ella que no andaba lejos de los ochenta kilos—, que se despojó de guantes y cofia, aleteó un rato por la habitación, recorrió volando el pasillo, bajó planeando las escaleras, volvió a subir dando volteretas sobre sí misma y se asomó a un balcón. Sacó hasta medio cuerpo fuera. Solo medio, porque casi se desmaya del vértigo que le entró y, muy pálida, dejó las alas en su sitio y siguió con el aspirador.
(Fuera de concurso)
Regina intenta trepar al árbol para esconderse junto a su amigo Wooba.
—¡Pareces un colmillo de elefante! Tu piel descolorida es difícil de ocultar —se burla Wooba, mientras él se camufla entre las ramas.
Wooba tiene la sonrisa más blanca que Regina ha visto. Cuando Wooba sonríe, sus dientes relucen como nido de luciérnagas. A Regina le gusta buscar luciérnagas cerca de la gran charca. Colgado de aquella rama, Wooba parece el gato de Alicia: ¡una enorme sonrisa balanceándose en las alturas! El País de las Maravillas debe de parecerse a África, piensa Regina, mientras Wooba continúa riéndose.
—Los elefantes son torpes y ruidosos como tú —bromea Wooba, antes de tenderle la mano.
Entre las ramas, embadurnada de sombras, Regina hace señas a Wooba para que cierre la boca. Wooba oculta sus dientes y piensa que, tal vez, el blanco marfil conserve parte de la nobleza, tesón y fidelidad del resto del elefante.
—En Alemania era muy buena escondiéndome, aunque allí no jugaba al escondite…
—¡Ahí vienen! —exclama cada uno en su idioma, sin entenderse.
—Aquí, no nos encontrarán, ¿verdad, Buba? —susurra Regina.
—Hablas como lluvia torrencial —murmura Wooba, mientras sonríe sin despegar los labios.
Regina traduce: “¡Seguro que ganamos!”
El viejo Matías es el guardián del camposanto. Cuando lo llaman enterrador menea la cabeza y mira con displicencia. Solo él sabe que poner a los muertos bajo tierra es un quehacer pequeño comparado con la tarea de convertir ese lugar sagrado en un hogar.
Desde la verja de la entrada, el cementerio parece un pueblo blanco de serranía. Las paredes encaladas y la claridad marmórea de las lápidas han decolorado los ojos azules del anciano, donde asoma el delicado velo de una incipiente ceguera. Ahora es la luz del día la que le lleva por los senderos empedrados de níveos cantos.
Al acabar la jornada, va en busca de su Carmen. Descansa bajo el jazmín que plantó junto a su tumba. Agosto le regala sombra y el aroma de unas flores que le conducen a su lado. Allí se sienta y le cuenta a media voz que añora sus pies descalzos empapados de espuma de mar y su sonrisa perlada vestida de acento andaluz. Le confiesa que está impaciente por volver a estar con ella y, aunque sabe que bajo aquella losa solo quedan sus huesos de nieve, aún siente cada tarde las caricias silenciosas de sus manos morenas.
Alguien le recomendó que, cuando la tensión le superara, dejase la mente en blanco. “Por un minuto no va a pasar nada”, le dijeron. Y probó. Al principio, unos instantes; le preocupaba qué pensarían los demás. Pero poco a poco su cerebro le reclamó más de aquello, y empezó a ser normal verle en su oficina mirando al infinito. No fue consciente del momento en que se enganchó. Solo sabía que durante unos segundos no existían mercados con divisas fluctuantes ni quejas sindicales. Y esos eran los mejores momentos. No tardó en utilizar aquella vía de escape también en casa. Cuando los niños chillaban demasiado, o su mujer le exigía tiempo, él desconectaba, y desaparecía del mundo una hora entera.
Que la empresa quebrase, su esposa le dejara y los chicos creciesen y volasen fue algo que ocurrió sin que él se percatara. Lo encontró un vecino que, alarmado por el olor, tiró la puerta abajo. Medio cadáver, miraba a un punto en el techo que nadie más que él veía.
Cuentan que, a veces, desde la clínica de desintoxicación, recuerda quién fue, y llora. Pero vuelve a perderse antes de que la lágrima llegue al suelo.
En una de las curvas del trayecto de su oficia del centro a la casa de las afueras la vio. Estaba de pie, en el arcén, con la cara mirando al suelo y las manos entrelazadas sobre el vientre. Era una adolescente de piernas largas, delgada, vestida tan solo con una camiseta blanca —grande, que casi cubría sus rodillas— con un dibujo en el pecho del que solo pudo distinguir una maraña de trazos negros. Pisó a fondo y no miró por el retrovisor. Pocos minutos antes de llegar a la finca sonó el móvil.
—Cariño —sonó la voz de su mujer por los altavoces de su coche—, hoy Sara duerme en casa de Laura. Me ha dicho que no te enfades, ¿vale?
—¿Y por qué iba a enfadarme? Laura es buena chica. Me parece bien.
—No, no es eso. Es por la camiseta.
—¿Qué camiseta?
—La blanca con el dibujo del lobo de la serie esa que tanto os gusta a los dos. Se la ha llevado para usarla de pijama…
La recopilación de todos sus escritos, hoy desaparecida, se editó en dos volúmenes de similar grosor. La portada del primero se acabó en cuero granate repujado con árboles, gorriones, la luna y varias estrellas. En el centro, en letras doradas, el título —Obras completas. Tomo I— y el nombre del autor. Todas las cubiertas estaban ribeteadas con hojas de acanto en oro viejo. En el interior, con perfecta caligrafía, la primera parte de su obra. Las hojas, de fino papel estucado, resaltaban la perfecta impresión del texto y del ribete dorado de hojas de parra que lo encuadraba. En la solapa, una sucinta biografía inacabada.
El segundo volumen era más sencillo. El cuero liso de las cubiertas, hacía destacar el título —Obras completas. Tomo II—, sin más adornos que desviaran la atención. La solapa estaba vacía. Las hojas, de blanco satinado y ribeteadas con hojas de parra, no coloreadas, solo visibles por un fino relieve níveo, no contenían palabra alguna.
El armiñado y suave tacto de cada página, hacía que se pasaran con atención hasta el final. En la hoja de cortesía, sobre el albo plano, destacaba en luctuoso azabache: Federico García Lorca 1898-1974.
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