¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


“Tranquila, es esta niebla, que tiene vida propia”, ¿recuerdas?: tú, yo, nuestros catorce, el vapor de tu bañera… Mis labios en tus dedos, y viceversa.
“Tranquila, es la maldita niebla, que lo mezcla todo, pero seréis muy felices”, mentiste. Yo, tú, los veintisiete, el humo de las dudas, un sí quiero sin querer… Tu adiós en mis lágrimas, y viceversa.
A lo mejor ya es tarde. Y es invierno. Pero regreso. “Tranquila, es esta niebla, que lo aclara todo”, te susurro, y me sonríes. Tú, yo, nuestros cuarenta…, mis dedos en tus labios. Y viceversa.
Debajo del secador de pie,
la negra redecilla,
los apretados ruleros,
el nuevo color de cabello,
la tintura,
los químicos de la tintura,
y los átomos de cada uno de esos químicos,
no tiene ni un pelo de tonta, porque aunque finja
hojear la revista,
y mirarse las uñas relucientes,
recién pintadas,
lo sabe bien:
No hay átomo,
ni químico,
tintura,
color,
rulero,
redecilla o secador de pie que pueda
frenar un chisme.
Me la recomendó Teresa, mi amiga viuda, experta en cambios radicales urgentes de todo tipo. A mí jamás se me hubiera ocurrido. Pero la situación era desesperada.
Me puse en manos de aquella profesional que ayudaba, por una pequeña fortuna, a las personas que, como yo, habían perdido los papeles del saber estar. Me miró, me escuchó y apenas pude soportar la vergüenza de descubrir lo que vio en mí, pero realmente era lo que había. Por eso estaba allí.
Su voz, inesperadamente dulce, me empapó y peinó mi corazón suavizando cada enredo del nudo de mi pecho. Relajada, como hacía mucho que no me sentía, dejé que acariciara mi cabeza con sus palabras y sentí que los rizos de mis neuronas rebeldes dejaban de encresparse. Noté que poco a poco afloraba la sonrisa que hacía tanto que no sabía componer y ella pulverizó una nube de silencio necesario y cómplice para fijarla. Y me entregó la pastillita insípida de mi felicidad.
Fue así como, al día siguiente, soporté ver a mi hermana casarse con el amor de mi vida. Y fui capaz de dejar caer la dosis mortal en su copa y sonreír mientras brindaba con ella sin despeinarme.
Escoge mis momentos de soledad. Esta tarde ha aparecido mientras planchaba. Cierro los ojos para no verla, deseo que se marche, también que no lo haga. Al igual que tantas veces, con su sonrisa generosa, esparce una nube de vapor brillante que me afecta. Temo, tanto como deseo, la distracción de mis muchos quehaceres diarios que trae consigo. Me apresuro para que camisas y pantalones queden pronto lisos, doblados y recogidos en los armarios. No tengo reparo en dejar las sábanas sucias para mañana.
El efluvio penetra a través de muchas capas asentadas en mi cerebro, murallas bienintencionadas, aunque a veces parecen perversas, hechas de los consejos de padres, monjas del colegio y suegra, para ser buena madre y esposa. La emanación llega al fondo, donde residen historias latentes, que solo necesitan un poco de luz para activarse. Hoy ha brotado el personaje nuevo de una mujer sometida, que se rebela contra su sociedad patriarcal.
Regreso al manuscrito, guardado bajo la ropa para lavar, con la seguridad de que allí nadie lo verá. Dispongo de un rato antes de que los trillizos vuelvan del colegio. Algún día, cuando termine, pensaré en un seudónimo de varón para firmar mi novela.
Eres tan, tan guapa, que la luminosa laca que tu solícita asistente te aplica, apenas se atreve a posarse en tu perfecto cabello. Vas a salir a quemar la noche y despeinarte en medio de la batalla no te parecería elegante. A ti no.
Tan bella, tan vaga, que ni siquiera puedes coger con tus cuidadas manos el vulgar bote de spray para acicalarte tú sola.
Y mientras el silbido grave del líquido traspasa el aire buscándote, tú tapas tu cara, tan cara, intentando preservar su esquiva belleza.
Inútil intento. El tiempo siempre correrá más deprisa que tú.
La víspera de la boda de la señorita, Pedro, tras enterrar al último de sus hijos, ordenó a su mujer, Rosaura, que subiese a despertar a su señora de la siesta. Obedeció llorando.
Él se acercaría al casino. Sumiso, preguntó por don Servando, adentrándose luego en el salón donde todavía descansaba su señor, ahíto tras la sobremesa. Al sentir la frialdad del velo desgarrado y sanguinolento de su hija sobre la cara, don Servando solo pudo escupir, una última vez, ante sus pies, mientras observaba las manos desnudas de su siervo.
Siempre que le han preguntado por su recuerdo más feliz, ella no tenía que pensar para responder: Cuando mi padre me aupaba en sus brazos para que tocara la campana que daba salida al tren.
Algunos me miraban como si tuviera que decepcionarme la respuesta. Ignorantes ellos, porque me entusiasmaba la imagen: Ella con sus coletas, tan pecosa, con una mejilla rozando el bigote con tirabuzón de don Pedro.
Su absoluta devoción por todo lo ferroviario se me fue incrustando sin posibilidad de escape, y ahora llevamos más de tres meses sin casi bajarnos de los vagones. Tan solo de vez en cuando para el avituallamiento e ir a asearnos a algún hostal, con extra sin mirones.
El destino da igual, billetes a cualquier sitio y al llegar más de lo mismo. Trayectos y trenes de todo tipo, preferiblemente con cafetería para el vermú.
Hace un rato, cuando reposaba sobre mí y los dos dormíamos, me ha despertado el silencio de su corazón en mi mano.
Me tenía dicho, que en ese momento, debería pensar en la ventura asegurada del viaje y no en las inciertas posibilidades de aquel tratamiento, pero yo, de momento, tan solo me hago el loco.
Bajo nuestros pies, tierras movedizas nos van engullendo sin piedad. El tren, inmisericorde, nos lleva en volandas a recoger el cuerpo de nuestro hijo; se ha quitado la vida, y con ella, las nuestras. Mi mujer ha dejado de llorar y me abrazaba suplicando consuelo, preguntando razones, implorando el por qué. No comprende, no puede asumir que su hijo, al que creía feliz, haya elegido la muerte. Pero yo sé los motivos, conocía su desesperación, su dolor. Él me abrió su corazón y un viento de indiferencia cerró las puertas del mío. Le dije que destrozaría a su madre. ¡Pero era mentira!, mi mujer le habría mirado a los ojos y le habría dicho que no se avergonzara de ser como es, y con dulzura le diría lo orgullosa que estaba de él. En cambio, reproches e insultos fueron mi respuesta. Si pudiera volver atrás… Pero no, el tren sigue su camino. Cuando reúna fuerzas, cuando acopie valor se lo contaré; merece saber la verdad.
Beso su cara, aún húmeda por las lágrimas, y la abrazo fuertemente; sé que será la última vez.
Es el paisaje el que se mueve, ellos están quietos en sus asientos, arrebujados el uno contra el otro, sin consciencia de lo que dejan atrás. En sus corazones largo tiempo enmudecidos late el traqueteo acompasado del tren. Al abandonar el poblado de su infancia, la muerte cobra vida, se repliega ante los recuerdos.
Inmortalizados en una foto en sepia, los ancianos tiemblan en las manos emocionadas de su hijo.
La abrazó en el último instante en el que el tren se estrelló contra el sueño del chófer. Habían desayunado cruasanes de mantequilla, un café au lait y zumo de mora.
Siguió su rumbo sin empañar los cristales de llanto, sin pestañear ante ese viaje que cambiaba el destino de unos pasajeros sin nombre, sin despedida, sin invierno en el que abrigarse.
Su dirección… el centro más húmedo de la tierra, el paso inaccesible a la oscuridad de la espera, el túnel abandonado en la boca de un lecho elástico y hormigón pretensado.
Hoy, el sabor a mantequilla se saborea en la escarcha de sus huesos, en un día contado en cada estación del calendario, en cada línea férrea hacia lo desconocido.
El margen de la vía aún ampara la caricia en ese raíl, en ese vagón cargado de muerte y con aroma a moras
Soy un hombre de ciencia, nunca he creído en premoniciones pero confieso que aquellas pesadillas hicieron tambalear mi talante empírico. En la primera de ellas, mi abuelo se apeaba en el andén de una estación y me decía adiós con la mano, mientras yo le gritaba que subiera al tren conmigo. A los pocos días murió. La misma pesadilla se repitió días antes de morir mi madre, mi hermano Luis y mi amigo Fernando. Hace dos noches soñé que eran ellos los que, apostados en la estación de Orense, me invitaban a bajar del tren y me gritaban “no sigas, bájate aquí”. Aunque siempre me he reído de los presagios he decidido viajar en tren con mi mujer para recordarle a mi mente racional que no pienso hacer caso de estas ensoñaciones de mal gusto. Reconozco que hasta que hemos pasado Orense he estado tenso, pero ahora ya me he relajado, he cerrado los ojos, abrazado a mi mujer y me dispongo a descansar un rato antes de llegar a Ferrol, hace mucho que no vengo a celebrar el día de Santiago a mi tierra. Estamos llegando a Angrois.
Escucha el hipnótico tintineo de la moneda cayendo dentro de la máquina expendedora. Click. Elija fecha. Lugar. Persona. 1995. Barcelona. Laura. Al instante la ve en el baño, secándose el pelo. Nada más. El zumbido monocorde del secador. Treinta segundos. Otra moneda. Click. 2001. Come una manzana, apoyada en el quicio de la puerta. Otra. Click. 1989. Laura en la biblioteca de Derecho. Muerde el lápiz. La observa igual que lo hizo aquel día, durante los treinta segundos anteriores a que él le hablase por primera vez. Click. 2022. Lo recuerda perfectamente. Una moneda desperdiciada. Es la boda de su hija. Aquí ya estaban divorciados. Ella no le habló en todo el día. Treinta segundos de Laura observando a su hija bailando el vals nupcial. Sonríe. Le quedan dos monedas. 2007. Sentada en el cine. Intenta recordar la película. No puede. Laura no ríe. Tampoco llora. Nunca lloraba en las películas. 2031. Laura dormida en el tren, sobre el hombro de otro hombre. Veintiocho, veintinueve… treinta. Fundido en negro.
Hurga en el bolsillo. Vuelve al andén del metro. Se sienta sobre los cartones. “Una moneda, por favor”. Estira la mano al paso de un hombre. “Por favor, una moneda”.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









