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Sus padres tenían la piel clara y ella, muy oscura. Cuando hizo preguntas, la convencieron con una linda historia prefabricada: la cigüeña la había dejado en su casa porque el palacio real, adonde debería llevarla, estaba al otro lado del océano y no se atrevía a volar tan lejos. Para ellos era su princesita de sangre azul y, como tal, la adoraban. Le prometieron que, cuando fuera mayor, viajarían por todo el mundo en busca del palacio.
La niña creció amada y feliz. Hasta que la pubertad manchó de rojo su inocencia, descubriendo el embuste. Nunca más la vieron sonreír.
Me sonrojé la primera vez que hundiste tus deseos en mis ojos y aún hoy se encienden mis mejillas, aunque hayan perdido la lozanía de antaño… mi piel de cereza, tersa y brillante.
Con las manos entrelazadas levantamos el telón escarlata del amanecer y mientras, hablamos de todo, de lo importante y lo nimio, en un intento de arreglar el planeta.
Te has puesto tu camiseta de siempre, la rockera, la roja serigrafiada en negro, la de barón con gafas de motorista. Me río y te inclinas rozando mis labios con tu boca de grana, la que me quita la sed y me arranca la sonrisa. Una cometa bermellón de cola esperanza nos sobrevuela sin distraernos.
Siempre lo quisimos así, contemplar los atardeceres henchidos de rojo ardiente desde este balcón continental que nos asoma al Mediterráneo. El olor a sal y los versos de un bardo callejero nos emborrachan.
Eres mi príncipe, te digo, y, divertido, emulas con mi pañuelo encarnado, una capa que anudas a tu cuello, luego me calzas mis bailarinas rojas que, embadurnadas de arena, emiten destellos cristalinos.
El sol celoso y arrebolado se arroja al mar, lenta y premeditadamente, haciéndonos sentir culpables de su ocaso.
Me llamo Rbt57 y soy un robot con un serio problema de orientación emocional. La culpa es de mi programador que pasaba por momentos muy engorrosos cuando me diseñaba y no supo modularme con eficacia. Por esta razón, padezco altibajos cada vez más frecuentes y más difíciles de superar.
A pesar de que mis circuitos se esfuerzan, no consigo adaptarme a este submundo crispado y falso. El trabajo del hogar me resulta tedioso y me siento muy frustrado, sobre todo desde que descubrí—viendo Anatomía de Grey en la televisión—que mi verdadera vocación es la cirugía.
Para apaciguar mi desazón, he probado algún ansiolítico, como hacen mis amos, pero mi sistema electromecánico no es compatible y, últimamente, mis alarmas se han disparado y todo mi cuerpo es una intermitencia roja. Como me resulta imposible espantar la tristeza enquistada en mi generador, he resuelto desobedecer la Ley Tercera de la Robótica y tomar una medida drástica: intentaré que una sobrecarga inutilice mis procesadores integrados. No obstante, dejaré un mensaje en el registro central de control porque no quiero que se acuse a nadie de mi deceso. Aunque, seguramente, responsabilizarán a la obsolescencia programada. Ya están acostumbrados.
El último novio de Laura, al término de la cena de Nochevieja, quiso conocer mis propósitos con vistas al nuevo año. Le comenté ilusionado los planes para matricularme en una escuela de circo. Después me puse la nariz de payaso que siempre llevo encima. Mi proyecto de cuñado alzó mucho las cejas. Beber el último trago de su copa de vino tinto sirvió para que meditase bien la respuesta.
—El mundo del espectáculo es propio de personas de mal vivir —dijo al fin con una mueca de prepotencia.
Enseguida notamos las pataditas de mamá por debajo de la mesa para que nadie respondiera, al tiempo que, en un intento quizá de suavizar una situación tan incómoda, ofreció al impresentable la bandeja de dulces en la que solo quedaba un mantecado. Su rostro se encendió nada más probarlo, lo que fue motivo de carcajadas unánimes. Con la voz llena de fuego no dudó en definirnos como panda de fracasados.
Mi hermana le abrió la puerta de la calle. Todos aplaudimos su marcha, no menos que al abuelo, cuando extrajo del bolsillo una botellita de salsa con una guindilla de un rojo intenso en la etiqueta.
Había conseguido sorprenderlos. No esperaban que los Reyes Magos se acordasen también de ellos. El cruce de miradas entre ambos se dirigió a Julián, que los observaba expectante sin haber abierto aún sus regalos. Era evidente que no sabían qué decir, ni si debían decir algo.
El paquete que sostenía su madre, con el nombre de los dos escrito con su caligrafía de ocho años, guardaba un objeto mágico. Lo había escuchado un día en televisión, en uno de esos aburridos programas que veía su madre durante horas en la habitación, las mismas que pasaba su padre frente al ordenador.
Así se lo había explicado a su tía Elena, su cómplice. Ella sabía desde hacía mucho tiempo, dos o tres meses al menos, que ya no era un niño tan pequeño. Julián tenía muy claro que si había evitado guerras, su teléfono también impediría una separación.
En este súbito y desagradable baile, ando medio perdida y casi mareada.
¡¡Tormenta molecular!! Anunció una voz de mando en medio de la calma….Y en ese preciso instante, empecé a temblar.
Con lo tranquila que estaba yo siendo mitad oreja, mitad tronco, mitad excrecencia en formación, mitad de….. Un universo naciente de un deslumbrante color magenta, palpitante en su lentitud y, de pronto, esta estridencia, esta debacle sin sentido que tira mi sueño por la borda.
El furioso remolino me succiona sin remedio, y la luz excesiva del final diluye mi hermoso proyecto de presunto ser humano.
Hasta mi bello y ya familiar mundo en rojo se va contaminado con este rosado, desvaído y harto vulgar.
Pobre mamá.
Los acantilados de Langre, lugar espeluznante en días de galerna, fueron testigos junto a las gentes de la costa, un diciembre de hace 58 años, del ruido infernal del arrastre sobre las sierras de rocas de los tres trozos de barco en que el temporal rompió el “Elorrio” y vieron como aquellos veinte marineros náufragos eran bamboleados, ola arriba, ola abajo, luchando por llegar con bien a la costa o por alcanzar la soga que les lanzó el héroe Ismael Hoz, a quien también tragó la mar. Solo uno se salvó.
Esta Navidad de 2018 el cuerpo de ella apareció semihundido en una de las pozas que en ese lugar desnuda la luna. La espuma de una suave marea había desleído el rojo de su sangre sobre los cantos rodados.
Cuando de nuevo vaya a pasear por esas pozas no podré recordarme como joven mariscador, saltando ágil de roca en roca, con mi vara de gancho en mano, buscando los escondrijos refugio de los pulpos en la bajamar; ya no podré apartar de mi pensamiento el que ahora veintiún espíritus, uno de ellos de mi clan familiar, vivaquean en las sombras de ese cantil oculto a la trayectoria del sol.
Ya no viste caperuza, pero siempre lleva algo rojo; zapatos o botines, bufanda o fular, bolso, pendientes, o simplemente perfila sus labios y les pinta de rojo rubí.
De su encuentro con el lobo le han quedado secuelas: las noches de luna llena siente que su cuerpo se transforma, se cubre de largos pelos negros, brillantes; sus dedos se alargan, se vuelven garras y sus dientes se convierten en colmillos afilados. Entonces sale a la calle y aúlla a la luna, luego olfatea el aire en busca de alguna víctima para poder saciar su sed.
¿Me oyes?, con esas dos palabras madre acababa siempre cualquier cosa que decía, supongo que por eso la dejé de escuchar, algo que lamento ahora. Seguro que alguna vez me dijo cómo se quitaban las manchas de sangre, pero no me acuerdo; y tampoco le voy a preguntar a ese cuerpo que estorba en mi cocina, ese que ya no me volverá a molestar.
Me dirijo a ustedes para comunicarles que desde el día de hoy solicito ser relevado de mis funciones.
Todos saben de mi dedicación incondicional a la causa desde mi nombramiento. Siempre he procurado adaptarme a las necesidades derivadas de los cambios sociales y actuar con la profesionalidad que mi cargo exigía.
Me he reciclado asistiendo con entusiasmo a seminarios tan ilustrativos como “Nuevos hábitos amatorios” y “Modelos emergentes de pareja”. Incluso, venciendo mi inicial resistencia, al polémico congreso “Sexo y religiones”.
He hecho la vista gorda ante los casos más complicados que pasaban por mi despacho, reprimiendo la repugnancia que me provocaban. Quién soy yo para oponerme a las decisiones de los jueces terrenales.
Pero mis condiciones laborales se han endurecido de forma intolerable en los últimos tiempos, de lo que sin duda son conscientes. Y yo ya estoy mayor para tantos disgustos.
No podría soportar otro catorce de febrero plagado de bombones envenenados, de rosas teñidas de sangre, de besos asesinos y de cadenas camufladas como lazos rojos.
Atentamente:
Valentín
P.D. Si la situación cambiara en un futuro, no duden en transmitírmelo y consideraré mi reincorporación al trabajo. En el fondo sigo siendo un sentimental.
Al poco de nacer, nuestros padres ya nos animaban a que peleásemos entre nosotros. Así, jugando, aprendimos a defendernos y luchar. También a salir en estampida, en caso de avistar osos o algún hombre armado con un rifle. Desde pequeños nos enseñaron a cazar, a trocear las presas más grandes y a enterrar pedazos de carne para cuando nevara. Corríamos a diario para ser los más veloces y nos habituamos a dormir ojo avizor y a oler al enemigo a varias yardas de distancia.
Pero sobre todo nos inculcaron que, aunque nos rutaran las tripas, huyésemos despavoridos en cuanto viéramos aparecer por el sendero del bosque a una niñita con caperuza roja y mirada angelical. Por más que nos apeteciera hincarle el diente a ella o a la tarta de manzana que llevaba en su cesta, en eso nos insistieron mucho. Ninguno queríamos acabar como el antepasado aquel, incauto y tragón, al que llenaron de piedras el estómago mientras dormía tras zamparse a la abuela de la niña. Y que horas después despertó con muchísima sed, bajó al río a beber, resbaló y del peso se hundió hasta el fondo y el pobre desgraciado se ahogó.
Años después de cerrar, curiosos y antiguos clientes seguían visitando el farolillo rojo con veneración. María la de Torrelodones fundó el legendario burdel en 1625 tras adaptar una pollería heredada de un cliente. Era una morena brava de ojos enormes y risa franca, con más agallas que cualquier piquero de Flandes. Tenía un vientre colonial capaz de aguantar sin inmutarse las embestidas de arrieros y soldados, y podía convertir una soez coyunda en un encuentro de enamorados. Se había echado a la vida despechada por un marido meapilas que la sometía a severos ayunos carnales. En un tiempo en que la limpieza era una rareza de boquirrubios, por iniciativa suya fue obligatorio el baño polaco ( cara, huevos y sobaco) para los clientes antes de cada servicio. Se dice que Felipe IV, siempre sensible al sentir popular, también visitaba embozado a María. El joven e inexperto Austria quedó tan deslumbrado con las desconocidas técnicas de yacer, que descuidó la real alcoba y el mismísimo Olivares tuvo que intervenir para atajar el escándalo. Así fue como la todopoderosa monarquía hispánica estuvo en peligro, por la industria y arrestos de una meretriz.
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