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Si hay algo seguro que voy a añorar son las cosquillas que me hacías en los pies. Echaré de menos tus dedos moviéndose cómo angulas entre los míos. Siempre fueron nuestras extremidades una continuación, un nexo o una vía de entrada hacia el otro. Al menos eso creía antes de verte arañar las escamas de aquella sirena varada en la playa.
Empujarte por el acantilado fue algo compasivo por mi parte para darte la oportunidad de ir a buscarla; mi lado oscuro te hubiera arrancado la piel a tiras. Pero ahora que te veo hundirte, aunque en parte me siento mutilada, me gusta la sensación que dejan las ondas que formó tu cuerpo al caer.
El agua está más fría que tus manos, es cierto, pero estoy segura que de un momento a otro dejaré de sentir los dedos. Al corazón le llevará más tiempo congelarse.
Los domingos le gustaba bajar paseando hasta aquel paraje y sentarse junto a la poza grande. Allí se descalzaba y recordaba con nostalgia aquellos tiempos en los que ella y los demás niños del pueblo venían a mojarse los pies en el río o incluso a nadar en él cuando apretaban los calores. Aunque habían pasado los años, se resistía a renunciar a los gratos momentos de contacto con la naturaleza, por mucho que a veces el aire de poniente trajese ese olorcillo químico del humo de la fábrica. Gracias a que fue instalada allí, en el pueblo había trabajo y muchos jóvenes, como ella misma, no habían tenido que emigrar y podían seguir viniendo a reencontrarse con el río de su infancia, aunque ya en sus aguas envenenadas nadie pudiera bañarse.
La pulsera agonizaba en mi tobillo, lo mismo que esas últimas palabras en el resquicio de mis oídos. Quizá era momento de saltar, de dejarme llevar por la locura del instante.
Estaba cuerda, nunca loca, a pesar de sentir una presencia que me hablaba, a pesar de no escuchar lo que ese murmullo iba perfilando en mi memoria.
La ventana estaba abierta, mis brazos trepando por el derrame de su cortina, mis piernas encaramadas al vacío…
Un abrazo destinado a perderse me rescató de la caída, un mar de dudas se enredaban en la lógica de mi mente, un sabor desnudo pronunció mi nombre.
Su promesa fue el desencadenante de mi huida hacia las sábanas.
“Te espero al otro lado, cuando la razón sea tuya, cuando desees pronunciarte en el eco de tu vida”.
A Eleanora se le cayó el corazón a los pies. Se le descolgó del pecho y quedó varado entre el talón y los dedos del pie derecho. Hace un ruido de cascabel huero al andar. Se le ha instalado un vacío angustioso en el pecho y un inútil lleno en el plantar. El doctor le ha dicho que habrá sido por un trauma o un desamor y, entonces, ella recuerda dolorosamente que su amante la ha abandonado. Después del diagnóstico, le recomienda una vida tranquila y que no intente enamorarse por el momento. Así que ahora ella se pasa los días sola, podando la pena, observando el vuelo de las libélulas y metiendo los pies en las aguas del lago para calmar las arritmias. El médico le ha dicho que tranquila, que no le quedarán secuelas. Si acaso, una leve cojera al amar.
Estira su cuerpo arriba, más, más, y da pequeños saltos. Sus dedos arañan el estante y por fin la alcanza. Su cara se estruja contra el cristal. Papá aparece por detrás. Le coge la última foto de mamá en la playa. Lástima que solo se le vean los pies.
La vuelta a casa comienza reduciendo los cuerpos de dos a uno y la distancia en un paso. Acomodas los recuerdos aún con el pelo bañado en sal, dejas atrás la plataforma de madera que pretende alcanzar la línea del horizonte y el clic ya lejano de la cámara del móvil; ahí están, no hay duda, tus piernas suavizadas por el filtro dorado dentro de la galería de fotos. Después confundes tus pecas con las picaduras de óxido de la ducha junto a la frontera de asfalto del malecón, te secas con una toalla que conoce la geometría de las gotas, que es cómplice de la arena que resiste detrás de tus orejas, entre los dedos. El penúltimo grano se mezclará, tres días más tarde, con un chicle de clorofila mientras lees un libro en el sofá; el último se desprenderá de tu pubis al contacto de la yema de tu corazón. Con tu reloj de arena sin más esperanza que la espera del volteo de cada verano, deslizarás las imágenes en la pantalla hasta reconocer esa franja que comparte el azul de fondo. Hasta renovar en tu memoria la certeza de esos dos pies colgando, sólo dos.
Aquel mes de agosto fue de lo más caluroso, nos pasábamos el día entero en la playa metidos en el agua. La más madrugadora era Clara que ayudaba a su madre a instalar el puesto de bisutería artesanal en el paseo marítimo. Siempre aparecía con algún adorno, una pulsera o un collar, o unos pendientes; lo que más me gustaban eran sus tobilleras que llevaba con gracia en sus pies morenos.
No recuerdo de quién fue la idea de acercarnos a los acantilados y sentados en el borde exclamar: «¡cobarde el último!». Todos saltamos a la vez menos Clara visiblemente aterrorizada. Luego los chicos no pararon de meterse con ella hasta que marchó muy enfadada.
A la mañana siguiente encontraron su cuerpo inerte golpeado por las olas al pie del acantilado. Clara no había tomado en cuenta la marea baja, cuando el agua apenas recubre las rocas.
Los reconozco como si fuera ayer cuando con ellos, ya sin mi ayuda, diste sola los primeros pasos. Ha pasado algún tiempo, y aunque nunca has tenido miedo a nada siempre has necesitado un empujón. Aquella primera vez no lo necesitaste, te soltaste de mis manos con un ímpetu que aún recuerdo.
Hoy pareces estar con la duda cuando con ellos tocas el agua que está fría, pero bajo ella encontrarás el tesoro que guardé para ti ahora que no estoy, y no necesitas ni un empujón ni soltarte de mis manos.
Escucho la canción de Otis una y otra vez. Recuerdo tu cara pecosa, tu forma de silbar, tu risa… Tu risa. Juntos permanecíamos sentados en el muelle de la bahía hasta que el sol, cansado, nos invitaba a dormir. Nosotros, díscolos, jugábamos con la luna hasta la mañana siguiente cuando ella, cansada, saludaba de nuevo al astro rey. Yo no me cansaba de ti. Tú no te cansabas de mí.
¿Qué es el amor?, preguntaste. Te respondí con un beso. Tu mirada, perdida entre las olas, discrepó con tristeza. Preferiste embarcarte para buscarlo más allá, donde los pescadores de almas te aconsejaron hallarlo. No te despediste de mí. De la luna, tampoco.
Vuelvo a estar sentado en nuestro muelle. El mar me saluda con su runrún perenne, pero no te trae de vuelta. Huiste de mis brazos para no confesar que me querías, por miedo al qué dirán, por miedo a esos mismos que ahora silban a tus espaldas y frecuentan los mismos muelles. Sentados en tu misma bahía.
La vida sigue.
Clava sus pies en mi espalda marchita. Un erial de piel ceniza que se contrae a cada paso. Carne de arena que se abre separada por dedos de diamante. Marca sus huellas en mis huesos de cristal. Cruje el hedor del miedo con el peso dormido de la culpa. Un rastro de pisadas que se pierde en las nalgas delgadas del viejo en el que habito. Baila sobre el mar de sal y kril que embate mis costillas. Tendus, demi plié, grand plié con sus plantas palmeadas, con sus alas de cisne, con la voz rotunda de quien lleva la muerte pegada a los talones. Nunca hablamos ni para ajustar el precio. Camina, baila, salta. Exhala el grito ancestral que aprendió de sus demonios, que transciende de su cuerpo de pez exiguo y abisal, que traspasa los muros transparentes de Pompeya. Arde el niño que me queda entre las piernas. Deja escapar lágrimas calientes, la lava de azúcar que dormita en el pozo del olvido. Polvo fósil, sangre estancada en las acequias del tiempo. El mar, otra vez, en el hueco almohadillado de una cama plegable de masajes. Vale lo que pide. Sin reproches. Hasta que vuelva la próxima semana.
“Al principio, me sentí halagada. No me daba cuenta de que todo era una encerrona, como cuando Amul, retozón y bullicioso, me impedía el paso en el callejón. Y, aunque el hombre era tan viejo como mi padre, parecía bueno y sosegado. Reconozco que me complacían sus regalos. Sobre todo, los dulces de colores y aquella muñeca que tenía más vestidos que todas mis hermanas y yo juntas Tampoco negaré que me cautivaron los aretes dorados y el payal, que cerré los ojos y me los dejé colocar por sus manos invernales y rugosas. Sí, es verdad, todo aquello me agradaba. Sin embargo, ahora, él y la noche llegan de repente hasta mi lecho con su aliento enojoso, y ya no me agrada, no…
Ramya dice que he tenido mucha suerte de ser yo la elegida, que ya no andaré descalza por las calles estrechas, que seré rica. También me susurra, entre risas, que me quedaré viuda pronto. Pero seré yo quien muera antes, lo sé muy bien, porque Amul, distante y silencioso, ya ni me mira”.
(Nota escrita por Denali y abandonada junto a su sari nupcial antes de arrojarse sobre las oscuras aguas del lago de Pushkar)
Era casi una niña cuando entré en aquel colegio con mi blusa rosada y el pelo recogido para parecer mayor. En media hora evaluaron mis aptitudes y con la entrevista gané unas alas, que usé para construir mi sueño.
Qué nervios cuando sentí sobre mí los ojos de aquellos chicos, expertos en encontrar puntos débiles y encajar motes. Qué suerte, percibir en algunos, su vehemencia y su cariño.
En estos años me he sentido a ratos, fuerte, vital, colmada de superpoderes , y a cachos, senil y pesada como una vieja tortuga Darwiniana.
No puedo dormir pensando en cómo afrontaré un mañana vacío de aulas transpirando vida y, aunque es muy tarde, me llama con fuerza y me consuela este río de mi niñez. Conozco bien su cieno y sus cantos rodados, sus juncos, sus peces y, en mi recuerdo permanecen nítidos, el olor de la tortilla de mi madre y la imagen de mi padre, colocando las conchas que utilizaba para enseñarme las cuatro reglas matemáticas.
Qué habría sido de mí sin su apoyo, me pregunto mientras, con los pies helados abandono este lugar privilegiado que es un túnel del tiempo.
La vida comienza ahora y hay tanto que aprender…
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