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Ha despertado con el cuerpo bañado en sudor y la entrepierna anegada de aquel fluido denso como la savia que le ha provocado el sueño. Aunque se hace atar las manos a los costados de la cama al acostarse, esta noche ha vuelto a sentir placer.
A las cinco, ha acudido Sor Inmaculada. Ha prendido la mecha del candil, ha deshecho los nudos, ha dejado las cuerdas sobre el reclinatorio y se ha ido. Apenas se han mirado para susurrarse un Buen día te dé Dios, hermana. Se ha lavado con agua del cuenco de loza, se ha ceñido el hábito y ha acudido diligente para rezar las Laudes a las cinco y media en punto. A partir de entonces, ha sido un diente más en los engranajes del reloj que designa las horas del convento. Pero ahora, mientras el sol tiñe de rojo el cielo de poniente y la congregación reza las Vísperas, a ella le turba su ansia por la llegada de la hora de las Completas, la última plegaria del día, la que le abrirá las puertas de la noche, del cielo y del infierno.
Nunca me di cuenta de cómo una mano puede cambiarte la vida. De pequeña, mi abuela me daba siempre una palmadita en el rostro o me pellizcaba los mofletes. Más tarde, entró en casa un cachorro collie de pelo largo y marrón. Le acariciaba el cuerpo y le daba golpecitos sobre el morro, mientras él movía la cola intuyendo el ansiado paseo diario. Yo no había conocido otro tipo de palmaditas hasta entonces. Me habían contratado de extra para servir en el cóctel que se organizó por la fusión de dos grandes empresas. Ni la mejor caña de pescar lograría sacar a los peces gordos de esa sala abarrotada de glamour. Todo era elegancia. Yo iba de un lado a otro, con la sonrisa incrustada en el rostro, repartiendo copas de champán y aperitivos. Me acerqué a una pareja de hombres que charlaban aparte. Les ofrecí unos canapés y ellos pusieron sus copas vacías sobre mi bandeja. «¿Nos las puedes traer llenas, guapa?», me pidió uno de ellos y, al darme la vuelta, sentí una palmadita en el culo. Solté de inmediato la bandeja, me giré de golpe, y le arreé una bofetada con la que sepulté mi futuro profesional.
Engaño a mi marido con otros hombres.
Y seguiré haciéndolo, hasta que pueda costear su tratamiento en Houston.
El reality consistía en un experimento social: encontrar el amor de tu vida teniendo una pared de por medio. Con una pared de por medio habíamos hablado, habíamos congeniado, nos habíamos elegido: vernos en persona y comprometernos fue la felicidad total…
Tocarnos, sentirnos, olernos: todo eso lo exploramos a fondo en la isla tropical de turno. Pero entonces llegó la convivencia y ¡Plop!, cual si fuera una pompa de jabón, estalló la burbuja ilusoria que había sido el programa.
Vestido, anillos, torta de bodas: todo era soñado, excepto la persona que tenía enfrente. «¿…Aceptas por esposo a…?» fue la clara, definitoria pregunta. Lo incorrecto hubiera sido decir que sí.
Tengo que hacer horas extra en el trabajo. Y luego tengo que llevar a los niños a extraescolar. Preparar la cena. Hacer la colada. Y tengo que estar sexi esta noche porque Juan se queja de que nunca lo hacemos. Tengo que llamar al médico para mi madre, y mañana pasarme a verla a la residencia para estar un rato escuchando sus reproches. Tengo que sacar tiempo para hablar con Carlota, que algo le está pasando. Y ponerme en contacto con el tutor de Quique. Tengo que ayudarle con los deberes de mates, con lo mal que se me dan. Tengo que estar siempre ahí. Fuerte, sonriente. Dando ejemplo.
Miro por la ventana y veo la calle alejándose por entre los edificios, como mi vida corriendo por el sumidero del lavabo. Cojo el bolso y las llaves. Me recoloco el pelo frente al espejo de la entrada.
-Adiós.- Grito desde la puerta.- No me esperéis para cenar.
Y bajo las escaleras pensando que por una vez voy a hacer lo correcto
Me pidió unos zapatos rojos distintos. Brillantes, con tacón de aguja.
No pude negarme.
Aunque conocía las consecuencias que iba a acarrear su decisión, cuando pulsó el botón, rompiendo así la disciplina de voto, una sensación de bienestar le invadió. Sabía a libertad.
Lo liviana de espíritu que sale ella tras recibir la absolución y lo poco que le dura la paz. Porque siempre, siempre, aparece alguien que le emponzoña el ánimo, incluso en el mismísimo confesionario. Como hoy, que no ha podido arrepentirse a gusto de sus pecados porque al oír la voz tras la rejilla resultó que no era el sacerdote de siempre, sino un cura que anda últimamente por allí: el padre Quique. A Raimunda no le parece serio llevar sotana y llamarse así, y como no le daba confianza se ha guardado algún pecadillo, como el bofetón que le arreó ayer a la criadita por derramar la leche sobre el mantel de lino, menuda inútil. Por compensar el arrebato, en vez de una moneda dejó dos, ¡dos!, al mendigo de la puerta antes de entrar a misa. Pero ¿qué se ha encontrado al salir? Pues al zarrapastroso bebiendo de un tetrabrik de vino. ¡Qué poco ha tardado en gastarse la limosna! Porque para buscarse un empleo, cambiarse de ropa, quitarse de ahí, para eso no, no se da tanta prisa. «Que Dios perdone a estos maulas del demonio», se persigna Raimunda, propinándole un puntapié al pasar junto a él.
Fuera de concurso.
Harta de todo, marcó el teléfono prohibido.
Me dejó descolocado la respuesta de Jessica, quizás yo no estuve muy acertado, pero su reacción no fue normal. En mi cabeza seguía dando vueltas a lo que había ocurrido, analizaba la situación y no me parecía para tanto. En mi casa, si no todos los días, con mucha frecuencia ocurría y jamás escuche a mi madre decir ni una palabra. Mi padre es verdad que era un poco impaciente, incluso mal hablado. Muchos años compartiendo sus vidas y no iban a cambiar. Era lo normal en una relación, sus altibajos, sus broncas, sus perdones, especialmente los pedía mamá, por la temperatura de la sopa, por la arruga del pantalón. Siempre él tan perfeccionista y también cariñoso, su frase preferida. —mami, tú sabes que te quiero– tras alguno de sus reproches y salidas de tono.
El caso es que cuando en la biblio, con lengua que a ella se le daba peor, la solté por un error, un seco — ¡Jessi, pero eres tonta o qué!— ahí tuve un ramalazo de mi padre, lo reconozco. Lo inesperado fue un sonoro —¡Chaval, tú eres gilipollas!.
“Los niños deberían esconderse en juegos de risa, no en ruinas de miedo; volar cometas, no temer aviones; soñar mundos, no sobrevivirlos.”
Nuria Rodríguez
A veces cierro los ojos muy fuerte, como me enseñó mamá cuando tenía miedo. Pero esta vez no sirve. La casa ya no está. Mamá tampoco.
Desde el hueco donde jugábamos a escondernos, miro el cielo que ya no tiene cometas, solo zumbidos que caen. Me tapo los oídos, pero los gritos entran igual. Me dijeron que esto es una guerra, pero yo no entiendo por qué los adultos quieren romper el mundo.
El maestro decía que hay cosas correctas y cosas incorrectas. Robar es incorrecto. Hacer daño también. ¿Entonces por qué nadie para esto?
Vi en una pantalla a niños como yo, con mochilas y meriendas. Ellos caminan por calles sin polvo ni sangre. ¿Nos ven? ¿Saben que estamos aquí?
A veces imagino que sí, que alguien abrirá los ojos y gritará: ¡basta! Pero el mundo parece jugar al escondite, como si cerrar los ojos lo hiciera desaparecer.
Yo ya no quiero jugar.
He tenido en mi vida dos coches, ambos azules y de ocasión, de los que ya no queda nada salvo el mismo llavero de Ferrari, rescatado de desaparecer sumergido. Para adquirir el primero, mi euforia juvenil no dudó en vaciar la cuenta y luego estar a verlas venir durante una temporada hasta cobrar los portes.
-Te lo dije, me advirtieron.
El segundo, años después, embarcó a mí familia en una larga deuda y, aunque no nos dejó sin blanca, sí nos impidió veranear en la playa. Hoy que tengo a los hijos bien colocados en la empresa y un buen cuaderno de pedidos, para planear el final de mi carrera y la merecida jubilación con mi discreta esposa, voy a hacerme con el tercer auto, también azul, también de segunda mano, que no despierte sospechas, y también con un gran maletero en el que seguirán viajando las bolsas negras que mi jefe me hace llevar hasta el lago.
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