Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

115. Sé de un lugar

En otro tiempo Juan pasaba las horas en su habitación escuchando la radio. Solía hacerlo con sus tres mejores amigos. Allí se escondían del mundo. Los versos de Triana y de Medina Azahara volaban por una estancia llena del humo de los primeros cigarros.
Por eso la nostalgia le golpeó cuando vio oculto entre el polvo y los cachivaches el viejo aparato abandonado en un rincòn del garaje de sus padres. Había ido a recoger sus cosas antes de vender la casa en la que se crió.
No le fue fácil cuadrar las agendas, pero reunió a sus colegas de entonces una última vez . Todo el mobiliario eran una mesita y cuatro sillas rotas que pidió a los operarios que no se llevaran . De la radio no salía ningún sonido, pero su silencio era testigo de la efímera vuelta de una época que se quedaría allí para siempre.
Fue una velada perfecta, las risas, la camaradería, las cervezas y las anécdotas comunes le trajeron sentimientos que pensaba olvidados. Más aún cuando tumbado hacia atrás en su silla contempló, con una mezcla de pena y cariño, a sus fieles compañeros de la niñez, tan alegres como siempre. Tan imaginarios…

114. La cáscara de nuez de Alba

“Ondas —comenzó diciendo la voz de la radio—; el fenómeno de una vibración, el milagro de la energía transportada sin materia, el prodigioso viaje de una perturbación… En ellas se desplazan mi canción favorita y tu color preferido, el ruido del trueno y el fulgor de la estrella; mis pasos resonando en la escalera, tu imagen recortada en la ventana; nuestra barca, sin vela ni remos, despacio hasta la orilla… Con su ayuda y la del pensamiento, podría quedarme ciego y ver la realidad en todas sus formas y colores, quedarme sin habla y lanzar mi mensaje alrededor del mundo…, o, como dijo aquel príncipe indeciso, estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito…”

Nada había de revelador en estas palabras para Alba. Nada que ella no hubiera pensado otras veces. Y fue eso mismo lo que la mantuvo boquiabierta y expectante en la cama durante toda la emisión.
Esa noche no durmió. Su mente vagó inquieta, atropellada, impulsada por una ilusión sin límites. El amanecer la sorprendió decidiendo cambios. Una luz más poderosa de lo habitual alumbraba el interior de su envoltorio leñoso.

113. SUSTRACCIÓN, DISTRACCIÓN, DESTRUCCIÓN

Juan bajó la ventanilla y sacó la cabeza, intentado descubrir porqué se había detenido el tráfico, pero sólo consiguió llenarse los pulmones con dióxido de carbono y ennegrecer aún más su ánimo. No lograba explicarse cómo era posible que María se hubiera atrevido a cogerle el Ferrari. Y no sólo eso. Además había tenido los santos cojones de colgarle el teléfono sin más.

Volvió a llamarla al móvil por milésima vez y por milésima vez su voz le invitó a dejar un mensaje.

– ¡Contesta de una vez, joder!

A las tres en punto, encendió la radio. Después de los titulares, el locutor dio paso a la información del tráfico. Por fin descubrió la causa de aquella retención: Al parecer, se había producido un accidente mortal en el túnel en el que se hallaba.

Transcurrida media hora, la caravana empezó a avanzar más deprisa. A lo lejos ya se distinguían las luces amarillas de una ambulancia.

“Por fin dejaré atrás este maldito atasco” –pensó, mientras sintonizaba una emisora de música. Amy Winehouse cantaba que no, que no y que no.

Él también negó tres veces cuando vio la grúa que retiraba del arcén un deportivo rojo que le resultaba muy familiar.

112. Suspiros, lechuzas y fanfarrias

La puerta que guarda mis recuerdos chirría como tienen que chirriar todas las puertas que esconden fantasmas y secretos. El viejo caserón, la penumbra del zaguán, el baúl de los caracoles, la lechuza con el destino escrito en sus ojos de cristal abiertos para siempre, la soga de anea colgando en el pajar, los tebeos del Jabato, la radio de silicio…

Eran las cinco de la tarde cuando la Cadena Ser lanzaba su fanfarria y mi madre se refugiaba en su novela, su calceta y sus suspiros. Así fue como conocimos al hombre de la radio y cómo el hombre de la radio se instaló en nuestras vidas. Venía con cierta regularidad, me sacaba unas cuantas monedas de la oreja y me pedía que me fuera un par de horas a gastarlas. Pero, un mal día, mi padre comió aquellos extraños champiñones, y mi madre sonrió mientras sujetaba el hatillo, y vino el hombre de la radio, y se encerraron, y discutieron, y el hombre de la radio se marchó… se machó para siempre. Mi madre cambió entonces su calceta por aquellas terribles trenzas de anea, y se quedó esperando en el pajar con los ojos muy abiertos… para siempre.

111. DESIGNIO (Beto Monte Ros)

Probablemente su vocación quedó manifiesta desde pequeño; cuando empezó a aprenderse de memoria los boleros que su papá oía en la radio, mientras trajinaba por la casa. El gusto de cantar imitando a los artistas, vestido como sus hermanas, llamó la atención de los padres quienes, preocupados,  pidieron al párroco que lo aceptara como monaguillo, para encarrilarlo por los caminos del señor y alejarlo de cualquier desviación; pero en lugar de meterlo entre los misales o asignarle función de turiferario, fue en el coro donde la iglesia sacó provecho de su talento.

La adolescencia lo encontró convertido en un joven entregado a los afanes religiosos que, los domingos, entretenía a los feligreses con su voz de castrati. Su madre, sentada en los bancos de la primera fila, le escuchaba con una expresión en la que se adivinaba su deseo más íntimo: verlo algún día parado en el púlpito, celebrando la liturgia. Pero él, aunque estaba dedicado a su fe, no quería ser un maricón metido a cura y sólo esperaba tener la edad apropiada para irse a trabajar a algún bar de travesti, reunir dinero para el cambio de sexo y cumplir su sueño, ser monja.

110. Una melodía de esperanza a la luz en la luna

Reunidos, esperamos que el profesor comience a hablar. Desde que nosotros, descendientes de los pocos sobrevivientes de la Tierra que escaparon hacia la luna, cumplimos los dieciocho años, el profesor no deja de dar charlas y motivarnos a formar parejas, hablando de reproducción, de repoblar –algún día- la Tierra y de perpetuar nuestra especie en extinción.

“Sabed que nada muere y que incluso el pasado, si se tienen los aparatos correctos, pueden sintonizar la señal correcta y ser rescatado del olvido” –Comienza su soporífera exposición mientras mi mente viaja al exterior, soñando con desaparecer cubierto por las grises arenas…

“…Y para todos los enamorados, una canción especial en radio ENTC”, dice una metálica voz que interrumpe mis deprimentes pensamientos.

La melodía cantada con extrema suavidad por la hermosa voz femenina provoca un bello sentimiento que hace humedecer mis ojos. Avergonzado miro a mi alrededor, encontrándome con la profunda mirada de Lisa. Las enormes ganas de abrazarla tiernamente y movernos al compás de la canción inundan mi ser. Tímidamente me levanto para invitarla a tan extraño acto. Su sonrisa mientras se pone de pie y el brillo inusual en sus ojos le da un vuelco de cálida esperanza a mi corazón.

109. Maravillas de la radio.

Desde que los sonidos de la emisora KDKA salen de ese aparato que el Sr. Wilson compro, y que él llama radio, las largas horas que paso en el despacho contable de la empresa White Star Line, en Pittsburgh se hacen más llevaderas. A este despacho llevan las ondas, en argot radiofónico, por el hecho de que la Srta. Alison deja abierta la puerta del salón principal de la casa de los Wilson y las ondas viajan por el pasillo y se introducen en este despacho, porque yo también dejo la puerta abierta. La verdad es que la Srta. Alison y yo hemos estrechado unos lazos de simpatía desde que ese aparato emite sus programas musicales, tengo que reconocer que es una magnifica muchacha. Ese aparato realiza su magia cada tarde a la misma hora cuando aparece por la puerta la brillante sonrisa de Alison y confirmamos que nos veremos en los jardines traseros de la casa, para compartir un rato juntos y comentar que canciones nos han gustado más. ¡Qué poderosas son las ondas electromagnéticas! Que unen a personas tan diferentes con el lazo del amor.

 

108. El fin del abuelo


El abuelo vivía pegado a aquella radio antigua y, con frecuencia, me hablaba del respeto y afán que, desde niño, había admirado en aquellos que dedicaban sus pequeñas vidas a informar al prójimo. Yo lo escuchaba indiferente a sus desvaríos seniles, mientras él curioseaba el dial como si descifrara un mensaje más allá de las palabras.

Un día desapareció sin dejar rastro, y con el tiempo lo dimos por muerto. Meses después, se me ocurrió encender la radio y, en una emisora local de madrugada escuché su voz como tertuliano, relatando las peripecias al deslizarse a través de la antena, plegarse por el altavoz y hacerse un sitio entre los circuitos integrados por aquella gente diminuta.

107. LA LLEGADA

-Mire en esa caja, la que está abierta al lado de la cama.

-Carmen, ya  busqué por toda la habitación y no la encuentro.

-Pero si Alicia me dijo que la había mandado, con todas mis cosas. Tiene que estar por algún sitio. Hay  que encontrarla.  Ayúdeme a levantarme.

-Espere, Carmen.  Aquí  no le va a hacer falta. Después de la siesta, la llevarán, en la silla, al salón,  para que pueda ver  la novela en la tele. Lo va a pasar muy bien, con sus otras compañeras. En la residencia  estará como en su casa, pero con más comodidades. ¡Anímese, mujer!

-Me la había regalado él. Tantos años escuchándola  juntos: los discos dedicados, las noticias;  hasta para dormir la poníamos. Recuerdo que en alguna ocasión llamamos, entre risas, al programa de la tarde…  ¿Qué más da que ya no funcione?

-Escúcheme, Carmen: cuando venga su hija…

-Por favor, no siga. Para ella solo somos otros dos trastos viejos a los que arrumbar.

106. ÉXITO FULMINANTE

Como cada día, alrededor de las tres de la tarde se sentaba en su exclusivo sillón italiano, subordinado a la soledad, para escuchar en el programa radiofónico de mayor relevancia su actual tema, escrito desde su lastimado interior.Durante las últimas semanas, había sido considerado todo un éxito, llegando a situarse en las primeras posiciones de tan afamada lista musical.

Esa tarde, tras el corte comercial, cuando el máximo exponente de la acepción radiofórmula y fiel prescriptor de su música,  Ernesto Presto, dio paso a las noticias sin anunciar la cortinilla de presentación de la lista musical, se quedó perplejo. Sorbiendo pausadamente su habitual Bloody Mary, escuchó el redoble de tambores que daba paso a las noticias. Su canción estaba provocando numerosos suicidios desde los primeros días de emisión. Varias muertes intencionadas se despedían desde distintas ciudades  acompañadas por su tema.

Se levantó, y manteniendo durante largos minutos una bipedestación estática, tarareó en silencio su melodía. Acompañado por la angustia hasta la terraza de su lujoso ático, sintió como un conocido sentimiento recurrente le empujaba a sentir la velocidad del viento en su piel.

105. DE TACONES Y LEPIDÓPTEROS

No le gustaba para nada su vida, así que se la quitó. Se quitó esa, la de escafandra y sumisión, la que pesaba como traje de buzo, y en el rubor de su recuperada desnudez se enfundó otra más liviana, acorde con sus ganas de elevarse.
Tras rebuscar en el armario se puso el vestido verde que tanto le gustaba (por empezar tarde y acabar pronto) y se sumió en el vértigo de unos zapatos de tacón de aguja. Por pendientes dos mariposas, perfectas para iniciar el vuelo, pues mismo pareciesen, en su relieve, tener las alas henchidas de helio. Decidió —también— soltarse la melena, ya sin miedo a que se le enredase en los rosales mustios del jardín.
Antes de irse echó un último vistazo al que nunca consideró su hogar. Demasiada soledad, demasiado silencio amortecido. Se acercó a la cocina y encendió la radio: una tal Celia aseguraba, con exacerbado optimismo, que la vida era un carnaval. No pudo evitar sonreír. Ni siquiera cuando, al salir de allí y en un acto de comedida rebeldía, sopesó la posibilidad de no cerrar la puerta. Ya no tenía necesidad de hacerlo.

104. La caja mágica

Cada mañana, los primeros rayos de sol bañaban nuestro tesoro. Mi padre se lo había comprado a un buhonero que conoció en los tiempos de la guerra. Llegó a casa con el artilugio bajo el brazo pero, al enchufarlo, no funcionó. Mi madre, la columna vertebral de la familia, decidió que reinase en el aparador, pues le pareció el adorno más elegante que había cruzado las puertas de su hogar.
Al día siguiente, mi hermana tarareaba una copla y, de repente, el receptor se encendió, emitiendo el sonido de una orquesta que acompañaba su voz.
Acabamos acostumbrándonos a las sorpresas que aquel mueble nos deparaba, tan oportunamente: si mi padre quería conocer las noticias, un locutor relataba el parte. Cuando mi madre olvidaba rezar el ángelus, la radio le recordaba, a las doce en punto, su oración predilecta.
Una noche nos despertó al reproducir unos ensordecedores sonidos de sirenas. Al levantarnos, vimos que una llama olvidada había huido de la chimenea. El fuego rodeaba el salón y escapamos por las ventanas, milagrosamente. Cuando todo acabó, escuchamos a una dama pidiendo socorro. Buscando entre los escombros encontramos nuestra radio que nos iluminaba las caras, mientras interpretaba el himno de la alegría.

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