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Jamás se separa de mí ni un instante. Siempre está alerta esperando que yo tome una decisión para, en un instante y duramente, hacerme cambiar de idea.
Constantemente me come la cabeza con frases como “pero quién te crees que eres”, “lo tuyo es oír, ver y callar”, “tu no mereces hacer ese viaje”, “¿comprarte ropa? puedes pasar con lo que tienes”…
Después desaparece dejándome hecha un mar de lágrimas. A veces escucho sus risas y sus comentarios sarcásticos: “¡qué mierda es! siempre va a hacer las cosas a mi manera, no tiene personalidad, me da un asco…”
Sentí vocación religiosa a lo que argumentó: ”menudo disgusto le vas a dar a tus padres”… “cásate”. Y me casé… con el hombre equivocado. En mil ocasiones quise abandonarlo. No lo permitió, su voz repetía sin cesar “aguanta, aguanta”, “¿dónde vas a ir?”, “tienes lo que te mereces”
Hoy vamos en el coche a tomar el aire. Es lo que le he hecho creer. Cuando esté cerca del acantilado pisaré a fondo el acelerador. No habrá tiempo para cambiar de idea. Será lo último que haga, pero lo haré a mi manera.
Bebo despacio. La música de Sinatra se diluye a medida que avanzo hacia el balcón. La vista es preciosa: el río Hudson duplica las luces de Manhattan, y dudo entre qué es reflejo de qué. Pero no me sorprende, todo aquí parece trastocado, irreal. Y observo la luna de Octubre mientras considero las palabras de la canción que llegan suaves, oportunas, dolorosas. ¿Cómo será eso de jugar entre las estrellas? Pero sé que sin haber visitado los astros terminaré mi trago, terminará la melodía y querré sentir que me hundo en ese falso azogue que tirita no muy lejos de aquí, donde tu cuerpo lacio y hermoso no yazca atravesado sobre el diván.
Ahora tomo la pistola con desamparo, pero con la esperanza de que al menos tenga un tiro más.
La vida le había sonreído, tal vez no tanto como esperaba de niña, pero no se había portado mal. O al menos eso quería creer.
En su infancia, así trataba de recordarlo, había sido feliz en largos juegos compartidos con amigos y hermanos, a pesar de tener, como tantos en aquella época, que arrimar el hombro para ayudar a la familia.
En su juventud tuvo la suerte de saborear las mieles del primer amor, pese al duro desengaño y la traición. Luego en la época de su formación la fortuna le sonrió de nuevo al poder estudiar lo que deseaba, pese al esfuerzo que supuso a su familia.
Pero cuando estaba en ello se cruzó en su vida el que esperaba fuese su gran amor. Por él renunció a su familia, dejó su carrera sin terminar y se embarcó en un matrimonio para toda la vida.
Después como suele suceder en los cuentos, sin saber por qué, tras tres hijos y 33 años de matrimonio, el marido bebió los vientos por una jovencita y se echó el mundo por montera.
Su mujer, rota, decidió romper aquellos lazos y empezar la segunda parte de su vida, “a su manera”.
Iba recogiendo mi propio bagaje de aquí y de allá. Como la bola de nieve cuando desciende a toda velocidad por la colina, que va acogiendo a su paso todo lo que está disponible: pedacitos de nieve, restos de tierra, ramas de árboles…
Porque me gustaba más bailar zumba que analizar cómo la empresa en la que trabajaba podría conseguir más dinero, no estaba dispuesta a dedicarle más horas al trabajo… Y así, en esa dinámica, me relegaron a ese grupo “de los que no se implican”…
Mis pensamientos se agolpaban en mi cabeza, siempre pensando en lo siguiente que iba a hacer, casi sin disfrutar, o disfrutando a mi manera de esa vorágine. Mi cerebro iba más rápido que mi cuerpo, que no era lento, enjuto y nervioso.
– ¡Precipitada! – me decía mi madre – ¡Eres una precipitada!
Nunca me habría imaginado que, teniendo que parar obligatoriamente debido a un accidente, encontraría la calma que necesitaba, otra manera de vivir y ver las cosas. Descubrí la tranquilidad que nunca había tenido, porque no me habían dejado. Había sido programada para hacer las cosas con el máximo esfuerzo, intensiva…
Estaba en el centro del escenario, mirando al patio de butacas. El silencio era absoluto, absorbente, y trasmitía una paz que, junto a la tenue iluminación del teatro le hacían sentirse incorpóreo, como si flotara en un espacio inexistente.
Sin más preámbulos, respiró profundamente y acometió con decisión las primeras notas del que, años atrás, fue su gran éxito, la versión para piano de “My Way”. de Frank Sinatra.
De pronto, un ruido en la puerta de la sala lo alarmó e hizo que dejara de tocar. El próximo concierto empezaba a las ocho y en poco tiempo llegarían los músicos. Se levantó, miró el cubo que tenía entre las piernas, y retomó su realidad para que el escenario estuviera preparado para el ensayo.
Abandonó el claustro materno con hambre, se comería el mundo y lo haría a su manera. Su primera voluntad fue no llorar con el primer azote de vida; lloró.
Su mente y cuerpo eran laicos, no tomaría la primera comunión; sus ojos aún se humedecen viendo la foto vestido de marinero, recordatorio perenne del naufragio de aquella decisión.
La medicina forense era su vocación, buscar en la soledad de la muerte el sentido de la vida. Otro camino segado, piensa tristemente diseccionando un jamón en la carnicería de sus padres.
El matrimonio no entraba en sus planes, restringiría su libertad; desde el sofá, viendo OT, observa el mando del televisor y asume que es el cuarto en la línea sucesoria de ese bastión de poder, por detrás de sus tres hijas y su mujer.
Un quinto piso, el vacío; esta vez sí, sería su elección. El impacto brutal lo dejó en coma irreversible. Al fin supo lo que era la auténtica libertad; con él al timón, sus pensamientos viajaban con rumbo a la felicidad. Ignorando su ateísmo dio gracias a Dios.
En los pasillos del hospital un enfermero, creyendo obedecer un mandato divino, buscaba seres que sufrían, él les liberaría.
Aquel notario daba testimonio de las últimas voluntades de un hombre manejado por los vientos del destino. Los hermanos del muerto se frotaban las manos en señal de un duelo codicioso e ignoraban a una mujer encogida en una de las sillas. Ninguno se interesó en ella, no había respeto, ni aprecio, y en ningún momento pensaron que fuese una gran dama.
Ella percibió por vez primera el desdén en sus carnes. Se sintió pequeña ante aquella bandada de buitres; se sintió fuera de lugar, quizás siempre lo estuvo.
Cerró los ojos para evadirse de todo y volver a soñar en lo que creía ser. En esa quimera daba un golpe sobre la mesa para asustar a las fieras y rugía palabras de desprecio albergadas en el tiempo. En aquel sueño Ella era Ella, y las cosas se hacían a su manera. Pero ahora aquel notario pronunciaba su nombre junto a la peor de las palabras: Renuncia.
Misterios salió a la calle con la sensación de haber mordido en su vida más de lo que podía masticar, así que a sus ochenta años escupió con rabia todo el pasado deseando con fuerza tenerse a sí misma…, aunque ya era demasiado tarde.
Yo había elegido aquella partitura de Brahms. Sus acordes y el suave movimiento que los acompañaba, me iban adormeciendo tan plácidamente que me dio por imaginar que era un feto, flotando feliz en su líquido amniótico sin más preocupación que dejarse llevar en los brazos del tiempo.
Hasta que, de repente, un atronador ruido, bronco y desagradable, me devolvió de golpe a la realidad y me vi aquí abajo, dentro de mi mullida caja, rodeada de este frío y esta oscuridad sin bordes.
No quise que me incineraran. Siempre he odiado el calor.
Intento recomponer las redes de mis recuerdos, descosidas por el paso del tiempo. Mi memoria ya no es la que era y quizá lo que le cuente esté algo deshilvanado.
Perdone si en algún momento me quedo en blanco. No quisiera hacerle perder su tiempo en vano.
Lo que sí tengo claro es que he vivido plenamente, con mil luces y mil sombras. Estas arrugas son testigos de tantas aventuras…
Pregunta usted por mis sueños… Hace tiempo que no sueño. No puedo dormir bien. La edad, ya sabe…
Quizá estas fotos y esas partituras descoloridas puedan ayudarle a desenredar la historia de mi vida. Fui cantante en una popular sala de fiestas. También tocaba el piano. Un poco a mi manera, no estudié música. Pero tenía oído. Y picardía. Y con ella guié mis pasos de cliente en cliente, de bar en bar, de cama en cama, cada noche hasta las luces del alba…
No me arrepiento. Aunque no los recuerdo a todos…
Ay, esta memoria mía…
¿Sabe? No comprendo la necesidad de escribir un libro sobre mis andanzas… Dice usted que servirá para recuperar una época dorada. Pero sus luces y brillos hace mucho que se apagaron.
A Suzanne la conoció en un Seminario de Arte Iberoamericano. Entre corlas de plata, empanaditas y aguardiente, se declararon su amor.
Al año se casaron y se fueron a vivir a Nueva York, donde Suzanne tiene un ático. Ella es profesora de arte. Él, toma fotografías y las documenta.
Un jueves en que Francisco fotografiaba unas pinturas, notó que en un óleo de Rembrandt faltaba, el mercader de la mirada soñadora. Se acercó al lienzo, ilusionado de que fuera un engaño visual, mas ahí estaba el vacío. El desertor, con las prisas, había olvidado su capa que, de cualquier manera, se arrumaba en el primer plano de la obra. Dudó que hacer; si denunciaba su desaparición lo podían tildar de chifloreta, así que decidió que lo mejor sería ir a contárselo a su mujer. La encontró en la terraza contemplando el poniente, teñida de anaranjados, violetas y rojos. A su lado, envuelto en claroscuros, el gallardo mercader le pasaba con delicia la mano por la cintura. Suzanne lo miraba mientras le susurraba al oído:
—Ahora podré vivir a mi manera.
Francisco, tomó varias fotografías para registrar el paradero del fugado antes de borrarlo para siempre de la historia del arte.
Entró tacones en mano, moviendo la cabeza al son de la nueva versión disco de “My Way” de Sinatra. Tambaleándose, se abrió paso estilo crol entre las imperfectas sombras que entreveía en el local de moda. Escoltada por la torpeza, alcanzó con ambos brazos lo que parecía una gran barra repleta de risas, copas y dinamismo. Un moldeado camarero, engalanado únicamente con un minúsculo triángulo dorado, se le aproximó contoneándose.
-¿Qué tomas?-. Le dijo, arrastrando la ese hasta mostrar toda la dentadura.
Inmersa en sus dilatadas pupilas, contestó. -Lo que desees-.
A la espera del amanecer en su austera habitación, intentaba reconstruir aquel periplo. Impregnada por la esencia de la noche y con un alterado ritmo circadiano, no podía desprenderse de aquel insufrible dolor de cabeza, generador de grotescas escenas que le mostraban la irracionalidad de la felicidad y el amor en aquella evocada noche. Desde el desconcierto, contempló su anillo de casada que ahora hacía juego con un extraño trozo de tela dorada enredada a su muñeca.
Los golpes de unos nudillos en la puerta dieron paso a una silueta.
-Media hora para el rezo de Laudes – Le dijo una hermana de su misma orden.
Señor Frank Sinatra, deseo que a la llegada de esta se encuentre usted bien, nosotros vamos tirando.
Mi madre insiste en que le escriba para que le cuente que mi padre era un gran admirador de su persona y que, de hecho, cuando la conoció a ella y, para conquistarla, le pidió a su madre, que era sastra, que le hiciera los pantalones como los que usted llevaba en sus películas y un traje claro para las ocasiones especiales.
A lo largo de su vida y mientras a su alrededor todo el mundo entonaba “My Way” él prefería silbar, Till The End Of Time hasta que un día un bisturí sesgó sus cuerdas vocales y aunque el aire nunca más salió a través de sus labios, siguió tamborileando con sus dedos la melodía. Usted era la voz y mi padre la fortaleza.
Mi madre desea que usted vaya a recibirlo y a abrazarlo ahora que compartirán espacio.
PD:
Señor Sinatra, si me oye hágame una señal porque no sé a dónde debo llevar esta carta ni cómo diablos va a recibirla, sin embargo, está tan afligida, tan perdida, que entre lo posible y lo imposible no distingue frontera.
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