Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

76. Las perseidas del tiempo (Antonio Bolant)

Titán era un satélite nutrido de hidrocarburos, pero inhóspito; quizá por eso la ambición no escatimó en armamento cuando la guerra de colonias estalló y acabó por despedazarlo.

Suspendido sobre la tierra, mientras reparaba el sector 8 de la estación espacial carcelaria, Jesús fue sorprendido por una avanzadilla de pequeños meteoroides procedentes del destruido satélite que sesgaron su cordón umbilical con la nave y lo hundieron en el vacío. Sobrecogido e impotente, presenció la llegada de más fragmentos como un cortejo fúnebre de otro colosalmente mayor dirigiéndose irremediablemente contra el destino de sus congéneres.

La formidable onda expansiva apagó la frenética respiración del último hombre y catapultó sus restos hacia un cosmos que los dispersó como polvo de estrellas. Sólo algunas lágrimas, como seminales perseidas saladas, consiguieron viajar entre dimensiones y sortear las singularidades del espacio-tiempo hasta toparse con un planeta tan joven que ni los ojos que las vertieron habrían podido reconocer.

El ADN alojado en aquel llanto regresó a la cuna del océano y armonizó el caos de una incipiente bioquímica incapaz de nacer por sí sola. De nuevo, la vida se fue dando vida en la matriz de la tierra. Quizás esta vez fuera la definitiva.

75. Evolución de un sistema binario

Nunca le prometí la Luna, pero le regalé un sistema binario. Dos estrellas que orbitan alrededor de un mismo centro. Con un certificado de autenticidad, donde se hacía constar que los objetos con las coordenadas R.A 21h30m41.4s y DEC 51°36m15.8s ahora tenían nuestros nombres. Con un mapa celeste que marcaba su posición en el firmamento.

Eso fue después de enseñarle que los anillos de Saturno son de hielo. Después de trazar demoradamente perfiles de constelaciones sobre su piel. Después de besarla bajo las lluvias de Perseidas y  Leónidas. Antes de que me confesase que ya no soportaba la astronomía. Antes de que las alianzas convirtieran nuestros anulares en pequeños Saturnos. Antes de que su trayectoria se cruzase con la de un cuerpo de magnitud superior que la atrajo sin remedio y que, él sí, le prometió la Luna.

Quizá el sistema binario se haya extinguido, pero su luz aún llega a la soledad de mis noches, como un guiño cómplice al tiempo que ella y yo viajamos juntos por el espacio.  Y todavía murmuro el nombre de su estrella, la que le regalé en vez de hacerle una promesa absurda que nadie puede cumplir.

74. CUIDADO CON LAS ESTRELLAS CUANDO PIERDEN SU LUZ

No era buen estudiante ni aficionado a las ciencias. En realidad, fue en la ESO cuando mostró un interés desmesurado por la Biología. Para ser sinceros, lo que le atraía era la profe. Sus bellos ojos verdes brillaban como luceros y con solo mirarle experimentaba una excitación magnética.
Convenció a sus padres para que le regalaran un telescopio y todas las noches subía a la azotea para contemplar a la más brillante de las estrellas, la del quinto de la Calle del Sol que lo elevaba al quinto Cielo.
Durante el curso, el adolescente se fue transformando en un esbelto joven que atrajo la atención de la más guapa de clase. Ahora en el firmamento nocturno apareció otra estrella con una luz más intensa e intermitente, como luciérnaga, y que lo atraía irresistiblemente. Mientras, la gran estrella se fue apagando paulatinamente hasta convertirse en un punto negro.
Una noche observó como la luz de la joven estrella era arrastrada hacia ese punto. Al alargar el objetivo él mismo se vio arrastrado también. Ya iba a caer en el gran agujero negro cuando dio un salto en la cama y despertó. Afortunadamente todo fue un sueño.

73. Un sueño hecho realidad

La noche se había iluminado, majestuosa e ingrávida, con el espectáculo inusual del lanzamiento del cohete espacial.
El joven, que llevaba toda su vida preparándose para ese momento, temió que la emoción le superase y que no pudiera poner en práctica todo lo que había aprendido.
Sin embargo, se sorprendió a si mismo realizando de forma mecánica y perfecta todo el procedimiento.
Y cuando quiso darse cuenta ya estaban orbitando la Tierra, y observando a través de aquella pequeña ventana la imagen más bella e increíble del planeta azul.
¡Qué pequeño y frágil se veía desde allí arriba!
En los diez días que duraba su misión realizó experimentos y puso al día el mantenimiento de la Estación Espacial Internacional.
Pero sus escasos ratos de ocio los dedicó inexorablemente a tomar fotos y vídeos de su hermoso hogar, seguro de que jamás lo vería desde un lugar tan privilegiado.
No había duda, ¡solo por contemplar esas imágenes había valido la pena vivir esa magnífica aventura!

72. EL ÚLTIMO VUELO DE ANTOINE (BELÉN SÁENZ)

Esperé a ver la puesta de sol, a oír cascabeles en las estrellas. Entonces hice despegar el monoplano con un leve remolino en la inmensidad del Sáhara. En el retrovisor la arena anegaba a la serpiente amarilla y, a mi lado, en el asiento del copiloto, estaba la caja tal como se la dibujé. La tarde anterior, el Principito me había dicho: “Parecerá que estoy muerto, pero no es verdad”. Lo que sí es verdad es que las personas mayores somos extrañas, quizás por eso no he querido levantar la tapa ni imaginar qué hay dentro. Con el corazón oprimido, decididamente amaestrado por aquel muchachito rubio, surqué el fino aire de la atmósfera, me embutí en algodonosas nubes y adelanté raudos cometas hasta aterrizar en el asteroide B‑612. Lo primero que hice fue proteger a la rosa bajo el fanal. Dejé la caja junto a ella. Luego me ocupé de deshollinar los volcanes y arrancar algunos baobabs. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero aquí estoy. Vivo. También dibujo y escribo. Supongo que allá abajo buscan mi avión, pero no lo encontrarán. No hay que creerse todo lo que el mar devuelve. Lo esencial es invisible para los ojos.

71. Un gran día (E. Cuesta)

Veloces caballos hollaban la estepa rusa para difundir la noticia. La patria lanzaba un hombre al espacio y debían ser testigos de la hazaña. La mayoría de los hombres levantaron los hombros; no iban a sacar más comida del hielo por ello, y las mujeres se santiguaron, rezando al cielo para que no cayera encima de sus cabezas. La mañana del 12 de Abril de 1961 amaneció clara y todos los ojos se congregaron pendientes del cielo. Arrebujados en sus capuchas, llevaban varias horas con el cuello dolorido, cuando el viento arreció. Enseguida, gruesos copos de nieve lo convirtieron en un vendaval blanco que hizo imposible la visibilidad en medio metro alrededor. En silencio, obedeciendo a una señal interior, todos se refugiaron en sus tiendas. Todos, menos Irina y Sergei.

Mientras Yuri Gagarin saludaba desde la órbita terrestre, Sergei exploraba el monte de Venus, e Irina descubría la Luna en los ojos de él. Cuando regresaron, medio congelados, ambos señalaron ese día en el calendario. En el poblado nunca supieron la verdadera razón.

70. EN ÓRBITA (Sergi Cambrils)

Una pequeña araña se posa en mi mano mientras me fumo un cigarro de esos en la terraza. Al verla no me asusto, al contrario; ojalá su mordedura me diera poderes sobrehumanos. El sentido arácnido y la habilidad para trepar por las paredes están bien, pero yo soy más ambicioso, y, puestos a pedir, preferiría volar como un pájaro. Contemplo el cielo; me relajo viendo la blancura de las nubes en torno al sol, y pienso que si ese gran poder me fuera dado, podría despegar como un cohete en dirección al espacio. Lo haría bien: me ceñiría un traje ajustado, con capa, efectuaría una cuenta atrás en la plazoleta del barrio y me despediría como toca de la gente que quiero. Les diría que me voy un tiempo, que necesito estar en otra órbita y salir de esta gravedad que me ahoga; que el cuerpo me pide explorar otras galaxias y caminar por los anillos de Saturno o los cráteres de la Luna. No miraría atrás, aunque me costaría dejar a mi perro Lolo y a una novia que tengo.

69. Polvo Lunar

Onán se sentía solo en su planeta, pero no estaba especialmente preocupado porque, ya desde chico, sus playmobil le habían enseñado a superar la velocidad de la luz. La ciencia estaba llena de errores, y Onán sabía que, un científico torpe y excéntrico, iba a lastrar a la humanidad durante milenios, al pasar por alto que había algo infinitamente más rápido que la luz: la imaginación. Porque la imaginación solo necesita tener la información precisa del destino y los simuladores necesarios para controlar la percepción sensorial.

Claro que no, la distancia no era ningún problema para Onán. Solo necesitaba vencer aquella terrible indecisión.

Un quásar, rutilante y majestuoso, brillaba delante de él, con dos enooormes agujeros negros en su mismo centro. Allí estaba el remedio de su soledad. Un pequeño impulso sería suficiente. Quince años de preparación en la NASA y tres carreras, le capacitaban sobradamente para salvar los quince metros escasos que mediría la sala del restaurante.

Sin embargo, su imaginación colisionó estrepitosamente con la luna del escaparate, dos asteroides, tres botellas, cinco mesas y un marido. Fue entonces cuando decidió regresar sigilosamente a su planeta, y jurarse autosuficiencia en cuestiones de amor.

Por los siglos de los siglos.

68. Inercias

Mientras pasa la fregona, Soledad, la limpiadora, pinta de forma caprichosa siluetas en el suelo que, entre hilos, se desvanecen para siempre. Ensimismada en el quehacer mecánico, da vueltas en su cabeza a preguntas sobre si llegará a fin de mes, si podrá comprar a sus niños los libros de la escuela, o si podrá retomar – ya tarde- aquellos estudios que abandonó a los diecisiete. Se ha dejado llevar por una sutil ley de la inercia, la misma que empuja, a miles de kilómetros, la nave  “Kubrik III” de la Agencia Espacial, cruzando el cielo y pilotada por la experimentada astronauta Ludmila Tokov, quien se interroga si llegará a enlazar con la órbita adecuada, antes de la entrada en la atmósfera. Tras varias tentativas fallidas planeadas desde la base,  indaga entre las lógicas del azar si volverá de nuevo a ver a su familia, a sentir la gravedad del suelo, a recobrar la brisa húmeda del agua, o a sorprenderse por las estelas tenues de otras naves, de otros destinos.

Un minúsculo punto de espuma gravita en el universo del cubo de la limpieza. Una estela nueva se dibuja errante y leve. En un lapso indecible, desaparece para siempre.

 

 

67. LA MANO QUE MECE LA CUNA (Eduardo Iáñez)

Cuenta la Crónica del Segundo Origen que, desde los inicios mismos de la Despoblación, en las Colonias el ritmo de trabajo era inferior, mucho menor la productividad. Menudearon depresiones, rupturas, crímenes y suicidios, sobre cuyas frías estadísticas llevaron a cabo sus prospecciones los científicos de la época. Fueron ellos quienes determinaron la causa de la afectación de la mente de los colonos: la ausencia de ciclos de sueño, motivada por los cambios magnéticos en los planetas exteriores. Entonces nos encomendaron la Vigilancia. “Confiamos en vosotras”, escribe el Cronista como despedida; y los Últimos también se marcharon.
Ahora, desde la silenciosa sede de nuestra empresa, y a través de una compleja red antigravitatoria, las Nodrizas estamos en disposición de reenviar sus sueños olvidados a los nuevos habitantes del Sistema Solar. Y en tanto decidimos su destino, las máquinas –rutilantes y eficientes– hemos inaugurado para la humanidad la imaginación cibernética.

65. MI DESTINO A-MARTE

Recuerdo muy bien el día que te prometí la Luna. Como olvidarlo… Esa noche nos juramos amor eterno en aquella diminuta cala plateada. Nuestras manos sólo se soltaban para señalar el firmamento y gritar, entre risas, nombres sin mucha convicción.
– Mira, mira… la Osa Mayor, El Carro y aquella otra… ¡Andrómeda!
Luego nuestras bocas, al unirse, nos transportaban a otra galaxia.
Un año después los astros nos dieron la espalda y otra constelación de nombre Cáncer se cebó en ti. Ahora,  que ya no puedes levantarte sola de la cama, yo sólo soy un satélite que gira a tu alrededor y  las únicas estrellas que veo son tus ojos.
Toma- te digo- hoy te bajé la Luna, mientras coloco entre tus manos un hilo imaginario y abro la ventana. Te miro. Te aferras con fuerza al cordón umbilical que te mantiene unida a esa diosa de plata. Sonríes.
Y mientras, yo, soy víctima de una lluvia interna de meteoritos.

64. ALGO VERDADERAMENTE GRANDE

Aclamado por millones de personas en toda galaxia conocida, mi currículum narra las proezas más extraordinarias. He conseguido, como capitán interestelar a cargo del Nyos Eering, logros impensables para el común de los mortales, amén de, y entre muchos otros, contraer nupcias con la mujer más deseada del universo desde la implantación del Código-N.

Por ese motivo nadie se explica que alguien de mi calado haya podido, tras verse privado de la minúscula constelación de pecas de tu espalda, cometer semejante atrocidad a tan solo dos horas de la venida del gobernador. Y esto no ha hecho sino comenzar.


 

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