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Asciende coqueta, palideciendo sobre el filo de la montaña. Donde nacimos no hay montañas, ni hace tanto frío. Aquí se me congela el corazón.
No sé por qué algunos soldados refuerzan la alambrada, mientras miran hacia otro lado. Es como si les molestase vernos.
Nos prometió viajar juntos hasta ella, y que nadie podrá detenernos. Debe ser cierto, pues cada noche luce más hermosa a nuestro alcance.
Aquí estoy contenta, sin “el hombre de las bombas”. Aunque, después de tanto tiempo lejos de casa, siga oliendo a miseria, y no se me calme este dolor insoportable en los pies.
Mi hermano pequeño se emboba cuando la espiamos, trenzados bajo la manta, ensimismados por descubrir los secretos de su cara oculta durante nuestra batida sideral. Fantaseando le relato cómo cruzaremos de la mano el firmamento, a base de brincos, acuchillando las nubes, atajando de fulgor en fulgor, engullendo años luz de cosmos desde cada parpadeo.
Su resplandor amortigua el aullido de los perros. Cada vez acuden más.
Anoche elegimos nuestra estrella predilecta, y pretendemos quedarnos a vivir entre su luz. A ver cómo le decimos a papá que no necesitamos continuar hasta la Luna, que ya estamos cansados de tanto viajar.
Astronauta, respondo cuando los médicos me preguntan qué quiero ser de mayor.
Me revuelven el pelo, sonríen, pero nunca contestan cuánto falta.
Un poco más, dicen. O ten paciencia, campeón.
En cuanto se van le repito la pregunta a mamá.
¿Cuánto falta?, eso no importa, asegura ella. Mientras esperamos lo pasaremos genial.
Alguien compatible, eso esperamos. Yo creo que compatible significa que viene de otra galaxia. De Compatilaxia, para ser más exactos. Por eso quiero ser astronauta, para ir a buscarlo yo mismo y listo.
A veces, parece que el compatible ha llegado y ha aparcado su nave a las puertas del hospital. Mamá sonríe casi de verdad, la abuela nos abraza y vuelven a pincharme el brazo, pero no me importa.
Lástima que después el compatible no pasa las pruebas. Quién sabe qué le preguntarán. Seguro que multiplicaciones por dos cifras, las que todavía no enseñó la profe Laura.
-Má, ya sé que yo soy de segundo…. Pero… ¿y si buscan un compatible de tercero, no pasará mejor las pruebas? – pregunto.
Ella sonríe. No me revuelve el pelo. Sólo dice que si quiero ser astronauta tendré que estudiar mucho y que repasemos las tablas otra vez.
En mi último viaje espacial, mientras navegaba por la Venusian Air Bypass Highway, me vi forzado a hacer una súbita maniobra de emergencia para evitar colisionar con un cosmobús de la Galactic Tourism Company, que se había desviado de su trayectoria. Tras haber pasado quince meses en coma en el Interplanetary Star Hospital a causa de las lesiones sufridas durante la sacudida provocada por la gigantesca turbulencia generada por el cruce de ambas astronaves a tan corta distancia y velocidades mega-ultrasónicas, hoy me han trasladado a un complejo de reposo construido bajo una cúpula de polvo de estrellas. Apenas instalarme en mi compartimento, advierto que, pared por medio, tengo a Elizabeth por vecina (¡Dios, Elizabeth!), sola, sin su marido. Nunca es tarde, afirmo; me animo y la visito. Qué sorpresa, me dice. Yo le digo tú has sido el sueño imposible de mi vida, el destino al fin ha querido congregarnos, y ya nunca podrás dudar de mis promesas de amor eterno. Ella, tímida, calla primero, luego titubea… y: Ay, Fidel, pero cómo eres, dice al cabo, con unción. Y tú sigues siendo tan hermosa, Liz, le digo yo, viendo cómo un aura rosada y trémula emana de su cráneo.
He alcanzado los confines del Sistema Solar. He visitado desde Marte a Plutón, incluyendo varios satélites de Júpiter. El próximo destino está cercano a Neptuno. Junto a él se han descubierto un par de agujeros de gusano. Un hecho tan insólito como anhelado. A pesar de que el hombre ha conseguido alcanzar velocidades cercanas a la de la luz, las galaxias están muy alejadas. Yo capitanearé la expedición que se dirigirá a la M51A. Me ofrecí voluntaria. Si no viajo en la otredad cósmica siento que me ahogo. Añoro los vórtices de Venus, los anillos de Saturno, el Valle de Marineris, los Géiseres de Encélado… He visto amaneceres con tonalidades de colores que desconocía y ríos de metano en Titán. En el silencio, he desmigado sonidos de música seráfica, casi imperceptible. Y lo curioso es que, perdida en la inmensidad del espacio, jamás me sentí sola. Aunque, desde hace unos meses, me obsesiona la idea de morir arrastrada por un agujero negro –me horroriza-. En cuanto pongo un pie en tierra, me planteo no moverme jamás: despierto en una cama de hospital, contrariada, pensando que debo romper con quien me transportó a aquellos maravillosos lugares. Curiosamente, la llaman heroína.
Tenían por delante seis meses en los que compartirían el minúsculo espacio de la primera estación espacial rusa. Yuri Supko y Andrii Ugrumov fueron los elegidos. El primero ingeniero aeroespacial graduado con honores en la universidad de Moscú; y el segundo el mejor físico nuclear de Leningrado.
Nunca se habían visto antes hasta el día del lanzamiento y en la cápsula pronto empezaron a surgir roces. Era pequeña para dos egos tan grandes. Al principio tuvieron discusiones nimias, sobre aspectos técnicos, pero con el paso del tiempo y el aumento de la claustrofobia se fueron enconando y la escalada de violencia verbal fue imparable.
Un día todo saltó por los aires. Un choque involuntario dentro del habitáculo prendió la llama y se enzarzaron en una patética pelea a puñetazos, levitando. Por la ausencia de gravedad no podían golpearse, así que empezaron a morderse. Dos hombres, rodeados del infinito silencio del espacio, batiéndose en una frenética batalla a dentelladas que nadie sabe como acabó.
Por lo que he podido indagar después, se cuenta que Moscú intentó contactar con ellos, y aunque no lo dicen a las claras, lo único que trasmitieron durante días fueron gemidos, susurros y risas ahogadas.
Mi viaje a Umbriel, el satélite con menor albedo de Urano, “el espíritu crepuscular de la melancolía” de Alexander Pope, no fue apacible a pesar de toda la poesía con la que yo lo había envuelto, porque cuando a un inmenso trayecto se suma una compañía ingrata, todo se enrarece inexorablemente.
Yo ya sabía que ellos subieron a la nave acoplados, pero no me importaba, yo traía mis libros para los ratos de asueto, y lo suyo no era para mi mas que un satélite añadido de rima disonante que podía obviar.
Pero en ingravidez hay cosas que no son distintas a tierra firme, y cuando Nikolái se desconectó de Gertrude y quiso ocupar el lugar de mis lecturas, parecía que no avanzábamos hacía nuestro objetivo.
Ella estaba colérica con él, pero también conmigo, sin saber que yo estaba más que asqueada con sus intentos de ensamblaje hasta que la convencí con palabras tiernas, y algunas falsas caricias, de que yo no era ni mucho menos su rival y que la misión principal se podía llevar a cabo solo entre dos.
La vuelta, técnicamente hablando, era cosa mía, así que decidí hacerla en la placidez de la soledad amable.
En lugar de acatar las leyes de la inercia y continuar con su movimiento uniforme, el satélite avanzaba a trompicones. Encendía y apagaba los sensores en un baile frenético de lucecitas de colores. Se apartaba a cada momento de su órbita, como haciendo amagos de descarrilar, indeciso y torpe en su misión.
A la NASA llegaban imágenes de una superficie terrestre psicodélica: bordes continentales desdibujados, masas de tierra con bosques color perla que se derretían sobre océanos rojos, y los áridos desiertos -antes marrones- de un azul prístino. Una imagen abstracta y desenfocada, una pintura casi metafísica de un mundo fluido y sensual, que sacudía del sopor a los orondos técnicos de la agencia espacial y auguraba un futuro diferente.
En esos días, el tímido ingeniero que lo diseñó recibía -alucinado- importantes premios por su novedosa aportación a la confluencia entre las artes y las ciencias.
El oficial Walker aprovechó su turno para revisar el cargamento. Aparte de servirle para desentumecer los huesos, aquello le resultaba tan grato como visitar un museo. Empezó como siempre por las semillas, envasadas todas en bolsas transparentes, etiquetadas y acompañadas por un fichero con la información de cada especie. Walker se recreaba leyendo acerca de las plantas a las que darían lugar, y luego se extasiaba mirando aquellas láminas de dibujos detallados y preciosistas, por los que pasaba las yemas de los dedos intentando en vano asir la realidad que representaban.
También estaba la “granja”, con su inmenso archivo zoológico en letargo; y las cajas con utensilios: ábacos, astrolabios, teodolitos, balanzas, plomadas, arados…, tan arcaicos que apenas los conocía; las enciclopedias, en el compendio más completo imaginable; la botica, complementada por una espléndida farmacopea… Pero esta vez no tuvo fuerzas para seguir: las especiales características de aquel viaje le estaban agotando mente y cuerpo. Salió del almacén. Cerró la trampilla y se quedó unos momentos inmóvil, escuchando el absoluto silencio. A su espalda, salvo el suyo, todos los nichos de hibernación permanecían cerrados. Frente a él, tras el cristal, Escorpión refulgía levitando en la nada, cada vez más cerca.
Flotar controlando nuestra propia trayectoria, gravedad cero, libertad de espacio y movimiento. Volábamos.
Fue un regalo perfecto. Ni el viaje a Bali, ni el anillo de diamantes, habían superado la emoción que viví en aquel simulador.
Tras la experiencia, salimos a cenar. Después, follamos. Fingí dos orgasmos. Dos. Uno no bastaba para ocultar mi falta de deseo. «Fingir» es un verbo que conjugo desde hace varios años, contigo, con tu familia, en el trabajo. Me levanté; necesitaba salir del agujero negro en el que se había convertido nuestra cama. Tú, dormías. Yo ya no volaba.
En el baño, frente al espejo, la realidad que vi en la constelación de pecas de mi cara, me avergonzó. Me sentí una traidora ante la evidencia de que mi vida, nuestra vida, transcurría dentro de otro simulador, a años luz de Pléyades y nebulosas, y cerca, muy cerca de la mediocridad.
Año 3016. Cuaderno de bitácora.
Marzo
Las reparaciones en el sector E de la nave han finalizado con éxito. La descompresión fue realizada correctamente. Los cuatro integrantes de la misión se encuentran sanos y salvos.
Las gominolas liofilizadas saben raras. Ya van quedando pocas, lástima.
Abril
Algo flota en el ambiente que ha minado los ánimos de los tripulantes. Supongo que leer El Quijote en cadena por enésima vez ya no ayuda a subir la moral.
Unos cuantos han formado un coro. ‘What a wonderful world’ se escucha machaconamente por cada rincón. La morriña nos invade.
Junio
Las noticias de La Tierra son desesperanzadoras. El Alto Mando de la NASA nos informa de lo ocurrido en el desierto del Kalahari. Los esquimales han avanzado, conquistando la zona y apropiándose de la distribución del agua. El Caos.
Agosto
Seguimos dando vueltas en torno a la órbita terrestre. Pedimos turno hace días, pero del control siempre recibimos una respuesta automática pregrabada.
Rotaremos hasta nueva orden. O hasta terminar el combustible. Entonces habrá que plantearse un aterrizaje de emergencia.
Desde aquí solo se ve una bola borrosa y grisácea. Después de tantos meses fuera de casa quizá ya no haya quien nos reciba.
Soleada mañana, bonitos trajes, delicada misión. Tocha al volante y Robledo, Bledo, al lado. Encontrar a la mujer del jefe se nos antojaba como buscar una estrella en el firmamento. Un brunch en la cafetería Apolo XI fue la primera pista. La segunda, el tique del Alta Velocidad con parada en Supernova, grandes almacenes con precios a años luz de la competencia. La nube de asteroides uniformados que la rodeaban delataron su presencia. Señora, el jefe… Señores, al jefe… Tocha y Bledo impelieron los asteroides uniformados al espacio profundo y a la mujer del jefe adentro del ascensor. Una vocecilla dijo: puerta se cierra… La entrepierna de Bledo acusó el golpe. Guapa, rubia y contundente, se dijo constreñido por el dolor. Las narices de Tocha salpicaron de granate sus impolutas camisas. Uno ochenta y noventa kilos, le calculó intentando contener la hemorragia. Yo me quedé más tieso que la bandera americana en la Luna… Señora, el jefe… La vocecilla: puerta, se abre… Posó el pie en Últimas Novedades como si conquistara Marte, se toqueteó el flequillo ante un expositor, y los asteroides uniformados se sintieron atraídos nuevamente por su extrema gravedad. Sentado, Carlete, dile que me espere sentado…
Los astrónomos de una lejana base observaron que las noches quedaban desbaratadas por un brillo grisáceo. Investigando, hallaron un misterioso jeroglífico en una playa desierta. Descubrieron que el acertijo señalaba unas coordenadas marítimas y enviaron a numerosos buzos para que explorasen el lugar. Encontraron, en las profundidades oceánicas, a la verdadera luna y constataron que la que colgaba del cielo era una estrella con afán de protagonismo que había empujado a la reina de la noche, por el lado oscuro, arrojándola al fondo del mar.
Recopilando toda la información, estudiaron cómo quitar a la intrusa que enrarecía la luz nocturna y diseñaron una enorme nave que alojase en su hogar a la musa de los escritores noctámbulos. Después de innumerables esfuerzos consiguieron que la estrella impostora, gracias a un satélite zalamero que la logró conquistar, volviera de vuelta a su órbita.
En cambio, subir a la luna traía de cabeza a los ingenieros aeroespaciales: en ninguna nave cabía. El sol, hastiado de la soledad de tantas noches oscuras, antes del ocaso abrazó con sus rayos a su eterna pareja y, con sumo cuidado, tras darle un beso apasionado en el momento del reencuentro, la colocó en el trono del firmamento.
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