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¡Pobres humanos! Ahí están, murmurando, intentando que mis oídos no capten sus palabras. ¡No entienden de telepatía!
Tres cuervos desorientados acodados a una mesa de finales del XXI (revival del rococó francés, periodo Isabelino: patas cabriolé, marquetería ecológica con apliques de bronce reciclado e incrustaciones de metacrilato biodegradable), sin decidirse a formular la pregunta. Hasta que el de la nariz floja se impacienta:
—Señoritaaa —arrastra el género como si fuera un pregonero (en mi último viaje, todavía había pregoneros que, con sus rimas y cornetas, provocaban expectación y… sonrisas)—. Señoritaaa —gorjea estirando el cuello—. ¡Cíñase a la pregunta!… ¿Inter-ga-lác-ti-co o inter-ur-ba-no?
Comadrejas nerviosas de actitudes cambiantes. Tan sentimentales, tan humanos. Elijo el tono y timbre adecuados a la edad que represento. Bajo la mirada y, como cachorro desvalido, me dirijo a las tres togas:
—¡Interurbano, Señorías! Quise decir: viaje inter-ur-ba-no.
Entonces, sus ojos, hasta entonces agujeros negros, comienzan a titilar como minúsculos soles, iluminando sus rostros. A continuación se recuestan y, cobijados en los respaldos de sus sillones: resoplan, mueven afirmativamente la cabeza y, ¡por fin!, aparece ese movimiento de labios (cóncavo y ascendente) que nosotros no hemos conseguido imitar… Un calor involuntario inunda mi revestimiento.
Sus dos hermanas habían dejado el pueblo y estudiaban en la universidad. Ella se hizo náufraga del tiempo la mañana del accidente. Vivía rodeada de flores, pájaros y árboles. Su padre la nombró guardiana de los campos y la conminaba a arrancar las malas hierbas, pero ella no creía que las amapolas hicieran daño alguno, y las dejaba estar. Pasaba las tardes enteras por los caminos. Perseguía mariposas, para observar el color de sus alas, se olvidaba de las horas. Marisol y Venus volvían en verano cargadas de libros repletos de imágenes. Aprendió el sistema solar y se quedaba muchas veces ensimismada frente a la luna mientras buscaba en su superficie huellas, paisajes, montañas y ríos. Descubrió en los manuales los agujeros negros. Imaginó que eran ventanas que la conducirían al lugar en el que se hallaba su madre. Escudriñaba el cielo por las noches e interpretaba cada pliegue como una de esas brechas. Supo que el mundo estaba lleno de galerías y canales secretos conectados. Y no paró hasta encontrar un atajo. El pozo cercano a las eras, con profundidad desconocida, de aguas densas, de oscuro azabache.
Todo estaba preparado, habían saltado las alarmas.
La tercera guerra mundial estaba siendo la más devastadora de la Historia, los nuevos artificios habían demostrado ser miles de veces más eficaces que las bombas atómicas que, no obstante, desarrolladas por una treintena de países estaban sembrando el mundo de destrucción.
Junto a esa hecatombe y probablemente propiciada por ella, se sucedían los terremotos y los mares subían de nivel y anegaban buena parte del mundo, mientras en otras zonas el desierto avanzaba por días.
La inteligencia artificial de la nave espacial se puso en marcha, se encendieron los motores y, tal como había sido programada, activó el programa de salvamento y se acercó lentamente al monte Ararat, hacia donde, gracias a microchips específicamente preparados, se dirigía una pareja de cada especie animal.
Una vez acogidas todas las especies conocidas, llegó el momento de que accedieran parejas humanas previamente seleccionadas, a las que también se les había puesto un microchip y reservado un sitio, pero la inteligencia artificial de la nave se había desarrollado y, previniendo un nuevo desastre, cerró las puertas. antes de que llegaran.
Desde la terminal hospitalaria, lo preparaban para ser lanzado al espacio aniquilador.
El notario daba fe del acto con una lluvia de regalos a los expectantes.
Se hizo la oscuridad y el espacio se convirtió en una boca negra de horno. Todos fueron envueltos en una nube cenicienta.
Acodado en la barra del Selene’s Club, apuro mi segundo bourbon. En la pantalla del televisor observo dos caras conocidas. Otra vez. Ahora es por el treinta aniversario y ambos vuelven a acaparar flashes, cámaras, reconocimientos y aplausos. Hace poco leí el resultado de una encuesta; un ochenta por ciento recordaba nombre y apellido de mis compañeros de misión, sin embargo el mío, Michael Collins, apenas un tres por cien. No pude evitar una sonrisa pensando que sería gente de mi barrio, familiares o amigos. Aún me reconcomo al recordar que Neil nunca reconoció que su famosa frase se la sugerí yo durante la tercera jornada del viaje. Edwin fue testigo; y mudo. Con su pan se lo coman, pienso mientras saboreo otro sorbo. La memoria me trae aquella idea que pululó por mi mente mientras, en el módulo de mando, orbitaba el satélite esperando la conclusión de la excursión lunar. ¡Qué distinto habría sido todo! Seguro que de haberla llevado a cabo habría merecido mucha más atención que la que durante tres décadas ha acumulado esta pareja. Pero no lo hice. Con lo fácil que hubiera sido emprender el regreso anticipado y llamar diciendo «Houston, tenemos dos problemas».
Hubo un tiempo en que me pedías que te bajara las estrellas y yo cada noche subía a por una de ellas. Poco a poco tu dormitorio brillaba tanto en la oscuridad que ya no eran necesarias las bombillas.
Una noche cuando ascendí a por una de ellas, la luna que estaba cerca, se aproximó y me susurró al oído. Me pidió que me quedara con ella y sonriendo me cogió de la mano. Miré hacia abajo buscando tu rostro, pero sólo pude observar el resplandor que salía por la ventana de tu habitación, así que me quedé en las alturas hablando con mi nueva compañera. Nos despedimos con los primeros rayos de sol asomando en el horizonte.
Desde entonces soy yo quien te pido subir cada noche a conversar con la luna.
El Celador
Ya sé que es un inmenso honor haber sido escogido para formar parte de la primera misión tripulada al espacio.
Pero para una persona como yo, sin conocimientos de navegación ni con una especial preparación física para soportar las necesidades de un vuelo de estas características, se le hace extraña la elección.
En mis múltiples intentos de rechazar el nombramiento, para el que no me siento idóneo, la superioridad al mando de la operación, ha respondido con la necesidad de contar con mi total entrega para la causa.
Así que solo me resta esperar estar en condiciones para el día de la famosa cuenta atrás, estar preparado para poder zamparme una buena cena, como las que les dan a los condenados, en su último ágape.
Los compañeros de viaje están en celdas separadas de la mía, pero su bullicio llega hasta mí de forma nítida y ensordecedora.
Al no poder de momento interactuar con ellos, me limito a silbarles para que sepan de mi presencia y se calmen un poco, aunque están ajenos a la operación viaje, las circunstancias ambientales les superan un poco.
Supongo que probarles los cascos y trajes les incomodan algo a los monos.
Tu sonrisa mañanera sirvió de combustible.
Un café, con periódico y sin azúcar como a mí me gusta, fue la rampa de lanzamiento. «10.9.8…»
Observarte mientras te arreglas, escucharte opinar sobre algo que no recuerdo. «7,6, 5…»
Un beso en los labios, una palabra que sale del cariño. «4,3, 2…»
Esa frase que no puedo repetir ahora. «1… 0».
Despegamos hacia las estrellas, siento ya la falta de gravedad, juego con los espacios, los silencios, me meto en ese lugar donde todo puede pasar…
Es un viaje de ida y vuelta, eso lo sabemos .Por eso resulta tan diferente cada vez que volvemos, juntos, y por eso cada vez descubrimos rincones donde no habíamos estado antes.
Y así,este astronauta enamorado lleva toda la mañana en el trabajo pensando en ti.
En el principio de los tiempos, el viento inventó los viajes. Cuando solo había tierra, recorrió sus contornos. Después, se dejó abrazar por las olas y se impregnó de los aromas de las flores. Antes de descubrir a los hombres, ya había rodeado el sol, volado sobre los cráteres lunares y diseñado rutas entre las estrellas.
El viento era libre y disfrutaba propagando el canto de las aves, el aullido de lo lobos o haciendo crujir a su paso las ramas de los árboles. A los sonidos de la naturaleza se fueron sumando, cada vez con mas fuerza, las voces, los ruidos humanos que inundaban el planeta y con ellos, también, la música.
Más de una vez, alguna ráfaga de viento juguetona, se ha llevado lejos, más allá de las nubes, la melodía de un oboe, el ritmo étnico de los tambores o los acordes rasgados de una guitarra. En algún momento, en algún lugar indeterminado del espacio, viento y música se han fundio con otros aires, con otros sones llegados de quién sabe donde.
La luz oscilante de las dos estrellas convergía en un punto que parecía cada vez más lejano. Llevaban varias jornadas siguiendo aquel rastro y aumentando progresivamente la velocidad. Pequeños cometas y masas irregulares de gas, sobrepasaban la nave atraídos por aquel foco blanco y brillante.
Cuando la fuerza gravitatoria empezó a afectar al control del Enterprise, el comandante ordenó desconectar todos los reactores. Paralizados, observaron como aquella gigantesca boca engullía toda la luz y materia a su alcance.
Sabían que al entrar acabarían aplastados y desintegrados; pero también, que sus partículas emergerían en otra región del universo, recomponiendo al azar nuevas formas de vida con los millones de células de sus cuerpos ahora contaminados.
Atrás dejaron una civilización arrasada por la radiación. Ahora, se miraban expectantes unos a otros. Después de la dura travesía, ninguno tenía fuerzas para abrir un nuevo debate, para mostrar dudas al plan trazado hacía ya tanto tiempo en medio del pánico.
Los quince supervivientes asintieron al unísono, enlazaron sus manos y dirigieron la nave hacia el agujero negro.
Dice madre que los inviernos en la choza son duros, pero una vez has pasado el primero, el cuerpo aguanta los que te echen. Lo sabe, porque se quedó hace diez años para parirnos un cuatro de enero a mi hermano y a mí. Yo nací «debilucho» y me quedé con ella, pero a Javi se lo quedaron los señoritos, que nunca tuvieron hijos. En agradecimiento, nos trasladaron a vivir a la casucha con chimenea del valle y, una vez al año, acercan a madre al pueblo, nos compran pan blanco y, como yo no voy a la escuela, me traen libros pasados del señorito Javier y revistas viejas con dibujos de viajes por la galaxia. En las noches de verano aprendí los nombres de todas las estrellas, dicen que soy listo y podría ir al espacio como unos astronautas que fueron hace poco.
Mañana toca bajar, para mí subir, los señores estrenan coche, parece una nave espacial, con luces de colores y muchos botones, por primera vez me dejan ir.
Días atrás empezó el deshielo, pero por si vamos lejos, me pondré las botas nuevas de padre, para dejar huella, como Armstrong en la luna.
Malu.
Como aquel domingo no tenía nada mejor que hacer, acudí a la jornada de puertas abiertas promovida por una institución en decadencia que deseaba captar nuevos socios. Su reclamo para conocer la vida real y el legítimo Cielo, según prometían, despertó tanta curiosidad como expectación. Se llegó a completar el transbordador espacial Faith I, aunque dejaron claro que, para el viaje definitivo, si alguno se animaba a realizarlo, debería impulsarse con su propia fe.
Todo el que necesitó adquirir un visado temporal pudo confesarse, y el hombre que custodiaba el acceso con sus llaves nos franqueó el paso al mítico Edén. La visita guiada por este jardín idílico hizo que entrase en éxtasis, que me invadiese una placidez divina, un sosiego ni siquiera comparable al que dejan las siestas de las vacaciones veraniegas. Entonces solo quise residir en ese reino de paz y armonía eternas, algo impensable cuando explicaron las Diez Normas Básicas exigidas para obtener una plaza permanente.
Así que burlé el protocolo de seguridad y dejé mi alma allí, pero al regresar a la Tierra con mi cuerpo, libre de remordimientos, acabé por descubrir el auténtico paraíso terrenal. El que de verdad ahora no deseo que termine. Nunca.
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