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Cada campana repica dentro de mi cabeza como un lejano susurro hasta convertirse en un hipnótico sonido, el cual terminara con el eco de la última campanada. Un año agoniza igual que las temibles crecidas de la época de lluvia, para convertirse de nuevo en una mansa corriente, donde se puede navegar con las manos haciendo surcos en el agua, sin la preocupación de utilizar un par de remos para navegar. Con la misma ansia de un niño, buscador de oro, exploraremos las orillas de las islas desiertas. Algunas veces con las uñas escarbaremos en playas de arenas blancas; otras en arenas grises, llenas de filosos guijarros, hasta desangrarnos. No hay recompensas fáciles ni mucho menos las encontraremos flotando a la deriva. Tendremos que bucear en aguas profundas sin tanque de oxígeno. Posiblemente, nos ahogaremos en esteros pantanosos y con toda seguridad alguien nos salvará. También llegará la época en que tengamos que remar y lo haremos contra corriente o bajo fuertes tempestades. No hay seguridad en nada pero llegaremos sanos y salvos a nuestro lugar de remanso, porque la vida es un ciclo que inicia y termina con el repique de las campanas.
El número trece de la Calle del Cuento ha perdido la fachada y deja ver sus entresijos.
Ap. Tres (Portería)
Silve y Tom interrumpen la placidez de su retiro para registrar las miserias, euforias y proyectos que despiertan las doce campanadas.
Ap. Uno
Las uvas atascan su garganta mientras el heredero esboza una leve sonrisa.
Ap. Dos
Una bañera y el cava deslizándose lujurioso por la piel desnuda de su amante. Terminan las campanadas y grita: “femme, au revoire”.
Ap. Cuatro
Porrón-pon-pon, panderetas y petardos. Porrón-pon-pon, villancicos y carracas…
Ap. Cinco
Soledad, el hollejo áspero de la última uva, una sortija rechazada y una navaja impaciente.
Ap. Seis
Dentaduras en la mesa, uvas pochas y hamburguesas con cierto sabor familiar.
Ap. Siete
– ¡El Nano, que se atraganta con las uvas! ¿Por qué no se las habéis pelado?
Ap. Ocho
El ángel del belén tiene las alas cortadas. Los escorpiones de la amargura bailan un réquiem y llegan reptando las sombras del suicidio.
Ap. Nueve
Ínfimos consuelos en medio de un océano de soledad.
Ap. Diez
Brinda con vino dulce. Un crucifijo de plata le cuelga por encima de la sotana. Su mirada lasciva acaricia la foto de los niños catequistas.
Basado en hechos reales
No paraba de mirar el reloj y a su rival, la mujer que dormitaba en la cama de al lado. La enfermera entró. La auscultó. Le dijo que ya había dilatado diez centímetros.
–Está a punto.
No pudo evitar sonreír. Estaba cerca de llevarse el premio, el generoso cheque que el ayuntamiento regalaba al primer bebé del año. Ya imaginaba todo lo que compraría con ese dinero. Cuando se recuperara, haría un viaje. A Miami. Siempre había querido viajar a Miami.
La enfermera volvió.
–Vamos a llevarla ya.
–No, no –musitó.
Faltaba una hora. Tenía que aguantar una hora. La camilla recorrió los vacíos pasillos del hospital. La parturienta deseó que aquel trayecto no acabara nunca. Una contracción le hizo estremecerse. En la sala de parto, todos estaban preparados. Iba a decirle algo al doctor, pero le dieron un pinchazo.
Todo sucedió muy rápidamente. Alguien le sujetó los brazos. Fue consciente de que le hacían una incisión en el abdomen. Sintió que la cara se le llenaba de sudor. De repente, le pusieron un bulto en el pecho. Su hijo. Trató de sonreír.
–¿Qué hora es? –preguntó.
El “tío Julián” era el médico del reloj. Cuando en invierno al reloj de la iglesia le afectaba la humedad constipando el ritmo de las horas, él subía presuroso a la torre. Accedía a la pequeña estancia desde la que el reloj gobernaba el tiempo e iniciaba un minucioso ritual de inspección, escudriñando con vivarachos ojos y hábiles manos cada una de sus piezas. Algunos del pueblo, menospreciando su labor, le preguntaban: “¿Qué haces ahí arriba, Julián, que te pasas las horas muertas?”; a lo que él solía contestar: “Vigilo el tic-tac del reloj, que es el corazón del tiempo”.
Pero realmente al “tío Julián” nadie lo conocía en profundidad. Vivía solo en una de las últimas casas del pueblo que heredó de un pariente lejano. Hasta su edad era un misterio. Los más antiguos aseguraban que llegó al pueblo el mismo día que se estrenó el reloj de la iglesia. Y de eso hacía mucho.
Una Nochevieja, faltando apenas unos minutos para las campanadas del Año Nuevo, el reloj enmudeció. De su blanca esfera, súbitamente ensombrecida, comenzaron a caer gruesos y oleosos goterones.
Fueron a buscar al “tío Julián”. Tras la herrumbrosa puerta solo encontraron el tiempo detenido.
Terminadas las uvas se escuchó una decimotercera campanada.
Al ver nuestras manos vacías entendimos que no habría un nuevo fin de año.
Junto a la barra ricamente decorada con estrellas navideñas la vi. Era un ser de gran belleza y presencia misteriosa. Su pelo irradiaba tonalidades doradas, y su apariencia parecía provenir de un lugar alejado del nuestro. Mi espíritu la deseaba. Bailamos las canciones más bellas que nadie haya escuchado jamás, y me declaré una y otra vez abrazado a su cuerpo. Me respondía con besos de verdad, y renací.
Todo lo que en aquella fiesta ocurría a su lado, era un descubrimiento. Durante las campanadas de fin de año comprendí que la amaba. Que se instalaba en mi vida como si la esperara. Que comenzaban a hacerse realidad mis deseos, consiguiendo mi metamorfosis. Que me envolvía con su encanto y abría el corazón; y que me invitaba a buscar nuevas sensaciones, regalándome la potestad de sentir pasión sin límite.
La velada nos hacía flotar por mágica. No solo porque fuéramos vestidos de blanco, alumbraran velas de incienso, y se escuchara la mejor música barroca. Era la última del año y la había conocido. Su magnetismo me aseguraba que junto a ella me sucederían cosas increíbles.
Pero amaneció, se aproximó el final de aquellas pócimas sagradas y me reveló su secreto.
Lágrimas heladas resbalaban por su rostro cansado, en aquella mañana gris y helada. A su lado los familiares cubiertos por el llanto, mientras él miraba al cielo y en silencio maldecía al Dios que se lo había arrebatado.
Tras cerrar el nicho se produjo un largo desfile de abrazos y palabras amables, que se hicieron eternos, quedando el cementerio desierto y dejando allí su corazón y su pequeño.
Volvió a sus rutinas intentando ocupar su tiempo, pero la pena no quería marcharse de su vida.
Llegó el invierno y sus fiestas navideñas. En la televisión explicaban las tradicionales campanadas y él recordaba las últimas fiestas con toda su familia. Una leve sonrisa nació en sus labios al sentir aquel momento, despues frunció el ceño y pensó que sería mejor acostarse y evitar la espera, hoy solitaria.
El sonido del timbre rompió la noche con insistencia. Abrió la puerta y sorprendido vio a sus amigos que sonrientes le llenaban de abrazos, besos y buenos deseos, haciendo que miles de sentimientos se mezclaran en él.
Y mientras se comía las uvas, sintió cercano a su hijo y supo que siempre estaría con él, pues sus recuerdos vivirían por siempre a su lado.
La última campanada, arrancó su máscara, se quitó la vida.
Tras el repique de la última campanada, saludando el primer amanecer del año, lanzó un tiro al aire. La bala, pavoneándose, se perdió en lejanías. Apoyó la mano armada en el palo de billar, pidió una cerveza fría y mandó a entornar la puerta.
Vigilantes esperamos. En cuanto entró al salón se le abalanzó. Fascinados, vimos cómo le dio el beso más hermoso que nadie, jamás, haya dado en su vida.
No esperaba a nadie a esas horas en el despacho. Me había quedado ordenando las pistas del último caso: una anciana sospechaba que su cuidadora la estaba envenenando. Justo cuando estaba empezando a pensar que aquella anciana se auto medicaba demasiado llamaron a la puerta. Una silueta alta y de curvas pronunciadas se dibujaba en el cristal translúcido de la puerta. Al abrir una mujer rubia con el pelo recogido, un traje ceñido y unos zapatos de tacón que le hacían sacarme casi una cabeza me miro con sus ojos pardos de otro mundo.
-Siéntese por favor. ¿A qué debo su visita?
-Me envía Rosalind, la anciana que le contrató porque cree que le estoy envenenando. Está impedida en la cama gracias a la última dosis. No llegará a tomar las uvas. Antes de que llame a la policía le traigo esta carta firmada por ella en la que confiesa su adicción a los somníferos.
Yo asentí abobado sumido en su perfume.
Hoy, un año después, tomo las uvas con aquella mujer. La anciana no pasó del año pasado. No sé si sobreviviré a la octava campanada pero sería tan bello morir reflejado en estos ojos pardos.
Con el cerebro obnubilado por el vino y arropado por la celebración, el hombre vació en el aire el tambor de su pistola. Tras la campanada del año nuevo, en el hospital de la ciudad, declaraban muerto a un niño impactado en la cabeza.
Primera campanada: profusión de petardos y fuegos de artificio. Todos brindan, saludan, se besan.
Papá Noel se queda dormido en la silla, la panza llena de sidra y de turrón, tal era su afán, como siempre, por resarcir la ausencia en el festejo anterior.
Masticando sus tajadas de pan dulce, parten los Reyes Magos; no sea cosa que, a medio camino, se les apague la estrella.
Entretanto, ella ya levantó la mesa, guardó lo perecedero en la heladera, y acunó a ese año recién nacido que tanto se hace sentir.
“Misión cumplida”, susurra mientras se va, arrugada y feliz, en el eco de la última campanada.
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