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La localización del fin del mundo me pillaba a desmano así que, el día señalado por los profetas no acudí a la cita. Había dejado a todo el mundo tirado y, a mi regreso, me encontré a todo el mundo criando malvas. Supe que habían luchado con honor porque hasta mi lejanía llegó el eco de sus huesos. Contemplé el desastre de la contienda. La desnudez de la nada como paisaje, me dañaba la vista y el corazón. La ansiedad se apoderó de mí. El cuerpo me pedía un cigarrillo, dos, la cajetilla entera. Pero el último me lo había fumado poco antes del exterminio. De los estancos, estanqueros, plantadores, recolectores, tabacaleras, fumadores, no fumadores, y ex fumadores del mundo, no quedaba rastro alguno.
Ahora empiezo a añorar el pasado que se desvaneció en el aire, a temer al silencioso futuro que me aguarda. Respecto al presente… el presente es infumable. Debí saltar cuando aún existían los precipicios.
Amigo, compañero, hermano. Te llamo con la voz rota por el humo que empieza a disiparse, en esa campiña apacible transformada en un reguero de cicatrices y hombres. Siento calor en las mejillas y no acierto a encontrar en qué tenebrosa frontera sudor y lágrimas han dejado de ser algo distinto. Te encuentro, al fin. Tendido en una posición que revela una verdad amarga que no puedo asumir. No ahora. No cuando el fin está cerca. O eso nos dicen para que salgamos un día más a ser el propio combustible que nos consume. Giro tu cuerpo maltrecho y todo atisbo de duda se evapora. Ya no brilla la vida en el espejo de tus ojos. Te tocó pagar el precio terrible de esa libertad nebulosa por la que se supone que luchamos.
Mientras el desconsuelo me embarga acierto a retirarte el guardapelo. Las caras de tu mujer y tu hija me miran tras sus cristales y en sus sonrisas descubro la única verdad que nos mueve a nosotros, pequeños peones desechables: sobrevivir; regresar.
Jason McDonald estaba vivo.
Todo Charleston recibió con expectación la noticia. El viejo Freeman había asegurado que Jason se había desangrado como un cerdo ante sus ojos en Gettysburg.
Ahora, cinco años después, un abogado de Philadelphia les comunicaba la buena noticia y su madre, su hermana y su prometida, Millicent Kelly, lloraban juntas a la vista del telegrama.
A veces Millicent, deseaba haber muerto también en Gettysburg. Estaba cansada de no ser.
No ser viuda. No ser casada. No ser soltera.
Cansada de ser tan solo la pobre señorita Millicent.
Maldito sea el viejo Freeman, pensaba ella. Si acaso hubiera podido saber…….
El reencuentro tuvo lugar en el porche de los Kelly. Era la primera vez que estaban a solas. Sin carabina. Mientras Jason contemplaba como las colinas se derretían bajo un fulgor anaranjado, Millicent advirtió el temblor de su mano y un tic nervioso en su ojo derecho. No recordaba que sus ojos fueran verdes. Ni su costumbre de apretar los nudillos hasta blanquearlos.
De hecho, apenas lo recordaba.
— Yo creo….que ya no le quiero— Dijo Millicent, sin pensarlo.
Él la miró en silencio y asintió aliviado.
Después observaron la puesta de sol.
Hacía calor.
Era Agosto.
Ocurrió el marzo de sus trece años. Llevaba varios días, junto a sus padres y su hermano, tratando de huir por la línea fluctuante del frente del Ebro.
Vio cómo traían detenidos a dos brigadistas que habían encontrado escondidos entre los almendros. Eran corpulentos, tenían el cabello claro y los pómulos altos. Uno de ellos arrastraba su mirada hacia la vida efímera y venenosa que se agolpaba a su alrededor.
Los llevaron hacia un barranco cercano al camino. Después se oyó un estruendo de pólvora.
Al atardecer se escabulló con su hermano. Al asomarse al último de los márgenes pudo ver un montón de ramas ocultando algo.
Otro marzo, muchos años después, regresó. Acompañado de dos compañeros universitarios y una pala, volvió al lugar exacto. Entre las raíces de los almendros en flor empezaron a asomar costillas, un fémur y un par de calaveras, que introdujeron en un petate para transportarlos de vuelta a Barcelona. Allí limpiarían los huesos hasta dejarlos de un blanco sucio y uniforme.
Durante los años siguientes, los huesos recios de dos eslavos que fueron fusilados en una guerra extranjera le enseñaron toda la anatomía que necesitaba para convertirse en el médico respetable que pretendía ser.
Abre los ojos, mira el reloj y suspira. Solo resta media hora de paz. No los ha cerrado aún cuando toca diana puntual a las siete. Casi sin tiempo para asearse, se equipa con el uniforme de combate y se pone a cuestas las armas de destrucción masiva. Pero, antes de salir como una bala hacia el campo de batalla, escucha a voces las últimas instrucciones del comandante.
Llega a su destino y, tras una avanzadilla, observa que aún duermen, por lo que, de modo fantasmal, se adentra en la línea enemiga y comienza con la sangría. Haciendo uso de una logística admirable, las maniobras han sido un éxito y no ha dejado rastro de su adversario en todo el perímetro.
Ahora revisa su plan de operaciones, pero no olvida las órdenes del comandante. El coraje la paraliza. Absorta, localiza al enemigo en casa. Vuelve en sí y contempla las armas que lleva cargadas. Y decide hacerle caso sumiso. Se despoja de los guantes de látex, tira el friegasuelos, ata una sucia camiseta blanca al recogedor, se monta en la escoba y sale volando por la ventana, mientras, con una sonrisa, se repite: “Te vas sin prepararme el desayuno, bruja”.
He vuelto a perder la batalla.
No quiero despedirme de mis nubes; me sentiré extraño sin los otros que viven en mí. Pero no me resisto y bebo del vaso que me tienden. Trago y sonrío, aunque su mundo me aterroriza.
La luna llena había dejado su puesto al sol, cuyos rayos iluminaban a una Emma que yacía totalmente desnuda tras la batalla de sexo y pasión de la noche anterior. Abrió los ojos y buscó a Silvia con la mirada por la habitación, pero no obtuvo resultado.
Sobre la silla vio una nota y sobre esta una rosa. Se levantó, cogió la nota y la leyó.
» Lo siento Emma, tengo que irme, entenderás que tengo una vida que continuar»
Emma con lágrimas en los ojos, rajó la nota, cogió la rosa y salió del hotel decidida a retomar su plan.
En el hospital y desde la lejanía reconoció a su madre, y con ella, aquel joven que besó a Silvia en la calle.
Esperó a que dejará de hablar con su madre, caminó por el pasillo y chocó con él intencionadamente, haciendo que cayeran los informes al suelo. Emma se agachó a recogerlos mientras se fijaba en la identificación que llevaba en la solapa de la bata.
– ¡ Ya te conocí, Víctor Villafrías ! – Pensó Emma.
El enfermero continuó su camino tras agradecerle su ayuda. Esta abandonó el hospital y fue directa a la casa de Isaías…
-¡Mira Juan!, mira lo que he hecho con el periódico.
-¡Déjame en paz Marisa, que me voy a jugar con mis amigos!.- La niña perseguía a su hermano con el papelito transformado en barco ondeando en la mano. Su hermano corría calle abajo al encuentro de sus amigos, huyendo de su hermana y su tesoro.
La tarde anterior ambos habían tratado de conseguir ansiosamente la figura del barco descrita en el libro de papiroflexia; doblando y desdoblando el papel hasta hacerlo añicos; ¡Y por fin ella lo había conseguido!. Ahora corría tras su hermano con la proeza en la mano.
-¡Para!, Juan. ¡Que sólo voy a enseñaŕtelo!.
– ¡Marisa, que llego tarde!. ¡Mis amigos han empezado a jugar sin mí y hoy toca batalla final en el fuerte!.
El niño protestaba, no sin razón, ante la testaruda hermana. Había pasado muchos días con sus amigos construyendo sueños como para que una niña con un barquito de papel les fastidiase el desenlace final.
De pronto, paró en seco. Se giró hacia ella y con una espontánea e ilimitada dosis de comprensión la miró a los ojos, la cogío de los hombros y amorosamente le dijo.-Ya lo se:. has hecho el barco. Te prometo que lo veo después de la batalla.- Marisa sonrió y con una dosis no menor de comprensión asintió con la cabeza teniendo la absoluta certeza de que su hermano vendría a ver el barco tras la última batalla.
El sol copulando desaforadamente con la tierra.
He perdido tantas veces la batalla antes de librarla que no recuerdo si la chaqueta, con la que tantas veces he intentado protegerme, es metálica, el Napalm de fogueo y si la colina que nunca tome era la de la hamburguesa; aun desconociendo si estaba embadurnada de gas mostaza. Oteo desde mis prismáticos los Altos del Golán, la franja de Gaza, el rojizo cielo de Bagdad… con la vista en un punto fijo y común a todos ellos y, observo, a pesar de las tinieblas que se interponen entre las bondades del hombre y sus demonios, el rostro de ancianos, mujeres y niños que clavan su mirada en el fondo de las lentes de mi distante binóculo. No me resigno y, de nuevo, me sumerjo en el fragor de una contienda que lentamente aniquila mi conciencia y entumece mi alma desabrida. Caigo, como siempre, otra vez derrotado y como siempre, impenitente, de nuevo me levanto.
Primero fue su compañero, después el primogénito, en los vacíos de sus ausencias sólo había germinado miseria. La mujer tuvo que tragar muchas lágrimas para sacar adelante al pequeño, el motivo por el que se levantaba cada día, soportaba colas con la cartilla de racionamiento, obraba el milagro de buscar papel y lápiz para que acudiera a la escuela.
Cansados de retozar en los socavones que habían dejado los obuses, los chiquillos decidieron esa tarde ir hasta las afueras del pueblo, cosidas de trincheras todavía distinguibles, tumba de muchos hombres.
Si algo habían aprendido aquellos pequeños supervivientes era a improvisar juguetes donde no los había, de ahí el regocijo de todos al hallar munición sin detonar. El tesoro se completó con el hallazgo de una caja de fósforos. Les faltó tiempo para juntar maleza seca y palos. En la alborozada hoguera arrojaron el objeto metálico. La bala, separada de la vaina por el calor, voló con violencia indiferente hasta atravesar un corazón.
Nadie como una madre sabe que la guerra insaciable mata hasta después de muerta. También, que es posible morir de dolor.
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