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¡Buagh!, vomito, un kilómetro de pasillos, decenas de puertas y siempre os cruzáis en esta, con ese roce de carpetas y el falso saludo de colegas, como si no supieran todos que te acuestas con él, como si yo no oyera por la noche el navegar de sábanas. Te ha dejado la pizarra llena de dibujos, hoy son los tipos de laberintos: el de mazes, el de caminos alternativos, igual que las amigas que se ha traído a casa, pero nunca para quedarse, se las comió en una noche; el univiario, el clásico, el más sencillo y no encuentras la salida, ¿estás secuestrada?. En la anterior clase dibujó las curvas de una mujer, el rubor te brotó al reconocerte y lo borraste de inmediato. Hoy los dejas, nos aburres con la civilización minoica, con tus dedos caminas por el encerado desde la Puerta de los Leones hasta el centro del laberinto, y allí paras. En tus ojos veo el toro y el deseo.
Tantos planos, papá, y no sabes que la línea recta es la distancia más corta entre tú y yo.
En ocasiones, cuando encuentra su reflejo en la ventanilla con el cielo estrellado de fondo, no puede evitar viajar unos años atrás y verse a sí mismo en alguno de los puertos señalados en el mapa de sus recuerdos.
En el de hoy corretea con la libreta en la mano, calle abajo, hasta la casa del abuelo. Tiene que hacer los deberes, y la presencia de aquel rumiante de cejas pobladas, siempre dispuesto a derrochar su característica sabiduría, es un punto a favor que no puede desaprovechar para un trabajo de Humanidades.
Al solicitarle ayuda con los laberintos mitológicos y reales más conocidos, el viejo se queda pensativo y sentencia:
— Sin duda alguna, los laberintos abiertos. El desierto, el mar, el cielo y la vida.
El suspenso de entonces le dibuja una leve sonrisa, mientras vuelve a lanzar una señal a la espera de respuesta desde el cuadro de mandos del primer módulo espacial tripulado oficialmente perdido en el espacio.
Poseedor no solo de fuerza inmensa, sino también de una memoria prodigiosa, el Minotauro se nutre tanto de los jóvenes condenados a muerte como de sus recuerdos junto a Ariadna. Por eso reconoce al instante, entre las sombras, el ovillo purpúreo que trae el varón ateniense: es el hilo favorito de su amada hermanastra, con el que tejía sus peplos de adolescencia. Al ser preguntado, el joven de paso incierto contesta que su amada se lo ha entregado para salir felizmente del intrincado laberinto. Conmovido, definitivamente traicionado, el monstruo renuncia a su innata crueldad y se deja golpear una y otra vez por aquel alfeñique, mientras le arroja a la cara esta verdad: «En el laberinto uno no se pierde, se encuentra».
Había llegado en su vida al final de un laberinto, en el que no encontraba salida. La vida una vez más se le había mostrado cuesta arriba, casi diríase, que canalla.
Los últimos cinco años habían sido para él una deriva sin fin.
La pérdida de sus padres en aquel accidente sin sentido, la enfermedad de su esposa- ese cáncer que le iba carcomiendo lentamente, dejándola en los huesos y sin esperanza- y la situación del paro que afectaba desde hacía dos años a su hijo, le habían llevado a una profunda depresión.
Finalmente, por si sus males no fueran suficientes, le llegó la noticia del ERE impuesto por su empresa, que le abocó a una prejubilación obligatoria, escasa, y por supuesto, no deseada.
Ahora con todo el tiempo del mundo por delante, sólo podía darle vueltas a ese laberinto sin fin en el que se encontraba perdido.
Sabía que debía intentar encontrar una salida, que por fin diera un sentido a su vida.
Creció sin hermanos ni espejos, en una casa de ventanas enrejadas escondida tras un muro. Su curiosidad infantil quiso un día trasponer la puerta prohibida y allí fuera, quedó maravillado ante el espectáculo que brindaban los vendedores ambulantes, los animales desconocidos y la belleza de las muchachas. Pero pronto comenzaron a herirle las miradas aterrorizadas de quienes huían a su paso y esa palabra desconocida con que le asaeteaban: “el monstruo”, “el monstruo”.
Sintió la mano de su padrastro presionándole el hombro para conducirle de nuevo a su hogar. La misma mano que años después le abandonaría en una extraña construcción creada para ocultarle a los ojos del mundo.
Año tras año encontró en las calles caprichosas del laberinto a jóvenes inmolados para acallar sus bramidos y comprendió, ante el olor del miedo de sus cuerpos, que su naturaleza no podría concederle otra comunión con ellos que la del alimento de su carne.
En sus sueños, ha vislumbrado la espada del héroe a la que ofrece sin resistencia su pecho desnudo. Él le liberará de la soledad.
Ahora escucha como se acercan unos pasos firmes y espera.
El abuelo me confesó que se lo había dicho Freud, oculto tras el manto estrellado que cubre el crepúsculo. Él, me refiero al hombre que me enseñó a susurrar al oído poemas olvidados a esa luna que vigila nuestros sueños, ya se olía algo porque Conan Doyle llevaba tiempo investigando los movimientos de la familia y el bueno de Kafka, taciturno compañero de noches en vela, se había transfigurado para huir sin mirar atrás. En el camino estaban Kerouak y Lope de Vega gritando que todos a una, pero era tarde y el abuelo prefirió quedarse esperando.
–¿A Godot le pregunté?
–No. Y asomado al balcón de sus ojos un torrente arrastró hasta mi orilla los restos de su naufragio. De ese modo pude ver el hastío, la amargura y la tristeza colgando de las pestañas de un hombre bueno.
……Hoy he estado bebiendo cerveza con Bukowski y fumando con Panero antes de visitar al abuelo. Es mi turno, lo sé. Pero ya es tarde para encontrar la salida al laberinto que conforma la memoria. La protegen molinos, indestructibles en palabras del compañero de sanatorio del abuelo. Un cuervo negro y altivo que busca su ínsula.
Llevaba foto en el móvil, la referencia y los 14,99 (15 para ser exactos) en el bolsillo. Acerté con la entrada y me aseguraron que encontraría la salida, aunque enseguida noté que el lugar estaba diseñado para confundirse: había rincones que invitaban a reposar, a leer e incluso a dormir. Pronto me obnubilaron miles de colores y formas, ingeniosos sistemas, espacios imposibles e intrigantes artilugios. Enloquecí: deseaba poseer muchos objetos que, de repente, consideraba absolutamente imprescindibles en mi vida. A pesar de las flechas, atajos y planos, pasé horas dando vueltas en aquel laberinto, sin encontrar el BARNSLIG verde para el cuarto de Martina, mientras llenaba la bolsa de tesoros y anotaba febrilmente números con un minilápiz en un papelito, como había visto hacer a un señor muy serio.
Me sentía feliz e ilusionado cuando alcancé el final portando innumerables cajas y cachivaches. Ni siquiera miré el importe cargado en la tarjeta; aquel bienestar no tenía precio, pensé.
Pero Marga no opinó igual: gritó hasta quedarse afónica y me echó de casa sin que pudiera impresionarla montando aquellas maravillas. Lo peor fue que, cuando pregunté si estaba enfadada por no haber encontrado el dichoso espejo, se había hecho la sueca.
Abda camina por las calles empedradas y empinadas de aquel pueblo; calle arriba, calle abajo, vía principal bulliciosa y callejuelas laberínticas más silenciosas. Sube hasta el faro y contempla el mediterráneo, regresa y pasa ante las tiendas de artesanía, ante los cafés que ofrecen té caliente de menta. Se cuela en callejas, para un rato a recobrar aliento bajo un balcón cargado de buganvillas; en las fachadas cuyo blanco daña a la vista trepa el jazmín que la embriaga un instante.
Da vueltas y vueltas pero no encuentra la salida, prisionera del lugar, sin escapatoria. Mira las puertas y ventanas que compiten con el azul del cielo, levanta la mirada hacia él y hacia su creador, justo en el momento preciso en que el pintor plasma su firma en el lienzo.
Me sorprendió que me dijera que hacía veinte años que Atenas enviaba a Minos el tributo de jóvenes. ¡Tanto tiempo! Entré siete años después de la derrota de Egeo… ¡Bah! Tal vez aquella muchacha me mintiera. Era guapa, pero acabé matándola. Su carne era suave, tierna.
Parece que fue ayer cuando entré. Entonces creía que iba a morir pronto, pues incluso a la pequeña aldea del Ática en que nací habían llegado noticias del monstruo de Creta. Sin embargo, en todo el tiempo que llevó aquí, no he visto a ningún monstruo. Recuerdo, sí, que al poco de entrar maté a un loco que deambulaba por los pasadizos. El primero de muchos.
He recorrido todos los pasajes. Parecen infinitos. Quizá los malditos cretenses no paran de construir más galerías. Todavía confío en encontrar la salida, aunque hay días en que me faltan las fuerzas. Cada vez me cuesta más.
Quiero desaparecer del bullicio que abarrota la plaza en la que me hallo, de los rascacielos que me rodean, cerrar los ojos y dibujar el horizonte de las tierras más lejanas.
Quiero viajar a las infinitas dunas doradas del desierto, correr deslizándome desde la cumbre hasta el perdido oasis. Conocer exóticos lugares olvidados en los mapas, pasear saludando a los niños que juegan a las puertas de sus hogares. Caminar por serpenteantes y estrechas callejuelas llenas de encanto inundadas del olor de las especias. Paredes encaladas de blanco con pequeños vanos abiertos conservando la intimidad del interior por trabajadas celosías de madera.
Quiero deambular por el laberinto de las medinas árabes, perderme en sus zocos, descansar en algún rincón en la vieja tetería. Respirar el aire fresco que abraza el azul del cielo.
Quiero seguir viajando entre el sol y la luna mientras las estrellas cuento, viajar tan lejos que nadie me encuentre entre lágrimas de nostalgia del tiempo ya perdido, sólo vivo en mi dilatada retina que húmeda sobrevive en el recuerdo.
Quiero escapar del laberinto que me tiene sumida en la rutina grisácea del asfalto de la ciudad que me oprime y me aprisiona escondiendo la libertad.
Estaba enamorada hasta los huesos. Ya sabía que él era muy bruto, y solo le interesaba la pesca y su perro, un setter despeluchado. Y ella tampoco es que fuera un bombón. Pero un día, en una de sus inacabables horas de lectura, encontró aquella historia y se le ocurrió la idea. Cuidadosamente y no sin esfuerzo fue recopilando todo lo que necesitaba. Un papel, tinta roja, hilo de pescar… escribió en un papel y con su mejor letra: «sigue la pista y llegarás al tesoro». Ató un hilo de pescar a su cartera, con la nota dentro, y lo deslizó por recorridos laberínticos cruzando el pueblo, la dehesa y finalmente el río. Al llegar a la orilla cortó el hilo y comenzó a colocar los asquerosos gusanos que usan los pescadores como cebo, y tanto le costó recoger en el fango maloliente. Los colocó espaciados, cada vez más…y dejó dos pasos hasta el sauce donde enganchó un corazón rojo tinta. Detrás estaría ella, con carmín en los labios, esperando a su Amor. Él vio la nota, siguió el hilo intrigado, llegó al río, y se entusiasmó al ver los preciados gusanos, que metió en su inseparable bote para cebo. Y se marchó encantado por el valioso tesoro, sin mirar un poco más arriba, de donde cayó un corazón, que el río destiñó.
Era un sueño recurrente. La muchacha de cabellos dorados, aparecía para más tarde desaparecer por las intrincadas callejuelas de aquella inhóspita ciudad, que parecía estar deshabitada. Por su gesto, se diría presa de una inquietud que agravaba la palidez de su rostro, huyendo de una inminente amenaza. Entonces a punto de darle alcance, despertaba envuelto en un sudor frío y en un estado de tal agitación, que tardaba varios minutos en recuperarse. Pronto se convirtió en obsesión, y buscaba el sueño en cualquier momento del día sin apenas comer,beber,ni llevar a cabo ninguna otra actividad, para contactar con su amada e intentar retenerla, por lo que ideó un laberinto de setos y plantas florales del que no pudiera escapar de su acoso. Desde entonces, terminada su obra, con la respiración sosegada y una plácida sonrisa en los labios, duerme eternamente.
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