Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

62. El encargo

Con los primeros relámpagos ella cerraba la cancela. Recelaba. Se le había escapado más de una vez. Cuando llegaba la nube él se quedaba en el zaguán y la mujer tenía que estar con mil ojos porque a él se le iban los pies. A veces se tenía que poner delante y reducirle hasta hacerle bajar la vista y que se metiera cabizbajo en la cocina. Escuchaban el redoble de truenos en silencio aunque a él los ojos le hacían chiribitas. Aquella tarde la tormenta se anunció con aparato eléctrico. Los animales despavoridos erraban por el establo espantados por la inminencia del temporal. Ella salió a ver si calmaba las mulas. Dejó en un descuido la puerta entreabierta. El anciano no se lo pensó dos veces. Se encaminó a los prados y se encaramó a lo más alto de la colina. Empapado por las ráfagas, esperaba los rayos y por último la tronada. Miraba al cielo en todas direcciones. Al acecho, vigilante, creyó avistar los aviones del enemigo. Persuadido de su cometido y cumpliendo con orgullo las órdenes de otrora, empuñaba  el bastón y a modo de metralleta apuntaba a matar, las culebrillas luminosas del cielo.

61. Inspiración

Era un buen lugar para guarecerse. Lo pensó mientras corría cubriéndose la cabeza con el bolso Louis Vuitton que le había regalado un antiguo novio. El chaparrón la pilló en medio de una calle desconocida y desierta de aquel barrio de adosados a medio construir. Quizá por eso la atrajo el caserón, un animal herido entre depredadores.

En el soportal se sacudió las gotas sin parar de quejarse del trabajo de comercial que la había llevado a un páramo sin clientes. Con lo bien que estaría escribiendo, en lugar de vivir en una cinta sin fin de tarifas que ni ella misma acababa de entender.

No se calló hasta que el edificio, con la puerta forzada, la invitó a curiosear. Las telas de araña que precintaban la entrada vencieron su temor a inesperados inquilinos. Dentro, el caos de un desvalijamiento y, entre tanto abandono, cientos de papeles desperdigados. Cartas, documentos notariales y legajos sobre foros y arriendos comenzaron a entretejer una historia ideal para su primera novela.

Ya pensaba en un arranque impactante, en el que un documento medieval aparecido dentro de un bolso prohibitivo sería la clave del asesinato de una humilde muchacha, cuando un chirrido la estremeció.

 

60. Anhelos

 

 

Al primer trueno deja un barquito de papel en el riachuelo esperando, ilusionada, la llegada de las lluvias.

59. CENTELLA

Trasciende la troposfera y purificando el aire viciado de la ionosfera, me colma de auroras boreales y me protege del viento solar. La mayor tormenta en la que me he visto envuelta se gestó el día en que chocaron impetuosamente nuestras bocas y con ellas un cúmulo de sentimientos y deseos anudados se enfrentaron arrancando un susurro atronador del fondo de nuestros cuerpos. Mi tormenta tiene nombre propio y voz cálida. Me fascina exponerme, descalza y desnuda, y que toda su carga eléctrica en un segundo me atraviese para luego, hacerse intemporal. Sobre la cima más alta, somos viento racheado y energía luminosa que rota sobre un eje. Sublime es el momento en que dejamos de ser materia para convertirnos directamente en vapor y formando una nube colmada de rizos castaños nos hacemos indivisibles y neutros. Después, cuando la tormenta cesa, la estancia se oscurece y abrazados soñamos la Tierra.

57. EL MAL DON

Bajo el incesante chaparrón, apenas alcanza a balbucir unas palabras de dolor: “¿Por qué este mal don?”

El ahora apenado meteorólogo se descubrió de joven la capacidad para manejar a su antojo las altas y bajas presiones, las isobaras y sus hectopascales, poniendo aquí o allá soles o nubes, y acertando con tal precisión, e incluso contra los patrones numéricos, que no le hizo falta esperar a que una vocación lo llamara: sería hombre del tiempo.

No tardó en ser solicitado por todas las cadenas, tentado por los ayuntamientos turísticos, consultado por las comarcas agrícolas, para modificar las previsiones en beneficio del bien común. En efecto, no tardó nada en ser indispensable.

Y hoy llora porque su mal don ha dislocado de modo irreversible el sistema atmosférico, y ya no sabe cómo evitar el cambio climático.

Bajo la tormenta, apenas alcanza a balbucir unas palabras de dolor: “¿Por qué este mal don?”

56. ARCO IRIS TRAS LA TORMENTA (Mª Belén Mateos)

Siempre creía que aún quedaba algún claro entre las negras nubes del cielo y algún lejano destello de luz en las sombras de la tormenta. Su sonrisa se escondía entre fogones, escobas y paños de algodón de los que nunca dejan polvillo, ni rastro de haber servido para limpiar las manchas de descuido, punzadas o suplicio.

Día tras día procuraba lavar cualquier señal que pudiera dar pistas de su decadente existencia y se apresuraba en lustrar cada rincón y cada poro para devolver a su mente el decoro, la compostura y la coloreada realidad de su vida. Todas las noches aseaba con esmero su cuerpo y trataba de purificarlo con aromas y esencias que pudieran disfrazar su congoja y su miedo. Pero en cuanto el sonido de unas llaves tintineaban subiendo las escaleras, ya sabía que su puerta se abriría a una nueva tormenta de golpes, insultos y desdicha, a una vivencia en blanco y negro, regada con alguna caricia de engaño y algún beso aliñado en veneno.

Hoy ha decidió cerrar su paraguas, solo desea que este sea el último aguacero que caiga sobre ella y  poder ver por fin el arco iris al final de un suspiro.

55. MAR ADENTRO

El tabernero observa al hombre que entra como si lo trajese la tormenta: camina con ese balanceo de las gentes de mar. El forastero paga cuatro copas por adelantado: si la ves vacía, llénala, impone desde la jerarquía momentánea que le otorgan las ocho monedas que ha dejado sobre la barra. Están solos, la tormenta y ellos: son esas horas de nadie que crecen en todos los bares de los pueblos pequeños.
El hombre bebe en silencio, soportando sin ayuda el peso de unos recuerdos estropeados por tanto alcohol y tanta lluvia. Cuando termina la última, sale de la taberna intentando mantener la dignidad de la línea recta, dejando tras de sí un endógeno olor a sal. El tabernero apenas lo entrevé difuminarse mientras lo devora la lluvia. Él, que nunca ha visto el mar, reconoce claramente el graznido de unas gaviotas sobre su cabeza, y escucha entre los truenos la sirena de un barco que acaba de zarpar.

54. La nueva urbanización (Daniel Irazu)

La nube que nace en los montes desaparece la luz del día.  El vendaval araña la tierra, levanta piedras y arranca las matas de tomillo de las laderas. Mientras, el valle se asfixia con el polvo de arcilla que trepa en remolinos hacia el cielo.

La tormenta descarga en las cimas; abajo llueve sangre cuando amaina el viento.

La madre teme el silencio que sigue a las últimas gotas. El niño en sus brazos llora por instinto; se calma con los trinos en la acacia, y se asusta de nuevo cuando los pájaros entienden el rumor que viene de lejos y emprenden el vuelo.

Ve el frente de lodo por una ventana; baja la persiana, atranca la puerta de la calle, y cierra las demás del pasillo.

Se esconden de la muerte, abrazados tras la pared más lejana.

La avalancha avanza lamiendo las fachadas de las casas que ahora le sirven de cauce; busca el desagüe que antaño recrecía el caudal de río.

La primera ola revienta los muros de ladrillos interpuestos en su camino.

Al entierro acude el alcalde y el concejal de obras. Salen de la iglesia cabizbajos, por eso, en el atrio, el viejo sólo escupe al suelo.

53. MAREMÁGNUM (Beto Monte Ros)

El reporte meteorológico informa que es inminente el azote del huracán a la ciudad. Un padre ordena al hijo mayor ir a buscar a los abuelos y traerlos a la casa. El muchacho sale, pero primero pasa a asegurarse que su novia está bien, ella no se encuentra, se ha integrado a la defensa civil, donde ejerce de voluntaria. Fue asignada a ayudar a los que corren peligro en las márgenes del rio; algunos se resisten a abandonar sus hogares y han tenido que llamar a la policía, la que tarda, porque han acudido a atender una denuncia: dos hombres se pelean en un centro comercial, donde el gerente pide calma e informa que tan pronto pase la emergencia estarán abastecidos nuevamente. Los vecinos se ayudan en los preparativos de protección y los familiares se telefonean entre sí. El joven ha vuelto trayendo a los viejos, quienes besan a un pequeño que, abrazado a su mascota, observa por la ventana cómo la lluvia que se ha desatado empapa a un indigente que duerme en el portal de la iglesia. Les saluda y pregunta si alguien se ha acordado de los perros de las calles.

52. APOCALYPTO ( Modes L. Marcos)

«Soy Dios.

Aclaremos conceptos. No soy EL DIOS.

Él está en otro nivel.

Yo me limito a ser dueño de un pequeño universo, donde mis deseos primordiales se satisfacen al instante, y punto.

Pero, en ocasiones, hay acontecimientos que me sobrepasan.

Como la apocalíptica tormenta que desde hace unos segundos, o quizá eones, ha comenzado a desgarrar mi morada cósmica.

Rayos z y explosiones estelares golpean con una magnitud, más allá del espacio y el tiempo, los límites de mi mundo.

Las galaxias se doblan, se comprimen, se retuercen…

Es tan aterradora la inmensidad del poder que me azota que, por primera vez en mi existencia, siento que soy menos que nada.

Y descubro mil formas diferentes de dolor, y siento en la boca el sabor pastoso de mi propia sangre.

Después, regresa la calma.

Pero ya no me importa,  porque he muerto.

Y en el lugar donde yo lo fui todo, se erige ahora un desolador agujero negro.»

 

El hombre enciende un cigarrillo, comienza a silbar y sale de la casa.

En el suelo del salón su novia llora, sabiendo con total certeza que, tras la paliza recibida, acaba de perder al bebé que llevaba en sus entrañas.

51. Revuelo

La tormenta explotó. Las amigas caminaban por el paseo central de la feria; pronto se volvió lago. La música calló. Las estrellas se ocultaron. Luces de  farolas  y atracciones dejaron de brillar. Una ola  de granizo golpeaba; en esa oscuridad sombría intentaban no separarse.
La muchedumbre, despavorida como ellas, pretendía protegerse. Se pisaban  unos a otros sin detenerse ante nada.
Primero gritó María; alguien  la abrazaba tirando de ella.  Elena, en un esfuerzo desesperado e inútil intentó agarrarla. Carlos su novio, que soportaba  empujones en   la salida multitudinaria  de una atracción, la   buscaba  paranoico con la luz del móvil; Elena, sin éxito,  intentaba avanzar hacia él, y acercarse a las amigas.
La camisa empapada  la hacía sentirse desnuda; se   avergonzaba. Tropezó.   Rodaba torpemente entre los   charcos. Un hombre joven, asiéndola  por la cintura la   puso en pie. Excitado, le manoseaba el pecho; la  empujó hasta el suelo de la espesa arboleda.
Tumbada junto a ella reconoció a María; embarrada y  desnuda parecía muerta.
El adolescente forzó a Elena.  Enloquecido intentaba violar de nuevo  a  su amiga inerte, pero  aparecieron otros muchachos. Se pelearon entre ellos por  las chicas; abusaron de ellas.
El agua ahogaba a las jóvenes bajo la tormenta.

50. NIMBUS ( Esther Gómez )

Toda su vida había transcurrido entre valles, montañas y bosques, vivir sólo le había conferido un carácter retraído.

Como cada mañana salió a caminar. El paseo templaba su espíritu y serenaba su ánimo, disfrutaba de aquella naturaleza.

El olor a tierra mojada se instaló en su nariz como preludio de lo que iba acontecer, para entonces había abandonado las empedradas calles. Un silencio sepulcral se apoderó de todo el valle. El ritmo se hizo denso y lento, ni el aire se atrevía a moverse, los animales enmudecieron de miedo.

El cielo estaba cubierto de grises nubarrones que eran interrumpidos por la fugacidad de los rayos dando segundos de eléctrico resplandor y desgarrados truenos.

Era como si la tierra y el cielo se uniesen presas de un amor imposible, dando suelta a su pasión y en lo más alto de su clímax produjesen ese maravilloso espectáculo de luz y sonido. Comenzaron a caer cristales de hielo que chocaban contra el suelo para después dar paso a una furiosa lluvia que caía sobre su cuerpo. Empapado de agua comenzó a reír, a correr, a gritar abandonando su soledad.

Con los primeros nimbus, se le ve abandonar el pueblo para encontrarse con ella.

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