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Camina rápido por las calles, todo es una algarabía de colores y ruidos que lo están desquiciando. Cada pocos pasos se tropieza con alguien o le empujan. La gente a su alrededor, escondidos bajos sus disfraces, celebran el carnaval. Odia estos días, los vive con tensión y ni siquiera el pensamiento de que es algo pasajero lo libra del malestar. Todos los años solicita las vacaciones en estas fechas, así puede refugiarse en su hogar. Que le pregunten cómo se va a disfrazar lo llena de ansiedad y nota como su cara suda y amenaza con desprenderse. Apenas quedan unos pasos para alcanzar el portal, cuando siente la mano que le agarra del brazo y una voz aguardentosa le pregunta: «Amigo, es carnaval ¿no te disfrazas?». Se suelta con violencia y entra en su edificio. No espera al ascensor, sube las escaleras y sin apenas aliento irrumpe en casa. Asegura el cerrojo y de espalda a la puerta se va dejando caer hasta sentarse en el suelo. Un sollozo resuena en su interior al despegar con lentitud la máscara que esconde su semblante vacío.
En Saitama, no lejos de Tokio, se considera de muy mala educación acceder a las estancias de la casa a la que uno ha sido invitado sin desprenderse antes del rostro y dejarlo cuidadosamente en el vestíbulo, respetuosamente colocado junto a las caras de quienes ya se encuentren en el interior. De ese modo, una vez dentro, puede procederse a llevar a cabo el propósito que haya traído al visitante hasta allí, conversar, interesarse por ciertos asuntos, comunicar acontecimientos o demandar cualquier información o solicitud de ayuda, sin que quepa preocuparse por los eventuales efectos inesperados que en el gesto de los anfitriones pudieran producirse en cualquier momento de la visita. Si acaso, conviene estar vigilantes y escudriñar el tamborileo de los dedos o los cruces impacientes de piernas, pero la ausencia de caras rara vez convierte estos gestos en descarados.
Mientras tanto, en el vestíbulo, los rostros, que se han quedado con las cosas que se suelen llevar escritas en la cara, suelen vivir romances no correspondidos, mostrar odios inveterados o lanzarse miradas furtivas llenas de desprecio, pero tales gestos acaban igualmente sofocados ante la homogénea esperanza de unirse de nuevo al cuerpo para salir a fumar un cigarrillo.
El riesgo hizo acto de presencia en aquella fiesta.
Una marea de gente me separaba de aquella hermosísima gata negra que había conseguido hipnotizarme desde que fuera arrastrado por mi amigo-Popeye a aquel cumpleaños de disfraces en el que no conocía a nadie. En más de una ocasión el oleaje humano me llevó cerca de su costa, pero:
a) “voy a rellenarme la copa”, pronuncia ella con mágica voz, o
b) un grupo de brujas susurra alguna estupidez que ella condescendiente devolvía con una sonrisa o
c) tal vez mi natural y enfermiza timidez
fueron la suma de causas que impidieron el contacto, a lo que debería añadir mi desastroso y asfixiante disfraz de Oso Yogui.
Estuve sudando y ensayando la declaración menos penosa imaginable, algo que me hiciese asumir aquel riesgo, saltar superando mi vértigo.
Habría descrito sus gestos, sus movimientos felinos, la inteligencia animal que despertaba su enigmática sonrisa, pero no lo haré. La madrugada echó el telón a mi nuevo fracaso y casi degustaba su amargo sabor cuando inexplicablemente sus ojos se posaron un breve instante sobre los míos antes de abandonar aquella mascarada con una extraña sonrisa dibujada en sus labios.
No me gusta el carnaval.
Lo digo así, abiertamente y sin tapujos, esos burdos bailes de máscaras donde te codeas con diablos de látex y princesas de plastilina, no son para mi.
A mi me van las fiestas serias.
Me encanta arreglarme cuidadosamente para ver rabiar de envidia a mis amigas mientras con sonrisa rígida dicen: “no pasan los años por ti”, entonces aprovecho para mirar de mi reojo a mi cirujano plástico y hacerle un guiño de complicidad.
Me gusta regodearme por la sala del brazo de mi marido y oir los murmullos “qué pareja tan hermosa hacen” total a quien le importa saber que es un pusilánime y que le aborrezco.
También es agradable el reencuentro con los “viejos amigos”: ¡Que alegría verte! (viejo buitre, deja de mirarme que sé de sobra que sólo deseas volver a mi cama), ¡Estás divina! (¡Madre mía que arrugas! Ya podías operarte, que da asco verte), ¡Que cochazo! (será prestado porque estos no tienen ni para el metro)
En fin, me gustan las fiestas de verdad, esas en las que sabes quien es todo el mundo y sobre todo quien quiere aparentar ser.
Era especialista en fabricarse máscaras. Las tenía de todas clases y para cualquier ocasión. Unas las usaba en fines de semana, otras para reuniones familiares. Las más tiernas se las ponía en navidad y las alegres en vacaciones. En carnaval, ni falta le hacían.
Cuando un día quiso verse de verdad frente al espejo, las máscaras se sobreponían unas encima de las otras, en una lucha continua por sentirse auténticas en su rostro.
No hubo manera, el semblante que creía haber contemplado alguna vez, no existía, nunca volvió a reconocer su nariz, ni las comisuras de los labios, ni el lunar en la mejilla. Ni siquiera pudo atisbar cómo era su sonrisa.
Sorprendida ante el inesperado regalo, rompe la envoltura y extrae una extraña careta, mira a su esposo y replica:
– Ya estamos en abril, ni siquiera en las fiestas me entregaste un presente, ¿qué significa esto?
– Es una máscara –respondió su marido irónicamente.
–Lo sé, ¿qué se supone que haga yo con esto ahora?, si quieres me la pongo para ir al supermercado, o a mi oficina. ¡Ah!, puede ser que atienda a los clientes con ella.
–¡Qué tonito!, esa no es la manera en que te comportas delante de los demás. En la reunión del fin de semana me trataste con total hipocresía delante de mi familia y de nuestras amistades, ¿o debo decir: mis amistades?, porque tú no eres amiga de nadie
– ¡Conque esas tenemos! ¡Estúpido! Ahora pretendes darme lecciones de comportamiento social.
– Eso no te ayudaría en nada. De lo que si estoy seguro es que ese antifaz es innecesario para ti, ¡ya utilizas uno que no se ve a simple vista! Estoy harto de vivir con una mujer así.
–¡Bravo, bravo! –dijo mientras aplaudía con su sarcasmo acostumbrado.
–Es insoportable compartir la vida con alguien que siempre se oculta detrás de una máscara.
Se pone el vestido, el collar de esmeraldas, un brazalete y algún anillo. Comprueba el maquillaje que quedó perfecto. Apenas se nota la cicatriz que le dejó la cuchillada que le abrió la comisura de los labios, hasta casi el ojo derecho. Se coloca el antifaz diseñado especialmente para ella, que le deja al descubierto unos labios carnosos, pero que cubre la antigua herida. Muestra una dulce sonrisa y una brillante mirada a juego con las esmeraldas. Se asoma al ventanal y observa que ya la espera el taxi. Baja y ordena al chofer la lleve al baile del casino. Una vez allí, es anunciada como “La cortijera”. Al escuchar dicho nombre, todas las miradas se posan sobre su figura, que elegante y digna, avanza hacía el anfitrión que la recibe con las manos extendidas, donde ella posa las suyas. Intercambian unas palabras y con un gesto le indica el fondo del salón. Ella se dirige al lugar indicado donde un hombre bastante atractivo pero con rostro descompuesto, se arrodilla a sus pies. Ella con la dignidad que la caracteriza, se da media vuelta, vuelve al lado del anfitrión, le besa en la mejilla y vuelve a salir.
Fuimos a la fiesta de carnaval: ella de sirena y yo de recatada monja. Pronto, Bea quedó varada en un apuesto marinero mientras yo me perdía en una marea de esperpentos y beldades. No tardó en abordarme el diablo, atraído por mi inocente vestimenta. Sus palabras olían a lujuria y sabían a fuego, y su voz era un anzuelo enganchado en el corazón. Me habló del bien y del mal, de la tentación y el pecado, del nombre de las cosas sin nombre. Me negué, pero se aventuró más para enroscarse a mí en susurros; casi podía sentir sus manos bajo mi ropa cuando me negué otra vez. Sus ojos hablaron entonces, tras la máscara, y ya solo pude perderme en ellos. Mi cuerpo dejó de pertenecerme para dejarse caer en sus infiernos. En alguna cama de algún lugar le regalé mi alma a cambio de más, fundiéndome en una oscuridad donde solo refulgía su mirada. Me despertó el inicio de su ausencia. Encendí la luz para descubrirlo yéndose sin su disfraz. Me asusté. No, no crean que era el mismísimo Satanás; fue aquella túnica blanca y la corona de espinas lo que desbordó mi vida.
Tarde fría y desapacible, máscaras sin control invaden las calles: bailan, corretean sin saber bien de dónde vienen y a dónde van. Se sienten libres, embriagadas por la magia del carnaval: colorido, brillo, lentejuelas, plumas, chirigotas de protesta, alegría.
Atrás quedan miedos, timideces, cobardías, rencores, rencillas, distinciones de clases.
Sin ataduras de ningún tipo, se mueven al ritmo de la música estridente que las hace vibrar, y las envuelve llenándolas de ganas de vivir y alguna que otra excentricidad. Olvidando cualquier actitud negativa que albergue su mente o su corazón.
Bajo la mirada socarrona de Don Carnal, que saborea tanto desmadre, ignorando a Doña Cuaresma que asoma vigilante y censurista anunciando el miércoles de ceniza gris y oscuro. Dando por finalizada la gran explosión de fantasía y creatividad vivida durante estos días para adentrarse en la vida real: y que entren todos los que vengan, cargados de ironía y sin más máscara que su propia personalidad, valiente y decidida para afrontar problemas, tomar decisiones con humor y picardía. Y como premio la magia de la vida.
Todos los días te dejaba en la guardería antes de ir al trabajo. Al salir del garaje de casa te pedía que me ayudaras a encontrarla. “¿Cole?”, preguntabas durante todo el camino, y yo te respondía que no sabía dónde estaba. Al aparcar el coche, veías el cartel rojo con el osito y gritabas emocionada: “¡Ahí tá!”. Me encantaba jugar contigo a buscar la guardería. Con los años habrías llegado a pensar que tu padre era un completo despistado, pero hasta el tiempo nos quitaron. Ahora recorro solo el mismo camino. No me atrevo a mirar a través del retrovisor tu sillita vacía. Han pasado casi dos meses y sigo sin poder quitarla. Sigo sin poder vivir sin ti.
Muchos me dicen que mire hacia el futuro, que siempre me quedará tu recuerdo. Pero es todo mentira. Cada día me pongo mi máscara para enfrentarme al trágico baile de la vida, pero mis pasos son desacompasados y mi risa está rota. Vivo en una muerte inducida. Para mí la función termina hoy. Esta noche volveremos a buscar juntos la guardería. Te lo prometo. Necesito oír una vez más tu voz diciendo: “Papá… ¡ahí tá!”.
Os quiero.
ENVIAR
Es la única noche del año en la que mi capa luce y no está pasada de moda, la única noche en la que encuentro «barra libre» en cualquier baile de máscaras de Carnaval. A veces, incluso, cuando no me limpio la comisura de los labios con mi pañuelo, suelo llevarme algún premio.
Ella se había colocado la mejor de sus sonrisas, consiguiendo disimular esa sensación de amargura que le acompañaba a todas partes, mientras que él, por su parte, había logrado camuflar su mal humor detrás de una reluciente dentadura, blanqueada el tercer viernes de cada mes en su dentista de confianza. Y si ella intentaba esconder su inseguridad bajo una serie de poses que había copiado a una conocida presentadora de televisión, él ocultaba su timidez imitando los gestos de un carismático actor. De tanto repetirlos, tantas veces, en tantas citas, a ellos ya les parecían naturales. Ambos estaban realmente irreconocibles, un detalle que, teniendo en cuenta que se acababan de conocer, tampoco debería ser relevante. A su alrededor, camareros, clientes y demás comparsas desempeñaban sus papeles con eficacia y soltura. El escenario, un pequeño afterwork minimalista en el centro de la ciudad, y las cervezas ayudaban y, al final, la noche terminó donde tenía que terminar. Por la mañana, con las prisas y los nervios, los dos olvidaron ponerse sus respectivos disfraces y un cierto olor a desencanto les estuvo acompañando durante el resto de la semana.
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