Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color  amarillo

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Este mes te ofrecemos de nuevo nuestro concurso habitual y la posibilidad extra de participar en el ENTCerrado... ¿Qué te inspira el color amarillo?
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Esta convocatoria finalizará el próximo
28 de julio

Relatos

154. INSPIRACIÓN, de Umbría

La soledad inevitable le da la mano, desde el alba hasta la noche, desde la risa alegre hasta la sombra de nube oscura que amenaza un chaparrón de cenizas. No quiere jugar con ella al escondite absurdo de negar que está adosada al corazón de cada hombre. Ella la auspicia a  pasear al ritmo y por el paisaje que el bosque y sus piernas le sugieren.
Cada paseo por el bosque, en ese invierno de su vida, es una aventura que se instala en la mirilla de su corazón de loba. La umbría y los olores desatados se convierten, para ella, en páramo de inspiración, sabor a sueño y asombro íntimo.
A su regreso a casa lleva las botas embarradas, las manos sucias y la mirada ahíta de susurros de la madre tierra.

153. CÓMPLICES, de Bosque Silencioso

Era muy tarde y hacía mucho frío aquella noche. Mientras subía las escaleras, los vio pasar una vez más. Eran tres e iban camino del bosque. Pensó que siempre eran tres y que siempre se dirigían al mismo lugar. Nadie sabía por qué iban allí. Sólo sabían que iban tres, y que volvían dos. Pero nadie se preguntaba por qué. A nadie le interesaba, porque nadie quería saberlo. Así se vivía mejor. Aquella noche era como cualquier otra. De nuevo escucharían dos disparos sordos y de nuevo sentirían un grito desgarrador. Pensarían que era algún animal. Eso es, un animal herido. Y cerrarían los ojos para soñar con un bosque silencioso, en el que los animales no gritan. A la mañana siguiente nadie diría nada, porque no había nada que decir. Y todos notarían el olor a pólvora y a tierra removida, que se confundiría con los aromas del bosque mañanero. Sabían que el bosque haría desaparecer aquel cuerpo. Tenía experiencia y nunca les había fallado. ¿Por qué iba a hacerlo esta vez? Ellos sólo tenían que oír, ver y callar. Así de fácil. Aunque esos que pasaban no lo sabían… y oían demasiado, veían demasiado, o no callaban demasiado.

152. MI BOSQUE, de Hadita

Me gusta pasear por el bosque. Andando despacio aprecio mejor la confortable alfombra de coloridas hojas secas. Me gusta acariciar la rugosa corteza de los árboles, sentir los años que llevan creciendo unos junto a otros como enormes y longevas familias bien avenidas. Sus enormes ramas, unidas unas con otras forman un techo capaz, a veces, de tapar la cálida luz del sol. Aspirar el aroma del bosque significa llenar los pulmones de oxígeno y aromas imposibles de descifrar dada su complejidad y variedad. Es oler a tierra mojada, humedad, frutos rojos y bayas, a lluvia y, a veces, a nieve reciente, blanca y brillante. Escuchar cómo susurra el aire paseándose entre las hojas, los pajarillos cantándose historias de amor a la vez que revolotean persiguiéndose y jugando entre las ramas, oír el crujir de mis pasos al caminar. Puedo saborear el bosque masticando sus frutos, castañas, avellanas y arándanos que voy encontrando por el sendero. Cuando termino mi paseo y entro en mi casa, mis hijos se acercan a mí olisqueándome, lamiéndome, aún son muy pequeños, les doy de comer. Me siento muy orgullosa de ser una osa de las pocas que quedamos por este hermoso lugar.

151. EL SUEÑO DEL HALCÓN, de Halcón

Al entrar en aquel extraño lugar, el bello de la nuca se me erizó y sentí ese mismo escalofrio, cuando sabes que alguien te sigue.
Pasaron las horas y mi única compañía eran la enorme presencia del los arboles, y su leve conversación. Me quede callado, pues era invitado en el bosque y rendía respeto a la naturaleza, pero la sensación no desaparecía, mire a mi alrededor y sólo encontré la majestuosa presencia de las rocas y animales, no había enemigos solo paz y armonía de mi hogar.
Intenté descansar, pues no podía seguir mi viaje, estaba herido. Tras pasar varias horas descansando desperté agitado, con dolores y unos ojos grises mirándome, me levanté tan deprisa como mi cuerpo me permitió, cerré los ojos varias veces pues no todos los días tienes un halcón frente a frente, intenté echarle pues era quien me producía la sensación de ser observado (mi vigilante), pero él no se fue, todo lo contrario levantó su garra, y vi lo que traía. Una nota, como pude la desenganche y leí.
-Querido Ajax,
 Te envió a mi halcón,
 Para ayudarte a salir,
 De tus pesadillas
Y regreses a casa.
Besos. El bosque.

150. MAS TODO PARECE DORMIDO, SOÑADO… de Olmo

Resucitan mis oídos los gorjeos de los pájaros y el siseo del agua que zigzaguea a mis pies. Espío el viento que silba en las laderas y campanillea entre  las hojas de los árboles que me asedian, mientras traslada e inunda de fragancias el aire que me embalsama.
Necesito moverme. Siento mis manos y mis pies entumecidos, faltos de vigor y savia. Nada duele, más todo parece dormido, soñado…
Me enfrento a mi apatía y decido moverme. Intento abrir las manos, mover los dedos y sentir el aire que los rodea, más un temblor antiguo parece recordarme que perdí la fuerza en otras cruzadas; y que estos artríticos y nudosos dedos no renacerán más  sobre jóvenes cuerpos.
Observo mis pies calzando esta húmeda tierra, velados por un espeso manto de barro y hojas que me hacen rumiar si permaneceré siempre arraigado a este lugar, del cual no recuerdo nunca haber faltado.
Mi boca reseca, sin la humedad del rocío, envejece abierta en un grito atávico e infinito que oculta el paso del tiempo. Busco luz para mis ojos. Busco una respuesta. Echo un vistazo dentro y me replica con mal aliento: “…sólo eres el tronco viejo que sembró este bosque”.

149. OJOS PARA UN BOSQUE, de Ardilla 3


Ojos para un bosque recorrer, rápidamente, sin control, o eso parece. Bajo un manto de estrellas, que hace poco no estaban y que ésas si que correrán para mañana volver.

Una familia espera la luz del amanecer para dejarse ver, para dejar de esperar, de vigilar. Pero puede que tal vez mañana no estén y no se habrán ido, estarán… sin estar, con el alma ausente ¡muertos! y entonces éstos si estarán sin control, desaparecidos, pero tal vez y si les acompaña la suerte, mañana el bosque estará otra vez lleno de ojos para ver, para caminar, para disfrutar de él, en definitiva, para contarle al mundo un cuento.
Ahí va un componente de esa familia, es una ardilla preciosa de pequeñísimas dimensiones, rápida, vuela o… eso parece. Ya no está, se ha ido. Por allí parece que se asoma otra, desaparece pero viene otra y otra, y otra más, el bosque se llena de vida, de sombras, de ruidos, y correteos, de crujidos de hojas y ramas, de ese juego que les caracteriza, aunque no jueguen, y sobre todo se llenarán de ojos… de ojos para un bosque.
Los ojos que esta noche estén o no… te estarán mirando.

148. EL SECRETO PERDIDO, de Ardilla 2

Maltrecho y con una profunda herida en el costado avanzaba renqueante hacia una muerte segura el anciano Marchew, aquel que una vez fuera líder de todo el pueblo Dartar, respetuosos seres milenarios, habitantes de los espesos bosques de Dostarchek, allá donde lindaban los caminos de La Tierra Antigua.
Los Hombres, en aras de su continuo afán de expansión, habían atacado el poblado de forma despiadada, arrasando en minutos todo lo que durante generaciones habían erigido los Dartar pacíficamente y en perfecta comunión con su entorno.
La Madre Naturaleza, agradecida por los cuidados del pueblo Dartar, les había revelado muchos años antes un importante secreto, el cual estaban dispuestos a compartir, pero Los Hombres no quisieron escuchar, ¿de qué les serviría un misterioso e intangible secreto, cuando podían hacerse con nuevos territorios de incalculable valor material?
Marchew, con su último suspiro de vida se agarró firmemente al tronco del árbol que le iba a ver morir, miró por última vez a su alrededor, sonrió y se recostó en la tierra húmeda; junto con él quedó enterrado en el bosque para siempre el gran secreto de los Dartar, aquel que Los Hombres jamás poseerían: el secreto de la felicidad. 

147. HOLA, AMA, de Rebeco

Hola Ama:
Sí, soy yo. Tu hija. Estoy aquí en medio del bosque, en aquella cascada que un día te mostré, la del Rio Asón, ¿te acuerdas? Tú nunca fuiste muy buena para recordar los nombres de los lugares. Hoy es domingo y como hace un día estupendo me apetecía caminar por un paraje esbelto. Se me ha ocurrido venir aquí, aunque creo que no ha sido buena idea. Me han venido a la memoria aquellos días de nuestras vidas que pudimos compartir en la montaña, en la naturaleza, en el único sitio donde dejábamos de discutir y donde el humor siempre era bueno. Es un alivio estar sola, porque he roto a llorar y esa es una de las actividades que hago mucho mejor en soledad. Lloro porque hubo un tiempo en que conseguimos ser felices, lloro porque ya no podré verte nunca más ni siquiera para echarte la bronca porque comes poco, lloro porque no recuerdo que fuera capaz de abrazarte y decirte lo mucho que te quería. De todas formas, aunque triste aquí estoy tranquila, lo peor es volver a casa, porque allí ni siquiera tengo paz, y la protección de la naturaleza resulta entonces inalcanzable.

146. LA PIEDRA, de Raiz 2

Allí, en el río infinito, estaba ella. Las aguas cristalinas la acariciaban suavemente, la rozaban con sus susurros de gotas. Todos los días se despertaba observando. Sus compañeras, como ella, aguardaban. A veces, se percataba de que alguna ya no se hallaba en su lugar de siempre. Y se sentía feliz. Todavía podría ocurrir el milagro. Ella no tenía prisa, no sentía impaciencia, podría esperar eternamente, allí en el río infinito, sintiéndolo por su piel de piedra.
En días cálidos aparecían las manos jóvenes, sumergidas en aquel río sin fin, pero nunca se fijaban en ella. Nunca la tocaban, nunca la elegían. ¿Cuándo llegará esa mano que la escoja? Entre todas las demás, a ella, la más bonita, la más redonda. Entonces lloraba, pero en el agua resultaba imposible adivinar qué gotas eran lágrimas. Ella sufría por no ser la elegida.
Hasta un día que una mano se sumergió en el agua fresca de aquel río infinito. Y aquella mano se posó en la piedra anhelante. La mano la recogió con delicadeza y la llevó a su casa, la cuidó, la secó y la mimó. La piedra era feliz en su nueva vida, observada por ojos que la encontraban hermosa.

145. SUCEDIÓ EN EL BOSQUE, de Yedra

La débil luz del sol teñía de rojo el bosque, como un funesto presagio de lo que sucedería horas después. El joven guerrero ajustó el casco sobre su largo pelo rubio y se acercó al gran árbol que crecía a pocos pasos del campamento. Pronto comenzaría la batalla, una batalla que muchos daban por perdida, contra un pueblo llegado desde más allá de las montañas. Acarició lentamente la corteza del árbol, el mismo árbol que había servido para crear el talismán que pendía de su cuello, el árbol bajo cuyas ramas había prometido fidelidad eterna a la alegre muchacha que ahora era su esposa. Clavó sus ojos claros en las negras oquedades de la corteza y rogó con todas sus fuerzas que ocurriera un milagro que les permitiera ganar la batalla. A modo de despedida dedicó un saludo marcial al viejo roble y se volvió hacia el lugar del que procedía la amenaza mientras, detrás de él, sus compañeros comenzaban a despertar lentamente y en el cielo, como si un ser superior hubiera escuchado su silenciosa plegaria, comenzaban a arremolinarse las oscuras nubes que poco después descargarían toda su furia sobre las legiones del gobernador Publio Quinto Varo.

144, QUEMA DE SUEÑOS, de Willow

Alma de bosque mojada en lágrimas descansa sobre su lecho de hojas secas. Nadie conoce de su tristeza y del dolor que siente dentro. Ella no hace daño a nadie pero muchos de los hombres que se adentran y se dejan atrapar por su abrazo sí. Antes de que el sol de un nuevo día nazca, un cielo en llamas amanece despuntando sobre el humo que le obliga a decidir su destino en apenas unas pocas horas, quizás el último que ella vea. Alma de bosque, dulce como la miel, sigue esperando a la joven primavera. Sus colores siempre han sonrojado sus mejillas, ahora pálidas y frías. Ahora su cabello se tiñe de ceniza, ya no quedan flores que adornen el vientre de un lugar de mágica esencia como Alma de bosque. Con los ojos cerrados ella siente que su piel se deshoja poco a poco. El calor abrasador de las llamas derrama su melancolía hasta hacer que pierda la esperanza. Y de su silencio, nace un grito temible, bañado en la soledad de una muerte segura que hace temblar la tierra. Alma de bosque se evapora como la lluvia, en lágrimas de tristeza, se pierde para no volver.

143. TRES BELLOTAS, de Yedra

En un claro del bosque, rodeados de hojas y setas crecen tres robles. Dicen que los plantó Adela, una anciana lugareña poco antes de morir. También se cuenta que cuando su hijo menor la vio salir de casa se percató de que apretaba algo en su mano izquierda y al preguntarle qué era ella, misteriosamente, respondió “son mis recuerdos”.
Su hijo, un hombre de cuarenta años la obligó a abrir la mano y vio que solo llevaba tres bellotas. Ella, adelantándose a su pregunta dijo:
– Sé que parecen tres bellotas, pero en realidad son recuerdos: ¿ves esta tan pequeña? La recogí el día que conocí a tu padre, cuando él regresaba de llevar a pastar el ganado y yo acudía al bosque a recoger setas. Esta más pequeña la encontré poco antes de dar a luz a tu hermano, y estas hendiduras en la caperuza sois tu hermana y tú. La tercera cayó del roble que hay frente a casa el día que nació mi nieta. Siempre han estado conmigo y cada vez que las miro revivo todos esos buenos momentos. Ahora quiero plantarlas antes de estar demasiado débil, así el día que yo falte mis recuerdos continuarán viviendo.