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Miraba la tarde fundirse en el mar en un soniquete de bisagra oxidada. Pensaba en ese “ya entenderás” de mi madre que apenas servía para encajar piecitas de Lego. Supongo que así lograba zafarse de mí un rato; pero yo me quedaba calado de dudas y me fugaba, dando un portazo, en busca de resfriados con que preocuparla. Deseaba volar y crecer como una borrasca. Tanto y tan rápido, que un día, al llegar del trabajo, me topé sin querer conmigo mismo. Ni acerté a reconocerme: tenía el aspecto de un Golem enmohecido. Recuerdo que el mar ya había silenciado las olas y, aun así, noté un mareo de barco; como un desenfreno de rueditas dentadas. Me dio por huir, pero aquel titán abortó la fuga plantándose enfrente como un juguete sin pilas. Cerré los ojos y en esa foto-fija nos quedamos; justo hasta que, de repente, estornudé y él dijo “salud”. Desconcertado me retiré un poco para observarme mejor. Entonces caí en la cuenta… Me acerqué despacito y le pasé una mano por él cuello. Me invadieron cosquillas de antaño y me sentí liviano. Mucho. Esa noche, como nunca, disfruté de la risa de las estrellas sintiéndome pequeñito.
Ella era la menor de los hermanos y su salud era débil, por eso le tocaba llevarles la comida que madre preparaba en la casa, mientras el resto de hermanas y hermanos ayudaban a padre a cosechar, a aventar la paja y a pasar el trillo. Antes de llegar al lugar de la Fuente del Moro donde segaban esa jornada, el cielo se fue encapotando. Un gris compacto ocultó completamente la luz del cielo. Gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer y, en dos minutos, se desencadenó un enorme chaparrón acompañado de truenos y relámpagos. La pequeña corrió todo lo que pudo sin encontrar dónde refugiarse. El viejo roble le saludó agitando sus hojas desde el medio del trigal y ella acudió a su llamado. Se acurrucó bajo sus ramas frondosas y resguardó el hatillo de la comida con su cuerpo. No quería que padre y los hermanos se enfadasen si les llevaba el pan húmedo. ¡Pobrecita niña! Allí la encontraron acurrucadita después de dos horas llamándola a gritos. El roble mostraba el interior de su tronco descarnado, y a sus pies, la pequeña parecía reposar con la cabeza apoyada en él.
Acaba de cargar el coche con todo lo necesario: cámaras, brújula, mapas, barómetro,… Su corazón pugna por salirse del pecho mientras acelera camino de la sierra. Hoy es el día.
Una primavera demasiado temprana se ha visto sorprendida por vientos fríos del norte y las nubes han comenzado a preñarse de truenos. Los primeros mammatus cuelgan del cielo señalándole el rumbo. Desvía el coche por una pista de tierra. Conoce perfectamente la zona. La adrenalina late en sus oídos. Se dirige al punto exacto donde nacen las tormentas: un monte al que su padre llamaba la guarida de las brujas. Allí, los vientos cálidos ascienden y alimentan cúmulos gigantescos, nimbos donde se gesta la ira de los dioses, justo sobre su cabeza.
Excitado, baja del coche y comienza a montar su equipo. Esta vez trae una videocámara, no quiere que se le escape. Respira hondo, paladea el ozono, siente los vellos erizados por la cercanía de la bestia. Las primeras gotas se desprenden del cielo. Al fondo retumba, la tormenta se acerca. Extasiado, se adelanta unos pasos en campo abierto, delante de los objetivos, y extiende sus manos rozando el cielo, dispuesto a cobrar su presa.
Por las goteras se cuela agua de lluvia. Se pega a las paredes llenando de nuevos cercos los cercos de viejas humedades. Corremos de un lado a otro en busca de cacharros: baldes, cacerolas y el orinal de porcelana del abuelo, que con cada gota que recoge canta un clop-clop monótono y pertinaz. Los sonidos se mezclan con el estruendo de los truenos que hacen temblar a mi hermano pequeño entre mis brazos, está a punto de llorar, no lo hará porque les prometió ser fuerte. Un rayo entra por los huecos que dejan las hojalatas de la ventana. Ilumina nuestros rostros de forma fugaz, exponiendo impunemente nuestro miedo, dejando al descubierto nuestra niñez adulta, convirtiendo las lágrimas que nuestro hermano no derramará, en un lago plateado titilando dentro de sus ojos. Recuerdo lo que ella nos decía en noches como esta, intento imitarla, pero mi voz titubeante no suena convincente y el silencio de después, ese que él llenaba con su tierno vozarrón, se espesa y se desploma sobre nuestras cabezas mezclado con la cal que cae del techo.
Las tejas rotas dejan que los relámpagos invadan el cuarto. A Pura le cuesta abandonar el jergón. Antes de distribuir cacharros bajo las goteras inminentes, atiende a su hermana impedida, que llora hecha un ovillo rígido sobre el único somier.
-¡Cállate ya! Si no fuera por ti, me casaría con un millonario. ¡A ver si un puto rayo de esos te deja seca de una vez!
Es su manera de decirle que la quiere con locura.
Desde que el cura nuevo invierte las escasas pesetas del cepillo en pagarles el pan, pasan menos hambre. Dinero nadie les da, ya que Pura, de joven la más hermosa de la comarca, se lo gastaría en afeites o gafas oscuras que disimulen el ojo vacío.
Verano e invierno, mil harapos y sombrero protegen su piel de doncella cincuentona. A no ser que espere la visita de un pretendiente imaginario; entonces, broncea su cuerpo desnudo entre maizales y se viste elegantemente.
Cuando no puede más, nos visita. En casa, no sólo tiene asegurado un plato caliente, sino la ración de cordura necesaria para ir tirando. Mi madre la escucha con paciencia infinita; luego, le desmonta sus fantasías y la despide curada por unas horas.
Me apetece ir a coger un ramito de lirios de los que nacen junto a la Cueva del Agua, así que me coloco las zapatillas mágicas (esas que hacen que vuele por el campo) y me encamino al lugar deseado. El sol calienta mi espalda y mi energía se desliza al ritmo de mis pisadas. Encuentro margaritas y florecillas, con ellas comienzo mi ramillete, ese que colocaré en el florero de cristal y gemas. Cuando llego a la cueva, me siento a descansar. El fresquito que sale me reconforta y con asombro, veo a lo lejos como avanzaban unos nubarrones que anuncian una eminente tormenta. No me da tiempo a volver antes del chaparrón, así que intento buscar un lugar para cobijarme. No me queda otra que introducirme en la cueva, que húmeda y fría, tendrá que ser la que me arrope. Me mojaré de todas maneras, el agua se filtra por todos lados. En esto ando cuando suena un estruendo que se estrella allá en Rompezapatos y allí, entre el agua de dentro y la de fuera, disfruto de los paisajes que mi cámara fotográfica no captará, ya que se quedó sobre la mesa de la salita.
Ernesto permanecía bajo el aguacero aquella tarde de tormenta; ni pestañeaba. Le insté a entrar en casa, pues siempre se acababa resfriando, pero se negó en redondo pidiéndome que no le molestase, que estaba intentando contar. Era inútil insistir.
Lucía no era capaz de comprenderme, pero yo debía supervisar el chaparrón. Cuando terminó de llover había contabilizado todas las gotas caídas en el charco A, y se habían formado ni más ni menos que otros nueve en el jardín. Anoté los datos en una libreta y me dispuse a realizar los cálculos. Multiplicar el número por la cantidad de lunas pendientes, restar la variable de días yermos y dividir todo por la fecha en que se secó la última flor. Tras precisar unas líneas maestras dispuse el resultado sobre el dibujo, aderezándolo con varios tréboles de cuatro hojas.
—Lucía, va a ser preciosa. Este año tendremos muchas azucenas y begonias, y además por fin saldrán los jacintos que tanto te gustan.
Ernesto ordenaba sus papelotes mientras yo sonreía desde el tejado. Siempre le salían bien los proyectos. Me levanté para desatar los hilos, dejando las nubes libres, y me dispuse a reunirme con él junto al hogar.
La tormenta no esperó al anochecer para enseñarnos sus cuchillos. Los primeros nos sorprendieron antes de salir del pueblo. La carretera por la que íbamos se desdibujaba intermitentemente al ritmo del limpiaparabrisas que velozmente arrasaba el cristal. En la vega éramos un coche a merced de la tormenta, el paisaje real se desvanecía y los cielos se abrían llameando fuego acompañado de un ruido infernal. La lluvia arreciaba y el coche seguía moviéndose sin clara orientación. La negrura de la noche envuelta en lluvia torrencial se rasgaba con más rapidez ante la fuerza de los rayos y truenos que caían por doquier. El alma de los relámpagos se filtraba en el interior del coche creando una atmósfera de pesadilla. Se nos tragó la voz.
Para dar vida a sus nubarrones escogió una amplia gama de grises, marengos, azulados y negros. Cargando los pinceles de pensamientos cenicientos, logró un cielo pavoroso y oscuro, a punto de desplomarse. Después esbozó el paisaje; aguado, triste, apenas iluminado por un relámpago. Tras mucho cavilar se pintó a si misma bajo la tormenta, diluida, borrosa, desvaneciéndose, con libreta y lápiz en la mano pero incapaz de escribir la nota.
Cuando abandonó el estudio, un pálido rayo de sol acariciaba el caballete, intentando en vano lograr un arco iris en aquel último lienzo. En la habitación contigua sonó el trueno definitivo y la pequeña figura del cuadro desapareció, fulminada por un rayo, dejando en su lugar la nada más absoluta chorreando un denso óleo bermellón.
Arreciaba la tormenta cuando la carreta se detuvo. El gitano bajó de un salto engullido por la noche.
– La rueda se ha atascado en el barro. ¡Todos abajo! ¡Vamos!
La niña también empujó, y entre esfuerzo y esfuerzo se le escurrió el bebé que llevaba en el vientre y como un pez, saltó a una charca que había junto al camino. Partieron sin mirar atrás, agradecidos de aquella inesperada fortuna mientras la efímera madrecita, entre gritos y llantos, llamaba a su hijo.
El bebé llegó al océano transportado por los ríos que la lluvia siguió alimentando toda la primavera. Amamantado por las ballenas, creció y se hizo fuerte. Algunos pescadores lo avistaron nadando entre delfines y la leyenda del niño pez nació en aquellas tierras remotas.
Años después, cuando el cabello de la niña gitana se coronó de plata y oyó hablar de aquella extraordinaria criatura, supo que aquél era su hijo, al que nunca dio por muerto, pues ella sí había heredado las dotes adivinatorias de la abuela.
Dicen que aquella charca nunca se seca y por muy rigurosos que sean los veranos siempre está allí, en el cruce de caminos que lleva a Macondo.
Escucha las primeras gotas romperse contra el ventanal de la cocina y siente un cosquilleo en la nuca. Se asoma, mira al cielo y piensa que tal vez tenga suerte. En cinco minutos está diluviando. Adoro el otoño, piensa, y advierte que sonríe de pronto.
—Cariño, bajo a la compra, ¿vale?— Vocifera camino del dormitorio. Su marido tarda en contestar que vale. Se calza deprisa, abre el cajón de la mesilla, busca el vibrador y lo guarda en el bolso. Luego coge las llaves del coche y sale de casa. Continua sonriente, bajo el confeti de agua que resbala por su impermeable, mientras corre hasta el Volvo familiar.
Sabe lo que vendrá después: la piel del pecho endurecida, los pies apretujando la alfombrilla entre los pedales, su boca abierta reflejada en el retrovisor. Supone que esto no cuenta como pecado. Y menos aún como infidelidad. Lo ha pensado muchas veces.
Los regueros que se escurren por las ventanillas forman una cortina tupida, la calle está desierta, el capó repiquetea. Coloca el móvil en el cuadro de mandos, le da al play con una mano y con la otra se sube la falda. Adora el otoño.
Hoy se nos han parado los relojes. Cosas de la tormenta solar, y esta es ya la tercera desde que nos destinaron a Mercurio, hace poco menos de un año. Durante la anterior fue aún peor: el abuelo regresaba de tomar su aperitivo en la Taberna del Ciervo Blanco cuando, entrando a casa, el teletransportador se descompuso por una ráfaga de viento del sol. Desde entonces, el viejo pasea su muñón y su cojera con una arrogancia propia de otras épocas, negándose a ponerse en manos del doctoroide de la colonia. Allá él. Aquí cada uno tiene sus manías. Yo mismo no he salido al exterior en todos estos meses. No es la temperatura lo que me preocupa, pues los trajes de la compañía resisten de sobra durante horas; es que no puedo evitar cierta inquietud a la vista de la fauna mercuriana, esas criaturas escamosas que, en mitad de la tormenta, se divierten agitando en pesado vuelo sus garras aladas, mientras persiguen las partículas solares y escupen fuego por sus renegridas fauces.
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