Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

24. Trasplante

Desde que trasplantamos a padre, se le nota mejor cara. La gente, que ha oído la noticia, nos comenta que qué suerte ha tenido al recibir un riñón de otro donante. No nos queda otra que aclarar la situación:  A papá le hemos trasplantado a él mismo.

Desde que notamos que pasaba demasiadas horas en el huerto, comenzamos a sospechar. Una tarde al asomarnos, le vimos con los pies anclados en la tierra, y echándose agua con una regadera. Todo bien, hasta que acabó el verano y tuvimos que regresar a Móstoles. Allí vivimos en un pequeño piso con una terraza maja, eso sí.

Así que el día que marchamos le sacamos del huerto, entró en el coche con los pies metidos en una vieja palangana para que no se nos mustiara en el viaje. Al llegar, metió los pies en la maceta donde antes hubo una adelfa, y con la tierra que traíamos del prado le cubrimos los pies, le colocamos al lado del ventanal para que le diera bien el sol y echamos fertilizante. Ahora es feliz, ya no tiene la cara mustia. El único inconveniente será volver el pueblo el próximo verano, los trasplantes son delicados.

23. Laraje

En el aparador de casa hay una botella de cristal tallado. Dentro, flotan en licor unas guindas oscurecidas por el tiempo pasado. Abro el tapón y aspiro. Entonces aparece mi abuela, con su mandilón de cuerpo entero, trajinando en la cocina. Ella hizo ese licor con caña de Holanda, azúcar y guindas, y en el fondo se le quedaron las fiestas del patrón en la aldea, los niños jugando en la huerta, las partidas de domingo, la bizcochada, la luz del sobrado, las nabizas y las excursiones en lancha a Mugardos. Solo yo sé que tengo una máquina del tiempo.

22. Un lugar anclado al corazón

Mamá siempre tenía al pueblo en la boca. Hablaba de él con un cariño incondicional, como si allí siempre hubiese sido feliz. Contaba cosas sencillas, intrascendentes diría yo, pero la ternura con la que lo hacía creaba expectación. Llegué a visualizar sus estrechas y empinadas calles, la iglesia de un blanco impoluto y los tilos de la plazuela a los que se encaramaba toda la chiquillería. Llegué a sentir el aroma de la leche recién ordeñada y de los chorizos y morcillas oreando en los balcones. Y a escuchar el canto de los gallos al clarear el día y el tintineo de las campanillas de los rebaños de cabras.

Cuando ella era adolescente mis abuelos vendieron la casa y las fincas y marcharon muy lejos, demasiado. Nunca volvieron.

Mamá decía orgullosa que quien tiene pueblo tiene un tesoro.

Ella ya no está. El vacío de su ausencia es inmenso. Y el tesoro, que también era mío, acallada su voz semeja un ensueño caprichoso.

21. AUSENCIO (Toribios)

Fue nacer y empezar a echar de menos aquel universo sin gravedad donde todo fluía al ritmo cadencioso de un latido. Se fue acostumbrando a respirar, a sentir roces en la piel, a escuchar los ruidos ensordecedores del mundo. Le compensaba la delicadeza del pecho materno, el oír desde fuera el pulso de la sangre, las caricias. Pero, con el tiempo, llegó el frío biberón, la cuna, la distancia. Añoraba la quietud y le desazonaba ese mundo lleno de sonidos y colores. Un día se despertó con un dolor insoportable en las encías y todo se le hizo si cabe aún más penoso. A los seis años era ya un profesional de la nostalgia.  A los catorce lloraba sin cesar por lo perdido. Estudió, encontró pareja, tuvo un empleo, pero siempre echó en falta la ingenuidad del que no sabe, la libertad del célibe, el tiempo libre del desocupado. Era locuaz y tuvo amigos, por fuera no se le notaba su tragedia. Pero vivió con un constante sinvivir. Cuando se hizo viejo, todo ya cumplido, le serenó el espíritu sentirse cerca del regreso.

20. La insoportable soledad del ser (Jesús Alcañiz)

Existen dos posibilidades

o estamos solos en el universo o no lo estamos.

Ambas son igualmente aterradoras.

Arthur C. Clarke

Últimamente me despertaban inquietantes gorjeos y chasquidos metálicos, como si unos diminutos seres conversaran bajo mi ventana. Sin embargo, por más que me asomaba, nunca lograba ver a nadie. Superado el natural miedo a lo desconocido, su curioso parloteo me hacía sentir acompañado en las noches interminables de este solitario páramo. Comencé a preocuparme cuando la vaca dejó de dar leche, las gallinas no ponían huevos, el perro se escondía debajo de la mesa en cuanto oscurecía y yo apenas podía dormir. Una noche pierdo los nervios y abro la puerta escopeta en mano. ¡Mostraos de una vez!, grito, y disparo dos veces al aire. En la penumbra, unas sombras menudas saltan por encima de la hiedra del muro y enseguida unas luces cegadoras se pierden en el cielo a toda velocidad.

Desde entonces, a pesar del lógico alivio por la desaparición de los visitantes, no puedo evitar una cierta añoranza de aquellas noches: jamás me había pesado tanto como ahora esta triste vida, sin nadie en kilómetros a la redonda.

19. DE CÓMO EL BISABUELO FRANCESCO LLEGÓ A LA ARGENTINA (Mariángeles Abelli Bonardi)

Ella no quería que fuera a la guerra, por eso, para evitar que lo enlistaran, habló con el cocinero del barco, y acordó que viajara así, de polizón, pelando papas…

Le dijo que estaría despidiéndolo en el puerto, agitando un pañuelo blanco, pero el barco se alejaba, y era tanta la gente, y tantos los pañuelos, que no pudo distinguirla…

Siempre añoró ese pañuelo, ese puerto de Génova, su ciudad de Bra… A su madre, nunca la volvió a ver.

 

18 ENFOQUE, TONO Y COLOR (A. BARCELÓ)

Alucinó al percatarse de que lo que ella estaba narrando era el relato del romance que habían mantenido. Le sorprendió mucho más comprobar que la versión que escuchaba era completamente distinta de la suya. Lo que para él significaba el grato recuerdo de un amor que había llegado a idealizar como platónico, para ella era una herida abierta que no acababa de cicatrizar. Era como ver el positivo y el negativo de la misma fotografía. Cuando contó el momento de la separación, su voz sonó quebrada e hizo que a él se le cayera el alma al suelo, sobre todo al pensar que fue ella la que se empeñó en cerrar para siempre la relación, pues de lo contrario ambos habrían sufrido más de lo necesario. Ella insistió en dinamitar todos los puentes: lo suyo era imposible, sus mundos eran completamente antagónicos.

La tímida chiquilla de aquel verano, convertida ahora en estrella del pop, giró el micrófono para que las cuarenta mil personas que habían acudido a su concierto repitiesen el estribillo de la canción completamente inédita que estrenaba justo allí. Se escuchó al unísono: “Sería mejor que no hubiese sucedido”. Él mostró su desacuerdo abandonando el estadio.

17. ¿Me das un abrazo? (Jose María Escudero Ramos)

En un lugar de paso, a un lado de la plaza Mayor. Hierático, estático, expectante. Brazos en cruz. A mis píes hay un cartel que reza: «¿Me das un abrazo?». Una venda en mis ojos no me permite ver quién viene hacia mí, así puedo sentirte en cada uno de ellos. Corazón con corazón.

Ya he disfrutado del calor de varias personas. Lo más llamativo es el olor que cada una desprende, ¡y la efusividad con la que me abordan!. Algunos, entre sonoras carcajadas, pareciera que quisieran tirarme al suelo.

Muchos me preguntan por qué hago esto. ¿Acaso hemos de buscar excusas para abrazarnos?

Te echo de menos y la mejor forma que tengo de alejar este sentimiento de amor eterno, cercano en la lejanía, es sentir a los desconocidos que quieren parar frente a mí para regalarme unos abrazos que juntan los trozos de un alma desgarrada.

Con cada abrazo que recibo te siento, te añoro y, a la vez, te amo. Todas estas bellas personas me hacen recordar que por muy grande que sea la distancia que nos separa, estamos unidos por un hilo dorado, centenares de corazones anónimos que hacen que la vida sea digna de agradecer.

16. Infelice

Segismundo se retuerce de dolor en la torre mientras cree recordar en una especie de bruma aquello que soñó anoche.

¿Pero fue sueño entonces?

¿Acaso no fue real?

Y, tras desgarrarse la piel en la lucha constante que tiene consigo mismo _ese endiablado carácter suyo_, y con las cadenas que lo aprisionan, al fin concluye y se deja caer al suelo exhausto, vencido por el cansancio.

Reflexiona en silencio según le embarga un cosquilleo de angustia y recaba en que quizás era más feliz antes cuando no sabía, cuando no esperaba…

Vuelve a renacer en él ese sentimiento rabioso y violento que le lleva a imaginar los peores escenarios posibles: Segismundo maldiciendo, Segismundo pegando, humillando, asesinando, blasfemando…

Pero escondida ahí, diminuta, asoma victoriosa y tenue, como una llamita incipiente, la peor de todas las emociones. La que le desgarra la sangre y emponzoña su entendimiento. La más mortífera, la que le postra definitivamente. Y Segismundo hunde los ojos en sus cuencas para espantar la purulencia que, poco a poco, se instala en todo su ser.

Dándose cabezazos contra la roca una risa amarga surge del malhadado cuerpo del hombre-fiera en enconada pendencia contra lo que nunca existió.

15. DESPUÉS DE TODO (Juan Manuel Pérez Torres)

En un rincón ignorado del universo, el planeta Korworath brilla con tonos esmeralda y zafiro. Allí vive Tal, un extraterrestre de ojos profundos y piel luminiscente. Aunque Korworath es un paraíso de maravillas tecnológicas y paisajes deslumbrantes, Tal siente desde hace tiempo una punzada constante en su corazón, una sensación que los korworathianos no comprenden: saudade.

Tal había visitado la Tierra en una misión de exploración. Durante su estancia, había experimentado la calidez de los abrazos humanos, el aroma del café recién hecho, la melodía del viento entre los árboles y la caricia de la brisa marina. Esos recuerdos se habían grabado en su ser, creando un anhelo profundo por algo que ya no podía tener.

Por eso, cada noche, Tal se sienta bajo el cielo estrellado de Korworath, mirando hacia la constelación donde se encuentra la Tierra, cierra los ojos y deja que la saudade lo envuelva, recordando los momentos fugaces de conexión y humanidad que había vivido. Aunque intuye que nunca podrá regresar, esos recuerdos le dan fuerzas para seguir adelante, con la esperanza de que algún día, en algún rincón del cosmos, encontrará un lugar que pueda llenar ese vacío en su corazón.

 

14. Nostalgia

Viene de noche, en silencio, agazapado entre las sombras. A veces le empuja esa lluvia tenue que cubre con sus lágrimas los ventanales. Se le conoce con diferentes nombres. Y nos provoca el mismo temor que a un niño, el monstruo del armario. Quizá sea el mismo ser que ahora regresa a nosotros. Por eso aquí en la residencia tememos que llegue la hora de acostarnos y a ese cielo arañado por oscuras nubes. También a las visitas porque a pesar de vuestras cálidas sonrisas, lo traéis con vosotros.

13. El delantal mágico

Me acerco a la edad en la que ella murió, yo tenía quince años y la necesitaba.

En la casa donde vivían había dos reinos. En el salón, sentado en el sofá, estaba él con el ceño fruncido, mirando la televisión y esperando que alguien se acercara para discutir.

En la cocina, ella, con su pelo gris ondulado y un delantal de cuadros sobre las rodillas. Sentada junto a la ventana, no se distinguía su cara al trasluz, como si tuviera un halo que la protegiera. Me acercaba y me daba un beso de abuela que duraba más de un minuto, después buscaba debajo del delantal y me cogía la mano para pasarme una moneda, con cuidado de que nadie lo viera. Todos los nietos recibíamos el beso, nadie habló nunca de los cinco duros y aún me deleito pensando que yo era la única, su favorita.

Hijos y nietos permanecíamos en la cocina; era un milagro que pudiéramos caber en un espacio tan pequeño. Él bramaba desde el sofá: «¿Dónde estáis?», pero nadie respondía. Ella temblaba cuando escuchaba sus gritos.

Han pasado más de cuarenta años y todavía me duele que se fuera la primera sin vivir en calma.

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