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Año 2084. Siguiendo la tradición familiar de reunirse cada quince días en la casa de los abuelos, vi llegar a mis seis nietucas…
Paula, la mayor, tan responsable y atenta a todas sus primitas… Sara, Eva y Clara, con solamente un año de diferencia entre cada una… y las mas pequeñas, mellizas ocho años mas jóvenes que Paula…
Era un día primaveral así que después de la comida campestre la costumbre era de hacer la tertulia en el jardín debajo del sauce en un paraíso de flores campestres y aromáticas…
Muchos niños pequeños correteaban alrededor nuestro cuando una pequeña nos llamo:
“¡Abuelas hay muchas ortigas adonde las malvas!”
Paula inclino sus setenta y nueve años exclamando:
“Ah que bien hoy haré sopa de ortigas, mirar a ver si no habrá por ahí churrecamas para la ensalada, y recordadme recoger unas cuantas malvas para la infusión de la noche”…
Que contenta estaba de constatar que no se habían perdido las costumbres: tanto para las comidas como para lo medicinal apañarse con lo natural…
¡¡Y no era en previsión del cataclismo anunciado pero por mis convicciones!!…
…Por eso mismo quise servir de abono y desde hace muchos años estoy aquí criando malvas…
Me dirijo al planeta azul localizado en la galaxia NC-521B4. Conmigo vienen el hombre y la mujer, ambos clones de laboratorio, que deberán habitarlo. Él es arrogante y orgulloso. Se cree superior a mí por su perfeccionado cerebro y siempre estamos enzarzados en interminables discusiones sin fin, pues razona y argumenta como si resolviera fórmulas matemáticas. ¡Es irritante! Sin embargo a ella…. no puedo dejar de mirarla.
Hemos llegado. Analizo el oxígeno del aire, abro las compuertas de la nave y respiro hondo. La brisa me anuncia un océano cercano y veo un arroyo paseando por un enorme bosque coloreado de otoño. De repente siento el lastre de mi precaria vida de humano controlado, el vuelco de mi alma agazapada y, en ese frágil instante, tomo una decisión. Vuelvo a bordo, elimino las coordenadas del planeta, reprogramo el cerebro del hombre y cambio mi chapa de identificación por la suya. A partir de hoy él será 2084 y yo tendré un nombre de cuatro letras que evidencie lo que soy: una persona.
Mientras escucho alejarse la nave, miro a Eva, tan inteligente, tan sensual, tan diseñada para reproducirse.
De las 2084 margaritas deshojadas hasta ahora, ninguna le regala las 2 palabras que más anhela. Quizá, si te cuento que su corazón late a 0ºC de temperatura media, el exterminio floral te parezca naturalmente obvio.
Hace 8 días que duerme tumbado sobre un colchón de níveos pétalos. Atención. El crucial sueño florece ya en el campo. Una muchacha le sonríe; hasta le guiña un ojo. Lleva 4 margaritas prendidas en el pelo. Un etéreo vestido amarillo es el botón central de tan silvestre flor. Azorado, nota un fuerte bombeo en el pecho. Le fluye la sangre, caliente. Ella se le acerca al oído. —La respuesta que deseas, adorna mis cabellos —susurra la autómata.
Nos reunimos como cada atardecer alrededor del suero vital. Después de ingerir la dosis diaria nos estiramos en los sofás de olas de gas para digerir y contemplar el universo. La mayoría se deja ir, sin oponer la más mínima resistencia, derrotados por la belleza de Andrómeda, tan cercana. Cuando yacen imperturbables, adormecidos por los cantos de las estrellas a través de los auriculares, saco el visor turístico de color verde que encontré entre las pocas pertenencias terrenales de mi abuelo. A pesar del saqueo sistemático a sus recuerdos al llegar a este planeta, algunos pudieron esconder reliquias que se han convertido en objetos deseados y valiosos por los que estarían dispuestos a cometer crímenes. Al pie de la única imagen visible en la pequeña television de juguete, hay una inscripción: La ciudad de los enamorados y de la luz. Observo un montón de hierros tapando un atardecer en la Tierra. No entiendo el sentido de aquellas palabras y decido enseñar el chisme a los demás. Niegan conocer el lugar. Sólo uno de los más ancianos mueve tembloroso las comisuras de los labios, incapaz de contener unas burbujas de melancolía.
—Karinita,vení,tengo algo para darte.
—Lo que te voy a dar es algo que guardé por muchos años, y ahora que el abuelo ya no está, quiero dártelo a vos, porque sé que lo cuidarás más que nadie.
Me acerqué a mi abuela mirándola a sus ojos, con una mirada compinche.Me esperaba con un montón de cartas en sus manos, atadas con una cinta ancha y brillosa color azul y finos hilos amarillos y rojos.
—Estas cartas me mandaba tu abuelo cuando éramos novios, día tras días, mientras cumplía el servicio militar.
Mi rostro se transformó en expresión de ternura, teníamos una complicidad única, fue el regalo más hermoso que me dejó. Ella lo sabía. Me senté bien pegadita a ella y leímos una a una las cartas que confirmaban en cada frase de amor, cuánto la amaba mi abuelo.
Yo la quise más que a mi propia madre; me dejó los recuerdos más felices de mi vida.
Dos mil ochenta y cuatro días pasaron de su partida. Pasan los años y aún así, extraño y necesito su tierna mirada y sus sabias palabras.
20.8.2084. 20:37 horas.
El Departamento de Natalidad recibe una petición. Se registra una vacante para un barón caucásico. Se pone en marcha el procedimiento y se activa el biorreproductor. Se introduce el óvulo fecundado y se inicia la rutina de desarrollo.
El Departamento de Control asume el incidente y sanea la zona.
El Departamento de Registro anota: El individuo A7-B 22522 ha decidido morir. Iniciado proceso de sustitución.
«… de 2084. Temperatura 12º. Llueve. Terapia a las diez. Faltan cincuenta minutos…»
El tiempo justo para ducharme, desayunar y vestirme. «Falta de hierro, potasio y magnesio. Colesterol alto.» Oigo a la máquina mientras me acabo de desnudar. Extiendo la mano hacia la abertura en la que se han deslizado los medicamentos y el vaso de agua al efecto. Me los trago sin pensar.
Maldigo los días de lluvia porque siempre me pongo melancólico. Rememoro viejos tiempos. Salgo con el chubasquero y camino. No me apetece ir a terapia. Al pasar por una estrecha callejuela veo a una mujer que me mira directamente a los ojos incitándome… ¿Una nostálgica como yo?
No pierdo nada por acercarme. No me equivoqué. Al llegar a su lado me toma la mano y me lanza un guiño. El bulto de mi pantalón crece por momentos. Hoy no necesitaré terapia. Tendré sexo natural, como antes. Detrás de un contenedor, me abre la bragueta mientras le subo las faldas. Como animales deseosos de sexo nada más nos dejamos ir. Al terminar, sonrío.
─Hoy no necesitaré terapia. Soy adicto al sexo.
─Yo tampoco ─responde ella. Soy una psicópata asesina y disfruto matando tras el coito, cariño.
El hombre mira por la ventanilla y siente una mezcla de rabia y tristeza.
Pronto comenzará la destrucción de la Tierra: los mares se desbordarán arrasando pueblos y ciudades; incontables terremotos abrirán grietas vertiginosas, precipicios sin fondo; soplarán huracanes capaces de llevarse bosques enteros; largas sequías transformarán campos en desiertos; lluvias incesantes cubrirán las montañas más altas; día y noche se confundirán; plagas, enfermedades, se propagarán por todos los rincones… Muchísimas personas decidirán suicidarse. La Vida se extinguirá.
Un feroz rugido le hace volver la cabeza. El tigre de Bengala recorre su jaula mostrando colmillos, lanzando zarpazos entre los barrotes.
Los demás animales parecen tranquilos. Juegan los chimpancés. Pasean los camellos. Rumian vacas, ovejas y cabras. Saltan los delfines. Ponen huevos las gallinas. Sacuden las crines los caballos. Vuelan las golondrinas.
El hombre abraza a la mujer que lo acompaña. Mientras la nave atraviesa la atmósfera ambos permanecen en silencio, viendo empequeñecerse la Tierra hasta convertirse en una perla azul. Cuando alcanzan el espacio exterior, ella dice: «Encontraremos un nuevo hogar«. Y se acuestan uno al lado del otro.
De las ramas del olivo surge una alegre mariposa. Revolotea anaranjada y se posa en el abultado vientre de la mujer.
Julia andaba de forma pausada, sin prisas, parecía pensativa y triste, las manos sobre el pecho, en sus labios, en apenas un susurro, una oración. Realmente, pensaba, no tenía una necesidad imperiosa por llegar. ¿Para qué correr si en definitiva siempre iba a ser lo mismo? Además, desde donde estaba veía perfectamente que seguía sin haber acuerdo, no parecía que se fuese a solucionar en ese día del año 2084 ¿Y en qué se había cambiado? Tenía setenta y ocho años, cincuenta y tres desde que llegó a la congregación. ¡Y nada había cambiado! Una pesarosa mirada a la vieja chimenea de la Capilla Sixtina la devuelve a la realidad, es un hecho, el mundo… tiene otro PAPA.
Rosario, México, 23 de Mayo de 2084. Hoy, a petición de mi padre comienzo este diario. Esta tarde nos ha desvelado lo que lleva tanto tiempo ocultándonos. Es el mayor estudioso de la obra de Julio Verne y de niño me fascinaba los cuentos con los que nos sumergía dentro del Nautilus. De joven cuando dimos la vuelta al mundo en 80 días, y luego en 80 horas, y en 80 minutos… qué locura… Y claro, al cumplir los 18 que nos llevó de fiesta sorpresa a la Luna… Cuando descubrieron la entrada al centro de la tierra todo cambió. Musitaba que solo faltaba uno, solo uno. Se encerró durante un año interminable en su despacho con cientos de ordenadores simulando Dios sabe qué… Después se emperró en que aprendiésemos supervivencia extrema, a plantar semillas, a navegar, en fin, cosas del siglo pasado. Al principio fue divertido, pero el día que insistió en venirse a México y comprar un barco, pensamos que el pobre no estaba bien… Hoy me ha demostrado que mañana se cumple la predicción. Hemos dudado sobre cómo bautizar al navío: unos decían Adán, otros Noé, papá insistía en Verne. Al final todos hemos aceptado “eternidad”.
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