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Mi amigo Jorge nunca llegó a sentirse feliz durante esos años placenteros en los que suaves nubes de algodón arropaban nuestras vidas, alejadas de cualquier peligro. Mi amigo Jorge luchó contra su voluntad para que su mano izquierda no cogiera jamás el lápiz para escribir; sufrió jornadas enteras el dolor de las varas de metal que le habían impuesto para corregir sus piernas arqueadas. Aunque su mayor desgracia radicaba en su oratoria. Mi amigo Jorge se atascaba con frecuencia en determinadas sílabas, las repetía constantemente y no logrando superarlas caía en la más profunda desesperación. En ese momento se convertía en el hazme reír de toda la clase, en especial de Arturo. Se ponía delante de él y repetía el sonido gutural de un mono, decorando la burla con movimientos acordes. Yo cogía de la mano a mi amigo Jorge y lo alejaba de aquella manada.
Años más tarde nuestros caminos se separaron. Un día los altavoces de mi aparato radiofónico emitieron un discurso elocuente y sin ningún error. Arturo, como todo el país, escuchó con ojos de cólera aquella voz del tartamudo ahora coronado, que instaba a los mayores de dieciocho años a partir para combatir en la guerra.
La primera noticia fue acogida con reservas. Nadie duda del rigor de los científicos chinos, pero sí de la veracidad de las comunicaciones de su gobierno, empeñado en hacer un referente del radiotelescopio FAST, en la cuenca de Da Wo Dang. No obstante, pocos minutos después, desde la meseta de Mure, en los Alpes franceses, NOEMA no solo confirmaba el contacto, sino que había calculado el origen de la nave que enfilaba nuestro planeta: Encélado, la luna helada de Saturno. La comunidad científica bullía de entusiasmo y los dirigentes mundiales cruzaban rápidas consultas, intentando dirimir el lugar de aterrizaje de la nave y las intenciones de sus tripulantes. Mientras las redes globales colapsaban y la población mundial alcanzaba el paroxismo, desde el desierto chileno de Atacama los astrofísicos de ALMA anunciaban que las sesenta y seis antenas de su interferómetro habían captado la nave, pero que la aproximación a nuestro planeta había sido solo una maniobra para impulsarse gravitacionalmente hacia un destino desconocido.
Cuarenta y tres minutos más tarde, el radiotelescopio VLA de las Llanuras de San Agustín, en Nuevo México, recibía desde Encélado una señal que astrofísicos, antropólogos y semiólogos han interpretado como una evidente risotada.
Me gustan los hombres, pero jamás me arreglo pensando en ellos. Qué sabrán de si visto con gusto, voy bien maquillada o repito modelito. Las mujeres, en cambio, me catalogan, me admiran o me critican. Y yo a ellas. Con la pasión que se requiere.
Empezaba a olvidar a mi exmarido, cuando supe que estaba con otra. La herida supuró de nuevo. No descansaba imaginando a esa desconocida. Mi informante señaló que era muy alta. Todas las chicas espigadas que veía por la calle, en el autobús, en el súper…podían ser Ella. Yo las observaba con descaro, escrutando cualquier detalle delator. Un día una chica altísima que hablaba por el móvil ─ ¿con mi ex? ─ me sostuvo la mirada. Yo no me achanté ante ese desafío, claro, y respondí como merecía.
Ahora hay otro hombre en mi vida. Ya no me preocupa el destino de aquella larguirucha con mañas de arpía. Estoy contenta, centrada en esta nueva relación. Para sentirme del todo satisfecha solo debería indagar un poco más. De momento sé, lo dijo mi novio, que su ex era bastante bajita. Ya noto la adrenalina trepando por mis músculos. La nueva temporada de caza está al caer.
A Trinidad siempre le parecieron paparruchas eso de que las oraciones salven almas o de que la voluntad y los buenos deseos puedan curar enfermedades. De lo que no tiene ninguna duda es sobre el poder del “mal de ojo”. Ella expandía por su aldea, como si de una planta venenosa se tratase, las afiladas espinas del rencor. Tenía por costumbre tajar una muesca en el marco de la ventana cuando veía pasar un coche fúnebre camino del cementerio. Ya ha caído otro, murmuraba sonriendo. Como el vinagre tiene propiedades conservantes, Trinidad sobrevivió a sus vecinos. Sola e inválida, no tuvo más remedio que aceptar la plaza en la residencia de mayores que le facilitó la Comunidad. Ahora, sentada en su silla de ruedas, mira con desprecio a sus ancianos compañeros: la que se saca la dentadura tras la comida, la que emite grititos, el flatulento…y sin que nadie se entere, ya ha empezado a marcar con el cuchillo incisiones en la pata de la mesa.
Mi hija peina su pelirroja melena, frente al espejo del cuarto de baño.
Mi mujer, encerrada en la cocina, sigue pelando cebollas.
Y yo, sentado en el sofá del salón, no dejo de sonreír.
Porque hoy murió de cirrosis el Atilano.
Aunque los paisanos del pueblo lo llamábamos ¨El Zanahorio¨.
_ Buenos días. Mi nombre es Clara y soy alcohólica.
_ Buenos días Clara.
Me vuelvo hacia mi compañera y le digo al oído:
_Ya empezamos. No soporto a esta tía. Cada vez que veo esa sonrisilla de suficiencia me dan ganas, no sólo de beber, sino de sujetarle la boca y hacerle engullir el peor de los vinos peleones y… ¡bah, qué se yo! Estoy de los nervios…
_¡Shhhh, calla! _exclama María apretando ligeramente mi mano _que ahora es cuando va a contar lo del apoyo incondicional de mi familia, amigos y, cómo no, todos vosotros…
(Esta última frase la entonamos al unísono los dos juntos en susurros, engolando la voz y tratando por todos los medios de aguantar la risa)
Frente a la mirada acusadora del resto, recuperamos la compostura y dejamos de hacer el tonto mientras Clara continúa con su perorata insoportable. La tía lleva dos años sin tocar el alcohol. No entiendo por qué vuelve aquí a restregárnoslo por la cara. En esta mierda de sala, la mayoría hemos recaído a la semana. Sólo Andrés aguantó dos meses…
De repente Clara interrumpe su discurso y, viniéndose abajo, confiesa:
_Anoche fue terrible… No tuve fuerzas…
Madrid es frenética, impredecible, sangrienta y demente, una ciudad a la vanguardia y que, a la vez, atiende a las necesidades tradicionales. Cuando residía allí, la infelicidad se cebó conmigo con una crueldad que ni el más dramático de los clásicos del llanto podría haber imaginado. Malditas historias que otro día contaré.
Después de mucho tiempo, un asunto delicado me hizo volver a sus calles por unos días y, en la bulliciosa soledad de las estaciones de metro, rememoré mi relación con Almudena. Doliente sigo, aunque no distingo bien si es ella o la ciudad lo que me enerva, y de nuevo me siento seducido, ahora gravemente, por su lado oscuro, por la violencia y el poder que la envenena.
Lo que vine a hacer aquí se me ofrece gratuito y gratificante y no veo mejor modo ni ocasión, así que voy a tu barrio, localizo tu piso y me cuelo por la ventana en medio de la noche. Te muestras muy asustada hasta que al fin me reconoces y luego, atónita y atenta, escuchas mi confesión y mis alegres risotadas. La culpabilidad te agobia, te ahoga, te abruma, y mi conciencia, ya libre, comienza a volar atravesando las paredes.
Mi padre guardaba una botella de coñac Martell, una de las más exclusivas marcas de la bodega de la región francesa que da nombre a ese espirituoso.
─Esta botella la abriremos y la beberemos el día en que salga la noticia en primera página de todos los periódicos, comentaba a cualquiera que viniese a nuestra casa.
No sé definir lo que sentí, no sé qué mal fario me invadió, pero el 20 de noviembre de 1975, no me atreví a abrirla.
Abrió la puerta y me miró. “No voy a darte nada, pedazo de mugrienta”, dijo despectiva, cerrando bruscamente. Era la última casa del pueblo y en todas había recibido la misma respuesta. “De modo que no han cambiado”, pensé. Seguían siendo tan crueles como en mi infancia cuando, tras morir mis padres, me habían desterrado acusándome de brujería, dejándome completamente abandonada a mi suerte. Y aunque había pasado mucho tiempo, el necesario para que nadie me reconociera, no conseguía olvidarlo.
Una vez hube comprobado que ninguno merecía salvarse, me alejé y me quité el sucio disfraz de mendiga. Saqué la pócima del hatillo, la abrí con cuidado, eché la sangre aún caliente de una liebre recién sacrificada, y soplé. Una densa nube escarlata salió directa hacia el puñado de casas que, bajo su siniestro influjo, no tardó ni medio minuto en convertirse en cenizas.
Me invadió una enorme alegría, parecida a la que había sentido tras ganar el Nobel de Química con mi estudio sobre los beneficios de los gases comburentes, en el que por supuesto, oculté el peligro de añadir plasma de mamífero a la muestra.
Satisfecha, puse rumbo a casa, a lomos de mi flamante escoba.
Nunca me he alegrado del mal ajeno, esa es la verdad; simplemente y como hace todo el mundo, las cosas buenas o malas que les pasan a los demás me han ayudado a tomar el pulso a la escala de medida correcta por la que tendría que valorar mi propia vida. Por poner un ejemplo, nunca me alegraré de que Pili haya perdido a su marido en un accidente de coche, nunca, no creo que haya nada peor si además le quieres como me consta que ella le quería; pero mis circunstancias me impiden que le ofrezca mi ayuda, no hoy, no ahora, no cuando acabo de enterarme de que mi pareja se ve con un abogado experto en divorcios y con otra; es decir y por dejarlo claro, en mi situación actual necesito que alguien esté peor que yo para seguir con mi vida y esa es, lamentándolo mucho, Pili. Otra cosa es que mi pareja y su querida tuvieran un accidente, uno con desastrosas consecuencias y su historia de amor no trascendiera, en esas circunstancias sí, iría al lado de mi muy querida amiga.
Sor Benita vive en un continuo sinvivir. Su calvario comenzó durante la oración vespertina, a causa de un incidente protagonizado por Sor Diluvina. Cuando se dirigía a su asiento sufrió un lapsus en su levitante caminar y tropezó con un reclinatorio. Sus ágiles reflejos, y según ella su Ángel de la guarda, impidieron que besara el pétreo suelo de la capilla. En todo caso, sería injusto minusvalorar su prodigiosa pirueta.
Sor Benita, atenta en aquel momento al místico recogimiento de su hermana del alma, tuvo sensaciones contradictorias. Tras su inicial sobresalto, lejos de reaccionar con un ferviente sentimiento de empatía, tuvo que reprimir un furtivo conato de risa. ¿Cómo pudo sucumbir a un impulso tan poco edificante, si bebe los vientos por Sor Diluvina y su corazón se acelera cada vez que la ve transitar radiante de espiritualidad?
Con la inestimable ayuda del padre Mario, su confesor y reconocido experto en el alma monjil, Sor Benita escarba en su conciencia hasta encontrar briznas de resentimiento, sutilmente enmascaradas entre flores de santa envidia. Buscando un anclaje para su arrepentimiento dirige sus ojos llorosos hacia el altar cuajado de lamparitas temblorosas, donde vive un Cristo agonizante desde el siglo XVI.
En la oficina todos están, «estamos» en shock. La noticia nos cogió desprevenidos a la hora del café, cuando Luís, de personal, nos lo dijo así, a bocajarro. Que Adolfo había muerto, víctima de un infarto aquella misma mañana. Y eso, que nos quedamos mudos hasta que Raquel estalló en llanto. Y Marian, palidísima, casi se desmaya. Todo el mundo adoraba a Adolfo: guapo, generoso, con don de gentes. Quien organizaba la cena de Navidad y lo del amigo invisible. Vaya palo. Nadie pudo ya dar pie con bola en las tareas. Luego Laura, recomponiéndose, empezó con lo de la corona y el panegírico. En fin, que yo me vine a casa mareada. Pero ahora, debo reconocerlo, disfruto de una paz interior tan placentera. Me di una ducha eterna y por primera vez en meses me sentí limpia. Abrí una botella de vino y para no sentirme culpable, revivo el recuerdo enterrado durante semanas: él jadeando sobre mí. Su aliento. Y mi voz resquebrajándose, «que no, que no quiero». Era la fiesta de jubilación de Merche. Bebimos demasiado. Después Adolfo me pidió perdón, pero yo nunca pude contárselo a nadie. El Karma. Que se joda. El muy cabrón.
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