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El abuelo se fijó en los geranios marchitos que mamá dejó de regar la misma mañana en la que él comenzó a no reconocernos, desde aquel instante los cuida cada día.
María, en el último mensaje a sus hermanas, les decía que creía, pensaba, deseaba y añoraba no morir del todo cuando su corazón dejara de latir.
En esa nota les explicaba sus más profundas creencias. No eran otras que la esperanza de que seamos un todo integrado por cuerpo y espíritu.
Y aunque su envoltorio se apagase, esperaba que ese espíritu, esos 21 gramos de alma, se escaparan y pasaran a formar parte del Universo.
Eso sí, les contaba que no sabía si emigraría al cielo; si se reencarnaría en otros seres vivos; si marcharía hacia las estrellas o permanecería aquí, mientras los que la habían conocido mantuvieran su imagen en la memoria.
Pero sus escasos conocimientos científicos le hacían dudar. Se empeñaban en que creyera que todo acabaría cuando abandonara este mundo, al convertirse en ceniza, que alimentaría al resto de seres vivientes.
De momento, les escribía, mientras continuase viva intentaría que no sufrieran por ella aquellos que la querían.
Deseaba acercar posturas con quienes había mantenido distancias y sobre todo, pretendía disfrutar de la vida, exprimiéndola hasta su última gota.
Ellas, sabias y amorosas, le contestaron:
«Sigue luchando. Lo inevitable vendrá solo. Procura ser feliz. Siempre estaremos contigo».
Lupa, hachuela, cincel y martillo.
Afina el cirujano el pulso y los sentidos e, Iluminado de sapiencia, inicia el juego de acertijos.
En la intimidad el cerebro del paciente empieza, con cierta nostalgia, a aprender a morir.
El galeno medita con tristeza resignada, mientras suspirando agrega una X, pálida y ojerosa, a su manual de fracasos.
El vencido, con la boca abierta, ya deambula por caminos fantasmales.
El médico, con las orejas salpicadas de sangre le da la mano animándolo a cruzar la eternidad.
El día que murió mi padre busqué a mi mujer como buscaba a las chicas cuando era adolescente. Un hambre atávica alimentó mi deseo aquella noche y llegamos a cumplir hasta tres veces. Lo raro es que ella no rehusara mis envites, que aceptara aquella guerra como el deber ineludible del soldado. Habíamos cerrado el tanatorio con la excusa del descanso de mamá, pero ni yo ni mis hermanos pensábamos en otra cosa que no fuera en nosotros. Había sido un día duro para todos porque nada presagiaba que papá nos dejara de repente. No era la primera vez que nos lo hacía y entonces, cuando desapareció sin dejar rastro una noche apacible de septiembre, juramos que para sus hijos había muerto. Para mamá no, ella siempre tuvo la esperanza del regreso, y así fue. Volvió una noche de tormenta con un traje azul marino, calado hasta los huesos y con el semblante triste de un beagle esmirriado. Después le fuimos perdonando, porque había aprendido a hacer las mejores tortillas que habíamos probado y porque un olor a ciudadela inundaba la casa cuando asaba pimientos colorados. No pudimos llorarle sin embargo, aunque, todavía hoy, extrañamos su mirada de viejo arrepentido.
—¿Por qué hemos venido, papá?
—Era el cuadro preferido de mamá, ¿lo recuerdas? Fíjate bien en el fondo. Es como la inmensidad del cielo.
—Si lo miro sin parpadear, me parece que estoy dentro y me asusto.
—Piensa en ella. Y no te olvides de lo que decía cuando veníamos al museo. El trazo rojo es un rayo de sol y ese punto negro eres tú.
—Mamá dijo que veía al abuelo.
—Sí, sí. Este azul es mágico, solo tienes que dejarte llevar.
—¿Por qué hemos venido, papá?
—Ahora nos toca a nosotros ver a mamá. Me lo pidió cuando estaba en el hospital…, antes de irse.
Ambientado en el coqueto cementerio de Sayalonga.
Estoy segura de que mi Juanito fue el difunto menos muerto del cementerio.
Me explico:
Siendo un crío, Frasquito, el del tío Nene, le dio una pedrá a mi niño que le hizo eterna su mirada cuando le colocaron ese horrible ojo de cristal.
Desde aquel día, cuando mi Juanito se lo cruzaba le gritaba: “ME LAS PAGARÁS” y lo miraba fijamente con ese mirar raro e interminable. Así lo hacía en el cole, así lo hacía si se tropezaban por la calle y más adelante, cuando coincidían en la taberna…”ME LAS PAGARÁS”, “ME LAS PAGARÁS”…
Quiso la vida que tuviéramos que enterrar a mi Juan. Lo hicimos con su ojo inútil totalmente despierto. Incapaces fuimos de cerrárselo.
Frasco ya no duerme. Cierra los ojos y un pensamiento involuntario le da un fogonazo de luz penetrante. Aquel agujero-vengativo lo contempla. Frasco percibe la amenaza como un ritual maldito. Nota como sus órganos están paralizándose y su piel descomponiéndose sin remedio alguno.
En el pueblo se murmura, que ahora, también cohabita con nosotros un muerto en vida.
Lo había intentado de todas las maneras: talleres de escritura creativa, concursos de cuento, novela o ensayo de mayor o menor prestigio (en este orden), envío de manuscritos a todas y cada una de las editoriales del país, acercamientos poco éticos a personas influyentes del entorno literario. Y nada, no había conseguido publicar ni una sola palabra. Así que cuando tuvo la brillante idea, primero sintió una punzada en el pecho, luego le pareció una aberración y, finalmente, la única salida para cumplir el sueño de toda una vida. Poco antes de ser ejecutado solo pidió una cosa: que le trajeran el periódico que había conservado desde el primer día que entró en la celda para leer, por última vez, la esquela dedicada a su padre.
Llegó tarde a todo, todas las veces. Lo contrataron en la imprenta de su padre cuando los tipos móviles daban los últimos coletazos y los dedos seccionados eran observados con extrañeza por el resto de la sociedad. Se presentó en la casa de los que él ya imaginaba como sus futuros suegros unos minutos después de que aquel otro le pusiera un diamante en el dedo a la mujer de sus sueños. Empezó a hacerse pis en la cama cuando las canas poblaron su barba, como si fuera hacia detrás en vez de hacia delante. Y el día en que al fin iba a llegar a tiempo a algo, el tren de alta velocidad que calculaba sus trayectos con precisión de relojería suiza se retrasó por primera vez en diez años. Aún esperó un rato más tumbado sobre las vías, pero acabó sintiéndose ridículo. Mientras volvía a casa, quiso borrar las despedidas que había dejado programadas en todas las redes sociales, pero ya habían sido publicadas. Pensó, con resignación, que también iba a llegar tarde a su propio entierro.
Sino que cada vez cedemos más ,nos vamos muriendo poco a poco ,no somos sinceros por no hacer daño a un ser querido a decir verdad es como si nos quitaran un pedacito de nuestro corazón, lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos.
—- ¡Señora no tiene coraje ! ,piense que a veces hay que decir basta “Ni una más”, Tenga dignidad que no cometan esta tropelía y sobre todo menosprecien su cariño, aunque siga enamorada de él . Quiero que entienda que eso conlleva a algunas mujeres a dejarse llevar por ese amor ciego.
“ El amor no tiene cura pero es la única medicina para todos los males»
En mi dilatada carrera de médico he escuchado muchos símiles para describir síntomas: una especie de corriente eléctrica que agarrota todos los músculos del cuerpo; las arterias arden, como si en lugar de sangre fluyese por ellas lava incandescente; las venas parecen estar llenas de pequeñísimos cristales y es como si por los capilares circulasen alfileres; la cabeza a punto de explotar como una olla que ya no resiste la presión que tiene acumulada dentro. No entiendo nada y estoy muy asustado, pues soy yo mismo quien manifiesta todas estas señales de alarma al mismo tiempo y temo un trágico desenlace.
Siempre especulé acerca de lo que podía haber al cruzar la línea que separa la vida de la muerte, pero nunca imaginé que pudiera pasar algo así. Mi mente racional y científica me dice que no es posible: que el tipo que entró hace unos minutos en mi consulta no me mordió, que no era ningún jodido zombi y que yo no me estoy convirtiendo también en uno de esos. ¡Grrrrrrrrrr!…
Cuando escuché el crujir de las escaleras pensé que subías a buscar leña como otras veces. Apartando algunas cajas de cartón, posaste el candil sobre la vieja cómoda y me rescataste de aquel oscuro rincón.
Te sentaste en el desvencijado sillón, conmigo sobre tus rodillas, para limpiarme despacio con la manga del jersey. Noté cierto sentimiento de culpa por haberme abandonado mientras me acariciabas con delicadeza.
Te lo puse fácil y te perdoné, sabía que aquello solo había sido un desliz. Comprendí que te rindieras ante la novedad, lo moderno y la belleza funcional de los avanzados diseños. ¡Demasiado tentador!
La batalla estaba ganada de antemano porque el rival era muy fuerte, aunque resultó ser efímero.
No me costó despertar de mi aislamiento cuando empezaste a comprobarlo todo, el tabulador, el rodillo, las teclas. Estas comenzaron a bailar chocándose entre sí en un baile frenético de bienvenida.
A pesar de que en el exterior se escuchaba el sonido de las bombas, me sentí dichosa de volver a ser útil.
“Yo bordé la bandera con mis manos”, declamaba la actriz cuando él abandonó su butaca, formando un revuelo en nuestra fila. Enseguida lo reconocí. Moreno oliváceo, ancha frente, tal cual lo describió Alberti en sus memorias. Y que nadie me acuse de plagio por usar estas cuatro palabras.
Salí tras él, pero se había esfumado. Hasta que oí su voz a mi espalda. Oscura y palpitante, como siempre la imaginé. “Después de haber visto a la mejor, a Margarita Xirgu —dijo provocativo— no soporto a ninguna interpretando a mi Mariana Pineda”.
Fuimos a un café cercano. Entre tragos de ron, le confesé que yo también escribía —solo teatro—. Lo de que nunca había estrenado, lo guardé para mí. Antes de marcharse, me ofreció su sonrisa y una obra manuscrita. “Es mía. Puedes firmarla si quieres. Te la regalo”.
Desde entonces, habita la tempestad en mi conciencia. Ahora atemperada al incluirme entre los cinco nominados a mejor dramaturgo. El primer éxito de todos—pobres necios—. Y aquí estamos, posando en la foto colectiva para una revista digital. Con miedo al objetivo acusador. Que no enfoque nuestras cinco miradas impostoras. Simples títeres en las manos ambiciosas de un espectro.
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