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_ ¡Usted no lo conoce en absoluto! No voy a tolerar, ni un minuto más, sus insultos, sus malas maneras, su presencia…
El niño me mira triunfante. Apenas distingo por la vista periférica el corte de mangas. Lo considero por un instante. Finalmente, decido que no ha tenido lugar.
_ ¿Pero se está oyendo? Lárguese de aquí, no pienso escuchar sus mamarrachadas, ¡habrase visto!
Siento el cuerpecillo caliente de mi hijo apoyando todo su peso en mi costado. Sus pucheros encienden una ira malsana en mi interior. Pero qué asco de gente. Meterse así con una criatura… ¿Qué tipo de sociedad estamos creando?
_ ¿Me están diciendo, de verdad, que no tienen otra cosa mejor que hacer que venir a acosarnos de esta manera tan cruel y desproporcionada? ¿En serio?
Mi entereza se descompone entre el pánico y la indignación cuando los agentes se lo llevan esposado alegando toda esa retahíla de delitos, _infundados, locos, exagerados_ a los que nadie puede otorgar ni el más mínimo atisbo de verosimilitud.
Abel tenía una enfermedad de nombre jeroglífico. Todo había empezado en su niñez, cuando unas desagradables escamas verdes se instalaron en su inocente carita. Más tarde, ya en la adolescencia, de su coronilla surgieron unas extravagantes plumas y de sus orejas, un par de antenas. Y hacía unos meses, al cumplir los dieciocho, un bulto al final de su columna le anunció la llegada de un inevitable rabo.
Cada nueva rareza sumaba un apellido impronunciable a su dolencia, a la vez que multiplicaba por mil el rechazo ajeno. Cansado de tanta desaprobación, decidió quitarse la vida. Cuando la Muerte, obediente, acudió a su llamada, ocurrió lo imposible.
A Ella le pareció el ser más hermoso del planeta.
Él se sintió deseado y comprendido primera vez.
A su mágico enlace invitaron solo a las criaturas que reconocían la belleza en ambos. Un sinfín de animales y plantas actuaron como testigos de la sin par ceremonia. El Viento, el Agua y el Fuego tocaron una alegre melodía mientras las Estrellas iluminaban el bosque. Como regalo de bodas, el Sol y la Luna les deleitaron con un inesperado eclipse.
Ningún ser humano fue convocado. Y nadie les echó de menos.
El nuestro era un amor platónico.
Nunca quisimos entregarnos del todo en una relación, por un justificado temor a los riesgos. Al volver a casa la buscaba. Laura, juguetona, solía corretear sin dejar de retarme en un juego del escondite que tendía al infinito. Era emocionante ver su estela de oro aparecer y desvanecerse, como polvo de hadas.
Fue un accidente doméstico.
Un mal paso por mi parte se convirtió en un problema de peso, que le produjo un daño irreparable. Mi especial relación con Laura terminó de la peor manera. Su cuerpo delicado ahora abona los rosales al amparo de la noche. No hubo testigos del sepelio, nadie lo hubiera entendido. Un torrente de lágrimas empapó la tierra.
No sé estar solo.
Teresa me ayuda a sobrellevar el duelo. También es tímida, pero su piel oscura y esa belleza tropical resultan excitantes. A Laura era yo quien temía hacerle daño, como así sucedió. Con Teresa, un día será ella quien me lo cause, mientras veo una serie sentado en el sillón, o dormito. Su veneno de mamba negra es letal, pero antes de quedar paralizado espero tener fuerzas para sepultarme en el jardín, cerca de mi querida cucaracha.
En los vértices más profundos del océano, así como en los de mi mente, apenas se advierte la luz. Las noches aquí son perennes a excepción de los días que coinciden con el equinoccio de primavera y un resquicio de luz me permite ver los maravillosos monstruos que surcan este mar.
Nadie dijo que fuera fácil esquivar el escorbuto, sortear el cementerio de los barcos perdidos o poner rumbo bajo un temporal. Lo realmente difícil es ser Pirata y ser mujer.
Mi madre es un superhéroe. Ella puede con todo y con todos. Tiene muchos superpoderes; estar en muchos sitios a la vez, curar heridas con besos o canciones y solucionar cualquier problema que hay en casa. Cuando llega del trabajo con las pilas gastadas, suspira, se pone sus zapatillas mágicas y ya no hay quien la pare. Si se pone la capa sé que vamos a comer algo rico. Ayuda a la abuela cuando confunde el sillón con el váter. Saca a Toby al parque si llueve o al resto no nos apetece. Me explica mates cuando no entiendo los deberes y consigue dormirme con su voz al leerme un cuento en la cama. Hoy, hasta ha salido en el periódico. Con su super fuerza envió ayer a papá al hospital, cuando este le atacaba, como muchas noches, después de haberse tomado la pócima que lo convierte en el malo de la peli.
Son las cuatro de la madrugada. Suena el teléfono. Una voz imperiosa le urge a abandonar el lecho calentito: Greta lleva todo el día intentando parir. Se levanta, se viste y sale sin despertar a nadie. Es diciembre, hace frío, llovizna y una niebla pertinaz se ha tragado el paisaje. El coche protesta, pero arranca a la tercera y Mario, con la nariz congelada y los dedos entumecidos, recorre los treinta kilómetros. Se siente afortunado al vislumbrar una lechuza sobrevolando la carretera y un hermoso zorro apostado en el arcén.
Hay luz en el establo. Ringo ladra y se frota contra sus piernas al reconocerle. Entra presuroso y se encuentra la siempre mágica escena de una vaca lamiendo a su ternero. Se hace un silencio espeso. Lucas le mira compungido, el vecino trata de esconder las cuerdas que ha usado para sacarlo y Carmen corre a buscar una botella de coñac que descongele la mueca de estupefacción de Mario. Solícito y profesional, mete el brazo para comprobar que todo esté correcto.
Conduce hacia casa manchado de sangre, con pulgas y sin remuneración. Los faros iluminan a un lobezno atropellado. Conmovido, se detiene a ayudarle. Son las seis de la mañana.
Miró al cielo, se santiguó tres veces y agarró con fuerza la pértiga. Comenzó la carrera. Las zancadas eran veloces, rítmicas, poderosas. Tras el apoyo firme del extremo, la elasticidad de la fibra de carbono la impulsó enérgicamente a las alturas. Se elevó mejorando la marca de todos los récords existentes, superó las gradas sobre la pista, las tribunas más altas, los bastidores de la iluminación y hasta la cornisa superior del estadio. Pero la leve turbulencia de su vertiginoso descenso desplazó ligeramente la barra hasta precipitarla sobre la colchoneta. El salto fue declarado nulo.
Entre el público, un niño aplaudió entusiasmado.
—¿Has visto, papa? Increíble. Ha saltado más alto que nadie.
Su padre sonrió.
—No se trata de eso, hijo. Ya aprenderás…
El térito:
Comienza con el consabido truco de sacar de la raída chistera un conejo (de trapo, el parque no es un teatro ni él David Copperfield). Luego hace aparecer una moneda de la oreja de un niño y este se la quita y echa a correr. Las risas se explayan obligándole a disimular como si todo estuviera previsto.
Cuando saca la espada, cual Excálibur, se paran unos cuantos. Son suficientes para que comience a introducirla por su boca mientras suponen que le pillaran el truco, pero la punta metálica sale por su bajo vientre y él se desploma.
El inicio de los aplausos queda sordo ante un inmenso reguero de sangre.
El pretérito:
Cuando se despide de su mujer solo escucha el consabido “muérete, patético”.
Al despedirse del muchacho, este le pide el truco de la desaparición perpetua.
Solo puede consolarse con Irene, la sensata, la estudiante de derecho, su lucero. Ella sí le permite un abrazo y un beso, pero ese día, antes de soltarle, le susurra al oído: Acuérdate de lo que firmaste, si es suicidio no pagan, lo mejor es el accidente laboral.
Pasaron días antes de atesorar la valentía necesaria para intentar huir, pero su secuestrador la atrapa y, forcejeando, caen sobre la nieve. Sus desgarrados gritos solo provocan que pequeños copos de nieve se desprendan de los árboles.
Su mano, amoratada por el frío, deja caer la piedra ensangrentada. Los crueles brazos, ahora inertes, parecen no querer aún soltarla. Es consciente de que su tiempo se acaba, el frío ha paralizado sus extremidades y las fuerzas le abandonan. Ya solo espera que la película de su vida pase ante sus ojos. Su raciocinio empieza a quebrarse. Entre penumbras, cree ver que, como una bandada de cuervos, las caricias violentadas abandonan su cuerpo. Parece que los golpes se silencian y el dolor se hace casi soportable. Nota como los ríos de lágrimas derramadas se cristalizan, es hora de bajar el telón.
Mas un dolor punzante en su vientre la hace reaccionar. El fruto de la hiena que babeó su rostro le recuerda que aún está viva, lo que antes le parecía un engendro es ahora su impulso hacia la salvación. Siente que la función todavía no ha acabado.
Hace dos Nocheviejas, el primo Raúl decidió dejar de ser un estudiante modélico y tomarse un año sabático. Se retiró después de las uvas y amaneció con el aspecto desaliñado de un perfecto holgazán. Se pasó los siguientes trescientos sesenta y cinco días de la cama al sofá, sin dar un palo al agua.
El pasado fin de año, con la última campanada, proclamó que había descubierto la vocación religiosa y que si no se ordenaba sacerdote era por no darle un disgusto al abuelo, ateo de toda la vida. Tras doce largos meses de misa diaria y rezos de rosario interminables, esta noche esperábamos expectantes su nueva ocurrencia.
Después de cenar hemos salido a la terraza para ver los fuegos artificiales. Raúl ha pedido silencio y, con un hilillo de voz, ha confesado su propósito de terminar con todo de una vez. Un poco achispada por el cava, la tía Paquita ha brindado porque alcanzara pronto su deseo. Como él no parecía decidirse y viendo la ocasión propicia, sus cuñados lo han subido a la barandilla y, entre todos, le hemos dado el empujoncito que le faltaba. Al fin y al cabo, para algo está la familia.
El guardián de los cielos no debe dormirse apoltronado en la Osa Mayor, ya que ha de mantener iluminadas las candelas de los caminos celestiales. Él guía a las estrellas errantes soltando grandes carcajadas, embriagado por el polvo que pierden al pasar. Así ellas no deambulan al tuntún, llenando los cielos de susurros de anhelos de aquí para allá. Además, el guardián las protege con empeño, alejando de su trayectoria a planetas inapreciables, asteroides impredecibles y agujeros negros con las vibraciones de sus risotadas. Por eso, cada estrella encuentra siempre a su deseador. Menos la noche en la que el guardián debe apagar las candelas y, con sumo respeto, dejar de reír.
Tras horas de búsqueda, las gafas aparecen dentro del congelador; el reloj, en el horno y el azucarero, en el cajón de la mesilla de noche. «¡Hay que despedir a la script!», grita furioso el anciano director. Lo que no entiende es por qué la bella aunque madura protagonista, con lágrimas en los ojos, le dice en sordina que baje la voz, que no son horas, que va a despertar otra vez a los vecinos.
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