¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Camina absorta en el eco de sus pasos. Se detiene y hace presión con la maltrecha punta del pie en una de las tablas. Le gusta ese tenso crujido del suelo, el olor rancio del escenario, las arrugas del telón, el esplendor de los focos ahora apagados, el murmullo del público, las noches de estreno, los aplausos: sus aplausos. Abre los brazos y se inclina durante varios segundos. Se yergue con parsimonia y repite la reverencia. Atrapa al vuelo una flor irreal, simula olerla, interpreta un beso en los pétalos y la arroja con un rebuscado movimiento hacia la platea vacía. Saluda a los palcos, a los pisos superiores. Se abraza con fuerza a su torso y lanza besos en cualquier dirección. Sale y vuelve a entrar, quince veces, veinte, quizás más. Con la emoción pierde el resuello y la cuenta. Mira el reloj, restriega sus manos sobre la bata, se recoloca el moño y hace mutis mientras maldice esa mala cabeza de los últimos tiempos. Aún tiene que barrer los camerinos y no recuerda en qué parte de las bambalinas ha olvidado la escoba.
La zapatería Pasos, que era la tienda más antigua del barrio, llegaba al fin de su larga andadura. Con sus zapatos había caminado gente de todas las edades durante más de un siglo.
Esteban contemplaba por última vez las estanterías repletas de cajas en la trastienda del establecimiento. “Hasta aquí hemos llegado”, musitó con triste resignación. Mientras, un aluvión de sensaciones irrumpía en su interior, agitando su exhausto corazón que latía cada vez más desordenado.
El día que Esteban falleció, los vecinos de la zona se vieron sorprendidos con el cartel que lucía en el escaparate de la zapatería, en el que podía leerse: “Abierto por defunción. Sírvase usted mismo”.
Cumpliendo la última voluntad del anciano comerciante, todos los que acudieron a su funeral cruzaron la puerta de la iglesia con zapatos nuevos.
Aquella novela me había atrapado, el chico que explicaba sus aventuras era un encanto. Me disponía a sentarme en el sofá para leer un rato cuando, al coger el libro, me llegaron unos copos de nieve de los primeros capítulos. No me sorprendió pues ya sabía que la narración empezaba en invierno. Les siguieron algunas margaritas de la primavera que asomaba a continuación, más o menos por donde tenía el marcapáginas. Luego me salpicaron unas gotas de agua salada; parecía que el verano iba a transcurrir en el mar. Pero algo debió ir mal en las vacaciones de ese joven risueño de ojos azules: en vez de unas hojas otoñales caídas de los árboles, salió de entre las páginas una carta de náufrago en su botella. Sin pensarlo dos veces, me fui al puerto para poner rumbo a esa isla perdida decidida a rescatar al protagonista. Quería pasar a formar parte de la historia y estaba resuelta a reescribir, junto a Álex, su final.
Alans, había escrito la obra y repartió los papeles con arreglo a lo que ella estimaba. Pronto empezaron las envidias y rencillas. Los papeles una vez puestos en escena, necesitaban más interacción, se quedaban un poco cortos, así que los fue ampliando sobre la marcha.
La escena principal eran dos mujeres que se habían casado y contaban un poco su vida. A la actriz que se suponía la protagonista, una vez que Alans le dijo que tenia que interactuar más con su compañera, empezó a decir que su papel era el más largo y lo que tenía que hacer era decirle a las demás que se supieran el suyo. Por más que Alans le explicó que quería que viviera el papel, que no recitara lo que ella había escrito y que dialogara con Esther, Patricia no hizo caso. Alans estuvo a punto de decir que la obra no se iba a representar, pero tenía a las otras componentes que no tenían culpa del orgullo y envidia que Patricia reflejaba, incluso se ganó el favoritismo de otra, que solo hacían que criticar como Alans dirigía.
La obra se representó, pero al bajar el telón ya nada fue igual.
Muchas personas dicen que lo peor es no llegar ¿pero en qué condiciones? ¡¡ Pregunto yo!! Todos esos sueños que tenías memorizando cada segundo minuto luchando como si te faltara el aire es más teniendo en cuenta que siempre queremos más ,no me refiero al dinero en sí “ese va y viene” Lo que quiero decir es “Ser alguien en la vida” pero luego te das cuenta “De que te sirve” Te pisan hasta la saciedad vulgarmente te hacen la cama y que vas hacer ,deprimirte, necesitamos pastillas para dormir ,despertar, estar contentos y no demasiado eufóricos ,rendir y rendirse. Cuando no tenemos ninguna necesidad de trascendencia y afán de superación .la vida se vuelve una acelga, nos volvemos boniatos.
Hay que vivir el momento y dejarse llevar porque la vida se te escapa entre los dedos y solo tenemos una …
“Uno puede derrochar la vida en habitaciones mal ventiladas ,buscando oscuras verdades, buscando, investigando, hasta que uno es demasiado viejo para disfrutar la vida”
Había calculado que mi cuerpo tardaría aproximadamente cinco segundos en impactar contra el suelo desde aquel décimo piso.
Parece poco tiempo, un abrir y cerrar de ojos, apenas un suspiro, sin embargo, fueron los cinco segundos más largos de mi miserable vida.
Es cierto aquello que dicen, sí, ves pasar toda tu vida en secuencias rápidas, tanto que, más que mi historia, me pareció estar viendo el show de Benny Hill, hasta la famosa musiquita pude escuchar.
Pero este show no me hizo gracia, por el contrario, me produjo una sensación de tristeza difícil de definir.
Tristeza, por la vida desafortunada que me tocó, por la desgracia de nacer en el lado malo, ese que la mayoría, solo podéis ver en películas sombrías.
Pensaréis que podría haber hecho algo para cambiar mi historia, pero creedme si os digo que nunca tuve la más mínima oportunidad.
Justo antes del final, me atreví a pedir a un Dios que me había ignorado toda la vida, que, en la próxima, me otorgara otro papel, a poder ser de radiante protagonista en una de esas películas con preciosos decorados y en las que siempre, parece brillar el sol.
Sitiada su vida por un ejército de recuerdos sin destierro, el continuo sueño vela su conciencia y apacigua su dolor. Con la llegada de un nuevo día se refugia en ese pasado sin retorno , recreando cada escena hasta convertir su existencia en la imagen idealizada de un ayer exiliado.
Angustia, desconcierto, desolación, incredulidad, aceptación y cruda realidad. La soledad se convirtió en su aliada y de abanderada de su libertad pasó a esclava de su enfermedad.
Y las veladas de aquellos que estuvieron a su lado en épocas de bonanza, se fueron dilatando en el tiempo.
Ahora, Laia siente que está a punto de representar su último acto y entre bambalinas arrastrará sus miserias tiñendo el decorado de aquella vida. No le importa su final. Esboza una tibia sonrisa y un letargo otoñal acoge sus exiguas esperanzas.
GODI RASA
Cuentan que el autor barajó diversos cierres para su relato. El de “Fueron felices y comieron perdices” lo descartó por almibarado. “Fue bonito mientras duró” pecaba de nostálgico. Renunció a otros antes de decantarse por un final abierto, muy del gusto de cierta crítica de la época. Pero los personajes se rebelaron. Es una crueldad, es un sinsentido dejarnos colgados de esta manera, se les oyó quejarse. Y actuaron por su cuenta. Hubo algún figurante que se lanzó al vacío desde su apartamento y una pareja de secundarios anduvo disparando sus armas de fuego a diestro y siniestro. Por ser protagonistas pelearon quienes se habían conjurado para fabricar un artefacto que acabase de una vez con tanta incertidumbre y los que habían optado por una lenta extinción tras contaminar de su malestar todos los escenarios de la acción.
Cuando el creador fue a revisar el texto para la versión definitiva, se sorprendió de que sus criaturas hubiesen ido tan lejos. De modo que, por coherencia narrativa, le quedaba una sola opción. Escribió “Hasta aquí hemos llegado” y puso el punto final.
Una suave brisa matinal acarició su cara. Levanzo a babor, Favignana a estribor y por la proa ya se divisaba Trápani. Esa noche levantarían el telón en su querida Palermo, en la que tantos éxitos habían cosechado.
Enrico, asegurándose de haber calculado bien los tiempos y con semblante pensativo, ingirió un oscuro líquido.
Les contemplaban décadas de actuaciones en los cinco continentes, con excelentes críticas y algún fracaso esporádico, pero para la Compañía no existía otro lugar como el Teatro Massimo. Allí comenzó todo, y no podía haber un mejor escenario para su final.
Representaban “Turandot”, de Puccini. La gran joya de su repertorio. Enrico encarnaría el papel del príncipe Calaf, su personaje favorito, y no veía el momento de comenzar la actuación.
Llegadas las nueve al fin se alzó el telón, y tras dos primeros actos emocionantes, empezó el tercero, en el que Enrico interpretaba su aria fetiche: “Nessun Dorma”.
Cautivó a todos los presentes con su torrente de voz, y cuando pronunció el tercer “Vincerò” se desplomó inerte en el escenario. El veneno hizo su efecto en el momento deseado.
Bajaron el telón rápidamente, pero en la retina del público quedó grabado el más épico final jamás soñado.
Aquel veinticuatro de diciembre amaneció prometedor y, como de costumbre, pasó la mañana trajinando en la cocina. Luego, preparó la mesa con su mejor mantel, su preciosa vajilla y unas copas de cristal de Bohemia que solía librar de la vitrina en ocasiones muy especiales. Después, tras cortar el turrón en perfectos cuadraditos, los distribuyó con precisión en una bandeja de plata a la que añadió unas figuras de mazapán y muchas peladillas. Más tarde, entre espumillones dorados, colocó, al pie del árbol, los regalos. Cada cual con su nombre. Finalmente, revisó los pequeños detalles y, satisfecha, comprobó que había conseguido un ambiente de revista. Así que decidió acostarse un rato para recuperar fuerzas y poder disfrutar de la fiesta que se le venía encima.
A las nueve sonó el timbre y ya estaba preparada. Tomó su estola, su bolso de mano y mientras esperaba el ascensor, apagó el móvil. Sus hijos y nietos no tardarían en llegar, pero ellos tenían llave… y ella tenía otro plan: había quedado con unas compañeras del Club de Viudas con las que, a menudo, compartía soledades y también divertidas clases de inglés. Todas estaban hartas de ver a la familia sólo en Navidad.
Aunque hace tiempo que los humanos han aprendido a volar, mis huesos siguen anclados al suelo.
Pero mi amiga se niega a aceptarlo.
Por eso, al verme sentado en un banco del parque, esquiva a la multitud de personas que se desplazan por el cielo y desciende en picado, decelera en el momento preciso y, con la elegancia de una libélula, toca tierra firme.
Entonces vuelve a insistir: «No te rindas, es muy fácil. Recuerda que para elevarte, sólo tienes que acariciar con suavidad tu corazón».
Y yo la miro, sonrío y guardo silencio.
Y es que mi cobardía me impide confesarle que no puedo acariciar lo que no tengo.
Porque ella me lo ha robado.
Hace mucho tiempo que no va al circo, y últimamente el cine, el teatro y los conciertos apenas los frecuenta, aunque hubo una época en la que era un entusiasta de algunos géneros y música. Se ha hecho más de los libros y no tiene televisión en casa, ha venido cambiando de costumbres y gustos con el paso del tiempo. Funciones ha atendido muchas a lo largo de su vida, con intermedios para ir a comprar palomitas, con tramas e intrigas repetidas en interminables series y películas. En el circo al menos lograba reírse con los payasos cuando iba con sus amiguitos, con las entradas con descuento que habían regalado al colegio. La de hoy es una función bien diferente, real, aunque el guion es siempre el mismo y el escenario ahora no está bajo una carpa o frente a una platea; sí lo está bien adornado, hasta con flores de varios colores y formas, para que su mejor amigo con el que más reía sea el protagonista principal de la función.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









