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«Eres más tonto que Abundio, que vendió el coche para comprar gasolina», nos repetían con sorna a los críos en el pueblo a modo de moraleja.
Yo diría que, en principio, pensamos en esa maravilla como fruto del diablo.
El cine llegó por primera vez al pueblo. Allí estábamos todos, con nuestras propias sillas, ante una gran pantalla de tela blanca frente al ayuntamiento.
Estábamos absolutamente embelesados y, de repente, sonaron las campanadas de las diez. Nos perdimos una conversación y, evidentemente, pedimos que retrocedieran la cinta. Y así se hizo.
Ella le preguntaba si no iba a desayunar y él respondía que no porque tenía prisa.
Comenzamos a gritar amenazantes: Imposible, nos han cambiado la conversación. ¡Cómo nadie se va a trabajar con la tripa hueca!
Nos calmamos tan solo por la emoción que teníamos con el invento y por lo pesado que se puso Abelardo.
Cuando sonaron las once, hacia el final de la película, más de lo mismo. Nos concedieron de nuevo la demanda.
La pareja protagonista se estaba dando un beso apasionado y, al concluir, lo único que se escucha es como ella le expresa a él cuanto le odia. Sí, os lo juro, que cuanto le odia tras un besazo de puras salivas.
Hasta ahí habíamos aguantado. Pocas risas y pocas bromas más.
La comitiva que le viene de frente la presiden un cura viejo con casulla morada y sus dos monaguillos. El de la izquierda sostiene un palo con una cruz en lo alto mientras que el de la derecha lleva el acetre con agua bendita y el isopo. A continuación, seis hombres con trajes oscuros y brazaletes negros acarrean un féretro sobre los hombros. Él se aparta a un lado para dejarles paso y al mismo tiempo, como hace siempre que se cruza con un cortejo fúnebre, se saca el sombrero, se lo lleva al pecho y baja la cabeza en señal de conduelo y respeto. Después, cuando el ataúd le pasa más cerca, no puede resistir la tentación de leer el nombre del difunto en la placa. Mira, se llamaba igual que yo, piensa inocentemente.
Las uvas seguían en la nevera, ni siquiera llegó a separar doce en un plato. Se había quedado dormida en el sofá con una película, por no ver uno de esos aburridos programas de fin de año. Se perdió las campanadas, poco le importaba. Pero antes, previsora, añadió una alarma en el móvil a las 0:05. Con ello le daba tiempo de ponerse los zapatos y el abrigo, desenrollar una tira de serpentina sobre sus hombros y estar en el bar de la esquina a las 0:20. Esa era la hora acordada para la videollamada con su hija. Así le mostraría, haciéndose un hueco entre la gente, que tras el divorcio estaba bien acompañada en una fiesta y que, como su exmarido con su nueva novia, también se podía divertir sin privarle a ella de celebrar con sus amigos la llegada del 2024.
Amanecía cuando Felipe se levantó para ir, como cada día, al trabajo.
Hacía tres años que había entrado en aquella empresa de prestigio para intentar hallar estabilidad.
Todo fue bien al principio. Le reconocieron su titulación, encontró un grupo de compañeros, que rápidamente se transformó en una cuadrilla de amigos con los que hacía planes los fines de semana.
Felipe no daba crédito. Había logrado su sueño vivir holgadamente de su vocación y desarrollar su carrera en un entorno feliz.
Pero un día sin que nadie lo esperase una empresa americana lanzó una OPA hostil y compró la empresa.
Y comenzaron a llegar directivos muy eficientes, que solo buscaban la productividad
Con ellos vinieron los despidos, vejaciones y enrarecimiento de la situación.
Y el que pudo se buscó otro lugar para no sentirse quemado.
Él fue uno de ellos, aunque tuvo que renunciar a su posición de privilegio y empezar de nuevo desde cero.
Pero allí jamás llegaría a ser tan dichoso como en su trabajo anterior.
No entiendo por qué los que vienen a visitarnos al hospital, en lugar de felicitarme, me dan un abrazo consolador y permanecen en silencio observándote por el rabillo del ojo.
Eres perfecto, tu carita blanca, la cabecita simétrica, los cinco dedos de rigor en cada mano y en cada pie. Durante los pocos minutos en que nos dejan solos me dedico a observarte, maravillada de tenerte en brazos al fin.
Que tu padre vaya con esa cara pálida de aquí para allá no tiene nada que ver contigo. No te sientas culpable, él es así.
La gente es muy cruel a veces, ¿sabes? Es algo a lo que hay que acostumbrarse. Yo siempre fui la gordita de gafas en el cole y sobreviví. Pero mírate. Tú eres perfecto. Sin embargo, no dejo de escuchar que murmuran “¡Pobrecillo!” cuando creen que no escucho.
Lo único que me preocupa es que llores así cuando levanto la persiana y que mi leche te produzca arcadas. Pero ya lo superaremos. Con solo ver esos insólitos colmillos que adornan tu boquita, todo lo malo queda atrás. A pesar de lo punzantes que son. Todo lo olvido cuando te quedas dormido acunado contra mi cuello.
Le trajo la noche más oscura, desagradable para la mayoría y de una hipnótica belleza para ella.
Sus pasos serenos y sin rumbo, eran el único sonido de las vacuas calles de lo que parecía una ciudad espectral.
Junto a unos contenedores de basura, lo intuyó. Encendió la linterna de su móvil y se acercó con ese gusto agrio que el miedo y la excitación, provocan en la boca.
Podía sentir los latidos del corazón retumbar en sus sienes a un ritmo frenético que disminuyó cuando pudo verle mejor.
Arrullado en una vieja manta, aquella criaturita de apenas unas horas de vida, la miró con los ojos más viejos y sabios que había visto en su vida.
No se sobresaltó al ver sus monstruosos rasgos ni de que, en lo que se le antojó un amago de sonrisa, sobresaliesen unos pequeños dientecitos afilados.
Cualquiera en su sano juicio, habría salido corriendo de allí pero ella, por lo contrario, le cogió amorosamente en brazos con la convicción de que a partir de ese momento, sería su madre. Y como todas las madres, se sintió inmensamente afortunada, ya que tenía el hijo más bonito del mundo.
Su jardín era lo que más amaba. Cualquiera podría pasear por él y pasarle desapercibidos los tallos nuevos de los geranios, los pocos milímetros que habían crecido las amapolas, el colorido sorprendente de las zinnias, el verdor incierto del naranjo o la aparición de una pequeña margarita, tímida, en el parterre de la entrada. Sin embargo, ella notaba cualquier sutil cambio. Su jardín era todo su universo: su guarida si estaba triste y su cómplice compañero de baile con el que cantar.
Lo amaba tanto que nada cambió cuando la sequía lo transformó en el páramo terroso y amarillento que es ahora. Sigue hablando a sus flores, acariciando pétalos y enredaderas que solo ella puede ver. Continúa caminando entre macetas y jardineras con esa sonrisa inexplicable que ninguno sabemos cómo logra dibujar.
Quizás es que no pierde la esperanza de volver a ver su jardín tal y como fue.
Yo tampoco, y es que esta mañana, mientras una gota de rocío resbalaba juguetona por el cristal de mi ventana, me pareció ver despertar a las presumidas rosas, a las margaritas remoloneando, como siempre, y a ella regando las plantas como un día cualquiera en su jardín.
Muecales es un municipio de la jurisdicción de Ferreñales, en el distrito comarcal de Guatica Sur. Todas sus casas son blancas y bajas y sus habitantes compiten en fealdad. Es una fealdad rotunda, apabullante, sublimada por siglos de endogamia. La mutación se ha considerado la única explicación plausible para ciertas excepciones.
Ellos no lo viven con vergüenza, al contrario: con profundo orgullo.
Cada vez que viene al mundo un nuevo muecalense, se aguarda con expectación el momento de conocer su rostro. Tras siglos de fealdad, las caritas abotargadas, asimétricas o deformes ya no generan conmoción.
Petra dio a luz anoche a una niña. Las expresiones de contrariedad de los presentes lograron preocuparle de inmediato.
—¿Qué ocurre? —exclamó Petra, sudorosa—. ¿Está muerta?
—No, Petra. Peor que eso —repuso la matrona, frotándole el rostro con una gasa, como queriendo borrárselo—. Es hermosa.
El llanto no conseguía distorsionar sus rasgos lo suficiente.
—Entregádmela —ordenó Petra.
La matrona se la ofreció y Jonás, el padre, salió corriendo, dando portazos y vociferando.
Petra la acunó en su regazo.
—Dejádmela un rato antes de llevárosla —rogó.
Quiso verla horrible, deforme, pero no era posible. E inundó su carita en una despedida de pequeñas lágrimas saladas.
Me siento en la duna a ver el mar. Por fin. Toda una vida bajo tierra soñando con este momento: un horizonte plomizo, el brillo oscuro del agua, casi azabache, el rumor de las densas olas arrastrando la espuma grisácea, los esqueletos de los barcos varados en la arena sombría. Levanto un par de segundos la máscara: es precioso, más de lo que había imaginado. Respiro hondo y vuelvo a colocarla. No puedo estar fuera demasiado tiempo, pero volveré, a pesar de ese extraño sabor ácido que impregna el aire y el fuerte olor a carroña y chapapote, tan penetrante.
Cuando desapareció el universo azul los grillos dejaron de cantar, las ruedas de los carros apenas marcaban su huella en el barro reblandecido del otoño, las estrellas abandonaron el carrusel que flotaba encima de mi cuna para posarse en las casacas de los coroneles. Quise llorar, y pude hacerlo porque descubrí mi chupete entre las fauces del gato del vecino, porque probé el repentino amargor de mis pulgares, porque se reveló en la piel acuosa de los sapos el perfume de una flor. Pero no fue hasta que escuché mi nombre de los labios de aquella mujer de lana y hojas de laurel, que comprendí el peso de los años, el picor del ajo en los leotardos de una bailarina, la lágrima encendida de una virgen abandonada en el trayecto de un desfile militar. Así sobreviví al mayo del sesentayocho, al domunt clavado en la piel púrpura de los pupilos de una escolanía, a la revolución de los claveles, a los miércoles de ceniza en la cripta clandestina del prior, al quinceeme, ahogado bajo el peso de una almohada como el placer en un coitus interruptus. Así moriré, con el gesto atónito de un niño ante un truco de magia.
Pisar la nieve por primera vez le pareció muy divertido. La nieve. Ese manto blanco, suave, crujiente y frío. Corretear, como niño que era, calle arriba, calle abajo, haciendo círculos y eses sobre aquella esponjosidad tan extraña le fascinó con el encanto que producen esos descubrimientos, hasta que notó dolor en los pies descalzos y buscó a su madre para que remediara el daño. Y remediar el daño no era sino mas que calentarle los deditos morados con las palmas de sus manos y su aliento, calzarle con sus medias zurcidas y viejas, dejarle sentado frente a la ventana, hechizado por el resplandor de la calle, arrimado a las ascuas de un mísero brasero y el deseo de que la nevada se derritiera pronto y no se convirtiera, durante semanas, en un inmisericorde paisaje de hielo. Qué inocencia la suya en aquel momento, tan maravillosa, y qué triste la situación de su madre, que no tenía para comprarle unas simples botas. Pero qué bonita le pareció entonces la nieve, qué felicidad tan grande la suya. Y qué duro es en realidad pasar frío; qué duro es el invierno.
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