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Tomaron prestados del garaje un martillo y unos clavos, reunieron las tablas que llevaban meses guardando para su deseada casita en el árbol y con todo ello le construyeron a escondidas una caseta en la parte de atrás de la casa. No querían que mamá lo descubriera hasta que estuviera presentable.
Lo bañaron, robaron para él algo de comida en la despensa, lo cepillaron y le cortaron las greñas.
En unos pocos días, aunque le faltaba algún diente y aún arrastraba algo la pierna al andar, les pareció que ya estaba totalmente recuperado. Era perfecto. Hasta sabía sonreír.
Ahora solo quedaba encontrar un viejo traje de papá en el desván y presentárselo a mamá.
Mi hermano se enamoró perdidamente de una chica, pero, cada vez que se le acercaba, ella se asustaba al verlo sin cabeza. Él, tras el disgusto, quiso colocársela de nuevo sobre los hombros, sin conseguirlo. Enfurecido, le dio tal patada que salió por los aires y entró rodando en casa de unos vecinos. Cuando llamaron a la puerta para devolverla, mis padres no le dieron importancia. Decían que estaba hueca y que a mi hermano no le servía para mucho, así que la tiraron al contenedor. En su lugar, para salir a la calle, se pone lo primero que encuentra: una pelota, una bola de bolos, hasta una sandía. A menudo se le caen al suelo y la gente se lleva unos sustos de cuidado.
Ya no tiene migrañas, aunque echa de menos poder ver los partidos de fútbol y tener malos pensamientos. Esta tarde ha salido a comprarse una. Nos ha dicho que cuestan un riñón.
Adela, por fin, ha quedado con su hijo. No se ven desde lo que pasó hace año y medio. Todo es muy frío y él rompe el hielo contando lo bien que está. Esta mañana, antes de que los primeros rayos del sol entraran de manera oblicua en la habitación por el alto ventanal, ya estaba levantado, contento. Se ha acostumbrado a no tener persiana, lo agradece. El día le parece precioso. Ha bajado a desayunar. Después de un café, muy aguado, y cuatro galletas con un regusto rancio, pero que te entonan el cuerpo, comienza las tareas. El tiempo pasa despacio. Con los colegas ha estado de animada charla fumando cigarrillos hasta quemarse los dedos. A la hora de la comida puré, grumoso, y pollo, duro, que le saben a gloria; el cocinero mejora. «Estoy muy bien, no te preocupes», le dice a su madre a modo de despedida mientras ambos apoyan sus manos contra el cristal que los separa. Ella le ve salir por la puerta del otro lado del cuarto a tachar un nuevo día de todos aquellos que dijo el juez que debía cumplir.
Hoy la tarde se viste de un gris que amenaza lluvia, pero aún así, camina hasta la esquina donde su banco vacío le espera. Como siempre llega puntual a la cita, aún tiene unos minutos para acomodarse. Desde el balcón cercano suena la melodía de un violonchelo suplicando silencio, como el resto del vecindario, pero para sus oídos es música celestial, que le devuelve a su infancia. Cierra los ojos y se imagina en un paraíso lejano de dunas doradas, océanos azules o frondosos bosques. Sueña con ese niño que quiso ser músico.
Al otro lado, en la habitación, un profesor desesperado contempla al alumno, mientras decide que dejará de malgastar su tiempo entre notas y partituras y partir hacia otros mundos más armoniosos.
El bueno de Eduardo, el hijo que todos quisimos tener, educado, estudioso, tan guapo. Siempre pendiente de los que no eran como él: los distintos, los que suspendían, los inadaptados. Cuando nos propuso lo de las clases particulares nos pareció perfecto. Después nos contó lo del grupo. Ni lo dudamos. Al niño le vendría bien salir de excursión; le costaba mucho hacer amigos.
Que ya no tuviera tanto apego a las faldas de mamá nos resultó lógico, estaba despertando al mundo. A lo del tatuaje no le dimos importancia, cosas de niños. Tampoco sospechamos al encontrar sangre en sus calzoncillos, aquella herida de cuando se rompió el sillín de la bici. Lo descubrimos al ver al bueno de Eduardo en el telediario, sentado en el banquillo.
No me entiendes, tía, tú no me puedes entender porque no le conoces como yo, te digo que es muy cariñoso y detallista y muy bueno conmigo, y si se vuelve violento es porque soy una torpe y una inútil, pero yo sé que a pesar de todo me quiere.
Juan abandonó el albergue al que había acudido la gélida noche anterior instado por la policía local. Con su guitarra y una vieja mochila salió dispuesto a proseguir su camino hacia ninguna parte; andar sin rumbo fijo era la única forma de no perderse. Después de haber rumiado el fracaso hasta lo indecible, vivir en la calle sin ataduras de nada ni nadie se había convertido en su lema. Estar al albur del devenir de los días ya no le parecía tan adverso, pues cuando se vive en el suelo el riesgo a caerse desaparece.
Al principio, los agrios recuerdos de su vida anterior lo atenazaban. Aprovechaban cualquier resquicio entre la vigilia y el sueño para colarse, salpicando de dudas sus noches de aprendiz de vagabundo. Pero cuando conoció las horas y los lugares de la ciudad en los que rasgueando su guitarra más monedas tintineaban en su gorra, tuvo claro que, al fin, había dado con la fórmula de vida ideal.
Un domingo de primavera, estando todavía desperezándose en su lecho de cartón, comprobó que la guitarra había desaparecido. Y, aunque el día amaneció luminoso, para Juan se fundió el sol.
Desde que declararon la jornada de puertas abiertas en los cielos no ha cesado de llover. Las malas lenguas aseguran que es consecuencia del malestar generado por los recortes, que hasta allí han llegado; el Triunvirato se vio obligado a pactar con las huestes del inframundo para mantenerse en el poder, y ya sabemos como se las gastan esas alimañas.
Aquí abajo la pérdida de cosechas nos exigió cambiar la dieta y alimentarnos de algas, pececillos y bivalvos, pero pronto empezaron a escasear y como seguía diluviando, no tuvimos más remedio que enviar una legión de ánimas al paraíso y urdir con los desconsolados angelitos un alzamiento celestial.
Ahora los Arcángeles son los mandamases y nosotros sus asesores; las huestes del inframundo, con el infierno inundado, sobreviven felices y fresquitos en el fondo del mar; y en cuanto al Triunvirato, también ha asumido sin rechistar su nuevo statu quo: resulta muy útil para crear todo tipo de cosas, predicar la nueva normalidad y fertilizar a nuestras compañeras estériles.
En aquel tiempo de cerezas y noviazgo, me parecías el hombre perfecto.
(maldita kalopsia)
Me prometiste un futuro de risas perpetuas, las fuentes del Nilo y paseos a diario por la Luna.
(ja, ja, ja)
Y cuando nos casamos, me hiciste volar.
(de un lado al otro de la habitación)
Lo supe muy pronto.
(mientras sacudía el arroz de mi pelo)
Entonces conocí tu verdadera luna.
(la cara oculta de ella)
Y te convertiste en hambre y hombre.
(del saco)
Y sólo hubo fuentes.
(a la altura de mis ojos)
Y hoy, años después, estás dormido en el salón.
(borracho, para variar)
Y sé que éste es el momento.
(ahora, ahora)
Por eso entro en la cocina, cojo un cuchillo, me acerco a ti y…
(y llorando lágrimas de cobardía, retrocedo y empiezo a pelar patatas para la cena)
La iglesia hoy está a rebosar. Un vecino ha muerto, pero a ella eso le da igual. Familiares y allegados toman posiciones. La anciana ocupa su lugar. Las rodillas agrietadas por el roce de la madera, las manos juntas, los antebrazos apoyados en el respaldo de delante. Algunas personas le dan el pésame, confundiéndola con la abuela del finado. Ajena a lo terrenal, ella contempla a los ángeles que atraviesan la vidriera vestidos de rayos multicolor. Envuelta por seres de luz, que llegan puntuales como todos los días, implora el perdón por su pecados, cualesquiera que hayan sido. Se deja bañar por su bondad y ruega a Dios que le permita acompañarlos. Da comienzo la misa. Algunas toses, murmullos. Todo es pureza a su alrededor. Huele a cielo. Entre varios hombres alzan el ataúd y salen a la plaza, donde aguarda el coche fúnebre. La iglesia se queda vacía. Dentro, una única persona reza con todos los sentidos. Los ojos bien abiertos. Extasiada por tanta belleza. Se quedaría allí para siempre, si pudiera. Ojalá pudiera. Quizá mañana. Que sea pronto.
A Hakim le ha despertado el repiqueteo de una gaviota en el alféizar y el sabor del Mediterráneo en los labios. Ante su vista, el horizonte, ininterrumpido tras el derrumbamiento de manzanas enteras de edificios, es una franja azul, quieta y luminosa.
Hay un hombre tendido en la calle. En el pecho, como una condecoración no deseada, la estrella negra del disparo a quemarropa por el que se le ha escapado la vida. Hakim busca en silencio conchas y caracolas para honrar el cadáver y limpia el polvo que le desfigura el rostro. Sabe que es un soldado enemigo, pero también quien le ha traído el mar. El mar. Lo había deseado tanto desde la primera vez que lo vislumbró, entre dos estrechas calles de su Gaza natal, aupado a los hombros del «Minarete», el muchacho más alto de su escuela. Antes de correr hacia la orilla, atiende una vez más al rumor de las olas y acaricia los cañones del fusil de asalto que había colocado al costado del hombre. Pensándolo mejor, decide tomarlo prestado. Sonríe. Hoy, cuando juegue con su hermano a fusilamientos, ya no tendrá que apuntar con el dedo y decir «pum».
Mi padre fabricaba los relojes más feos del mundo. Sin embargo, me empezaron a fascinar el jueves que lo interrumpí mientras metía un cuco en su habitáculo. Le conté, con voz quebrada, que había suspendido matemáticas por estar calculando, en lugar de ecuaciones, las caricias que cabían en el cuello de Sara. Después de retrasar todas las agujas, me aconsejó que repasara lo que me habían preguntado. La mañana siguiente amaneció siendo jueves de nuevo y me pusieron los mismos problemas, acabándose los míos. A partir de entonces, mis notas resultaron brillantes gracias a que rebobinaba las fechas que le pedía. También consiguió, entre otras cosas, que tras el fracaso que tuve con Sara por quedarme sin palabras en nuestra primera cita, llevase aprendidas las adecuadas al repetirla. Consciente de su poder, se imponía ciertas reglas. No trastocar el tiempo por juegos de azar era una de ellas. Lo demostró el día que se opuso a facilitarme otro viaje al pasado para comprar un número de lotería. Tampoco consintió cambiar el ritmo natural de la vida. Lo descubrí anoche cuando sus relojes se pararon a las doce y él se quedó quieto, con los ojos abiertos, mirando su última hora.
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